CAPÍTULO 3
«Todo perfume avisa antes de llegar. Por eso me fiaba de ellos.»
RAPHAËL DUMONT
La llave giró y supe que había cometido un error.
No por el motivo que uno imagina. El error no fue traerla. Fue querer.
Cerré la puerta despacio, como si el ruido pudiera deshacer algo, y me quedé un instante con la mano todavía en el metal, de espaldas a ella, calculando cuántos años hacía desde la última vez que había abierto aquella puerta para alguien que no fuera Étienne o un equipo de limpieza.
Cuando me volví, estaba parada en medio del vestíbulo, con mi chaqueta sobre los hombros, mirando al techo.
No a los cuadros. Al techo.
El vestíbulo de esa casa es una declaración. Quien entra hace una de tres cosas: finge indiferencia, elogia de más, o hace una cuenta silenciosa que se le nota en la cara sin que se dé cuenta.
Conozco las tres lecturas. Vivo de conocer las tres lecturas.
Ella no hizo ninguna.
—¿Eso es escayola? —preguntó, señalando la moldura del techo.
—Sí.
—Alguien lo hizo a mano. —Siguió mirando, con el cuello torcido—. Tuvo que llevarle meses. Y está en el techo, donde nadie mira.
Es la primera persona en quince años que entra aquí y mira hacia arriba.
—La señorita no va a preguntarme a qué me dedico.
—Ya se lo he preguntado. Usted me respondió con una pregunta.
Fue entonces cuando llegó el olor.
Yo no uso la palabra olor como la usa la mayoría de la gente. Mi oficio es descomponer: nota de salida, lo que se anuncia; nota de corazón, lo que se sostiene; nota de fondo, lo que se queda en la piel cuando la promesa se evapora.
Llevo veinte años leyendo así a las personas. Es un método, y nunca me ha fallado.
Ella no llevaba perfume. Ninguno. Ni de los que fingen no ser perfume, ni de los discretos de quien quiere parecer discreto. Olía a lavanda de verdad —no a la esencia, no al acorde, a la planta— y a tierra mojada, como quien ha pasado la tarde con las manos metidas en una maceta.
No había envoltorio.
La esencia no miente. El envoltorio, siempre.
Era la frase que me repetía a mí mismo como quien comprueba una cerradura antes de dormir. Aquella noche vino sola, sin que la llamara, y no me sirvió de nada, porque allí no había envoltorio del que desconfiar.
—¿Me está oliendo?
Se había vuelto. Me miraba con la barbilla un grado más alta que antes.
—Sí.
—¿Y...?
—Y la señorita no lleva perfume.
—A mi madre el perfume le da dolor de cabeza. —Se encogió de hombros, y mi chaqueta resbaló un poco—. Lo dejé a los diecisiete. Luego se me olvidó volver.
Conozco hombres que pagarían el precio de un piso por un acorde que hiciera aquello. Que se pasarían tres años en una mesa de pruebas intentando reconstruir, con cuatrocientas materias primas, lo que aquella mujer tenía gratis, por descuido, porque a su madre le dolía la cabeza.
—Venga —dije.
Serví dos vasos de agua en la cocina, porque fue lo único que se me ocurrió ofrecer sin que pareciera que estaba ofreciendo otra cosa.
Se sentó en la encimera. No en el taburete: en la encimera, con las piernas colgando, el vestido verde subiéndole hasta la rodilla y mi chaqueta todavía encima de todo aquello.
Había un hombre dentro de mí, un hombre antiguo, educado por gente que ya ha muerto, que registró aquello como una infracción.
El resto de mí le miró las piernas y no registró nada en absoluto.
—¿Vive usted solo en todo esto?
—Sí.
—Yo tengo veinte metros cuadrados y un enchufe detrás de la nevera. —Bebió el agua—. Habría que hacer algo con ese reparto.
—¿Me está proponiendo una reforma agraria?
—Le estoy proponiendo que me dé una habitación. Elijo la que tenga sol.
