Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 15 Cade
88%

15 Cade

Cade

A Cade le temblaban los dedos al llevarse la taza de té a los labios.

Estaba tan atrapado en la furia de sus pensamientos que ni siquiera reparaba en la gente que lo rodeaba en la cafetería.

¿De verdad había mandado a su madre a tomar por culo?

No era la primera vez que le entraban ganas, pero hasta entonces siempre se había mordido la lengua para aguantar sus gilipolleces.

Cade aún no sabía qué sentía por Elias, pero tenía muy claro que no iba a permitir que ella hablara así de él.

Cade sabía de sobra que Pamela Masters nunca había tragado a Elias y que desaprobaba profundamente la estrecha amistad de Cade con él.

Nada de eso justificaba las atrocidades crueles y desgarradoras que había dicho.

Su sexualidad podía estar en entredicho; su lealtad, no.

—Que le den —siseó.

Una sombra se proyectó sobre él y lo obligó a alzar la vista hacia el rostro de una de las últimas personas a las que quería ver.

Christine se rio con suavidad.

—Vaya, vaya. Nunca te habría imaginado tomando té, Cade. No dejas de sorprenderme.

—Por Dios, ahora no, Christine —gruñó él.

Ella arqueó una ceja fina.

—¿Ah, no? ¿Tienes un mal día?

—Estoy pasando una puta mala racha en general, y en buena parte por tu culpa y por la de mi jodida madre.

Así que a lo mejor puedes volver cuando me apetezca seguirte el jueguecito de lanzarnos pullas veladas que tanto te gusta.

Porque ahora mismo lo único que me apetece es mandarte a tomar por culo con tus juegos y decirte que vuelvas a tu maldito ático a planear cómo joderme aún más la vida —le espetó, furioso.

Esperaba que entonces ella sacara las uñas y le diera otro blanco en el que descargar su rabia. Para su sorpresa, ladeó la cabeza y su expresión se suavizó. Levantó una mano para hacer una seña a alguien de la cafetería, a espaldas de él, y después se sentó con cuidado frente a él.

—¿Qué haces? —exigió saber Cade.

—Cuéntame qué pasa —dijo ella, dejando con cuidado sobre la mesa su cartera blanca con ribetes dorados.

—¿Por qué?

—Porque es evidente que necesitas hablar de ello.

—¿Qué hay en mi cara, en mis palabras o en lo que sea que te haga pensar que necesito hablar?

—Todo. Por muchos defectos que Pamela te eche en cara, no eres un hombre que se comporte con crueldad o se deje llevar por la ira. Si has llegado a arremeter contra mí, diría que es un claro indicio de que algo te preocupa.

Cade entornó los ojos.

—¿Has vuelto a hablar con mi madre? ¿Habéis tenido una charlita agradable?

Ella soltó una risa suave.

—Por favor. Nadie habla con tu madre. Se la escucha y se mete alguna palabra de vez en cuando para que crea que le prestas atención. Pero sí, ha hablado conmigo unas cuantas veces esta última semana. No está contenta contigo y, por lo que parece, el sentimiento es mutuo.

Descubrir que Christine trataba a su madre de forma muy parecida a como la trataba Cade limó las aristas más afiladas de su ira.

Se quedó mirándola, intentando averiguar qué quería y cuáles eran sus intenciones.

Apareció una camarera, dejó una taza humeante delante de ella y se alejó mientras Christine le daba las gracias en voz baja.

—Esto… ¿qué es esto? —preguntó Cade, señalándola a ella y luego a sí mismo.

Christine alzó una ceja delicada mientras alzaba la taza y soplaba suavemente.

—Esto se llama preocupación, Cade.

—¿Desde cuándo?

—Otra vez con las malas maneras, por lo que veo.

—Te gustan los juegos, Christine. Los dos lo sabemos, no finjamos.

Christine dio un sorbito y suspiró satisfecha al dejar la taza.

