CAPÍTULO 4
«La helada no avisa. Cae de madrugada, en silencio, y por la mañana una cuenta lo que ha muerto.»
JULIETTE MOREAU
Me desperté feliz. Esa es la parte que nunca le he contado a nadie.
La luz entraba por una ventana demasiado alta para ser mía, y durante dos o tres segundos no supe dónde estaba, y no me importó. La sábana olía a los dos.
Llevaba puesta su camisa, grande hasta medio muslo, con la manga remangada tres veces en el puño.
Estiré el brazo hacia el otro lado de la cama.
Frío.
Me incorporé despacio. La habitación, que la noche anterior era solo un rectángulo oscuro con una luz de pasillo, había ganado detalles: las cortinas pesadas, el pie de cama tapizado, un reloj en la pared diciendo que la mañana ya había empezado.
Ningún objeto personal. Ninguna foto. Ningún libro en la mesilla.
Esta habitación es una habitación de hotel muy caro.
Bajé la escalera descalza, con los zapatos en una mano y el vestido doblado en el brazo, y fui rehaciendo el camino de la noche al revés: la escalera, el vestíbulo, el techo de escayola que alguien había hecho a mano para que nadie lo mirara.
Estaba en la cocina.
De traje. Afeitado. De pie, con una taza en la mano, junto a la encimera en la que yo me había sentado la noche anterior.
Y había algo que no encajaba en la escena, algo que tardé un instante entero en localizar.
Mi bolso estaba abierto encima de la mesa.
Yo había dejado el bolso en el suelo, al lado de la puerta. Estoy segura porque fue allí donde lo solté cuando él me cogió en brazos.
Ahora estaba en la mesa, con el cierre abierto, y la tarjeta de color crema —gruesa, con el nombre en relieve— asomaba por fuera, apoyada en el asa como un marcapáginas.
—Buenos días —dije.
Me miró.
No fue la mirada de la noche anterior. Tampoco era su contrario. Era la mirada de quien examina una carta que ha llegado a la dirección equivocada.
—Buenos días.
Me quedé parada en medio de la cocina con los zapatos en la mano.
—¿Tengo café? —pregunté, porque la alternativa era preguntar otra cosa, y todavía no estaba preparada.
—La señorita tiene quince minutos.
La señorita.
Una palabra puede ser una puerta cerrándose. En aquella cocina, lo fue.
—¿Perdón?
—El coche llega en quince minutos y lleva a la señorita adonde quiera. —Posó la taza en la encimera sin hacer el menor ruido—. No es necesario que se dé prisa.
Tenía la voz más baja que la noche anterior. Más lenta también.
Iba a tardar semanas en entender que aquella lentitud no era calma, sino la única forma que tenía aquel hombre de sentir rabia sin romper nada.
—¿Ha pasado algo?
—No.
—Porque ayer usted...
—Ayer fue ayer —cortó.
El silencio que vino después tuvo textura. Se quedó de pie entre los dos, ocupando espacio, y no era el silencio bueno de la terraza, el que estaba trabajando.
Era el otro, el que ya había terminado el trabajo y había llegado a una conclusión.
Volví a mirar el bolso abierto.
—¿Ha tocado usted mi bolso?
—Se cayó.
—Estaba en el suelo porque yo lo dejé en el suelo.
—Y ahora está en la mesa. —Se encogió de hombros, un gesto tan mínimo que casi no ocurrió—. La señorita tiene una bonita colección de cosas prestadas.
No lo entendí.
Esa es la frase que me repetiría a mí misma cientos de veces en los meses siguientes, en la cama, en el metro, en medio de una reunión: no lo entendí.
Pensé que hablaba del vestido. Del vestido de Camille, que llevaba doblado en el brazo, con la etiqueta de otra mujer cosida en el cuello.
Me reí. Fue una risa pequeña y equivocada.
—El vestido es de mi amiga, sí. No tenía nada que sirviera para una fiesta como esa. —Levanté el vestido un poco, como quien entrega una prueba a su favor—. Si a usted le preocupa lo que me voy a llevar de aquí, puede registrarme. Solo he cogido su camisa, y se la devuelvo ahora mismo.
