Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 16 Elias
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16 Elias

Elias

Tal como había prometido, Cade lo llevó a casa y lo ayudó a instalarse.

Su amigo había estado callado todo el tiempo, pero a Elias no le sorprendía.

Cade había pasado por mucho durante la última semana, y no solo porque se hubiera enfrentado a su madre.

La escena se repetía en la cabeza de Elias, llenándolo de alegría y partiéndole el corazón a la vez.

Cade había defendido a Elias frente a su madre, pero Elias sabía cuánto le había costado.

Cade había pasado casi todo el día por allí, en silencio, aunque en un momento dado había salido a dar un paseo.

A Elias no le había sorprendido, si bien empezó a preocuparse un poco cuando pasó una hora, y luego dos.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Cade le había enviado un mensaje para decirle que estaba bien, que volvería más tarde y que, por fin, hablarían.

No es que aquello tranquilizara mucho a Elias, pero era mejor que nada.

No sabía muy bien a qué se refería Cade con eso de hablar, pero no iba a presionarlo.

Elias ya le había dicho lo que sentía y había presenciado cómo Cade estallaba contra su madre.

En definitiva, estaba seguro de que Cade tenía mucho en lo que pensar y probablemente aún más de lo que hablar.

Por mucho que insistió en que estaba bien, el jefe se negó en redondo a permitirle volver al trabajo.

Habían amenazado a Elias con suspenderlo si intentaba regresar al parque de bomberos antes de que le dieran permiso.

Así que, en lugar de eso, había visto más televisión de la que podía soportar y había llamado a su madre media docena de veces.

Ya no se le ocurría qué más hacer.

Unos golpes en la puerta le hicieron levantar la cabeza.

Estaba despatarrado en el sofá, mirando al techo sin prestar atención a la televisión.

Era ya bastante tarde y no tenía ni idea de quién demonios podía ir a visitarlo a esas horas.

Con un gruñido, se levantó del sofá y torció el gesto al sentir una punzada en la espalda, donde le había caído la viga.

Aún tenía un moratón, pero al menos había tenido suerte y no se había hecho daño de gravedad.

Elias abrió la puerta y parpadeó.

—¿Cade?

—Eh, hola —dijo Cade, mirando la puerta como si fuera la primera vez que la veía.

—¿Qué haces aquí?

—Eh… ¿venir a verte?

—No, me refiero a por qué llamas. Tienes llave.

—Sí, se me ha ocurrido después de llamar.

Elias negó con la cabeza, abrió más la puerta y se hizo a un lado.

—Bueno, pasa.

Cade entró con paso vacilante y pasó junto a Elias. Al cerrar la puerta, Elias se detuvo al darse cuenta de que Cade no había avanzado más allá de la entrada. De hecho, estaba a menos de medio metro de él, mirando al suelo.

—Eh, ¿Cade? —preguntó Elias despacio.

Cade siguió mirando al suelo.

—Perdona, todo ha sido tan… raro. Quería venir a verte, pero he estado… pensando.

—Sí, eso me dijiste —respondió Elias, sin saber qué debía hacer.

Cade se limitaba a quedarse allí plantado. Elias suponía que tendrían mucho de lo que hablar cuando Cade apareciera por fin, pero no había imaginado lo difícil que debía de haberle resultado a Cade llegar hasta ese punto.

Elias esperaba ponérselo un poco más fácil.

—Mira, sé lo que te dije. Y lo decía en serio, de verdad. Pero eso no significa que tengas que hacer nada al respecto. Si no quieres, no pasa nada. Podemos dejar de sentirnos incómodos con todo esto y volver a ser amigos. Yo solo… quiero que vuelvas a formar parte de mi vida, Cade.

Cade alzó por fin la vista, con los ojos color avellana muy abiertos.

Elias bajó la mirada hacia él y, al darse cuenta de lo cerca que estaban, se preguntó si debería darle un poco de espacio a su amigo.

Se quedó inmóvil cuando Cade levantó una mano, la apoyó en el hombro de Elias y tiró de él para acercarlo.

Antes de que Elias pudiera hacer otra cosa que inclinarse hacia delante, atónito, los labios de Cade se posaron sobre los suyos.

Elias inspiró bruscamente y se puso rígido cuando Cade apretó con firmeza sus labios contra los de él.

Y ahí estaba otra vez: la misma descarga que había sentido las dos veces anteriores que se habían besado.

La única diferencia era que esta vez había tomado la iniciativa Cade, y ambos estaban completamente sobrios.

Elias no percibía olor a alcohol en el aliento de Cade y, joder, sabía de sobra cómo se comportaba Cade cuando bebía.

No, aquella era una decisión tomada sin alcohol de por medio, y el corazón de Elias se desbocó.

Cade se apartó y esbozó una sonrisa tímida.

—Perdona, tenía que… tenía que saberlo.

Elias parpadeó, algo sorprendido. En el fondo, pese a todo lo que había dicho en la habitación del hospital, Elias tampoco había estado seguro de que aquella primera vez no hubiera sido una casualidad.

—Eh… ¿saber qué? —preguntó Elias.

Cade soltó una risita por la nariz.

—Si lo que sentí aquella primera vez era real o… cosa del alcohol.

Elias vaciló.

—¿Y bien?

Cade arrugó la nariz y bajó la mano para presionarse los pantalones. Elias tardó un momento en darse cuenta de que podía ver el bulto de la polla de Cade. Al parecer, aquel beso había sido algo más que una casualidad para los dos.

