Desechada por el francés (Multimillonarios Despiadados nº 5) CAPÍTULO 1
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Desechada por el francés (Multimillonarios Despiadados nº 5)

Desechada por el francés (Multimillonarios Despiadados nº 5)

Por G.R. Oliveira

© inepub.com

CAPÍTULO 1

«Siempre supe qué hacer con la tierra dura. Nadie me enseñó nunca qué hacer con las puertas.»

JULIETTE MOREAU

La lavanda sobrevivió al viaje.

Fue lo primero que saqué de la caja, antes que las cazuelas, antes que las sábanas, antes de descubrir que el único enchufe del piso estaba detrás de la nevera.

Puse la maceta en el alféizar de la ventana y la fui girando hasta dar con el lado al que le daba el sol. Un esqueje del jardín de mi madre, en Lyon, en una maceta de barro rajada que yo había remendado con cinta adhesiva y cabezonería.

El piso tenía veinte metros cuadrados y un alquiler que se comía más de la mitad de lo que iba a ganar.

Desde la ventana, Belleville bajaba a escalones hasta el resto de la ciudad: tejados mugrientos, una escalera con la barandilla desconchada, un mercadillo que cerraba tarde y dejaba olor a naranja en el aire frío.

Marzo todavía no había soltado el invierno. El cristal sudaba por dentro.

Era feo. Era mío. Era París.

El teléfono vibró a última hora de la tarde.

—¿Has comido? —Así fue como mi madre me dio las buenas noches.

—Estoy comiendo ahora —mentí, mirando una caja abierta con un cuchillo encima.

Ella se quedó callada.

Mi madre tiene un silencio de auditora. No acusa, solo espera, y una siempre acaba confesando algo que ni siquiera le había preguntado.

—¿La consulta fue ayer? —cambié de tema.

—Sí. —Su voz llegaba con ese arrastre del final de la tarde—. Me han cambiado una medicación. Los médicos hablan demasiado deprisa. Casi siempre firmo papeles sin enterarme.

—La próxima vez me meto yo en la llamada.

—Tú vas a estar trabajando, Juliette. No vas a estar a mi lado dentro del teléfono.

Apoyé la frente en el cristal. Abajo, un hombre bajaba la escalera con una bicicleta al hombro, maldiciendo los escalones.

—El tratamiento —empecé, y escogí las palabras como quien escoge dónde pisar en un terreno mojado— está todo pagado. Hasta fin de mes.

Era verdad. Solo que no era verdad suficiente.

—Yo no te pedí que te fueras a París.

—Nadie pide nada, maman. La gente se pone enferma y las facturas siguen llegando. —Suavicé la voz—. Yo me apaño.

Suspiró. Fue un suspiro pequeño, y aun así cruzó el país entero y me dio de lleno.

—Riégame la lavanda.

—Está en la ventana. Quejándose del frío, igualita que tú.

Colgamos riéndonos, que es nuestra manera de no llorar.

Me quedé un minuto mirando la pantalla apagada. Luego mojé la tierra de la maceta con lo que quedaba de agua en el vaso, porque prometer es fácil y regar es lo que sostiene la promesa.

Camille llegó a primera hora de la noche con dos botellas de vino y ninguna pregunta sobre dónde quería yo meter su vida.

—Este piso es del tamaño de mi cuarto de baño —anunció al entrar.

—¿Tu cuarto de baño tiene vistas?

—Mi cuarto de baño tiene una ducha que calienta. —Dejó las botellas en la encimera y abrió la primera sin buscar el sacacorchos, lo que siempre me ha parecido un talento parisino—. ¿Copa?

—Taza.

—Perfecto. Así bebo más y hago como que es té.

Camille Laurent trabaja en una casa de subastas y se pasa los días rodeada de gente que compra pasado al por mayor.

Eso le ha dejado un humor muy particular: le hace gracia todo lo que es caro. Sirvió las dos tazas, me dio la mía y brindó contra la loza con una seriedad de juramento.

—Por tu vida nueva.

