Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 12 Cade
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12 Cade

Cade

Cade había pasado semanas largas, pero ninguna tanto como aquella en la que Elias y él habían sido prácticamente unos desconocidos.

Lo peor era que sabía que la culpa era suya, maldita sea.

Él había decidido mantenerse alejado de Elias, y su amigo se había limitado a respetar el deseo tácito de Cade de que lo dejaran en paz.

Cade sabía que tarde o temprano tendría que armarse de valor y hablar con Elias, pero el problema era que no sabía qué decirle.

Oye, ya sé que nos divertimos un poco tocándonos la polla, pero desde entonces siento que me va a estallar la cabeza.

Cade apartó aquel pensamiento, irritado porque, pese a llevar días dándole vueltas, aún no se le había ocurrido nada mejor.

No existía precisamente un manual sobre qué hacer cuando de algún modo acababas teniendo escarceos sexuales con tu mejor amigo hetero siendo tú también hetero.

Y la única persona con la que habría hablado de aquello era Elias, así que eso tampoco le servía.

Apoyó la cabeza en el camión de bomberos que estaba fregando y suspiró.

—¿Estás bien?

La voz de Elias hizo que Cade se enderezara con un gruñido de sorpresa. Al volverse, vio a Elias junto a la puerta del pasillo, con la preocupación dibujada en el rostro.

—Sí, solo estoy harto de fregar hasta el último rincón de esta cosa —refunfuñó Cade, volviéndose hacia el camión.

Y era verdad. El jefe exigía que limpiaran el camión cada vez que salía, y que lo limpiaran a fondo. Eso significaba pasar un trapo por todos los recovecos y por cada rincón de cada compartimento. Como Matt había salido a hacer una demostración en el colegio aquel mismo día, tocaba limpiarlo.

—Matt me ha dicho que te ofreciste a hacerlo —dijo Elias.

Cade hizo una mueca.

—Sí, y ahora mismo me estoy arrepintiendo.

—Sabes que te ayudaría si se lo pidieras.

—Sí, pero no voy a pedírselo.

—Qué cabezota.

—Así soy yo.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, y Cade sintió cómo empezaba a pesarle aquella tensión asfixiante.

Pero Cade no se volvió. No quería ver las ojeras oscuras bajo los ojos de Elias.

No quería saber que Elias, que ya tenía problemas para dormir, dormía aún peor que de costumbre.

Dios, ya se sentía bastante mal por todo aquello. No quería cargar con más culpa todavía.

Elias carraspeó.

—Mira, Cade…

Cade cerró los ojos. ¿De verdad iba Elias a sacar el tema allí?

—Creo que ya va siendo hora de que hablemos —continuó Elias.

—¿Ah, sí? —preguntó Cade.

—Sí. De hecho, sé que ha llegado el momento.

Cade no pudo evitar una leve sonrisa. Habría apostado a que Elias se había marcado mentalmente una fecha límite para decir algo.

Mucha gente habría hecho lo mismo en su lugar, pero Cade sabía que, cuando Elias tomaba una decisión, no había quien lo hiciera cambiar de idea.

Elias podía llamar cabezota a Cade cuanto quisiera, pero Cade aún no había conocido a nadie tan obstinado y resuelto como Elias cuando se le metía algo entre ceja y ceja.

Cade por fin se obligó a volverse y mirar a su agotado amigo.

—No creo que este sea un buen momento.

¿En el parque de bomberos? Sí, estupendo.

Solo faltaba que el jefe o Keith aparecieran por allí y los oyeran hablar de lo incómodo que había sido lo del sábado por la noche.

Entonces, no solo se enteraría todo el mundo de que Elias y él fingían salir juntos, sino también de que había algo más detrás.

¿Había algo más detrás?

Eso era lo que atormentaba a Cade. Tal vez podría vivir con lo ocurrido, incluso asimilarlo, si supiera exactamente por qué lo habían hecho.

