Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 9 Elias #3
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9 Elias #3

Elias enarcó una ceja, preguntándose qué iba a salir de la boca de su amigo.

Pero, antes de tener que responder, los dedos de Cade se cerraron en torno a la polla de Elias y la apretaron con timidez.

Un gemido grave escapó de los labios de Elias antes de que pudiera pensar en lo que hacía, y notó cómo se tensaba contra él el cuerpo de Cade.

—Ah —murmuró Cade.

Elias recorrió con la mirada, entornando los ojos, el cuerpo de Cade y recordó qué se sentía al tenerlo pegado al suyo.

Sus ojos se desviaron irresistiblemente hacia la entrepierna de su amigo y se le cortó la respiración al descubrir un bulto que antes no estaba allí.

Como si hubiera regresado al trance de la pista de baile, Elias alargó la mano y cubrió con ella la entrepierna de Cade.

Cade tomó aire bruscamente, pero no se apartó cuando los dedos de Elias se cerraron alrededor de su polla.

Dios, Cade la tenía dura.

La tenía dura.

Los dos estaban disfrutando.

Sin saber ni importarle si era por el alcohol que llevaban en el cuerpo, Elias agarró el botón de los vaqueros de Cade y lo desabrochó.

Luego bajó la cremallera; el sonido se mezcló con sus respiraciones agitadas.

Las manos de Cade no se apartaron de la entrepierna de Elias; lo único que cambió fue que apretó más la polla de Elias cuando este deslizó la mano bajo la cinturilla de la ropa interior de Cade.

Y ahí estaba.

Sus dedos rozaron la polla de Cade, dura como el acero. Era la primera polla ajena que Elias tocaba en su vida. En vez de sentir la repulsión que esperaba, Elias sintió una oleada de excitación al rodearla con la mano y sacar de la ropa interior la polla de Cade.

—Dios mío —murmuró Cade, empujando las caderas contra la mano de Elias.

Entonces Elias notó que le aflojaban los pantalones: la mano de Cade buscaba con brusquedad en su interior. Elias dejó escapar un jadeo ahogado cuando la mano de Cade le rodeó la polla y la sacó, y gimió al sentir que desaparecía la presión.

—Joder, Eli —dijo Cade.

—Perdona.

—No me extraña que les gustes a las mujeres.

Elias no pudo evitar reírse. No tenía una polla enorme, pero sí acorde con el resto de su cuerpo.

Sin embargo, por primera vez no era una mujer quien le prestaba aquella atención a su polla, sino un hombre.

Y no cualquier hombre. Dios, era Cade quien tenía los dedos alrededor de la polla de Elias, sujetándola con firmeza y mirándola maravillado.

Y, a su vez, él tenía la polla de Cade en la mano.

Dios, ¿qué estaban haciendo?

Pero, en cuanto movió la mano y empezó a hacerle una paja lenta a Cade, obtuvo la respuesta. El gemido grave de Cade y el estremecimiento que recorrió su cuerpo bastaron para disipar todas las dudas e inquietudes de Elias.

A su vez, Cade le acarició la polla y, entre aquella sensación y la certeza de que era Cade quien lo tocaba, Elias dejó escapar un profundo gemido.

Ninguno de los dos parecía pensar demasiado en lo que hacía.

Cade se incorporó hasta quedar sentado junto a Elias, con cuidado de no soltarse el uno al otro.

—Joder —gimió Elias antes de inclinarse y apoderarse de los labios de Cade.

Una vez más, no lo había planeado, pero sintió una descarga de placer eléctrico atravesarlo.

—Elias —gimió Cade, empujando las caderas contra la mano de Elias.

Elias notó palpitar la polla de Cade contra su palma y supo lo que estaba a punto de ocurrir.

Su cuerpo respondió, y el placer se intensificó cuando Cade apretó más la mano.

Un líquido cálido se extendió por sus dedos cuando Cade se corrió con un gemido grave, estrechándose contra él.

Elias no tardó en seguirlo: emitió un sonido profundo al correrse sobre su camisa y la mano de Cade.

Durante un instante compartieron su placer, su éxtasis, de una manera en que ninguno de los dos lo había hecho jamás.

De una manera con la que Elias nunca había soñado.

Pero…

—Elias —jadeó Cade con las pupilas dilatadas.

Elias se quedó mirándolo. Su mente se paralizó igual que su cuerpo había quedado inmóvil hacía apenas unos instantes. Sacudió la cabeza y sonrió.

—A dormir —le dijo Elias.

—Pero… —empezó Cade mientras miraba sus manos cubiertas de semen y sus pollas, que empezaban a perder la erección una vez pasado el momento.

—Mañana —dijo Elias, aunque su mente clamaba por respuestas.

Dios, él lo había deseado tanto como Cade. Pero ellos… ellos no eran así, y mucho menos el uno con el otro. Sin embargo, sí. Lo habían hecho.

—No sé… —empezó Cade.

Y Elias dijo la verdad que conocía en lo más hondo. Una verdad que seguía ahí por mucho que sus mentes embotadas intentaran gritar lo contrario.

—Con todo lo que hemos bebido, nos dormiremos enseguida —le dijo Elias.

Y quizá el sueño les trajera también el olvido.

Quizá pudieran olvidar que aquello había sucedido, o incluso toda la maldita noche.

Sobre todo, quizá Elias pudiera olvidar la sensación de tener en la mano la polla de su mejor amigo mientras Cade sujetaba la suya.

Quizá pudiera olvidar la embriagadora sensación de la boca de Cade contra la suya y el placer inmenso de oír a Cade gemir su nombre.

—A dormir —dijo Elias, ayudándolo a llegar a la cama.

Pero la pregunta era: ¿quería olvidarlo?