Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 14 Cade
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14 Cade

Cade

Había dormido como el culo, y sabía que también tenía una pinta horrible.

Al menos dos enfermeras que pasaron por allí le preguntaron si se encontraba bien.

En ambas ocasiones, Cade les dedicó lo que esperaba que fuera una sonrisa convincente y les dijo que estaba bien, que solo tenía resaca.

Una frunció el ceño y le dijo que fuera más responsable y que no hiciera demasiado ruido en la planta; la otra le sonrió con aire cómplice antes de alejarse.

Reacciones distintas, pero al menos las dos lo dejaron en paz.

Cade llevaba sentado en la pequeña sala de espera desde las seis de la mañana, más o menos.

Después de salir de la habitación de Elias la noche anterior, Cade había vuelto a su piso para intentar dormir un poco.

Debería haber sabido que sería inútil: se había pasado casi toda la noche mirando el techo.

Las palabras de Elias seguían dando tumbos en su cabeza, amontonándose unas con otras antes de salir rebotadas en otra dirección.

En cierto modo, no le sorprendía que Elias se tomara todo aquello con tanta calma.

Era un hombre imperturbable, aunque por lo general eso no resultaba tan desconcertante.

Para alguien que se había pasado la vida entera siendo heterosexual, Elias estaba dispuesto a dar el salto hacia… ¿hacia qué?

¿Cómo demonios podía llamar Cade a lo que sentía Elias, a lo que sentía él? ¿Correspondía Cade a los sentimientos de Elias? Sí, vale, así era. Pero ¿qué sentido tenía? Ninguno de los dos debería sentir nada sexual ni romántico por el otro.

Y, sin embargo, tal como había dicho Elias, y Cade no podía negarlo, le había gustado lo que había pasado. Y ahora no solo se preguntaba qué significaba, sino también a qué se había referido Elias al hablar de ir más allá. ¿Más allá en qué? ¿Más besos, más magreos, más caricias… follar?

A Cade se le encogió el estómago cuando su imaginación se disparó con aquella idea: imágenes del cuerpo desnudo y firme de Elias cerniéndose sobre él.

La boca de Elias contra su cuello, besándolo y lamiéndolo, con algún que otro mordisquito juguetón.

Y la sensación de tener a Elias dentro de él, o de estar él dentro de Elias.

Aquellos pensamientos no ayudaban, sobre todo por el efecto que tenían en la bragueta. No necesitaba que le pasara eso en público.

Se levantó a por más café. Al pasar junto a la habitación de Elias, echó un vistazo dentro y vio que seguía dormido.

Cade se quedó un momento en el umbral, observándolo.

Una de las enfermeras le había contado que Elias se había levantado varias veces durante la noche para ir al baño y que, aunque había hecho alguna mueca de dolor, insistía en que estaba bien.

Cade no estaba tan seguro, pero también sabía que no servía de nada discutir con Elias cuando ponía aquella expresión pétrea.

—¿Qué voy a hacer contigo? —preguntó Cade en voz baja antes de seguir su camino.

Regresó con una taza de café recién hecho. Si no tenía cuidado, acabaría enganchado, igual que Elias. Aunque, bien mirado, puede que Elias bebiera tanto café porque siempre estaba agotado. Cade por fin podía comprenderlo. Durante la última semana había dormido como el culo.

Cade se dejó caer de nuevo en el asiento y se preguntó si podría echar una cabezada.

La idea se le pasó de inmediato al oír la voz de su madre, tan familiar y tan poco melodiosa.

Cade se incorporó de golpe y miró hacia el pasillo, donde estaba el control de enfermería.

Efectivamente, Pamela Masters, con su habitual traje pantalón y un sombrero enorme, estaba hablando con una de las enfermeras.

—¿Madre? —preguntó Cade, desconcertado.

—Ah, ahí está mi hijo. Déjelo, querida, de todos modos no me ha servido de ninguna ayuda —le dijo Pamela a la enfermera que estaba detrás del mostrador, visiblemente contrariada.

Cade le lanzó una mirada de disculpa. No había oído la conversación, pero, conociendo a su madre, seguro que no había sido agradable. Estupendo, justo lo que necesitaba: que las enfermeras lo asociaran con su madre y que eso perjudicara a Elias.

Pamela entró a paso ligero en la sala de espera.

—Te lo juro, me han tenido dando vueltas por todo este hospital buscándote. Nadie tenía ni la más remota idea de nada. Llevo aquí más de una hora.

Cade enarcó una ceja y reprimió las ganas de resoplar.

Algo le decía que las personas con las que había hablado su madre sabían perfectamente lo que hacían cuando la mandaban de un lado a otro.

De vez en cuando, su madre se encontraba con algún problema, por lo general en una tienda, y la hacían dar vueltas en vano.

Todavía no se le había ocurrido que no se debía a la incompetencia de nadie, sino a la pequeña venganza de quienes trabajaban de cara al público y tenían que soportar a diario a gente mandona y condescendiente como Pamela Masters.

—Vale, eso explica qué haces, pero no por qué. ¿Por qué estás aquí? —preguntó Cade.