—Por mi vida nueva, que empieza el lunes con una entrevista para un puesto que seguramente ya es de otra persona.

—Qué pesimismo tan bonito. —Bebió—. Antes de eso tienes esta noche.

—Tengo cajas.

—Tienes esto.

Y sacó del bolso una tarjeta.

Era gruesa, de color crema, con el nombre de una casa en relieve, de esos que se sienten con el dedo antes de leerlos con los ojos.

Una recepción del mundo del lujo, en un hôtel particulier, con la fecha de hoy. Y, en la línea de la invitada, un nombre que no era el mío.

Margaux Delacroix.

—Camille...

—No va a ir. Es clienta de la casa, de las que confirman asistencia a todo y no aparecen en nada. La invitación estaba sobrando en mi mesa como un plátano que se pasa. —Se encogió de hombros—. Yo trabajo allí. Si no se usa, se muere.

—Esta invitación lleva un nombre. Y el nombre es de otra mujer.

—En esas puertas nadie lee los nombres, Juliette. Leen los zapatos.

—Pues entonces mis zapatos me delatan al momento.

Me miró por encima de la taza, con esa paciencia de quien ya ha ganado la discusión y solo espera a que la otra persona se dé cuenta.

—Llegaste a esta ciudad la semana pasada. Ya sabes qué boulangerie cierra a las siete y qué metro tarda. Y no conoces a un alma. Las puertas que se abren para la gente como nosotras se abren una vez, sin avisar, y no vuelven a avisar.

Removí el vino en la taza. Era un vino de mesa, de esos que se compran en la estantería del supermercado y que en Lyon se beben sin pedirle perdón a nadie. Estaba buenísimo.

—¿Y qué voy a hacer yo ahí dentro exactamente? ¿Sujetar una copa y darle la razón a gente que discute de añadas?

—Vas a comer canapés a cuenta de otros y a mirar a tu alrededor.

—Sé mirar a mi alrededor desde mi ventana, gratis.

—No es la misma ventana. —Camille apoyó los codos en la encimera, y la cocina entera se quedó del tamaño de sus dos codos—. En esa sala va a haber gente que decide dónde trabajan los demás. No tienes que enamorarte de nadie. Solo tienes que existir delante de ellos durante tres horas.

Existir delante de ellos.

Me había pasado la vida entera existiendo delante de gente que no miraba.

—Es allanamiento.

—Es jardinería —replicó—. Tú siempre dices que la semilla no le pide permiso a la maceta.

Odio que use mis propias metáforas contra mí.

Miré hacia la ventana. La lavanda estaba allí, torcida, viva, plantada en un barro que no era el suyo, en un sexto piso de una ciudad que no había pedido recibirla. Seguía creciendo de todos modos, porque la raíz no tiene orgullo: tiene hambre.

—No tengo vestido.

Camille sonrió despacio, como quien ya lo tenía resuelto antes de subir la escalera.

—Yo sí.

El vestido era verde oscuro y me quedaba bien a base de medio milagro y dos alfileres.

Las ocho y veinte de la noche, la habitación patas arriba. Camille me recogió el pelo en lo alto, dejó caer dos mechones —«así parece que no lo has intentado»— y retrocedió hasta la puerta del baño para evaluarme como evalúa un lote antes de la subasta.

Me miré en el espejo de la puerta del armario, ese que estaba torcido y me cortaba los pies.

La mujer de ahí dentro estaba guapa. También tenía las manos agrietadas de tocar tierra, un reloj que se atrasaba dos minutos al día y, en el bolso, una invitación con el nombre de una desconocida.

Una flor de mercadillo en medio de orquídeas de invernadero.

—¿Por qué sonríes? —preguntó Camille.

—Estoy pensando que allí nadie va a tener ni idea de quién soy.

Cogí el bolso. Comprobé que la tarjeta seguía dentro, el nombre en relieve, el borde duro contra el dedo, y cerré el broche.

No tenía manera de saber que aquel trozo de papel todavía iba a costarme todo.