Desechada por el francés (Multimillonarios Despiadados nº 5) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

«Una acepta el frío de un desconocido con una facilidad que asusta. Luego se pasa años intentando recordar por qué.»

JULIETTE MOREAU

Nadie me pidió el nombre en la puerta.

El hombre de la lista miró la tarjeta, me miró los zapatos, volvió a mirar la tarjeta y me la devolvió con una inclinación de cabeza.

Camille tenía razón sobre lo que se lee en esas puertas.

No había música alta, no había decoración, no había nada que anunciara cuánto había costado.

Ese era el truco. Las paredes no necesitaban hablar porque la gente hablaba por ellas.

Cogí una copa de la primera bandeja que pasó, más por tener algo entre las manos que por beber.

Veinte minutos. Me quedo veinte minutos y me voy con la conciencia tranquila.

Di una vuelta. Oí a una mujer explicarle a otra por qué había vendido un piso en Milán. Oí a un señor decir que su hija estaba «encontrándose a sí misma» en Bali. Oí a tres personas discutir sobre una añada con una seriedad que mi barrio entero no le dedica a un entierro.

Y, en medio de todo eso, yo, con las manos agrietadas de tierra dentro de un vestido que no era mío.

Fue entonces cuando probé el champán.

—Esto está malo —dije.

No iba dirigido a nadie. Era el tipo de comentario que se le escapa a quien se ha pasado la vida hablando con las plantas.

—No lo está.

La voz llegó desde mi derecha, baja, en el tono de quien corrige un informe.

Me volví.

El hombre era alto de una manera inoportuna, de esos que te obligan a recalcular la distancia de tu propio cuerpo.

Traje oscuro, sin corbata, pelo oscuro con canas en las sienes.

Y ojos grises. No un gris bonito, de descripción; un gris de cielo que todavía no ha decidido qué va a hacer con la tarde.

Me miraba como si yo fuera un artículo fuera de inventario.

—Entonces tengo el paladar estropeado —respondí, y volví a beber solo para demostrar que no tenía miedo—. Que viene a ser lo mismo, a efectos prácticos.

—Lo que la señorita está bebiendo cuesta más de lo que la mayoría de la gente de esta sala reconoce gastar en vino en todo un año.

—Eso no es un argumento.

Algo cambió en su cara. Fue mínimo. Un músculo cerca de la boca que se acordó de existir.

—¿Y qué sería un argumento?

—El gusto. —Hice girar la copa—. En mi casa compramos vino de mesa en la estantería del supermercado, de esas que nadie fotografía. Se sirve con pan, con queso y con broncas de familia. Nadie pide perdón por él. Este —levanté la copa— pide perdón a cada sorbo.

No se rio. Pero se quedó en silencio de una forma distinta al silencio de los demás.

—La señorita se da cuenta de que acaba de insultar la bodega de la casa.

—La casa no me está oyendo. Usted sí.

Dos mujeres pasaron entre nosotros, con ese perfume que llega antes que la persona y tarda en irse después.

Él esperó a que pasaran. No apartó los ojos de mí mientras esperaba, lo que me obligó a sostenerle la mirada más tiempo del que había planeado sostener nada aquella noche.

No parpadea. Qué hombre más raro.

—Raphaël —dijo, por fin.

—Juliette.

Esperé el resto. El apellido, el cargo, esa frase que los hombres de ese tipo suelen usar para decir a qué se dedican sin que parezca que lo están diciendo.

No llegó nada. Se limitó a seguir allí, esperando también, y decidí que se sentiría incómodo antes quien hablara primero.

Ninguno de los dos habló.

—¿A qué se dedica la señorita? —preguntó.

—A la tierra.

—¿Eso es una profesión o una provocación?

—Depende de cuánto le guste a usted la tierra.

La terraza estaba vacía porque hacía un frío que pelaba.

Fue exactamente por eso por lo que salí. El aire me daba en la piel desnuda de los brazos y dolía de una manera honesta, y yo prefería eso a la sala.

Él salió detrás de mí. No preguntó si podía.

Nos quedamos los dos mirando los tejados mojados del 7.º arrondissement, esas fachadas mudas donde las ventanas son demasiado altas para que nadie vea nada desde fuera.

En mi barrio se sabe lo que ha cenado la vecina. Allí, nadie sabía ni si había alguien viviendo.

—La señorita está temblando.

—Estoy disfrutando de las vistas.

—Está temblando mientras las disfruta.

Se quitó la chaqueta. Lo hizo despacio, sin ceremonia y sin pedir permiso, y me la puso sobre los hombros con el cuidado de quien cubre una planta antes de la helada.

El peso de la tela me pilló por sorpresa. Pesaba como una manta.

Y olía a él. Amaderado, seco, caro, algo que no se compra en ninguna estantería.

En el bolsillo del pecho había un pañuelo de seda doblado en tres puntas, demasiado perfecto para haberlo doblado él mismo.

Tiré de una punta con el dedo, la enderecé y la devolví a su sitio.

—Usted es de esos hombres que llevan un pañuelo solo para adornar el bolsillo.

—Soy de esos hombres que llevan un pañuelo por si alguien necesita uno.

—¿Y alguien lo ha necesitado alguna vez?

—No. —Me miró—. Hasta hoy.

No sonrías, Juliette. No le des ese gusto.

Sonreí. Y entonces él se rio.

No fue una risa de fiesta, de esas que se sueltan con el cuerpo vuelto hacia quien está llegando.

Fue corta, casi sin sonido, y pareció pillarlo desprevenido: después se llevó la mano a la nuca, como quien comprueba que todo sigue en su sitio.

Un hombre que se ríe así lo hace poco. Se nota.

—Yo no hago esto —dijo.

—¿Reírse?

—Salir al frío con una persona que acaba de decir que mi champán está malo.

—No es su champán.

No me corrigió. Se quedó mirándome, y el silencio que se instaló entre nosotros fue haciéndose denso, como se pone la tierra antes de la lluvia.

—La fiesta se está acabando —dijo.

—La fiesta está en su apogeo.

—Para mí se acabó cuando salí aquí.

Me ceñí la chaqueta al cuello. Dentro, alguien golpeó una copa con una cucharilla y empezó a agradecer a todo el mundo su presencia.

Las voces bajaron. El mundo entero seguía funcionando al otro lado de aquella puerta de cristal, exactamente igual que si yo no estuviera allí.

—Conozco un sitio mejor —dijo—. Sin discursos.

Y yo, que había entrado en aquella casa con el nombre de otra mujer en el bolso, miré a aquel hombre del que sabía exactamente una cosa.

Raphaël.

—Está bien.

El coche se detuvo en una calle estrecha y sin un solo ruido, de esas en las que hasta el motor parece pedir perdón.

El edificio no tenía placa. Tenía un portón de dos hojas con una pintura verde tan vieja que se había vuelto de otro color, y detrás un patio con un árbol en medio, plantado allí seguramente antes de que mi familia existiera.

Él abrió la puerta. La sostuvo.

Subí los dos escalones con su chaqueta todavía sobre los hombros, y el silencio de aquel patio era tan entero que oí girar la llave.

Debería haberle preguntado su nombre completo.

No pregunté nada.