10 Cade
Cade
Con un quejido sordo y dolorido, Cade recobró el conocimiento.
Fue un proceso lento y desagradable, al que no ayudó darse cuenta de que tenía resaca.
Mientras su mente despertaba a duras penas, notó un dolor en el cuello que se extendía por la espalda y le subía hasta el cráneo.
Por lo visto, había pasado demasiado tiempo en la misma postura y sentía toda la parte alta de la espalda agarrotada.
Con otro gruñido apagado, se dio la vuelta y se encogió al recibir en la cara la luz que entraba por la ventana del dormitorio.
Esta vez soltó un quejido y hundió el rostro en la almohada para escapar de aquel sol odioso.
La noche anterior ya sabía que iba a despertarse hecho polvo, pero estar preparado no aliviaba su sufrimiento.
Sin embargo, la vejiga no iba a permitirle quedarse mucho más tiempo en la cama.
—Sí, sí, ya te oigo —le refunfuñó a su cuerpo.
Se incorporó con una lentitud exasperante y volvió a entornar los ojos por la luz del sol.
Por suerte, no parecía que le doliera demasiado la cabeza.
Un buen vaso de agua y un analgésico acabarían con el dolor en menos de una hora.
Pero eso no bastaría para quitarle aquella sensación de asco que le recorría el cuerpo.
Empezando por la boca. Habría jurado que la noche anterior no había lamido ningún cubo de basura, pero lo parecía por el sabor que tenía.
Llegó dando tumbos al baño de Elias y se acercó al inodoro.
Mientras por fin le daba a su vejiga lo que pedía, se alegró de no haber tenido que abrazarse a la taza en ningún momento.
Las pocas veces que había sido tan estúpido como para beber hasta vomitar había sufrido las peores resacas de su vida.
Aquella era bastante mala, pero podía soportarla.
Joder, si hiciera falta, hasta podría trabajar en ese estado, siempre que no tuviera que hacer gran cosa.
Menos mal que no tenía que trabajar.
Era domingo y podía pasar el resto de su día libre sin ir al trabajo.
Seguramente por eso el jefe le había dado el domingo libre.
Aquel hombre, mayor que él, sin duda sabía en qué estado habría llegado Cade al parque de bomberos si lo hubiera obligado a ir.
Aunque Cade habría preferido disfrutar de su día libre, aquello era mejor que intentar sobrellevar una resaca en el trabajo.
Se lavó las manos y fue arrastrando los pies hasta la cocina entre quejidos.
Primero cogió una botella de agua y el bote de pastillas que había sobre la encimera.
Elias debía de haberlo dejado allí antes de salir hacia el club, sabiendo que él y Cade acabarían volviendo a su piso.
Cade se echó unas cuantas pastillas a la boca y se bebió la botella entera a grandes tragos.
Después preparó una cafetera grande. Solo le apetecía café cuando quedaba con alguien para tomar en una cafetería uno de esos vasos sofisticados, cargados de azúcar y grasa, o cuando tenía resaca y necesitaba un chute de cafeína.
El cuello le dio un pinchazo al verter el agua en el depósito, y maldijo para sus adentros a Christine.
Si no hubiera sido por su mezquino empeño en jugar a aquel estúpido juego, no estaría en la cocina de Elias en calzoncillos, con resaca y dolorido.
Lo habían plantado delante de un montón de gente, la mitad perfectos desconocidos, y lo habían obligado a bailar.
Había sido humillante y estresante, y esperaba no tener que repetirlo jamás.
Al menos Elias había estado a su lado. Su amigo no le había fallado, justo como sabía que haría.
Cade esbozó una leve sonrisa al pulsar el botón de la cafetera.
Elias había aguantado mucho la noche anterior, y ni siquiera tenía la culpa de que él y Cade se hubieran metido en aquel lío.
Pero Elias lo había apoyado: lo había acompañado, había seguido el juego y hasta había bailado con él.
Cade se quedó inmóvil al recordar el beso y recordar que…
Cade abrió los ojos de par en par y se volvió para mirar hacia el salón. Lo hizo tan deprisa que tuvo que agarrarse a la encimera para no caer mareado. Sin embargo, Cade apenas reparó en que había estado a punto de caerse: tenía toda la atención puesta en cómo había terminado la noche anterior.
Mierda, ¿cómo había podido casi olvidarlo?
Lo del beso era una cosa. Sí, había sido sorprendente, y Cade jamás habría creído que Elias fuera a besarlo, y mucho menos que a Cade le hubiera…
Bueno, puede que no le hubiera gustado, pero tampoco…
O puede que sí. Aun así, podía quitarle importancia, y creía haberlo hecho.
Sí, el beso seguía rondándole la cabeza, igual que el recuerdo de la facilidad y la seguridad con que Elias había tomado las riendas del baile, moviéndose con tanta soltura, y de cómo incluso lo había besado sin el menor asomo de vacilación o duda.
Pero había sido una noche extraña, en circunstancias insólitas. Era lógico que pasaran cosas raras.
