CAPÍTULO 7
«Suerte es el nombre que le damos a lo que todavía no hemos leído entero.»
JULIETTE MOREAU
La manzanilla vieja me valió una mesa junto a la ventana.
No fue un ascenso ni nada parecido. Fue que Sylvie Aubert devolvió el lote al proveedor, el proveedor protestó, el departamento financiero preguntó quién había autorizado la devolución, y Sylvie respondió, en una reunión llena de gente de traje, que la analista nueva tenía razón y que eso era todo.
A partir de ahí, empezaron a mandarme cosas para oler.
Así fue como aprendí cómo se asciende en aquel edificio: no exactamente por mérito, sino por utilidad.
Cuando la gente descubre que resuelves un problema pesado que nadie quiere resolver, te entrega todos los problemas pesados del mismo tipo. Es un elogio disfrazado de más trabajo, y yo acepté las dos cosas.
Llegué antes que nadie durante semanas seguidas. Aprendí el nombre del chico que abría el portón del patio, el de la mujer de la limpieza, el del gato que vivía en el tejado del edificio de al lado y bajaba al romero cuando llovía.
Y, en algún momento de aquellas semanas, empezó a gustarme despertarme.
Me pilló por sorpresa. Había venido a París a pagar un tratamiento, no a ser feliz; feliz era un plan posterior, para cuando las facturas cupieran en el sobre.
Pero allí estaba yo, en un patio de ladrillo, discutiendo la diferencia entre el aceite prensado en frío y el aceite prensado con prisas, y riéndome.
Cuidado, Juliette. Cada vez que plantas en terreno prestado, alguien viene a cosechar.
Ignoré el pensamiento. Ese siempre se ignora.
El proyecto que lo cambió todo era un muermo.
Una línea de cremas que llevaba años vendiéndose bien y había empezado a quedarse en las estanterías, y nadie entendía por qué. Hicieron un estudio de mercado, cambiaron el envase dos veces, contrataron una consultora que presentó un informe con muchas flechas.
Me leí el informe entero un domingo, en la cama, con la lavanda mirándome desde el alféizar.
El lunes pedí cinco minutos con Sylvie.
—El problema no es la crema —dije—. El problema es que la fórmula lleva lavanda de invernadero.
Ella arqueó las cejas.
—¿Eso existe?
—Existe. Crece más rápido, rinde más, huele casi igual.
—Abrí el tarro en su mesa—. Casi. Le falta la parte amarga.
La lavanda de campo tiene algo casi sucio en el fondo, de tierra y de demasiado sol, y es esa parte la que hace que la nariz de la gente se lo crea.
Le quitaron la suciedad y se quedó en perfume de jabón de hotel.
Sylvie olió. Cerró los ojos. Volvió a oler.
—Me estás diciendo que nuestra línea más vendida se está quedando en las estanterías porque la lavanda es demasiado formalita.
—Estoy diciendo que una planta criada sin dificultad no tiene nada que contar.
Se rio, una risa corta, seca, de quien lleva treinta años trabajando y todavía se divierte. Luego cogió el teléfono y canceló la siguiente cita.
Pasamos toda la tarde con aquello. Salí de allí con las manos oliendo a seis variedades de lavanda y con la sensación, absolutamente nueva, de que me había escuchado alguien que podía decidir algo.
La factura de mi madre subió a finales de marzo.
Ella no me lo contó. Fue la farmacia de Lyon la que me llamó, porque el pago estaba domiciliado a mi nombre, para avisar de que uno de los medicamentos había salido de la lista de los cubiertos y de que el importe del mes venía distinto.
Distinto es una palabra generosa. El importe venía casi la mitad más alto.
Me senté en la escalera del patio de la Véran con el teléfono en el regazo y el romero al lado, e hice la cuenta tres veces, como se rehace una cuenta esperando que cambie de idea.
No cambió.
Aquella noche no la llamé. Le mandé un mensaje, porque la voz me iba a delatar.
Juliette: Todo en orden con la farmacia. Ya lo he resuelto.