En dos años de amistad con Elias, Cade no había sentido ni el menor atisbo de ganas de tener la polla de su amigo en la mano.

Sin embargo, después de una noche, un baile y un beso, Cade había sido pura cera en manos de Elias.

Y, que Dios lo perdonara, le había gustado.

Pero ¿por qué?

Elias frunció el ceño y se le ensombreció el rostro.

—Entonces, ¿cuándo?

Cade dejó caer los brazos a los costados con un gesto de impotencia.

—No lo sé, Elias, pero ahora no.

—Eso no es ni de lejos una buena respuesta, y lo sabes —gruñó Elias.

Cade apretó la mandíbula.

—Tú no decides cuándo tengo que hablar.

—Tengo derecho a decir algo cuando me dejas tirado. Esto es una mierda, Cade. No podemos estar bien si sigues evitándome. Pensé que darte espacio te ayudaría a asimilarlo, pero está claro que estás en uno de esos momentos tuyos de «tengo que afrontarlo, pero no me da la gana».

—Eh, ¿perdona?

Elias resopló.

—Sabes a qué me refiero, y sabes que te conozco. Cuando algo te afecta, a veces necesitas que te dejen en paz para asimilarlo. Otras veces tienes que hablarlo y lo haces. Y, de vez en cuando, deberías hablar, pero no quieres, y te pones… así hasta que alguien te obliga. Normalmente, yo.

Cade soltó la esponja de un golpe en el cubo de agua jabonosa.

—No necesito hablar de nada.

—Y una mierda que no —replicó Elias, entornando los ojos hasta dejarlos casi reducidos a dos rendijas.

—¡No lo necesito!

—Vale, sigue siendo un gilipollas cabezota. Pero yo sí necesito hablar de ello. ¿Qué me dices a eso?

Cade parpadeó.

—Bueno… ¡ahora no!

—¿Cuándo?

—¡No lo sé!

El estridente sonido de la alarma cortó la siguiente réplica de Elias.

Se quedaron inmóviles mientras el sonido subía y bajaba, hasta que salieron de su asombro.

La frustración de Cade se evaporó y vio cómo Elias apartaba sus ojos azules de él para mirar hacia la alarma.

Sin necesidad de decir nada, ambos se pusieron en marcha en busca de su equipo.

—Luego —dijo Cade mientras abría su taquilla.

—Más te vale cumplirlo, joder —le advirtió Elias mientras sacaba la chaqueta y los pantalones.

* * *

Las llamas lamían el cielo mientras su camión de bomberos avanzaba a toda velocidad por la calle.

La gente se agolpaba al otro lado del edificio en llamas, con los ojos muy abiertos y cotilleando sin parar.

El edificio, construido al estilo de un antiguo pabellón de caza, despedía densas nubes de humo negro que, al elevarse, tapaban el sol.

Cade arrancó la radio de su soporte.

—Keith, Davis, ocupaos de las mangueras. Impedid que se propague.

La voz de Keith crepitó por la radio.

—En ello.

Cade dio un codazo a Elias, sentado a su lado.

—Nosotros también.

Elias asintió y bajó de un salto del camión; Cade lo siguió.

El hábito y el entrenamiento tomaron el mando en cuanto se pusieron a trabajar.

Por suerte, no era uno de esos incendios en los que algún idiota había bloqueado las bocas de incendios.

Aunque a Cade siempre le producía un pequeño placer romper las ventanillas del coche de alguien que creía estar por encima de la ley, prefería ahorrarse los gritos posteriores.

Trabajaron deprisa, sin prestar atención al ruido de la multitud cercana.

Prepararon la manguera y se pusieron manos a la obra.

Cade se afianzó y apretó los dientes cuando el agua empezó a recorrerla.

Entre él y Elias lograron mantenerla firme, sin que se le escapara de las manos.

En su primera intervención, Cade había visto cómo una manguera salía disparada de las manos de un hombre y golpeaba a su compañero en la cara.

