Desechada por el francés (Multimillonarios Despiadados nº 5) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

«La raíz no pregunta si la maceta es digna de ella. Crece, y que se apañe la maceta.»

JULIETTE MOREAU

La entrevista del lunes no era una entrevista. Eran tres.

Lo descubrí al llegar, con el currículum impreso porque mi madre cree que el papel impresiona, y la chica de recepción me dio una carpeta con pinza y me dijo que la primera fase llevaba toda la mañana.

Me quedé toda la mañana. Volví el miércoles. Volví otra vez la semana siguiente.

Y, en ninguno de aquellos días, nadie me preguntó a quién conocía.

Esa fue la parte que me guardé. De donde yo vengo, la primera pregunta es siempre esa, dicha de una manera o de otra: quién es tu padre, quién te ha recomendado, de qué nos conocemos.

Allí me preguntaron qué haría con una línea de producto que vendía bien y envejecía mal. Respondí con lo que sabía: que la planta no miente sobre el suelo, y que si el producto estaba cansado, el problema no estaba en el envoltorio.

La mujer del otro lado de la mesa lo anotó. No sonrió. Lo anotó.

La llamada llegó un viernes, a última hora de la tarde, mientras subía la bolsa de la compra por la escalera.

—¿Señorita Moreau? Llamo de la Maison Véran.

Me detuve en el tercer piso, con la bolsa cortándome los dedos, y oí a una mujer a la que nunca había visto decir que empezaba el lunes.

Me senté en el escalón. Me quedé allí un rato con el teléfono apagado en la mano y una lechuga asomando por la boca de la bolsa.

Lo he conseguido yo sola.

No parece gran cosa escrito así. Pero llevaba semanas con una frase atravesada entre las costillas —la de que hay puertas que solo se abren para quien ya ha nacido dentro—, y aquella puerta se había abierto sin que nadie la empujara por mí.

La Maison Véran estaba en un edificio bajo, de ladrillo, con un patio interior donde alguien había plantado romero en un parterre de hormigón.

Cosmética botánica. Aceites, extractos, jabón de verdad, el tipo de cosas que mi abuela hacía en el fregadero y que el mundo ha redescubierto y ha empezado a cobrar caro.

Me dieron una acreditación.

Foto mala, nombre completo, la palabra ANALISTA debajo.

Me quedé mirándola más tiempo del que un objeto así merece. Luego la guardé en el bolso, la volví a sacar y la prendí en el asa solo para pasearla visible por el pasillo.

—¿Tú eres la nueva de la línea botánica?

La mujer que lo preguntó tenía el pelo corto y canoso y las gafas subidas a lo alto de la cabeza, y hablaba como quien ya lleva tres minutos en mitad de la frase.

—Sí. Juliette Moreau.

—Sylvie Aubert. Desarrollo. —Me pasó una caja de muestras sin mirarme del todo—. Huele esto y dime qué falla.

Abrí el primer tarro. Crema de manos, buena textura, olor a manzanilla con algo por debajo.

—La manzanilla está vieja —dije.

Sylvie dejó de andar.

—¿Cómo que vieja?

—Vieja de cosecha, no de estantería. La manzanilla buena huele a manzana verde en el fondo. Esta huele a heno. —Me encogí de hombros—. Seguramente compraron un lote de la cosecha anterior a buen precio.

Me miró durante un tiempo que pasó de lo educado.

—¿Dónde has aprendido eso?

—En el huerto de mi madre, en Lyon.

—Dios santo —dijo Sylvie, y me quitó el tarro de la mano—. Ven conmigo.

Llamé a mi madre aquella noche, desde el alféizar de la ventana, con las piernas hacia dentro y la lavanda junto al codo.

—Tengo acreditación —dije.

—¿Que tienes qué?

—Acreditación, maman. Una tarjeta con mi cara y el nombre de una empresa.

Se quedó callada como se queda ella. Yo ya sabía lo que venía.

—¿Sales bien en esa foto?

—Salgo fatal.

—Entonces es un trabajo de verdad. —Oí el ruido de ella acomodándose la almohada, ese roce de tela que se ha convertido para mí en el sonido de mi madre—. ¿Estás comiendo?

