Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) EPÍLOGOLección once
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EPÍLOGOLección once

EPÍLOGO

Lección once

Imogen

Tres meses después de mi boda descubro el cuaderno dentro del escritorio de mi marido.

No estaba buscando nada. Eso es importante.

Estaba abriendo un cajón que no era mío, dentro de un escritorio que tampoco era mío, en una biblioteca que técnicamente pertenece a Oliver, con la intención absolutamente inocente de encontrar papel para escribir una nota.

—Eso se llama registrar —dice su voz desde la puerta.

No me sobresalto. Mucho. Cierro el cajón con dignidad.

—Esto se llama vivir en mi casa.

—Mi escritorio.

—Nuestro escritorio.

—No recuerdo haber incluido el mobiliario en los votos.

—Tampoco recuerdo prometer que respetaría cajones.

Oliver entra en la biblioteca. Está sin abrigo, con el cabello revuelto por el viento y una caja pequeña bajo el brazo. Tres meses de matrimonio no han corregido su costumbre de sonreír antes de decir algo insoportable. Tampoco la mía de encontrarlo atractivo cuando lo hace. Una tragedia.

—¿Qué buscas? —pregunta.

—Papel.

—Está en el cajón de arriba.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué has abierto el de abajo?

Miro el cuaderno marrón que he dejado sobre la mesa. Oliver sigue mi mirada.

—Ah.

—¿Por qué lo tenías?

—Porque tú lo dejaste aquí.

—Me lo devolviste.

—Y tú volviste a dejarlo.

Lo pienso. Es posible. La noche después de la boda escribí dos páginas. No eran lecciones. No pienso confesar qué eran.

—No deberías leerlo.

—No lo hago.

—Antes sí.

—Antes estaba intentando averiguar si mi prometida era una criminal.

—No era tu prometida.

—Peor. Era una mujer que me besaba por motivos académicos.

Le lanzo una hoja de papel. La esquiva.

—He traído algo —dice.

Deja la caja sobre la mesa.

—¿Un regalo?

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

La abro. Dentro hay una pequeña placa de latón. Leo la inscripción.

«DIEZ LECCIONES PARA ARRUINAR A UN LORD».

Lo miro.

—No.

—Sí.

—¿Para qué es esto?

—Para tu escritorio.

—Nuestro escritorio.

—Eso sigue en disputa.

Cojo la placa.

—¿Has mandado grabar esto?

—Me pareció importante preservar una obra fundamental.

—Voy a divorciarme.

—No sabes cómo.

—Aprenderé.

—Eso sí me preocupa.

Sonrío. No puedo evitarlo. La vida después de la boda se parece bastante menos a lo que imaginaba de niña y mucho más a lo que habría considerado imposible hace un año. Mi padre viene a cenar los domingos y discute con Oliver sobre comercio hasta que ambos empiezan a disfrutar demasiado.

El acuerdo sobre el almacén se cerró por fin.

Colebrook acabó comprándolo después de que Wetherby dejara la titularidad clara y la parte que correspondía a mi familia se separara de la venta.

Mi padre utilizó una porción para invertir en un negocio más pequeño. No quiso volver a empezar a lo grande.

Dijo que ya había aprendido que el tamaño de una empresa no determina la dignidad de un hombre.

Yo fingí que no me emocionaba. Oliver fingió no verlo.

Bale ha desaparecido de nuestros salones.

No del mundo. No necesito que lo haga. Basta con saber que ahora, cuando intenta utilizar un nombre o una cuenta para convencer a alguien, hay hombres que preguntan dos veces.

Thomas Hart tiene limpio su nombre. Mi padre también. El padre de Oliver no. No por completo. Y eso está bien. No necesitamos santos. Necesitamos la verdad. Oliver se inclina sobre mi hombro.

—Estás pensando.

—Eso hago a veces.

—Peligroso.

Abro el cuaderno. Las primeras páginas me producen una mezcla desagradable de vergüenza y cariño por la mujer que las escribió.

Lección uno. Acércate a tu enemigo. Lección dos.

Descubre qué desea. Lección tres. Hazte imprescindible.

Sigo pasando. Hay tachaduras. Notas. Frases que ya no recuerdo haber escrito.

En la página donde debería estar la décima sigue la hoja de Oliver.

«Fracaso absoluto».

Sonrío. Cojo una pluma.

—¿Qué haces? —pregunta.

—Una corrección editorial.

—Eso suena amenazante.

Paso a una página nueva. Escribo:

«LECCIÓN ONCE».

Oliver intenta leer por encima de mi hombro. Lo aparto con el codo.

—Privado.

—Soy tu marido.

—No es un cargo administrativo.

—Discrepo.

Termino la frase. Él espera. Eso, por sí solo, demuestra que el matrimonio produce milagros. Le enseño la página.

«Jamás prepares un plan de venganza contra un hombre con el que podrías querer casarte».

Oliver lee.

—Un consejo excelente.

—Llega un poco tarde.

—Como casi todos los tuyos.

Le doy con la pluma en el brazo.

—Podría añadir otra.

—¿Lección doce?

—No.

—Gracias a Dios.

—Una nota al pie.

—Peor.

Escribo debajo:

«Si ya lo has hecho, procura elegir uno con sentido del humor».

Oliver observa la frase. Después me mira.

—Eso sí es un cumplido.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Me besa. La pluma deja una pequeña mancha de tinta en su manga. Él la mira. Yo también.

—Has arruinado mi camisa —dice.

Sonrío.

—Por fin algo me sale según el plan.

Fin