Después de ver la nariz rota y ensangrentada y el rostro lleno de moratones, Cade siempre se aseguraba de sujetar bien la manguera cuando trabajaba.

La voz de Elias sonó amortiguada tras el visor, pero se le entendió.

—Vamos a necesitar más gente. Con esto no basta.

Cade asintió, pero, por suerte, alguien ya había pedido refuerzos a más parques de bomberos, no solo al suyo.

El edificio era grande, y no sabía qué demonios había dentro, pero, al parecer, el fuego se había extendido con rapidez.

Cade tenía la impresión de que los especialistas en incendios provocados se pasarían por allí cuando todo terminara.

—Al menos no hay nada cerca —comentó Cade.

—Sí.

Consiguieron empapar todo lo posible los alrededores mientras combatían el fuego por los bordes. A su derecha, veía a Keith y Davis esforzándose por mantener el control en su lado, pero Elias tenía razón. Entre los cuatro no podrían contener el incendio.

—¿Hueles eso? —preguntó Elias.

Cade negó con la cabeza.

—No, con el visor casi no huelo nada. ¿Qué pasa?

—A mí me huele a gasolina.

Cade no entendía cómo demonios Elias podía oler algo aparte del humo y su propio sudor.

Pero, después de dos años trabajando con él, Cade sabía que era mejor no discutir.

Entre ellos bromeaban con que Elias tenía un olfato sobrehumano.

Si Elias decía que olía a gasolina, probablemente alguien la había utilizado para acelerar el incendio.

Sin soltar la manguera, Cade acercó la mano al transmisor que llevaba en la chaqueta.

—Agentes, os agradecería que alejarais a los civiles. Bien lejos.

—¿Pasa algo malo? —respondió una voz recelosa.

—No lo sé, pero más vale prevenir —dijo Cade.

Ni se molestó en mirar por encima del hombro para comprobar si los policías hacían lo que les había pedido.

En momentos así, solo podían hacer retroceder a la multitud con toda la delicadeza posible para no provocar el pánico.

Cade estaba seguro de que todo iría bien, pero, si había gasolina, podía quedar algo que avivase el fuego.

Lo último que necesitaban era que una multitud de civiles les estorbara si hacía falta más espacio.

Elias gruñó.

—Parece que los refuerzos están al llegar.

Cade asintió al oír el ulular de las sirenas de los camiones de bomberos que se acercaban.

Por el ruido, parecía que venían a ayudarlos de más de un parque de bomberos, y eso era bueno.

Los incendios en edificios antiguos podían ser difíciles de extinguir con un equipo de solo cuatro hombres.

En el peor de los casos, el fuego podía engullirlo todo en vez de limitarse a devorar habitaciones y pasillos, encontrando a veces materiales inflamables por el camino.

—Lo siento —masculló Elias mientras ajustaba la boquilla de la manguera.

—¿Por qué? Si hueles gasolina, hueles gasolina —le gritó Cade.

—No me refiero a eso.

—Entonces, ¿a qué?

Elias lo miró de reojo; el sol que incidía en el visor le ocultaba el rostro.

—A haberte presionado. No debería presionarte, no con esto.

Ah, eso.

Cade suspiró y negó con la cabeza.

—No, no tienes que disculparte.

Tenían que hablar. A Cade le fastidiaba admitirlo y quizá habría evitado la conversación por completo si Elias no lo hubiera arrinconado prácticamente para sacarle el tema.

Pero que se lo hubiera echado en cara le hizo pensar que tal vez había llegado la hora de armarse de valor y hablar con su amigo.

—Mira, si quieres hablar, solo… ven a buscarme, ¿vale? Estoy harto de no tener a mi mejor amigo. Quiero que vuelva Cade —dijo Elias, con la voz tensa por la concentración.

Cade sonrió.

—Vale.

Entonces, el mundo estalló.

Una oleada de aire abrasador golpeó a Cade cuando un enorme muro de fuego se elevó hacia el cielo.

El impacto le vació los pulmones y lo lanzó hacia atrás.

