Desechada por el francés (Multimillonarios Despiadados nº 5) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

«Me decía a mí mismo que borrar era un talento mío. Nunca conté cuántas veces al día tenía que repetírmelo.»

RAPHAËL DUMONT

El lunes trabajé catorce horas y no pensé en ella más de cuatro veces.

Así fue como lo contabilicé. Como un hombre que ha reducido el consumo y lo apunta en una libreta para demostrarse a sí mismo que tiene control.

El consejo estaba insoportable aquel mes. Dos maisons de la competencia habían adelantado sus lanzamientos de primavera y nuestra línea de perfumería iba con retraso por un motivo que nadie quería decir en voz alta: yo había vetado tres fórmulas en cuatro meses.

Las tres eran correctas. Técnicamente irreprochables, comercialmente seguras, aprobadas por gente que cobra bien por aprobar.

Todas olían a algo que ya existía.

—Usted está exigiendo originalidad en un mercado que no la paga —dijo el director de desarrollo, el miércoles, con el valor de quien ha ensayado la frase en el ascensor.

—Estoy exigiendo que no me traigan copias con nuestro nombre en el tapón.

Asintió y recogió las carpetas. Nadie me discute cuando hablo bajo. Lo descubrí a los veintinueve años y no he vuelto a necesitar levantar la voz en mi vida.

Élodie apareció el jueves.

No en una reunión: en el pasillo, antes de la reunión, que es donde la gente que todavía no tiene asiento hace su trabajo. Alta, bien vestida en el registro exacto del edificio, con una carpeta bajo el brazo y mi apellido en la boca.

—Primo.

—Somos primos terceros, y su abuela era hermana de un hombre al que mi abuelo demandó.

—Seguimos siendo primos. —Sonrió como si le hubiera dicho una gentileza—. Quería diez minutos.

Le di seis. Los usó para explicar, con una organización que reconocí como peligrosa, que un paquete de acciones de la rama materna se había incorporado de forma irregular en los años noventa, que ella disponía de documentación y que prefería resolverlo en familia antes que con abogados.

Nadie que quiera resolver algo en familia trae una carpeta.

—Deje la documentación en el departamento jurídico.

—Preferiría dejársela a usted.

—El jurídico soy yo —dije, y seguí andando.

Aquel día registré a Élodie como se registra un olor en la mesa de pruebas: materia prima inestable, insistente, útil en dosis mínima y desastrosa en cualquier otra.

No la tomé en serio. Fue el error más caro que cometí aquel año, y todavía no era el peor.

Étienne llamó el viernes, desde Ginebra, a la hora a la que llama siempre: cuando cierra el mercado y le queda media hora de aburrimiento de lujo.

—Estás raro —dijo, sin saludar.

—Estoy ocupado.

—Tú estás ocupado desde los veintidós años. Eso no es raro, eso es tu personalidad.

Yo estaba de pie, frente a la ventana del despacho, con París gris ahí fuera y el teléfono en la oreja.

Nos conocemos desde el colegio. Étienne es la única persona viva que puede hablarme así, y el motivo es sencillo: no quiere nada mío, y eso, en mi mundo, es una rareza que se protege.

—Pasó algo en aquella recepción —dijo.

—¿Cómo sabes tú lo de la recepción?

—No sé nada de la recepción. Sé que aquella noche contestaste a mi mensaje con tres horas de retraso, cosa que no haces desde que te conozco.

—Hubo una mujer —dije.

Fue todo lo que le di. Sin nombre, sin profesión, sin el color de los ojos.

No sabía su apellido para dárselo, y esa era, a aquellas alturas, una información que prefería no examinar en voz alta.

—¿Y?

—Y quedó resuelto.

—Resuelto —repitió Étienne, y oí el hielo moverse en su vaso, a una frontera de distancia—. ¿Usaste el talonario?

No respondí.

—Raphaël...

