Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) PRÓLOGOEl hombre al que he venido a arruinar
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Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2)

Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2)

Por Lady Jane Rose

© inepub.com

PRÓLOGOEl hombre al que he venido a arruinar

PRÓLOGO

El hombre al que he venido a arruinar

Imogen

Hay hombres a los que una mujer conoce porque se los presentan en un salón, porque baila con ellos en Almack’s o porque una tía empeñada en casar a todo lo que respira decide sentarlos juntos durante una cena.

A lord Oliver Pembroke lo conozco porque llevo doce años culpando a su familia de haber destruido la mía. No es la clase de presentación que una recomienda en los manuales de etiqueta.

Me detengo en el umbral del salón de los Blackwell con una mano cerrada alrededor del asa de mi bolso y la otra escondida entre los pliegues de mi falda para que nadie vea que me tiembla.

Lo primero que pienso al verlo es que debería tener peor aspecto. Mucho peor.

Un hombre al que una ha dedicado tantas conversaciones imaginarias tendría la decencia de parecerse a un villano: cejas siniestras, boca cruel, una cicatriz oportunamente colocada.

Lord Pembroke, en cambio, está recostado contra la repisa de la chimenea como si el mundo entero se hubiera organizado para divertirlo.

Rubio, alto, hombros anchos bajo una levita azul oscuro, sonrisa fácil.

Y riéndose. Eso me irrita más que la ausencia de cicatriz.

—Lord Pembroke —digo.

Él gira la cabeza. La sonrisa no desaparece, aunque pierde algo de su despreocupación.

—Me temo que sí.

A unos pasos de él, el conde de Whitmore deja una copa sobre una mesa. Su esposa, lady Arabella, me observa con unos ojos verdes tan despiertos que por un instante tengo la impresión de que podría abrirme el bolso desde la otra punta del salón y leer lo que guardo dentro.

No sería conveniente. Hay un cuaderno ahí que no debería ver nadie.

—Precisamente al hombre al que estaba buscando —añado.

—Eso suele preceder a una deuda, un duelo o una propuesta de matrimonio. Si me permite elegir, prefiero la deuda.

Lady Arabella se atraganta con una carcajada. Whitmore lo mira con resignación. Yo no sonrío.

—Ha acertado.

Oliver Pembroke se incorpora.

He esperado años para pronunciar las siguientes palabras. Las he ensayado en mi dormitorio, ante el espejo, en carruajes alquilados, incluso una vez frente a una tetera que representó al vizconde con dignidad bastante superior a la que merece.

—Mi padre se llama Elias Everleigh.

El cambio es pequeño, pero existe. La comisura de su boca baja apenas.

—Everleigh.

—Veo que el apellido no le resulta desconocido.

—No diría tanto. —Mira a Whitmore y vuelve a mí—. Me resulta antiguo.

—A mi familia también.

Lady Arabella se acerca un paso.

—¿Queréis que os dejemos hablar?

—No —respondo al mismo tiempo que lord Pembroke dice:

—Sí.

Nos miramos. Por primera vez, su sonrisa se vuelve auténtica.

—Esto empieza de maravilla.

—No he venido para entretenerlo.

—Entonces me esforzaré por encontrar consuelo en otras partes.

Whitmore murmura algo que suena sospechosamente a «Oliver», pero su amigo no le hace caso. Yo tampoco.

—Hace doce años —digo—, mi padre mantenía relaciones comerciales con el suyo.

Poco después, lord Pembroke reclamó una deuda que mi familia no pudo satisfacer.

Nuestro negocio se perdió. Nuestra casa también.

Mi padre fue señalado como un hombre incapaz de cumplir sus obligaciones y desde entonces no ha conseguido recuperar su posición.

El silencio que sigue ya no tiene nada de divertido. Oliver no aparta los ojos de mí.

—Yo tenía diecisiete años.

—Yo doce. Ninguno de los dos firmaba documentos. Eso no cambia lo que ocurrió.

—No.

La respuesta me desconcierta. He venido preparada para la defensa, el desprecio, quizá incluso la negación. No para un no tan sencillo.

