Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 10 Cade #2
71%

10 Cade #2

Cade se frotó la cara con un resoplido. Había intentado distraerse con algo, pero nada lograba retener su atención.

Si ponía una película, perdía el hilo de la trama en menos de diez minutos.

Intentar leer había sido igual de inútil: Cade tenía que releer el mismo párrafo media docena de veces antes de darse cuenta de que seguía sin entender lo que ponía.

Daba igual lo que hiciera. No podía dejar de pensar en lo sucedido.

Cade había llegado a la conclusión de que, si hubiera sido cualquier otro, quizá habría podido asimilarlo.

Joder, a veces uno se emborrachaba y hacía algo que no pegaba nada con él, llevado por el momento y por el alcohol que le corría por las venas.

Pero no había sido cualquiera.

Y, por mucho que quisiera echarle la culpa al alcohol, no podía.

Sí, los dos habían estado bastante borrachos, pero él había bebido más otras veces, y Elias también.

Y, sin embargo, en todas las ocasiones en que se habían puesto hasta las cejas, nunca se habían metido mano.

Joder, habían dormido varias veces en la misma cama y ni siquiera se habían abrazado.

Cuando no había miradas indiscretas, no les daba miedo estar cerca el uno del otro, también físicamente.

Estar con Elias le transmitía calidez y consuelo.

Elias era la primera persona que Cade había conocido con la que sentía que podía limitarse a…

ser él mismo. No necesitaba fingir nada.

Cade no tenía que comportarse de determinada manera ni aparentar nada para contentar a Elias.

Y, aunque nunca lo había reconocido abiertamente, le gustaba tocar a Elias y que él lo tocara.

Una mano en el hombro, o esas veces en que Cade leía apoyado contra Elias.

Aquel hombre tenía una solidez, una fuerza serena que parecía brotarle por los poros.

A Cade no le avergonzaba admitir que le encantaban esos momentos.

Pero ¿cómo coño habían pasado de eso a masturbarse mutuamente en plena borrachera?

Por lo que le pareció la centésima vez, cogió el móvil y se quedó mirando los mensajes que había intercambiado con Elias.

Tal como se había prometido, le había escrito para contarle sus planes.

Era imposible que Elias no supiera por qué Cade había desaparecido misteriosamente.

Cade no solía marcharse sin avisar y sabía que, si él recordaba lo ocurrido la noche anterior, Elias sin duda también lo recordaba.

Sin embargo, Elias no había mencionado nada en su respuesta. Solo le había dicho a Cade que bebiera mucha agua y le escribiera si necesitaba algo. Cade volvía una y otra vez al mensaje, preguntándose si debería decir algo. El problema era que no tenía ni idea de qué coño podía decir.

—Oye, ¿te acuerdas de cuando nos hicimos una paja el uno al otro anoche? —dijo Cade en voz alta, y soltó un bufido nada elegante.

Sí, claro. Como si fuera a hacer eso.

Cade negó con la cabeza y metió el móvil entre los cojines del sofá. Ni de coña iba a sacar el tema. Y, por lo que parecía, Elias tampoco. Quizá era justo lo que necesitaban: dejar al dragón dormido y no interrumpirle la siesta.

Como si no tuvieran ya bastantes problemas. No necesitaban añadir a la mezcla algo tan… fuera de lo normal. Sí, había sucedido, pero eso no significaba que tuvieran que prestarle más atención de la necesaria.

No hacía falta detenerse en cómo Elias lo había besado otra vez y en que Cade sospechaba que le había gustado.

Tampoco era necesario darle vueltas a lo bien que se había sentido con la mano de Elias alrededor de la polla, ni a cómo se había descubierto pensando en otras cosas que podrían hacer si se atrevían.

Y, desde luego, no hacía ninguna falta mencionar que aquellos recuerdos bastaban para tensarle el estómago y hacer que su polla se estremeciera, interesada.

—Basta, basta —repitió Cade, cerrando los ojos y obligándose a respirar hondo.

Consiguió respirar dos veces antes de que empezara a sonar el móvil. Cade dio un respingo y rebuscó a su lado hasta sacarlo, con el corazón en un puño. Al mirar quién llamaba, se le cayó el alma a los pies.

—Ah, mierda —murmuró. Justo lo que necesitaba.

Apretó los dientes y descolgó.

—¿Qué pasa, mamá?

Pamela resopló.

—No me vengas con «qué pasa», Kaidan. Eres un hombre hecho y derecho y tienes una buena educación. Exprésate como es debido.

Cade miró al techo.

—Buenas tardes, madre.

—Mejor. Quería saber qué opinas de la celebración de finales de mes.

Cade se puso tenso.

—¿Celebración?

—Sí, Kaidan, cariño. El ayuntamiento organiza una celebración benéfica porque… ¿cuál era el motivo? Ah, sí: la delincuencia y los daños causados por incendios llevan unos años disminuyendo.

—Ah, sí. Eso.

—Sí, eso. Y sabes de sobra que estará allí todo el mundo que sea alguien. Así que he estado pensando en qué podrías ponerte.

Cade puso los ojos en blanco, se acomodó en el sofá y se preparó para una conversación de lo más habitual con su madre.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Y, sin necesidad de que él la animara, empezó de inmediato a desgranar sus ideas. Cade prestó atención el tiempo suficiente para comprender que probablemente tendría que ir a otra prueba de ropa. Después dejó de seguir lo que decía su madre y desconectó mientras ella continuaba hablando sin parar.

Quizá no fuera la solución que buscaba, pero al menos su madre servía para distraerlo.