Sin aire siquiera para gruñir, Cade cayó de espaldas al suelo sin emitir un sonido.

Parpadeando deprisa, contempló el cielo, lleno de humo negro que salía a borbotones y de trozos de madera y papel en llamas.

Cade logró tomar su primera bocanada de aire; los pulmones le pedían oxígeno a gritos.

Le dolía todo el cuerpo, maltrecho por el golpe de aquella fuerza invisible y por la caída de espaldas.

Le zumbaban los oídos y, al prestar atención, se dio cuenta de que oía gritos y alaridos, pero era como si llegaran desde debajo del agua.

Los pensamientos le daban vueltas y se le atascaban mientras intentaba desesperadamente entender qué había pasado.

Reuniendo fuerzas, se incorporó y miró el edificio o, mejor dicho, lo que quedaba de él. El tejado había quedado completamente destrozado, y las llamas y el humo negro se elevaban hacia el cielo. Las ventanas habían desaparecido y faltaban varios muros.

—¿Una explosión? —preguntó Cade, aturdido.

Antes de que pudiera empezar a preguntarse cómo había ocurrido, su mirada se posó en un montón de escombros cercano. A primera vista, podía confundirse con cualquier montón de madera y yeso arrancado del edificio.

De no ser por el pie calzado con una bota que sobresalía por debajo.

—¡Elias! —gritó Cade mientras se levantaba a toda prisa.

Cade corrió hacia él, con el corazón desbocado.

No había ningún movimiento, ninguna voz, nada por parte de Elias que indicara que seguía vivo.

Cade apartó a manotazos las primeras capas de escombros y soltó un gruñido al tener que mover los trozos de madera más grandes.

Cuando llegó al fondo, dejó escapar un quejido ahogado.

Una gruesa viga de madera del techo, que aún humeaba por el fuego, descansaba sobre la espalda de Elias.

Elias no se movía; tenía el rostro oculto por el visor y Cade no podía saber si respiraba.

—Joder —gruñó Cade mientras intentaba agarrar la viga para quitarla de allí.

Tensó los músculos y notó que cedía apenas un poco, pero nada más. Mientras se repetía a gritos que debía mantener la calma, miró desesperado a su alrededor en busca de algo que lo ayudara a levantarla.

—¡Cade!

La voz de Davis hizo que Cade se volviera, y vio que él y Keith corrían hacia ellos. Parecían ilesos, y una oleada de alivio lo recorrió. Keith era un capullo y Davis a veces podía ser igual de insoportable, pero, joder, se alegraba de que estuvieran vivos.

—¡Un hacha! ¡Traed un hacha! —ordenó Cade.

Por suerte, Davis se desvió sin vacilar hacia uno de los camiones de bomberos. Keith se acercó a la carrera; al posar los ojos en Elias, soltó un quejido.

—Mierda.

Cade se quedó inmóvil, intentando fingir que no estaba de pie junto a su mejor amigo, atrapado contra el suelo y posiblemente muerto.

Cade miró a Keith.

—Busca a los sanitarios. Davis y yo podemos sacarlo con el hacha.

Keith lo miró, con el visor levantado, y Cade vio la pregunta tácita en sus ojos.

La mirada de Cade se endureció, y Keith asintió antes de echar a correr hacia la multitud.

Solo entonces se dio cuenta de que la gente estaba presa del pánico.

Se oían gritos por todas partes y, aunque Cade estaba seguro de que se encontraban a una distancia prudencial, no podía garantizar que algún fragmento no hubiera llegado hasta allí.

No le importaba.

Cade se agachó junto a la cabeza de Elias y le levantó el visor con cuidado. Elias tenía los ojos cerrados y empezaba a formársele un moratón donde debía de haberse golpeado la cabeza. Pero respiraba. Gracias a Dios, respiraba.

—Aguanta, Elias. No se te ocurra morirte, joder —susurró Cade, con el pecho encogido—. Ni se te ocurra.