—Estoy comiendo.

—Juliette...

—Estoy comiendo ahora —dije, y esta vez era verdad, porque tenía un trozo de pan en la mano.

Le conté lo del romero del patio, lo de la manzanilla vieja, lo de la mujer del pelo canoso que me arrastró por el pasillo. No le conté lo del sueldo, porque me iba a mandar que lo ahorrara, y yo ya había decidido adónde iba ese dinero.

—El tratamiento...

—No hace falta que lo mandes todo.

—No lo voy a mandar todo. —Iba a mandar casi todo—. Solo lo justo para que dejes de elegir entre la medicina y el taxi de la consulta.

Colgó diciendo que era cabezota como mi padre, al que nunca conocí, lo que siempre me ha parecido una acusación difícil de comprobar.

Camille apareció el sábado con vino, como aparece para todo lo que importa.

—Por tu vida nueva —brindó, y luego entornó los ojos por encima de la taza—. Otra vez. Es la tercera vez que brindo por la misma vida nueva.

—Esta vez hay acreditación.

—Esta vez hay acreditación. —Bebió—. ¿Y el hombre?

Sabía que iba a preguntar. Camille no olvida nada, es un defecto de carácter que tiene.

—No hay hombre.

—Juliette...

—Hay un tipo que se llama Raphaël. —Removí el vino en la taza—. Al que le hice gracia durante una noche entera y que, por la mañana, me ofreció dinero.

Su taza se quedó parada en el aire.

—¿Que te qué?

—Talonario de cheques. Cajón del aparador. Todo muy organizado. —Sonreí, y la sonrisa me salió torcida—. Hasta fue educado. Eso es lo peor. Fue educado.

—¿Raphaël qué más?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—No se lo pregunté. No pregunté nada, Camille. Me pasé la noche entera con un hombre cuyo nombre completo no sé y cuya calle solo reconocería de día.

Camille abrió la boca para decir algo, y no lo dijo. Me conoce lo bastante como para saber dónde parar, y por eso es mi mejor amiga y no solo una mujer graciosa que trae vino.

—Vale —dijo, por fin—. Que se pudra despacio, en un piso caro.

—Esa es una maldición muy concreta.

—Trabajo con gente rica. Sé lo que les duele.

Cuando se fue, hice algo de lo que no me enorgullezco: busqué la empresa en internet.

No por él. Eso lo tuve claro después, y nunca antes.

Fue por la factura de mi madre. Quería saber si aquel trabajo era sólido, si la Maison Véran iba a existir dentro de dos años, si podía contar con aquel sueldo como se cuenta con un suelo.

Encontré una página bonita. Encontré una línea de productos, una historia de fundación en los años setenta, una directora con apellido de familia antigua. Encontré una página institucional que decía, en letra pequeña, en el pie, que la Maison Véran formaba parte de un grupo.

No decía cuál.

Cerré el ordenador. No me pareció raro: todas las empresas del mundo forman parte de un grupo, y ninguna lo explica en la primera página.

Tenía acreditación, romero en el patio y una jefa a la que le había gustado por la manzanilla.

Debería haber hecho clic una vez más.

Antes de acostarme, saqué la lavanda de la maceta de barro.

Llevaba semanas pidiéndolo. La raíz había dado la vuelta entera al fondo, enroscada sobre sí misma, buscando un espacio que no existía; las plantas hacen eso cuando deciden quedarse en un sitio y el sitio no colabora.

Compré una maceta más grande en el mercadillo, de plástico, fea, tres veces más barata que la de barro y tres veces más útil.

Solté la tierra con el dedo. Abrí las raíces con cuidado, una a una, como mi madre me enseñó a hacer con todo lo que se trasplanta: sin prisa y sin pena, porque la raíz enroscada muere educada.

Puse tierra nueva. Regué. Devolví la maceta al alféizar, al lado que da el sol.

Y me quedé allí un minuto mirándola, con las manos sucias a la altura del pecho, sin valor para estropear lo único bueno de aquel mes.