No pidió nada.
Eso fue lo que registré, y lo que volvió a mí después, muchas veces, como un acreedor llamando a la puerta: era una broma, y aun en broma pidió una habitación con sol, y no la casa.
Me acerqué a la encimera. Despacio, porque todo en mí es despacio cuando importa.
No retrocedió. Tampoco avanzó. Se quedó allí, con el vaso entre las manos, mirándome acortar la distancia como quien observa cambiar el tiempo al otro lado del cristal.
—¿Eres siempre así? —preguntó. El usted se había caído en algún punto de la noche, y no me di cuenta de cuándo.
—¿Así cómo?
—Lento.
—Sí.
—Es irritante.
—Lo sé.
Le quité el vaso de la mano y lo dejé en la encimera, y el ruido del cristal contra el mármol resultó demasiado grande para aquella cocina.
—Dime que pare —dije.
El silencio que vino después duró lo que dos latidos. Los conté.
—No voy a decir eso —respondió.
La besé allí mismo, con ella sentada en la encimera y yo de pie entre sus rodillas, y no fue un beso de fiesta.
Fue un beso de quien está confirmando una sospecha.
Su boca estaba caliente y sabía a agua y a champán, y me llevó las dos manos a la cara como nadie lo hace: nadie sujeta la cara de un hombre como quien sujeta algo que quiere ver mejor.
La gente agarra la nuca, el hombro, la camisa. Ella me sujetó la cara.
Sentí los callos en sus palmas. Manos de trabajo, en la cara de un hombre que lleva veinte años sin trabajar con las manos.
Fue eso lo que me desmontó. No la boca. Las manos.
—Sube —le pedí, contra su boca.
—¿Me estás dando una orden?
—Sí.
—Sigue.
La levanté de la encimera y ella se rio cerca de mi oído, y la risa entró por ahí y me bajó por dentro entera, y sus piernas alrededor de mi cintura eran lo único que existía en aquella casa de trescientos metros cuadrados.
Subí la escalera con ella. Despacio. A propósito.
En la habitación dejé encendida solo la luz del pasillo.
Quería verla, pero quería más que no se sintiera observada; había una diferencia entre las dos cosas, y aquella noche descubrí que sabía cuál era.
Le quité mi chaqueta de los hombros y la dejé en una silla. El pañuelo seguía en el bolsillo, doblado en las tres puntas que ella había enderezado con el dedo, en la terraza, cuando todavía éramos dos desconocidos con una copa en la mano.
Se puso de espaldas a mí sin que se lo pidiera, y se apartó el pelo del cuello con la mano, y aquel gesto pequeño —la nuca apareciendo, los mechones alzados, la barbilla vuelta apenas— me costó más autocontrol que cualquier negociación que hubiera atravesado en todo el año.
La cremallera del vestido bajó despacio bajo mis dedos.
—¿Lo haces todo a este ritmo?
—Sí.
No empujé la tela. Dejé que cayera sola, como debía.
Le besé el hombro cuando el vestido se soltó. Después la curva donde el cuello se vuelve hombro, ese sitio que no tiene nombre en ninguna lengua de las que hablo. Y el olor estaba allí otra vez, más fuerte, lavanda y tierra y piel caliente, sin nada encima, nada que yo pudiera desmontar por capas.
Se giró entre mis brazos y empezó a desabrocharme la camisa, y lo hizo con una concentración seria, como quien trabaja, y falló el tercer botón dos veces.
—Estás temblando —dije.
—Hace frío.
—No hace frío.
Levantó los ojos. Verdes, y con aquella luz casi negros, y había allí dentro algo que no era miedo.
—Está bien —admitió—. No es el frío.
—Podemos parar.
—No quiero parar. —Le salió la voz más baja—. Es que no sé lo que es esto.
Ni yo.
Fue el pensamiento más honesto que tuve en todo aquel año.
—Entonces no le pongamos nombre —dije, y la tumbé en la cama.