—Había entrado en aquella fiesta con una invitación que no era suya.

—Ah. —Una pausa—. ¿Y eso qué demuestra?

—Demuestra lo que demuestra siempre.

—Eso demuestra que quería entrar en una fiesta.

—Su voz cambió de temperatura, y se quedó en esa cosa seca y paciente que odio y para la que nunca he tenido respuesta—.

Amigo mío, voy a decirte una cosa y luego volvemos a hablar de negocios, porque sé que vas a colgar.

Tú no estabas enfadado con ella. Tú le tenías miedo.

—Estás borracho.

—Son las seis de la tarde, me estoy tomando el primero.

—No empieces.

—Siete años llevas con ese método. Cada vez que alguien se acerca, encuentras un documento, un detalle, algo fuera de su sitio, y lo usas como sentencia. Tú no investigas. Tú buscas autorización para no sentir.

Colgué antes de responder, porque la respuesta que venía no era buena.

Inès tenía veintiocho años y un talento de nariz que aparece una vez por generación.

Nos prometimos un septiembre. En febrero, la fórmula de nuestro mayor lanzamiento salió en una casa de la competencia con tres moléculas cambiadas y un nombre demasiado parecido para ser casualidad.

Tardé cuatro meses en creer lo que los informes decían desde el primer día.

No fue el dinero. Una fórmula se rehace, una pérdida se absorbe.

Fue que ella se sentara a mi mesa los cuatro meses siguientes, comiendo mi pan, discutiendo conmigo sobre la cuna de la lavanda, con aquello dentro, y que yo, que llevo veinte años leyendo a las personas, no sintiera nada.

Siete años. Casi una década entera construida sobre una única conclusión: si hubiera desconfiado antes, habría dolido menos.

Esa fue la conclusión que apliqué una mañana de marzo, en una cocina, con una tarjeta de color crema en la mano y una mujer durmiendo arriba.

El lunes siguiente llegó el lote de lavanda.

Provenza, cosecha del verano pasado, cuatro muestras de esencia sobre la mesa blanca de la sala de pruebas. Fue un asistente quien abrió los frascos, porque yo llego siempre después: la nariz no debe captar el ambiente, solo la materia.

Entré en la sala. Y me detuve en la puerta como un idiota.

No es ella. Es una planta. Media Francia huele a esto en junio.

Cogí el primer frasco. Lo acerqué. Y la sala de pruebas, con toda su ventilación calibrada y su suelo blanco y sus cuatrocientos frascos etiquetados, se convirtió durante tres segundos en una cocina de la rue de Varenne a las ocho de la mañana.

—Este está oxidado —dije, y devolví el frasco a la bandeja—. Devuelva el lote.

—El informe indica conformidad, señor.

—Devuelva el lote.

El chico recogió la bandeja y salió andando de espaldas, como hacen ellos, y me quedé solo en la sala blanca con las manos apoyadas en la mesa.

Aquel lote no tenía nada. Era un buen lote. Lo rechacé porque no podía estar en la misma habitación que él.

Aquella noche, en casa, el mayordomo había dejado la ropa de la tintorería en el respaldo del sofá.

La chaqueta estaba allí, cepillada, doblada en el plástico. Y en el bolsillo del pecho, doblado en las tres puntas, el pañuelo de seda.

Tengo instrucciones permanentes para que todo lo que va a la tintorería vaya con los bolsillos vacíos. Alguien, en algún punto de aquella casa, había entendido que aquel pañuelo no debía lavarse.

O yo mismo había dado la orden, y no quería recordar haberla dado.

Saqué el pañuelo. Me quedé con él en la mano un tiempo que no voy a registrar aquí.

Luego lo guardé en el bolsillo interior de la chaqueta del día siguiente, y lo hice como se hace algo automático, para que no contara como decisión.

La borré.

Se me da muy bien borrar cosas. Es lo que me repito cuando llega el olor.