—Cierto, muy cierto. No voy a sentarme aquí a fingir lo contrario.

—Y entre esos juegos está intentar pillarnos a Elias y a mí en alguna mentira.

—También es cierto.

—Y amenazar con hacernos perder el trabajo si no consigues lo que quieres.

Ella se detuvo e inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado. Frunció el ceño mientras lo observaba.

—Falso —dijo en voz baja.

Cade parpadeó.

—¿Qué?

—Falso. Nunca tuve intención de hacer que perdieras tu trabajo, Cade, ni pienso perjudicar a tu amigo.

Me acerqué a ti hace meses porque me interesabas.

Tus continuos intentos de esquivarme me resultaban divertidos, aunque dejaron de serlo tanto cuando Pamela se metió por medio.

La verdad es que estaba esperando a que, ¿cómo se dice?

, le echaras huevos y me dijeras la verdad.

—Tú… ¿qué?

Christine se rio.

—Sinceramente, Cade, por mucho que me divirtiera todo aquello, empezaba a irritarme un poco que no fueras sincero conmigo.

Si lo hubieras sido, al menos podría haberle dicho a Pamela que no iba a pasar nada entre nosotros y nos habríamos ahorrado las molestias.

En lugar de eso, te empeñaste en alargarlo con excusas hasta llegar a esta última mentira.

Cade la miró sin dar crédito.

—Tú… Entonces, ¿por qué montaste toda esta mierda? ¿Por qué se lo contaste al jefe e hiciste que creyera que le complicarías la vida si se descubría que habíamos mentido? ¿Por qué organizaste aquella puta fiesta absurda?

Christine se encogió de hombros.

—Porque esta última mentira era tan… ridícula que no pude evitarlo. Te empeñaste una y otra vez en complicar algo que no tenía por qué ser complicado y, lo admito, quería ver hasta dónde eras capaz de llegar. Claro que nunca esperé… ¿Por eso estás tan enfadado?

—Mi madre —le espetó Cade entre dientes.

Christine hizo una mueca.

—Ah, sí, claro. No fue mi mejor momento. Y está claro que ahí me pasé de la raya. Sinceramente, no estaba pensando. Como has dicho, me gustan los juegos, y este fue más lejos de lo que pretendía. Pero te prometo que nunca corriste ningún peligro por mi parte.

Sintió alivio, pero le duró poco: había salido de Guatemala para meterse en Guatepeor.

Ahora Cade tenía que enfrentarse a la idea de que todo lo que había hecho, todo por lo que habían pasado él y Elias, se debía a que le había dado demasiado miedo decirle la verdad a Christine.

Peor aún: todo había ocurrido porque estaba convencido de que Christine quería hundirlo.

—Joder —murmuró, frotándose la cara.

Christine lo observó.

—Es por lo que hice, ¿verdad? Lo siento muchísimo, Cade. Nunca quise que pasara esto. Hablaré personalmente con Pamela y con el jefe Irons.

Cade resopló y negó con la cabeza.

—Ahora mismo mi madre tiene problemas más gordos conmigo que ese.

Ella asintió, comprensiva.

—Ya veo que no he sido la única en sufrir hoy tu lengua afilada.

—No, y ella… Bueno, lo hecho, hecho está.

Pero tenía un problema mayor. Aunque detestaba ver cómo su vida se desmoronaba poco a poco ante sus ojos, le preocupaba más su…

amistad, relación o como demonios se llamara aquello que tenía con Elias.

Todo había sucedido tan deprisa que aún no sabía qué debía pensar ni sentir.

Ahora tenía la oportunidad de librarse por fin de aquello, de volver junto con Elias al punto de partida.

Pero ¿quería hacerlo?

—No quiero salir contigo —soltó de pronto.

—Vaya sorpresa —respondió ella con sequedad.

—Y no estaba saliendo con Elias.

—Ya veo. ¿Tan difícil era decirlo?

—Ahora no. No cuando hay problemas más gordos.

