Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 13 Elias
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13 Elias

Elias

Lo primero que percibió fue un pitido.

Después notó que tenía algo metido en la nariz.

Y luego llegó un dolor sordo y ardiente que le recorría toda la espalda.

—Uf —consiguió decir.

—¿Elias?

Intentó decir el nombre de Cade, pero solo le salió un gruñido apagado. Sentía como si alguien le hubiera molido la espalda a golpes con un bate de béisbol. El hombro también le estaba dando guerra, y se estremeció al intentar moverlo.

La voz de Cade sonó a su lado.

—Eh, no te muevas. Estás en el hospital.

¿Estaba dónde?

Se obligó a abrir los ojos y entornó los párpados ante la luz intensa.

Lo primero que distinguió fue la cara de Cade, contraída por la preocupación pese a que sonreía.

Elias miró a su alrededor, parpadeando mientras asimilaba las paredes impecables, la cama articulada en la que estaba tumbado y el equipo médico.

—¿Qué cojones? —murmuró.

Cade soltó una risa temblorosa.

—Sí, tío, esa fue más o menos mi reacción. Joder, durante un rato me has dado un susto de cojones.

Elias frunció el ceño y alzó una mano para apoyarla en el cuello de Cade. Cade tenía la mejilla manchada de hollín y una venda en el lado derecho del cuello. La piel de Cade estaba pegajosa por el sudor, y parecía más agotado de lo que Elias lo había visto jamás.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Elias.

Cade se apoyó en la cama, como si no quisiera dejar de tocar a Elias.

—Ha habido una explosión.

—Ah, bien, ya está despierto —anunció una voz nueva.

Elias se volvió hacia el recién llegado, que llevaba pijama y bata de médico.

Tendría entre cuarenta y cinco y cincuenta años.

Aunque Elias no era ningún experto en hombres atractivos, aquel médico era guapo.

Tenía el pelo negro, corto y salpicado de canas, más visibles en las sienes.

Las arrugas enmarcaban sus brillantes ojos azules; tenía un rostro de facciones armoniosas y mandíbula marcada.

La nariz, que a Elias le pareció que se había roto alguna vez, no hacía sino darle un toque de encanto.

—Buenas noches, soy el doctor Andrews. Me alegra verlo despierto, Elias —dijo el médico mientras lo examinaba.

—Despierto, pero un poco perdido —admitió Elias.

—Estaba empezando a explicártelo —dijo Cade.

El médico asintió.

—Parece que hubo una explosión en el lugar del incendio que estaba ayudando a extinguir. La explosión no fue muy fuerte, pero usted y su compañero estaban lo bastante cerca para que los derribara. Y tuvo la mala suerte de quedar sepultado bajo los escombros.

—¿Eso explica lo de mi espalda? —preguntó Elias con una mueca de dolor.

—Desde luego. Parece que le cayó encima una viga de gran tamaño.

Sinceramente, por lo que me han contado, ha tenido muchísima suerte.

Esa viga podría haberlo matado. No es más que una suposición, pero sospecho que golpeó el suelo y este absorbió la mayor parte del impacto. Aun así, se llevó una buena paliza.

Elias dejó caer la cabeza hacia atrás.

—¿Qué tengo roto y cuánto tiempo voy a estar postrado en la cama?

—Todavía estamos comprobando que todo esté bien, pero, en conjunto, ha tenido suerte y solo presenta unas cuantas contusiones.

—Pues parecen más que unas cuantas —refunfuñó Elias.

El doctor Andrews rio entre dientes.

—Sí, me lo imagino. Le dolerá la espalda durante un tiempo, pero le daremos algo para el dolor.

Elias hizo un gesto con la mano.

—No hace falta.

Cade le apretó el brazo con suavidad.

—Elias.

—No pienso tomar analgésicos fuertes. Esas cosas te dejan jodido.

—Ahora no es momento de ponerse cabezota. Casi te mueres, idiota.

Elias lo miró con el ceño fruncido.

—Y no pienso dejar que mi cuerpo se vuelva loco porque le entren ganas de drogas. Además, ¿a quién llamas idiota? Tú eres el que está ahí sentado, vendado y sin haberse duchado.

Cade dejó escapar un resoplido.

—He estado aquí esperando a que despertaras. Idiota.

El doctor Andrews los escuchaba con una sonrisa asomándole a los labios.

—Bien, ahora que eso ha quedado claro… Si todo sigue como hasta ahora, podrá irse en uno o dos días. ¿Rechazaría un antiinflamatorio en lugar de un analgésico fuerte? Seguro que podemos conseguirle ibuprofeno, en una dosis algo más potente que la que se vende sin receta.

—A eso no diré que no —admitió Elias.

El doctor Andrews se metió las manos en los bolsillos.

—Bien. Enviaré a una enfermera para que le traiga las pastillas. Mientras tanto, debería intentar descansar un poco.

—¿No es eso lo que he estado haciendo? —preguntó Elias.

—Inténtelo un poco más, entonces.