Elias no pudo evitar reírse.

—Joder, Cade, qué don de palabra tienes.

Cade frunció el ceño.

—Me daba menos vergüenza enseñártelo que decirlo.

—Supongo que sí.

Cade alargó la mano y le dio un toquecito en la polla a Elias.

—No soy el único.

Elias contuvo el aliento ante el breve contacto. Vale, sí. Se le había empezado a poner dura, pero fue mucho peor cuando Cade decidió tocársela.

Elias negó con la cabeza.

—Entonces, ¿qué? ¿Vamos a… aceptar que nos atraemos el uno al otro?

—A ver, es un poco raro… Vale, bastante raro. Acabo de empalmarme al besarte y luego te he tocado la polla dura, y me ha gustado. Me están gustando muchas cosas que nunca pensé que me gustarían —admitió Cade.

—Entonces, ¿en qué punto estamos? —preguntó Elias con cautela.

Cade volvió la mirada hacia él y Elias parpadeó, sorprendido por su intensidad.

Ya había vislumbrado aquella expresión cuando besó a Cade la noche de la fiesta y después de bailar con él.

Elias nunca se había fijado en lo brillantes que eran los ojos de Cade, algo aún más evidente ahora que ardía fuego en ellos.

—¿Hablabas en serio con todo lo que dijiste? —preguntó Cade.

—Ya te he dicho que sí. Eso no ha cambiado —respondió Elias, frunciendo el ceño.

—¿Quieres averiguar si hay algo más entre nosotros?

—Creo que… merece la pena, si tú quieres.

—¿Y si nos gusta?

—¿Y si nos gusta, qué?

—¿Empezamos a salir?

Elias ladeó la cabeza.

—Yo… Joder, Cade, ¿por qué no?

Cade echó el cuerpo hacia atrás.

—¿En serio?

—Si resulta que de verdad nos gusta todo esto: besarnos, tocarnos y… lo que venga después.

—¿Cosas de culo? —preguntó Cade con una sonrisa.

—Con tanto tacto como siempre —repuso Elias con una sonrisa burlona.

—Yo ya he probado cosas de culos.

—¿Cade?

—No, quiero decir que me las han hecho a mí.

Eso hizo que Elias se quedara pensativo.

—¿Cómo?

Cade se encogió de hombros.

—A algunas chicas les va eso. No tiene nada de gay. He usado juguetes y esas cosas. Da gusto.

Elias no sabía qué responder a aquello. De pronto se imaginó metiéndole algo muy distinto en el culo a Cade.

La idea debería haberle parecido extraña, no excitante.

Y, sin embargo, allí estaba, empalmándose otra vez.

Una parte de él también se preguntó si Cade se lo estaría contando por algún motivo.

Elias posó una mano en el cuello de Cade, sujetándolo con suavidad.

—Si llegáramos a hacer más cosas, si nos gustara el sexo entre nosotros, ¿por qué no?

Ya nos compenetramos y, hablando claro, ya te quiero.

¿Por qué iba a renunciar a la oportunidad de descubrir si ese cariño puede convertirse en algo más y de compartir mi vida con alguien que sé que es mi mejor amigo?

Cade lo miró con los ojos muy abiertos.

—Joder, Elias.

—¿Qué? ¿Qué he dicho?

Cade se aclaró la garganta.

—Es que… joder. Eso ha sido jodidamente bonito.

—Es la verdad —dijo Elias, desconcertado.

Cade le sonrió.

—Lo sé. Por lo visto, solo mientes cuando crees que es por mi bien.

Elias le devolvió la sonrisa, contento de ver aquella calidez en el rostro de Cade.

—Así que, aunque no me gusta dejarte toda la responsabilidad, voy a seguir tu iniciativa. Ya sabes lo que siento.

Cade respiró hondo y extendió la mano para apoyarla en el pecho de Elias. Durante un instante, le resultó extraño sentir una mano tan fuerte sobre él, tocándolo de una forma tan íntima. Pero no le importó: el calor de Cade atravesó la camiseta de Elias y la extrañeza se desvaneció.

Era Cade.

—Tenemos tiempo —empezó Cade—. Esta noche. Podemos… descubrir qué pasa.

—¿Descubrir qué pasa? —preguntó Elias.

Cade se acercó un poco, vacilante.

—Tú y yo. El sexo.

A Elias se le encogió el pecho.

—¿Quieres acostarte conmigo?

—Quiero ver qué nos gusta y qué no. Quiero averiguar si nos gusta todo o no nos gusta nada. Y ahora mismo no veo ningún límite.

Elias abrió mucho los ojos.

—Tú… ¿qué?

—Digamos que en estos últimos días me he dado cuenta de unas cuantas cosas. Y quizá esté siendo un idiota por contenerme solo porque al principio parece raro. Besarte es raro, pero solo porque no resulta raro, ¿sabes?

—Sé a qué te refieres.

—Pero besarte me encanta, es increíble. Y cuando… nos metimos mano, también me gustó. Tus manos sobre mí, oírte…

Y otra vez la tenía dura.

Cade lo miró fijamente y le apoyó la otra mano en el pecho a Elias.

—Esta noche nos dejamos llevar. Vemos hasta dónde llegamos. Si alguno de los dos necesita parar porque es raro sin más, y no raro porque en el fondo está bien, lo dice y paramos. ¿De acuerdo?

El corazón de Elias le retumbaba en el pecho.

—Vale. Pero ahora me toca a mí.

—¿Te toca a ti?