Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 9 Elias #2
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9 Elias #2

Elias casi suspiró de alivio cuando llegó la hora de cerrar la discoteca y echar a los clientes. Hasta que se encontró en la acera, con Cade apoyado en él y Matt dedicándoles una sonrisa burlona.

—¿Qué? —preguntó Elias.

—Nada. Os he pedido un taxi —le dijo Matt.

—Ah. Gracias.

—Me ha parecido más fácil que si os ibais por separado —dijo Matt, mirando de reojo a Christine, que charlaba con otra persona.

—Mmm, bien pensado. Tienen que verme irme con mi novio buenorro, ¿no? —preguntó Cade a su lado. Arrastraba las palabras, y en su voz se percibía claramente que estaba divirtiéndose.

—¿Buenorro, eh? —preguntó Matt.

—Muy buenorro. Grandote, fuertote, cachas. Buenorro.

—Está borracho —aclaró Elias, aunque no hacía falta.

—Y tú también. Llegad bien a casa, chicos. Escribidme mañana por la mañana —dijo Matt cuando se detuvo el taxi.

—Eres un cielo, Matt. Por eso me caes bien. Eres… jodidamente majo. Siento que Davis y Keith sean unos capullos contigo. No te lo mereces. La próxima vez que los vea les voy a partir la cara —prometió Cade mientras avanzaba con cuidado hacia el taxi.

—Está… borracho —dijo Elias, incapaz de reprimir una sonrisa.

Matt le dio unas palmaditas en el brazo.

—También me ha dicho algo parecido estando sobrio… Solo que sin arrastrar tanto las palabras. Así que no es solo la borrachera.

—No, él es… —empezó Elias.

Matt le lanzó una mirada que Elias no supo si era de comprensión o de solidaridad.

—Es Cade. Anda, ve.

Cade se asomó por la puerta del taxi.

—Vamos, Elias. Quiero ir a acurrucarme contigo.

—Lo dice solo porque ella está ahí mismo, ¿verdad? —preguntó Matt en un susurro, mirando por encima del hombro.

Elias soltó una risita y se acercó a él.

—No, en realidad es bastante cariñoso cuando no hay nadie delante. Está demasiado borracho para darse cuenta de que ahora lo anuncia a los cuatro vientos.

Matt le dio una palmadita.

—Pues vete antes de que empiece a proclamar lo mucho que necesita tu cuerpo buenorro o algo por el estilo.

Elias se sobresaltó.

—Yo… ¿qué?

Matt le dio un empujón.

—Vete antes de que Christine intente meterse por medio.

Eso bastó para que Elias dejara a un lado cualquier cosa rara y se metiera en el taxi.

Elias le soltó su dirección al conductor antes de cerrar la puerta y dejarse caer en el asiento.

Apenas alcanzó a ver a Christine cuando se volvió, sorprendida, para observar cómo el taxi pasaba por delante de ella.

—Joder —murmuró Elias, tapándose la cara.

Un cuerpo cálido se apretó contra su costado y el aroma familiar de la colonia de Cade le llenó la nariz.

Elias nunca se había molestado en averiguar qué colonia usaba Cade, pero vaya si la reconocía al instante.

Era especiada y terrosa a la vez. Aunque no supiera identificar el aroma exacto, se dio cuenta de que lo asociaba de inmediato con Cade.

Cade se apoyó en su brazo con un suspiro.

—Dios, ya ha terminado.

Elias alargó la mano, aunque con cierta vacilación, y le dio unas palmaditas en el pecho a Cade.

—Sí, colega. Ya ha terminado.

—Ahora podemos volver a nuestro piso y ser nosotros mismos un rato. Estará bien.

A Elias no se le escapó aquella curiosa forma de decirlo, pero no comentó nada.

¿Desde cuándo consideraba Cade que el piso de Elias era de los dos?

Aunque, pensándolo bien, ¿tanto le molestaba?

Cade pasaba la mayor parte de su tiempo libre en casa de Elias.

Elias no iba a fingir que la actitud de su amigo lo sorprendía.

Aun así, era agradable oírlo, igual que era agradable sentir cómo se apoyaba en Elias para sostenerse.

—¿Por qué estás tan calentito? —murmuró Cade, arrimándose más.

—Sangre latina —bromeó Elias.

—Mmm.

Eso fue todo lo que Cade añadió a la conversación mientras seguía apretándose contra Elias.

Por su parte, Elias se quedó a solas con sus pensamientos mientras el taxi recorría las calles de la ciudad en dirección a su piso.

No dejaba de pensar en la sensación de tener a Cade contra él, en lo extrañamente placentero que había sido abrazar a su amigo y, todavía más, besarlo.