Elias asintió, sin ganas de discutir. De todos modos, tampoco le apetecía levantarse ni ir a ninguna parte. Le dolía la espalda, pero al menos no era un dolor insoportable. Y le daba igual que Cade le echara la bronca. No le dolía tanto como para necesitar analgésicos fuertes.

Cuando el médico se marchó, Cade lo miró con el ceño fruncido.

—¿Por qué no has aceptado los malditos analgésicos?

—Porque no los necesito.

—Te cayó encima una puta viga enorme, Elias.

—Y, por lo visto, me dejarán salir mañana o pasado. Si estuviera tan mal, no me darían el alta tan pronto. Y, la última vez que lo comprobé, sabía de sobra cuánto dolor aguanto.

—Sigues siendo un cabezota.

Elias decidió que era hora de cambiar de tema.

—¿Cómo coño explotó?

Cade frunció el ceño y negó con la cabeza.

—No lo sé. Un momento estábamos a lo nuestro y, al siguiente, yo estaba tirado de espaldas preguntándome qué cojones acababa de pasar. Lo más probable es que hubiera una tubería de gas en funcionamiento en el sótano del edificio.

Elias frunció el ceño.

—¿No tendríamos que haberlo sabido de antemano?

—La compañía del gas jura y perjura que no había ningún suministro de gas autorizado allí. El local lleva meses en venta y ni siquiera tiene agua corriente.

—Qué raro.

—Sí. Seguro que lo investigarán.

—¿Cómo están Keith y Davis?

—Casi ilesos. No estaban tan cerca como nosotros.

Elias alargó la mano y rozó con cuidado la venda del cuello de Cade.

—¿Y tú?

Cade sonrió y le dio unas palmaditas suaves en el vientre a Elias.

—Me zarandearon un poco, nada grave. La venda es de cuando te sacamos de debajo de la viga, no tiene importancia.

—Ya, claro.

—Davis y yo usamos una de las hachas como palanca para quitarte la viga de encima. Al tirarla sobre aquel montón de mierda, rompió algo y un trozo salió disparado y me rozó. En serio, no es nada.

—¿Nada de nada o nada de «han tenido que vendarte»? —preguntó Elias con escepticismo.

—Si yo no puedo discutirte lo de los analgésicos, tú no puedes discutirme esto.

Elias bufó.

—Cabezota.

Cade le agarró la muñeca y se la apretó.

—Mira quién habla.

—Gracias por sacarme de allí —dijo Elias.

Cade se inclinó hacia él y apoyó la frente contra la de Elias.

—Las veces que haga falta.

Elias asintió, cerró los ojos y disfrutó del contacto. Después de la semana que llevaba, agradecía aquel momento con Cade, aunque le hubiera costado una buena temporada de dolor de espalda. Y, aun con todo, sentía la piel cálida de Cade y su aliento en los labios.

Ah.

Elias soltó una risita.

—Estás pegajoso y hueles a humo, tío.

—Lo sé. Y seguro que también apesto a sudor —dijo Cade con una sonrisa mientras se apartaba despacio.

De pronto, Elias echó de menos su contacto.

—Ve a ducharte. Seguiré aquí cuando vuelvas. Y come algo también. Sé que no lo has hecho.

Cade vaciló.

—Podría simplemente…

Elias lo interrumpió.

—No. Ve a cuidarte. Yo voy a descansar un poco. No te preocupes por mí.

—Como si pudiera —murmuró Cade, aunque se levantó.

Elias lo vio marcharse. Tumbado en la habitación, con el corazón desbocado, se preguntó qué acababa de pasar. Todavía le parecía sentir el aliento de Cade y las ganas de salvar el escaso espacio que los había separado.

—Así que no fue cosa de una sola vez —murmuró Elias, frotándose los labios.

O tal vez podía achacárselo a que casi había muerto.

Pero no, tampoco colaría. ¿Cuántas veces más iba a intentar echarle la culpa a cualquier cosa menos a lo que era?

Quizá lo de achacárselo a la bebida habría funcionado una vez, aunque aquellas sensaciones lo habían acompañado durante días después.

Tumbado en una cama de hospital después de haber estado a punto de volar por los aires, tenía que ser sincero consigo mismo.

A Elias le encantaba tocar a Cade. Siempre había disfrutado del cariño físico que se profesaban.

Ahora, aquel contacto había adquirido un significado completamente nuevo, y deseaba poder convencer a Cade de que dejara a un lado todos sus reparos y se tumbara con él, sin más.

En lugar de eso, se quedó solo en la habitación, pensando en su vida y en lo que vendría después.

* * *

A Elias no le sorprendió que Cade reapareciera unas horas más tarde.

Había anochecido y las luces de la habitación estaban atenuadas por si Elias quería dormir.

A su juicio, era absurdo, pues llevaba todo ese tiempo durmiéndose a ratos.

También había dedicado los intervalos entre cabezadas a darle vueltas a todo.

Para cuando Cade volvió, Elias sabía exactamente lo que iba a decir.

Cade entró con una camiseta y unos vaqueros, y Elias se dio cuenta de que nunca se había fijado en cómo vestía Cade.