Algo le pasó por la cara cuando dije aquello.
Fue rápido. Un segundo, quizá menos. Si yo fuera otro tipo de mujer, lo habría interpretado como dolor.
Después desapareció, e hizo lo peor que me hizo aquella mañana: sonrió. Una sonrisa educada, de anfitrión, la misma que le había visto dedicar a tres personas en la fiesta antes de verme a mí.
—No es necesario.
—¿Qué no es necesario?
—La escenificación. —Fue hasta el aparador, abrió el cajón de arriba y sacó un talonario.
Un talonario de cheques, en un mundo en el que ya nadie usa cheques, y fue eso lo que me hizo entender que ya lo había usado antes, con otras personas, y que en aquella casa existía un cajón destinado a ese fin—. Déjele una cifra al chófer.
—¿Para qué?
—Para la compensación por la noche.
No me quedé helada. No me faltó el aire. No me pasó nada de lo que suelen contar en los libros.
Lo que pasó fue más sencillo y mucho peor: me vi desde fuera. Una mujer descalza, con una camisa de hombre, con un vestido prestado doblado en el brazo, parada en la cocina de un hombre que estaba calculando cuánto valía ella por hora.
—¿Me está ofreciendo dinero?
—Estoy siendo práctico. —Ya tenía la pluma en la mano—. No sea mezquina con esto. No le sienta bien a nadie.
No sea mezquina.
Hay un instante, cuando cae la helada, en que la planta todavía está verde. Ya ha muerto; solo que no lo sabe. Va a tardar un día entero más en ennegrecer.
Yo estaba en ese instante. Y, aun dentro de él, una parte de mí se irguió y tomó el mando del cuerpo, porque era eso o llorar en aquella cocina, y llorar en aquella cocina habría sido darle lo único que todavía no me había quitado.
Levanté la barbilla.
—Tiene usted razón. Seamos prácticos.
Me desabroché su camisa allí mismo, en medio de la cocina, un botón cada vez, al ritmo al que él había bajado la cremallera de mi vestido la noche anterior.
Me puse el vestido verde encima de la ropa interior.
Me subí la cremallera sola, y la cremallera se atascó a la mitad, y no pedí ayuda, y lo resolví.
Doblé la camisa. La doblé en cuatro, con cuidado, como si la estuviera guardando.
Su chaqueta estaba en el respaldo de una silla, con el pañuelo de seda todavía en el bolsillo del pecho, doblado en las tres puntas que yo había enderezado con el dedo.
Cogí la chaqueta. Puse la camisa doblada encima. Y le entregué las dos cosas en las manos —no en la silla, no en la encimera: en las manos—, obligándolo a soltar la pluma para recibirlas.
—Está todo aquí —dije—. No me llevo nada suyo.
Sostuvo la chaqueta y la camisa y se quedó parado con aquello en los brazos, y por un momento pareció no saber qué hacer con su propio cuerpo.
—Juliette.
Fue la última vez que dijo mi nombre sin rabia.
—El coche no va a ser necesario —respondí—. Sé andar.
Cogí el bolso de la mesa. Metí la tarjeta dentro de cualquier manera, sin mirar, y nunca se me pasó por la cabeza —ni aquella mañana, ni en los meses siguientes— que aquel trozo de papel tuviera algo que ver con lo que estaba pasando.
La calle estaba mojada por una lluvia que había caído mientras dormíamos.
Bajé por la acera con los tacones en la mano, descalza, en la mañana fría de marzo, pasando por portones de dos hojas y fachadas mudas y ventanas demasiado altas para que nadie viera nada desde dentro.
Una mujer con un perro pequeño me miró de arriba abajo. Le sostuve la mirada hasta que la apartó.
Solo en la esquina, cuando giré y su calle se perdió de vista, se me llenaron los ojos.
Y era rabia. Toda ella.
Él nunca sabrá que salí de allí entera por fuera y hecha pedazos por dentro.