Elias no había tenido intención de besar a Cade; solo quería bailar con él.

Pero, cuando se dejó llevar por el momento, se inclinó y se apoderó de los labios de Cade.

Elias sacudió lentamente la cabeza, intentando aclarar sus pensamientos o, más concretamente, sus sentimientos.

Una punzada de lo que reconoció como pena lo atravesó cuando se detuvieron ante su edificio y tuvo que separarse de Cade.

Que Dios lo ayudara: aquel hombre lo atraía y quería sentir su contacto.

—Vamos —dijo Elias, ayudando a Cade a salir.

Sin embargo, la breve cabezada parecía haberle sentado bien a Cade.

Salió del taxi sin problemas, aunque seguía luciendo aquella sonrisa bobalicona de borracho.

Elias no sabía qué le hacía tanta gracia mientras subían pesadamente las escaleras, pero no dijo nada al abrir la puerta del piso.

Eso sí, enarcó una ceja al ver a Cade desaparecer en la cocina y regresar con dos cervezas abiertas.

—¿Todavía no has tenido bastante? —preguntó Elias.

—Venga, solo son un par de cervezas. Después de todo lo que hemos bebido esta noche, ¿qué importan dos cervezas mientras tú y yo simplemente… estamos aquí, siendo nosotros mismos?

No podía rebatir aquella lógica, así que aceptó la cerveza.

Sus dedos se rozaron y habría jurado que Cade le miraba la cara con la misma intensidad ardiente de antes.

En lugar de darle demasiadas vueltas, Elias fue directo al salón y se dejó caer en el sofá.

Cade lo siguió, tarareando distraídamente una melodía, y se sentó en el cojín central, justo al lado de Elias.

—¿Crees que está contenta? —preguntó Cade después de darle un buen trago a la botella.

—¿Quién, Christine?

—Sí.

Elias se encogió de hombros.

—No lo sé. Por ahora, supongo.

Cade dio otro largo trago y eructó.

—Bueno, que se joda. Yo me lo he pasado bien.

—¿Ah, sí? —preguntó Elias, divertido al recordar lo nervioso y preocupado que había estado Cade al principio de la velada.

Cade dejó la cerveza en la mesa de centro con un golpe seco y asintió.

—Ya te digo que sí.

—Seguro que el alcohol ha ayudado.

Cade se dejó caer de lado sobre el sofá hasta apoyar la cabeza en el regazo de Elias.

Este se puso rígido al sentir la cabeza de Cade sobre sus piernas y su mano aferrada al muslo de Elias.

El corazón empezó a golpearle el pecho mientras su mente regresaba a la sensación del cuerpo de Cade contra el suyo, al placer eléctrico del beso que habían compartido.

—El alcohol ha ayudado. Pero me lo he pasado genial —dijo Cade, removiéndose hasta encontrar una postura más cómoda.

Joder, ¿se estaba empalmando?

Pues sí, señor. Los pantalones empezaban a apretarle.

—Me… alegro de que te hayas divertido —dijo Elias con la garganta tensa.

Cade asintió.

—Sí. Gracias.

—¿Por qué me das las gracias? —preguntó Elias antes de beber un trago.

—Porque estabas allí. Estabas conmigo. Me has ayudado.

—No creo que haya hecho gran cosa.

Cade le dio unas palmaditas en el muslo.

—No digas eso. Me has ayudado mucho.

Dios, la presión de los pantalones empezaba a dolerle.

—Bueno, vale. Me alegro de haberte ayudado —dijo Elias.

Cade emitió un murmullo satisfecho mientras acariciaba con los dedos la cara interna del muslo de Elias.

Elias bajó la mirada hacia su amigo y observó cómo sus dedos se acercaban cada vez más.

La silueta de la polla de Elias se marcaba a lo largo del pantalón, y la idea de que Cade pudiera alcanzarla con los dedos hizo que se le endureciera aún más.

Tal como había previsto, los dedos de Cade rozaron varias veces aquella longitud dura y arrancaron un quedo suspiro a Elias.

Cade dejó de moverse. Frunció el ceño y volvió a acariciar aquella zona del muslo de Elias.

Elias contuvo el aliento. Sabía que debería decirle a Cade que parase, que eso…

eso era su polla. Pero, en vez de hacerlo, se quedó mirando y esperando mientras los dedos de Cade recorrían despacio, con cuidado, pero de forma inevitable, la silueta de la polla de Elias.

—Ah —susurró Cade.

—Sí —dijo Elias con voz temblorosa.

Sin embargo, los dedos de Cade no se apartaron. Se quedaron quietos donde estaban, apoyados sobre el contorno de la polla de Elias, ya completamente dura.

—Supongo que… —empezó Cade.