No llevaba ropa llamativa ni cara, pero siempre iba bien arreglado.

Sus prendas no eran ajustadas, aunque se ceñían lo suficiente para dejar entrever el vientre plano y el pecho musculoso.

No era precisamente lo que más le gustaba ver a Elias, pero en Cade empezaba a gustarle.

—Eh, estás despierto —dijo Cade con una sonrisa radiante.

—Por ahora. No hago más que quedarme dormido —dijo Elias, atento a cada movimiento de Cade.

—Quería pasarme antes de que me echen —dijo Cade, mirando hacia la puerta.

Elias se rio por lo bajo.

—¿Te dan miedo las enfermeras feroces?

—A las enfermeras no se las cabrea, tío. Y punto.

—A mí me lo vas a contar. Me crio una.

—Ah, claro. Joder, ¿has llamado a tu madre?

Elias hizo una mueca.

—La llamaré mañana. Me han dicho que ellos no la han avisado, así que me toca darle la noticia a mí. Qué… divertido.

Cade se sentó en el borde de la cama con una sonrisa ladeada.

—Al menos, siendo enfermera, debería tomárselo bien.

—También es mi madre, así que no se lo tomará bien.

—La mía se preocuparía más si le trastocara la agenda social.

Elias arrugó la nariz. Nunca le gustaba hablar de Pamela.

—Ahora que la mencionas, ¿has sabido algo de ella?

—Pues, eh… Hace un par de días que no, y eso es raro en ella. Empiezo a preguntarme si habrá pasado algo.

—Pero no lo suficiente para averiguarlo.

—Ni de coña.

Elias se echó a reír y alargó la mano para coger la de Cade. Cade lo observó, dejó que le sostuviera la mano e incluso se la apretó ligeramente. Pero Elias no pasó por alto la reticencia de Cade. Cade evitaba mirarlo a los ojos, y a Elias se le encogió el corazón.

—Elias… —empezó Cade.

Elias negó con la cabeza.

—Déjame hablar. No tienes que decir nada. Deja que te diga lo que quiero decirte y luego podrás pensarlo y contarme lo que tú quieras cuando estés preparado, ¿vale?

Cade parecía receloso, pero asintió.

Elias respiró hondo.

—He tenido tiempo para pensar en esto, y puede que saltar por los aires me haya removido alguna idea. Pero la cuestión es que no… me arrepiento de lo que pasó.

Cade por fin alzó la mirada.

Elias continuó.

—De lo que sí me arrepentiría más que de nada es de que estropeara nuestra amistad. Nuestra amistad lo es todo para mí, Cade. Eres mi mejor amigo. Pero tampoco creo que… que esto tenga por qué interponerse entre nosotros.

—¿Cómo? —preguntó Cade en voz baja.

Elias intentó sonreír.

—Siendo sinceros y afrontándolo. Lo que pasó aquella noche fue… inesperado. Joder, me pasé todo el domingo preguntándome qué coño habíamos hecho.

—Me da que viene un «pero».

—Pero me conoces: no puedo mentirme a mí mismo, y contigo voy a ser igual de sincero. Me… gustó lo que pasó.

Cade abrió mucho los ojos, pero no dijo nada.

—Y ya sé que es raro. Los dos somos heteros, lo que pasó no debería haber pasado y no debería habernos gustado.

Pero a mí me gustó. He tenido que admitirlo esta última semana, y estas últimas horas me han dado tiempo de sobra para darle vueltas.

Ahora me fijo en cosas como lo brillantes que son tus ojos, lo bien que te queda esa ropa…

Y, cuando te acercas, me entran ganas de besarte.

—¿Quieres… que pase algo más? —preguntó Cade.

Elias se encogió de hombros.

—Creo que sí. Bueno, no: lo que siento son ganas de intentarlo.

Pero necesito que tú también quieras. Si te parece bien, si estás dispuesto y quieres probar a ver qué más puede haber, yo también.

Pero el hecho de que me… pregunte cómo sería estar contigo, ser algo más que solo amigos, no basta para que tire nuestra amistad por la borda, Cade.

Así que sí, me gustaría que hubiera… algo más, pero, por encima de todo, quiero recuperar a Cade.

Ve, piénsalo y dime lo que quieras cuando estés listo para hablar, ¿vale?

Había dicho todo lo que se proponía decir, y ya no podía hacer nada más. Cade no había salido huyendo de la habitación, así que Elias lo tomó como una buena señal. Sin embargo, Cade retiró la mano despacio y se levantó.

—Vale —dijo con un gesto de asentimiento—. Lo… pensaré. Lo que has dicho y… lo demás.

Elias supo que iba a marcharse. Cade necesitaba pensar y, aunque le dolía ver irse a su amigo, Elias sabía que era lo mejor. Con el corazón encogido, Elias vio cómo Cade salía de la habitación.

Elias cerró los ojos y se obligó a respirar hondo. Había dejado sus sentimientos al descubierto. Ahora le tocaba esperar la respuesta de Cade.