Pero luego se había quedado tumbado con la cabeza en el regazo de Elias y había…
notado la polla del otro. Ya se habían visto desnudos, pero Cade nunca había visto, y mucho menos tocado, la polla dura de Elias.
En medio de la borrachera se había quedado fascinado.
Recordaba haber pensado que Elias no tenía nada de lo que avergonzarse.
No era monstruosa, pero sí llamaba la atención.
Y él no había dejado de tocarla.
A Cade se le cortó la respiración y aferró con fuerza el borde de la encimera.
Elias también lo había tocado y, antes de darse cuenta, los dos tenían las pollas fuera y cada uno sujetaba la del otro.
Ninguno se había parado a pensar en lo que hacía ni en si debía hacerlo.
Cade solo había sentido las manos fuertes y encallecidas de Elias alrededor de su polla, y no había podido pensar en otra cosa que en lo mucho que deseaba que no parase.
El olor a café empezó a llenar la cocina y le revolvió el estómago. Apretó los ojos y negó con la cabeza en un intento inútil de contener la creciente oleada de náuseas. Un tío lo había hecho correrse. Y no uno cualquiera, sino su mejor amigo, su mejor amigo hetero.
Dios, ¿podía siquiera seguir usando esa palabra para describirlos?
Empeñado en impedir que se le revolviera tanto el estómago como para acabar vomitando, Cade se volvió y fue hasta el fregadero.
Abrió el grifo de agua fría a tope y se salpicó la cara.
El agua helada contrastó gratamente con el calor de su piel y lo espabiló lo suficiente para que su estómago dejara de sentirse como un barco en plena tormenta.
Siguió echándose agua en la cara mientras lo asaltaban las imágenes de la polla de Elias, de la mano del otro rodeando la polla de Cade, y el recuerdo del profundo gemido de Elias cuando…
Cade volvió a sacudir la cabeza. No. Aquello no estaba pasando.
No iba a seguir por ahí. No dejaría que sus pensamientos se perdieran en el pozo sin fondo de la noche anterior.
Su vida ya era bastante rara, con su madre respirándole en la nuca, Christine dispuesta a atosigarlo en cuanto tuviera ocasión y todo el mundo siguiéndole el juego sin saberlo.
—Dios, Christine, ¿qué coño…? —murmuró Cade mientras cerraba el grifo de agua fría con un golpe del brazo.
¿Qué habían hecho?
Seguía sin acercarse lo más mínimo a una respuesta ni a la calma cuando oyó movimiento en el pasillo.
Cade levantó la cabeza de golpe y apretó los dedos contra el borde del fregadero mientras aguzaba el oído.
Los ruidos no se acercaban y, al cabo de un momento, oyó que la puerta del baño se cerraba con un suave clic.
Cade siguió plantado junto al fregadero, con el corazón desbocado, mientras oía tirar de la cadena.
Cuando se abrió la ducha, soltó un leve suspiro de alivio, aunque solo momentáneo.
Puede que no fuera lo más noble, pero sabía lo que tenía que hacer.
Seguro de que Elias se quedaría bajo el agua caliente de la ducha con la esperanza de que su propia resaca se evaporase, Cade se apresuró hacia el dormitorio.
Con cuidado de no hacer ruido, cogió el móvil y pidió un coche.
Se puso los pantalones y la camisa y buscó los calcetines.
Un golpe en el baño hizo que alzara la cabeza y prestara atención.
Solo cuando oyó otros golpes más suaves se permitió Cade relajarse y reanudar la búsqueda.
Tuvo que renunciar a los calcetines cuando el móvil pitó para avisarle de que su coche había llegado.
Metió los pies descalzos en los zapatos y recogió el móvil y las llaves.
Tras echar otro vistazo hacia el baño, fue hasta la puerta de entrada lo más deprisa y en silencio que pudo.
Cerró con llave a su espalda y por fin bajó corriendo las escaleras y salió por la puerta principal del edificio.
El coche lo esperaba junto a la acera, y Cade se metió en él de un salto y soltó la dirección de carrerilla.
Hasta que salieron del complejo y se incorporaron a la carretera, Cade no se permitió respirar hondo.
No podía enfrentarse a Elias, no en ese momento, cuando tenía los pensamientos espesos y pesados, arremolinándose como melaza que se intenta hacer pasar por un desagüe demasiado estrecho.
No podía afrontar lo sucedido todavía. Le escribiría a Elias para decirle que iba a sufrir la resaca en soledad y que lo vería al día siguiente.
Dios, necesitaba pensar, aunque solo fuera durante unas horas.
* * *
Resultó que unas horas no bastaban para hacerlo sentir mejor.
Sí, la resaca iba remitiendo. Una ducha caliente y una enorme cantidad de comida caliente habían sido suficientes para que, con el paso de las horas, se encontrara mejor físicamente.
Después de otra dosis de analgésicos, hasta se le había aliviado la contractura del cuello y la espalda.
Sin embargo, nada de eso le había calmado los nervios.