Tenía la noche entera y decidí gastármela toda en aquello.
Había prisa dentro de mí, la misma prisa animal que hay dentro de cualquier hombre en esa situación.
La ignoré. La prisa es de quien tiene miedo de que la cosa se acabe. Yo no iba a dejar que se acabara.
Usé las manos primero, porque mis manos saben esperar mejor que el resto de mí. Aprendí su cuerpo como se aprende una fórmula nueva: lo que la hacía respirar más hondo, lo que la hacía reírse bajito, el punto exacto en que la risa se detenía y se convertía en otra cosa.
Le recorrí el cuerpo con la boca como se recorre algo que no va a repetirse: el hueso de la cadera, el vientre, la cara interna de la rodilla, ese trozo justo debajo del pecho izquierdo donde la piel es más fina que en ningún otro lugar del mundo.
Se arqueó. Agarró la sábana con las dos manos. Dijo mi nombre una vez, bajito, y no era una llamada, era un descubrimiento, como quien prueba una palabra nueva.
Fue lo más erótico de la noche. Y ocurrió antes de que ocurriera nada.
—Raphaël...
—Estoy aquí.
—Ven.
Entré en ella despacio, contuvo el aire, y me detuve.
—No pares —pidió.
—No voy a parar. —Apoyé la frente en la suya—. Solo quiero quedarme así un segundo.
Y nos quedamos. Los dos quietos, respirando el uno contra la boca del otro, en medio de algo que la mayoría de la gente atraviesa corriendo.
Abrió los ojos. Abrí los míos. Y lo que pasó entre nosotros en aquel segundo me asustó más que cualquier pérdida que haya firmado en mi vida.
Después me moví, y ella me siguió, y ya no hubo estrategia ninguna.
Sus manos en mi espalda. Las uñas cortas, con tierra debajo, marcándome la piel. Decía cosas sin ningún sentido y yo le respondía con el cuerpo, y en algún momento perdí la cuenta de lo que era mío y de lo que era suyo.
Cuando se corrió, fue con los ojos abiertos, clavados en los míos, y casi sin hacer ruido; y por eso no pude olvidarlo.
No fingió nada. Ni para mí, ni para sí misma.
Me corrí poco después, con la boca en su cuello, diciendo su nombre contra la piel como quien firma algo que no puede deshacerse.
Se durmió con la cabeza en mi brazo, con una pierna encima de las mías y la mano cerrada en mi camisa, que se había puesto y no había devuelto.
Había una frase que yo solía decirle a Étienne, en la época en que todavía se hablaba de esos asuntos conmigo: una mujer que entra en esta casa quiere dos cosas, y ninguna de las dos soy yo.
Era una frase inteligente. Me gustaba. Aquella noche, tumbado a oscuras con el peso del brazo dormido y su pelo en mi boca, la frase sonó como algo que un hombre repite para no tener que examinar el resto.
Fuera, el patio estaba en silencio. El árbol viejo hacía ese ruido de mar que hace cuando sopla el viento.
Tenía una reunión del consejo por la mañana. Un lanzamiento con retraso. Una prima que reclamaba un apellido y un paquete de acciones. Una vida entera dividida en bloques de quince minutos, y ninguno de aquellos bloques preveía qué hacer con una mujer de manos agrietadas dormida en mi brazo.
Se movió en sueños y dijo algo que no era una palabra. Me quedé inmóvil hasta que volvió a asentarse, como un hombre que sostiene su propio peso para no despertar a un niño.
Y fue entonces cuando entendí el tamaño del problema.
No era deseo; el deseo lo conozco, el deseo tiene hora de acabarse y siempre se acaba. Era que estaba calculando, en aquel preciso instante, cómo mantener a aquella mujer dentro de aquella casa un día más. Sin saber su apellido. Sin saber nada.
Volví la cara y le olí el pelo. Despacio, como un ladrón.
Lavanda. Tierra mojada.