—¿Como Pamela?

—Como…

Vaciló un momento y entonces se le desbordaron las palabras.

Le habló de lo fácil que les resultaba ser amigos y de la naturalidad con la que se tocaban y se demostraban cariño.

De cómo las cosas habían empezado a cambiar a toda velocidad, haciéndolos conscientes de cada pequeño gesto.

A veces resultaba incómodo sin más; otras, lo incómodo era lo reconfortante que resultaba.

—Y luego, la noche de tu supuesta fiesta para felicitarnos…

Los ojos de Christine se abrieron un poco más, pero hay que reconocerle que apenas mostró una leve sorpresa y escuchó con atención.

Cade pasó por alto los detalles íntimos de aquella noche, aunque se aseguró de que entendiera que había ocurrido más que en dos años de amistad.

Le contó cómo después se habían ido distanciando sin dejar de fingir en público, sin saber nunca qué había significado realmente aquella noche.

También le contó que ni siquiera el incendio, ni el miedo atroz que había pasado Cade ante la posibilidad de perder a su amigo, habían hecho más que confundirlo aún más.

Había sido un hombre firmemente heterosexual toda su vida, pero ahora se descubría deseando a otra persona.

Y no a cualquiera, sino a su amigo, tan hetero como él, que parecía más dispuesto que Cade a explorar aquella extraña atracción que, al parecer, había surgido de la noche a la mañana.

Cuando terminó, se quedó mirando su taza de té, medio vacía y ya fría. Se dio cuenta de que nunca antes había puesto todo aquello en palabras; llevaba días dejando que le diera vueltas en la cabeza. Y desde luego no esperaba acabar contándole la historia entera precisamente a Christine.

Christine respiró hondo y soltó el aire despacio.

—Ha sido… toda una historia, Cade.

—Es verdad. Todo, hasta la última palabra —se apresuró a decir Cade.

—Oh, no dudo ni por un instante de que nunca habías sido tan sincero conmigo. Y tampoco dudo de que todo lo que sientes por Elias es real —dijo ella.

Cade soltó un resoplido y dio un trago apresurado.

—Claro, el soltero empedernido y mujeriego Kaidan Masters se siente de repente atraído por su mejor amigo, que, conste en acta, también es hetero.

Christine negó con la cabeza y dio unos golpecitos suaves en la mesa.

—Te estás centrando demasiado en si tiene sentido, y no en si te sienta bien. ¿Tan aferrado estás a tu heterosexualidad? ¿Es eso?

Cade arrugó la nariz.

—No se trata de que tenga nada contra los gais.

—No, claro, imagino que no. Cuando hablé con el jefe Irons la noche de la fiesta, insistió mucho en que tanto tú como Elias os habéis portado estupendamente con vuestro compañero gay.

—Pues sí. Matt es un buen tío.

—¿Pero?

Cade frunció el ceño.

—Es distinto cuando, de repente, dos tíos heteros descubren que quieren… hacer cosas no tan heteros.

—Creo que puedes decir sin rodeos que sientes atracción sexual y romántica por Elias.

—Joder, Christine, si vas a ser tan directa, ya puestos puedes decir «follar y salir juntos».

Ella soltó una risita.

—El resultado es el mismo.

—Y me cuesta asimilarlo.

Christine pasó un dedo por el borde de su taza.

—Mira, voy a ponértelo fácil. ¿Te importa él?

—Sí.

—¿Quieres que forme parte de tu vida durante todos los años que os queden?

—Joder, claro que sí.

—¿Compartís vuestras vidas y quieres seguir haciéndolo?

—Sí.

—Y estar con él, pasar tiempo juntos y demostrarle cariño, tanto físicamente como de otras maneras, ¿te hace sentir bien, feliz y a gusto?

Cade abrió la boca, la cerró y, por fin, asintió.

—Sí.

Christine sonrió de oreja a oreja.

—¿Y te atrae sexualmente?