Maman: ¿Lo has resuelto o lo vas a resolver?
Juliette: Las dos cosas.
Maman: Eres la peor mentirosa que ha dado esta familia.
Juliette: Tú nunca llegaste a conocer bien a mi padre.
Maman: Lo conocí lo suficiente. Vete a dormir.
Me quedé despierta con la luz apagada, mirando la silueta de la lavanda en la maceta nueva, y por primera vez en semanas la habitación volvió a tener veinte metros cuadrados.
Sylvie me llamó a su despacho un jueves.
—Siéntate.
Me han despedido.
Es adonde se me va la cabeza primero, siempre. Herencia de familia.
—¿Has oído hablar del programa de talentos? —preguntó, empujando una carpeta hacia mí.
—No.
—El grupo matriz saca a una persona por filial, una vez al año, y se la lleva a la sede. —Se cruzó de brazos—. Rotación de dos años. Proyectos transversales, exposición a la dirección, toda esa historia que escriben con una fuente bonita.
—¿Y?
—Y te he propuesto a ti.
No dije nada. Sylvie continuó, con la paciencia de quien ya ha visto ese silencio antes.
—Viene con subida de sueldo. Una subida seria, Juliette, no de esas que dan vergüenza.
Y viene con un problema: te vas de aquí.
De mi equipo, de mi patio, de mi romero.
—Se encogió de hombros con una sinceridad que no me esperaba—.
Pierdo lo mejor que ha aparecido por aquí en cinco años.
Te he propuesto de todos modos, porque es lo que se hace.
Había una pregunta educada que hacer ahí. Algo como puedo pensármelo hasta mañana.
—Acepto.
Sylvie parpadeó.
—¿No quieres saber la cifra?
—Sí. —Cogí la carpeta—. Pero ya he aceptado.
Porque existía una farmacia en Lyon, y una mujer que elegía entre la medicina y el taxi, y ninguna de las dos cosas iba a esperar a que yo reflexionara.
Camille lo celebró por mensaje, desde el trabajo, en unas mayúsculas que no voy a reproducir aquí.
Camille: SEDE. TÚ.
Camille: ¿Te das cuenta de que ahora trabajas al lado de los edificios donde yo entrego catálogos?
Juliette: Me doy cuenta de que ahora tengo que comprarme zapatos.
Camille: Cómprate dos pares. Ese mundo se fija en los pies.
Me compré un par. Negros, de punta fina, en el mercadillo de segunda mano de la rue de Belleville, y me pasé dos noches ablandando el talón con el mango de una cuchara.
El correo de bienvenida llegó la víspera.
Llegó la víspera porque me había pasado las semanas anteriores cerrando asuntos pendientes en la Véran, entregando proyectos, escribiendo instrucciones para quien se quedara con mis plantas.
Aquel sobre digital estuvo dos días cerrado en la bandeja de entrada, entre una promoción de supermercado y un recordatorio de vacuna.
Lo abrí en la cama, la noche antes del primer día, comiendo pan con la mano sucia de tierra porque acababa de regar la maceta.
Bienvenida al programa de talentos.
Dirección de la sede, en la rue de Grenelle. Hora de presentación. Nombre de la persona que iba a recibirme. Una lista de documentos. Un párrafo institucional sobre valores, escrito por alguien que cobra bien por escribir párrafos institucionales.
Y, en lo alto, en un membrete discreto, el nombre del grupo.
Grupo Dumont.
Lo leí como se lee el nombre de un banco en la fachada de un edificio.
Sin detenerme. Sin sentir nada. Era un apellido de familia francesa, de esos que existen a millares y de los que yo no conocía ninguno, y aquella noche no significó absolutamente nada para mí.
Guardé el teléfono. Dejé la ropa preparada en la silla. Regué la lavanda una vez más, porque estaba nerviosa y regar es lo que hago con las manos cuando la cabeza no colabora.
Dormí bien, por cierto. Esa es la parte que todavía me da rabia.
Debería haber buscado el nombre del dueño.
No busqué nada. Otra vez.