—¿Acaso necesito un motivo para buscar a mi hijo?

—Ni siquiera deberías saber que estoy aquí —señaló Cade.

—Por supuesto que estás aquí. Ese hombre, Elliot, está ingresado.

Cade entornó los ojos.

—Elias.

—Sí, ese. Así que, naturalmente, estás aquí. Vamos, tenemos un té previsto para hoy.

Cade resopló.

—Madre, hoy no es buen día. Esta semana no es buena semana. Podemos hacerlo el próximo fin de semana.

—El próximo fin de semana es del todo imposible. Tengo un almuerzo con William y un cóctel con los Cyders.

—Pues el siguiente.

—Kaidan Masters, puedes apartarte de… aquí un par de horas.

Cade retrocedió otro paso, notando que le ardía la cara.

—No digas «aquí» cuando quieres decir «él». Y no, no voy a apartarme de Elias. Ahora mismo soy la única persona que tiene, y no está en el hospital porque se haya dado un golpe en un dedo del pie. Casi salta por los aires.

—Y, sin embargo, está claro que, si está en esta planta, se pondrá bien —repuso Pamela con un leve resoplido.

Cade apretó la taza de café que sostenía y se repitió una y otra vez que no debía perder los estribos.

La última semana había sido la más dura y confusa que recordaba, y había culminado con el susto de su vida.

Si quería quedarse en el hospital como un acosador para asegurarse de que su mejor amigo estaba bien y tenía a alguien a su lado, por Dios que iba a hacerlo.

Cade respiró hondo.

—Como ya he dicho, su familia no está aquí y, de momento, solo me tiene a mí. No voy a dejarlo solo.

—¿Está siquiera despierto?

—No, pero puede que se despierte pronto.

—Puede.

—Sí, madre, puede. Y, cuando lo haga, quiero que vea una cara conocida, la de alguien que le importe.

Ella entornó los ojos.

—Entonces es verdad.

A Cade le dio un vuelco el corazón.

—¿El qué?

—No quería creerlo. Cuando Stephan intentó contármelo, le dije que mi Kaidan jamás iniciaría una… una relación con otro hombre —dijo Pamela, alzando apenas la voz de indignación.

—¿Stephan?

¿Qué demonios podía saber de la vida social de Cade aquel tipo que coleccionaba coches y mujeres como si fueran cromos?

—Sí. Por lo visto, lo oyó mientras tomaba unas copas con los Danvers. No tengo ni idea de dónde lo oyeron ellos, y él tampoco lo sabía. Le dije que no eran más que cotilleos, pero, mira por dónde, ahora resulta que es verdad… —continuó Pamela, agarrándose la muñeca como si intentara contenerse.

—Madre… —empezó Cade, tratando de asimilar que su madre sabía lo de aquella pequeña farsa suya y de Elias.

—¡Y mírate, ni siquiera intentas negarlo! —prosiguió ella, con los ojos echando chispas.

Viendo lo callada que había estado, quizá debería haber sospechado que eso era lo que le pasaba. Aunque al parecer se había negado a creerlo cuando se lo contaron, había seguido evitando a Cade. No pudo evitar pensar en lo mucho que se parecía eso a lo que él le había estado haciendo a Elias.

Pamela se irguió, rígida, ante su silencio.

—Y, para colmo, ¿estás saliendo con él?

Cade también se enderezó.

—¿Cómo? Perdona, ¿qué acabas de decir?

Pamela habló en un susurro cargado de rabia.

—Una cosa es que te acuestes con todas esas mujeres como un putón cualquiera. Y puede que hubiera podido tolerar una aventura con otro hombre. Dios sabe que los tiempos han cambiado. Pero ¿rebajarte de esa manera, además? Kaidan, yo no te eduqué así.

Cade se quedó boquiabierto.

—¿Rebajarme?

—¿Cómo lo llamarías tú? Estuve en contra de esa supuesta amistad desde el principio, pero esperaba que tuvieras el buen juicio de saber cuándo cortar por lo sano. Y, en cambio, ahora estás… ¿arrejuntado con él? —preguntó Pamela.

Cade la miró fijamente, apenas capaz de seguir el torrente de palabras que ella escupía. Siempre había sabido que la amistad que mantenía con Elias no le hacía ninguna gracia, ni tampoco Elias en general. Pero nunca había llegado a comprender hasta qué punto lo aborrecía, cuánto parecía odiarlo.

—Para —susurró.

—No, Kaidan, no voy a parar. Ya he tenido más que suficiente de todo esto. Se acabó lo de salir con ese… hombre y se acabaron todas estas tonterías. Llevas años divirtiéndote, y ya va siendo hora de que vuelvas y te comportes como es debido, como un miembro de la familia Masters.

Basta.

—Cierra la puta boca, madre —dijo Cade, con una voz cargada de sombrío asombro.

Pamela se estremeció como si le hubieran dado una bofetada.

—¿Qué has dicho?

Cade soltó una risa amarga.

—Te he dicho lo que debería haberte dicho hace años. Cierra la puta boca.

—¡Cómo te atreves!

Cade la interrumpió con un gruñido repentino.