—Después de lo sucedido con Bale —continúo—, he sabido que están revisando algunos negocios antiguos relacionados con él.

Esta vez sí miro a Whitmore. El nombre de Edmund Bale cae entre nosotros como una piedra en un estanque. Lady Arabella cruza los brazos. Todos conocen ya lo que hizo Bale a su padre. Londres lleva semanas alimentándose del escándalo con el apetito de una jauría bien vestida.

—¿Qué quiere de mí, señorita Everleigh? —pregunta Oliver.

—Acceso a los documentos de su padre relacionados con el mío.

—¿Dinero no?

—No.

—¿Una compensación?

—No.

—¿Una disculpa en nombre de un hombre muerto por una decisión que aún no sé por qué tomó?

—Tampoco.

Una ceja rubia se alza.

—Entonces me temo que se me están acabando las posibilidades.

—Quiero saber qué ocurrió.

Eso es verdad. No toda la verdad, pero sí una parte lo bastante grande para que mi voz no tiemble. Quiero saber qué ocurrió. Quiero saber qué hizo su padre.

Y, si encuentro lo que espero encontrar, quiero que el heredero de los Pembroke sepa lo que se siente cuando un apellido respetable deja de abrir puertas y empieza a cerrarlas.

Oliver mira a Whitmore otra vez.

—¿Conservamos esos documentos?

—No son míos —replica el conde—. Pero después de lo de Bale, yo no me negaría a mirar debajo de ninguna alfombra.

Lady Arabella le da un codazo.

—Qué expresión tan poco elegante.

—Estoy casado contigo. He perdido el derecho a fingir elegancia.

Ella sonríe. Hay una intimidad fácil entre los dos. Me obliga a mirar a otra parte. Oliver se acerca. No demasiado. Lo justo para bajar la voz.

—Mi padre murió hace cuatro años, señorita Everleigh. No puedo preguntarle qué ocurrió. Pero tengo sus archivos y no me interesa proteger una mentira por el mero hecho de que lleve mi apellido.

La frase me molesta porque suena honorable. No tiene derecho a sonar honorable.

—¿Eso significa que me permitirá verlos?

—Significa que mañana a las diez puede venir a Pembroke House. Buscaremos juntos.

—No necesito ayuda.

—Yo sí. —La sonrisa regresa, más pequeña—. No sé qué demonios estoy buscando.

—Una prueba de que su padre arruinó al mío.

—Esperemos que los documentos sean menos parciales que usted.

—Esperemos que los Pembroke fueran más honrados de lo que parecen.

Whitmore vuelve a murmurar su nombre, esta vez con una advertencia clara. Oliver, para mi sorpresa, no se ofende. Se limita a inclinar la cabeza.

—Mañana a las diez, señorita Everleigh.

—A las diez.

Me despido de los Blackwell. Lady Arabella me acompaña hasta la puerta del salón. Antes de salir, se inclina hacia mí.

—Un consejo.

—No lo he pedido.

Sus ojos verdes brillan.

—Por eso suelen ser los mejores. Oliver parece un idiota cuando se lo propone. No confunda eso con que lo sea.

—No pensaba hacerlo.

—Estupendo. Él sí puede cometer ese error con usted.

No sé si acaba de advertirme o de animarme. Cuando por fin subo al carruaje alquilado, espero hasta que la casa de los Pembroke desaparece tras la esquina. Entonces abro el bolso.

Saco un cuaderno pequeño, encuadernado en piel marrón. Me lo regaló mi padre cuando cumplí dieciséis años. En aquel tiempo pensé que lo usaría para copiar recetas, poemas o nombres de futuros hijos.

La vida ha demostrado tener bastante más imaginación. Abro la primera página. He escrito un título en tinta negra.

DIEZ LECCIONES PARA ARRUINAR A UN LORD.

Debajo, una única línea. Lección número uno: acércate a tu enemigo. Miro por la ventanilla hacia las calles de Londres y cierro el cuaderno. Mañana, a las diez, pienso empezar.