Cade cerró la boca de golpe y bajó la mirada a la mesa que los separaba. Le ardían las mejillas, pero guardó silencio mientras intentaba decidir cómo quería responder.

No es que no hubiera pensado en aquella noche desde entonces.

Había sido tan distinto sentir la fuerza con que lo sujetaban.

Y bailar y restregarse contra Elias mientras intentaban dar espectáculo a los presentes había resultado extraño y, sin embargo, natural de algún modo.

Luego llegó el beso. Algo que debería haber sido incómodo había dejado a Cade mareado y sin saber dónde tenía los pies.

Después se habían quedado solos. Y sí, Cade no dudaba de que el alcohol que llevaban encima había influido, pero no podía fingir que todo se debiera a eso.

Quizá había sido el detonante que los empujó a dejar atrás sus inhibiciones.

La boca de Elias sobre la suya, sus cuerpos apretados mientras se empujaban y se frotaban hasta acabar corriéndose…

Bueno, probablemente había sido uno de los mejores orgasmos que Cade había tenido en su vida.

¿Quería repetirlo? ¿Quería quitarle la ropa a Elias con cuidado, o quizá incluso a tirones? ¿Quería volver a sentir la boca de Elias sobre su cuerpo, quizá más abajo que la otra vez?

Joder, ¿quería saber qué se sentía al tener a Elias dentro de él y al estar él dentro de Elias?

Cade respondió de la única forma posible.

—Sí.

Lo dijo en voz baja, pero admitirlo lo sacudió por dentro.

Llevaba todo ese tiempo debatiéndose entre reconocer lo que sentía, por nuevo y extraño que fuera, y tratar desesperadamente de volver a la normalidad.

Y en ningún momento se había parado a examinar con claridad sus sentimientos: solo los había percibido en un rincón de la mente y había huido a toda prisa.

Christine abrió las manos y volvió a sonreír.

—Entonces supongo que ya tienes tu respuesta. Tienes todo lo necesario para dar el paso y convertir vuestra mentira en realidad. Si él lo quiere y tú también, no necesitas nada más. El resto no es más que una crisis existencial.

—Eso suena tan… adolescente —protestó Cade.

Christine se rio y se encogió de hombros.

—Todos tenemos nuestras crisis existenciales de vez en cuando.

Por lo que me ha contado Pamela, has pasado la mayor parte de tu vida adulta sabiendo lo que querías, aunque no fuera lo que quería tu familia.

Y también lo que no querías: la vida que tenías antes.

Ahora has llegado a un punto en el que lo que creías que debías querer ha chocado con lo que de verdad quieres.

Cade sonrió.

—O sea, ¿que estoy siendo un dramático y un idiota?

—Por supuesto, eres humano. Todos somos criaturas dramáticas e idiotas. Está en nuestra naturaleza. Eso no significa que lo que sientes esté mal.

Cade apartó la taza.

—¿Sabes? Nunca me habría imaginado que serías tú quien me hiciera sentir mejor con todo esto.

—Y yo nunca imaginé que mi bromita acabaría convirtiéndose en todo esto. Aunque, si a los dos os va bien, quizá me sienta un poco menos culpable.

Cade se levantó.

—Solo… no dejes de sentirte culpable del todo.

Christine le dedicó una sonrisa radiante, quizá la más sincera que le había visto nunca.

—No. Hay que aprender de los errores. Aunque al final todo salga bien.

Antes de marcharse, se inclinó y le dio un suave beso en la mejilla.

—Gracias, Christine. Me has dado mucho en lo que pensar.

Christine le guiñó un ojo y recogió su taza de té.

—Pues ve a pensar, Cade. Tómate el tiempo que necesites para aprender a afrontar lo que acabas de decir. Pero ¿me permites un último consejo?

Cade se detuvo.

—¿Cuál?

Ella le sostuvo la mirada.

—Quizá no deberías dejarlo al margen mientras lo averiguas. Habla también con él.