—No, ¿cómo te atreves tú? ¿Cómo te atreves a meterte en mi vida y pensar que tienes algo que decir sobre lo que hago o dejo de hacer, sobre quiénes son mis amigos y con quién me acuesto? ¿Y cómo te atreves a creer que tienes derecho a opinar sobre alguien con quien podría estar saliendo o no?

Los ojos de Pamela se iluminaron fugazmente.

—Entonces no estás…

Cade le dedicó una sonrisa de desprecio.

—Y, más importante aún, ¿cómo te atreves a hablar así de un hombre que es mejor persona de lo que tú podrías soñar con llegar a ser?

¿Cómo te atreves a hablar de Elias como si tuvieras derecho?

Elias es un buen hombre, honrado y fuerte, y nunca se olvida de lo que le dicta el corazón.

Ya sé que te cuesta entenderlo, porque tú dejaste el tuyo medio podrido y enterrado en alguna cuneta.

A Pamela casi se le salieron los ojos de las órbitas.

—¡Kaidan Masters! ¡No voy a permitir que me hables…!

Él no le hizo caso.

—Y antes de que se te ocurra amenazarme, quédate con la asignación.

Quédate con el dinero. De hecho, ya no quiero ese puto dinero.

Ya no te quiero en mi vida. Soy perfectamente feliz viviendo de lo que gano en el parque de bomberos, trabajando con unos hombres que, a su manera, son como una familia para mí.

Y estando con Elias, que me quiere y a quien quiero más de lo que mi maldita familia me ha querido jamás.

A Cade le daba vueltas la cabeza de rabia, mientras las palabras salían de su boca como cuchillos en llamas.

Había desaparecido esa parte de él que se contenía y vigilaba lo que decía cuando hablaba con su madre.

La había consumido la súbita furia que le provocaban sus insultos, su condescendencia y todas las pequeñas crueldades que le había lanzado para hundirlo y obligarlo a obedecer.

—Y cuando esté con él, pensaré en la vida miserable que habías planeado para mí y en la que te has labrado tú sola.

En todas esas sonrisas falsas, esas risitas, en cómo finges que te caen bien todas esas víboras a las que apuñalas por la espalda en cuanto se dan la vuelta.

En todas esas fiestas de ricos llenas de gente horrible, fingiendo que tener todo el dinero del mundo os convierte en personas maravillosas.

Pues ¿sabes qué, Pamela? No quiero esa vida y no pienso aceptarla.

Desherédame, finge que no tienes un hijo, porque a estas alturas es como si no lo tuvieras.

Había alzado tanto la voz que resonaba por los pasillos.

La gente se asomaba desde sus habitaciones y hasta las enfermeras miraban hacia ellos desde la esquina.

Elias estaba en la puerta de su habitación, erguido y firme, con la mirada clavada en el rostro de Cade.

Cade lo miró y asintió, esperando que entendiera que hablaba en serio, que sentía todo cuanto había dicho.

Pamela siguió la dirección de su mirada y entornó los ojos.

—No le digas ni una palabra. Lárgate de aquí de una puta vez, Pamela —espetó Cade.

Ella se volvió para mirar a Cade una vez más, con el mentón tembloroso, pero finalmente dio media vuelta y se marchó con paso firme.

Incluso después de que la hubieran insultado y humillado en público, se fue con la cabeza bien alta.

A Cade le daba igual que ella creyera conservar su dignidad.

También le daba igual sentir el estómago revuelto.

Cade por fin había soltado todo lo que llevaba dentro y no iba a arrepentirse, le echara encima lo que le echara su madre.

Cade ignoró las miradas y se acercó a Elias.

—¿Qué haces levantado?

Elias sonrió de medio lado.

—Tengo la espalda llena de moratones, no rota. Hoy me dan el alta.

—¿Cuándo? —preguntó Cade.

—Dentro de un par de horas. Tienen que preparar los papeles —dijo Elias.

—¿Cuándo te lo han dicho?

—Mientras dormías en la sala de espera.

Cade parpadeó.

—Ah. No sabía que tú…

Elias rio entre dientes, le pasó un brazo a Cade por los hombros y lo atrajo hacia sí.

—Sabía que estabas aquí, pendiente de mí.

Cade le devolvió el abrazo, deseando poder estrecharlo con fuerza. En lugar de eso, se aferró al hombre que era su mejor amigo, que lo comprendía y lo quería tal como era. Y, joder, puede que lo que había entre ellos se hubiera complicado de lo lindo, pero podía afrontar aquello.

Elias depositó un beso en la coronilla de Cade.

—Vete.

Cade alzó la vista.

—¿Qué?

—Sé que necesitas respirar, dar un paseo para despejarte después de lo que acaba de pasar.

—No estoy… —empezó Cade.

Elias sonrió de medio lado.

—Te apetece, y lo sabes. Tienes un par de horas. Te mandaré un mensaje cuando me den el alta, lo prometo. Puedes hacerme de taxista.

Cade lo examinó con el ceño fruncido.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Cade se apartó.

—Vale, volveré.

Y lo decía en todos los sentidos posibles.