9 Elias
Elias
De joven, Elias había probado la cocaína por capricho.
Nunca había querido acercarse a nada capaz de alterarle la mente tanto como los alucinógenos.
Elias nunca se había fiado de nada que pudiera hacerle ver o sentir cosas sin fundamento en la realidad.
En cambio, sí se había atrevido a probar la cocaína, por mucho que algunos adultos de su entorno la pintaran como algo espantoso.
Al final no le había gustado, pero aún recordaba la sensación.
Era como si todo su cuerpo se hubiera convertido en un cable de alta tensión.
Los sonidos y los colores se habían vuelto más nítidos, más interesantes, mientras su mente se aceleraba con una capacidad de procesamiento que jamás había experimentado.
La habitación parecía haber cobrado vida y latía con una vitalidad y una energía desconocidas para él.
Allí de pie, mirando a Cade después de besarlo, Elias notó que sus recuerdos volvían a aquella fiesta. Igual que entonces, sentía que el corazón le iba a mil por hora. Le hormigueaban los labios y apenas reparaba en que seguían en medio de una multitud apretujada.
Cade lo miraba desde abajo, atónito, con los ojos muy abiertos y los brazos caídos a los costados.
Elias supuso que, si podía sacar algún consuelo del torbellino que tenía en la cabeza, era que Cade no parecía estar mucho mejor.
Su amigo movía la boca, aunque con tanto ruido era imposible saber si Cade decía algo o se limitaba a mover los labios sin conseguir articular palabra.
Antes de que Elias se viera obligado a buscar algo que decir, se dio cuenta de que a sus espaldas se había alzado un coro de silbidos y gritos de ánimo.
Elias se volvió hacia el grupo que había acudido a la supuesta celebración.
Todos los observaban atentamente, con una sonrisa en la cara, salvo Christine, cuya expresión y actitud se parecían mucho a las de Cade, y Matt, que los miraba con los ojos como platos.
Se aclaró la garganta e hizo un gesto con la cabeza hacia el grupo.
Cade le respondió con un brusco asentimiento.
Sin saber si era lo que debía hacer, bajó la mano para coger la de Cade y sacarlo de la pista.
Los dedos de Cade se tensaron, pero no retiró la mano.
Tenía la piel caliente, y Elias notó una fina capa de sudor contra la palma mientras salían de entre la gente que bailaba.
—Bueno, desde luego eso ha sido digno de ver —dijo Christine cuando llegaron junto al grupo.
Matt tenía las cejas casi en el nacimiento del pelo cuando habló.
—Eso ha sido… algo, desde luego.
Elias le lanzó una mirada.
—Ya, seguro.
Matt deslizó otras dos copas por la mesa.
—Las he pedido mientras vosotros estabais, eh, ocupados. He pensado que quizá os apetecería otra.
Cade alargó la mano y cogió una de las copas.
—Gracias.
Elias frunció el ceño, pero no dijo nada mientras cogía la otra.
No sabía qué le molestaba más: que Cade pareciera tener tantas ganas de emborracharse aún más después de lo ocurrido o que a Elias le molestara siquiera.
Teniendo en cuenta que era la primera vez que hacían algo tan…
íntimo físicamente, él debería haber sentido la misma necesidad.
Pero ni siquiera la bruma del alcohol bastaba para disipar la sensación electrizante del cuerpo de Cade contra el suyo.
Vale, su amigo no era precisamente el mejor bailarín del mundo, pero aquel baile había sido…
extrañamente erótico. Elias sacudió la cabeza, ajeno a la conversación al darse cuenta del rumbo que tomaban sus pensamientos.
Todo había sido una farsa, una forma de conseguir que Christine aflojase o, al menos, se calmase durante un rato.
Joder, se suponía que solo iban a bailar.
Sin embargo, mientras se habían movido y restregado el uno contra el otro, siguiendo únicamente el ritmo de la música y no unos pasos establecidos, Elias se había dejado llevar.
El cuerpo de Cade contra el suyo, sus dedos aferrados a las caderas y al hombro de Elias.
Y entonces había… besado a Cade.
Un codazo en el costado hizo que Elias se enderezara. Parpadeó al mirar a Cade, que lo observaba con una ceja enarcada.
—Eh, ¿qué? —preguntó Elias, distraído, mientras miraba alrededor.
Christine ladeó la cabeza con una sonrisa burlona.
—Solo te preguntaba dónde aprendiste a bailar así.
—Y yo he dicho que es una buena pregunta —añadió Cade.
A Elias le pareció que Cade estaba sorprendentemente sereno para alguien que no solo llevaba cuarenta y ocho horas angustiado por la fiesta, sino que, apenas unos minutos antes, parecía haber recibido un buen golpe en la nuca.
Sin embargo, al observarlo, Elias reconoció esa fachada tranquila, desenfadada y cordial que Cade solía adoptar en público.
También vio algo más: un vestigio de lo ocurrido en la pista que aún ardía en los ojos de Cade.
—Ah, supongo que es un… talento natural —respondió Elias, sin mucha convicción.
Christine sonrió.
—Talento, desde luego. Reconozco que este tipo de baile rara vez me resulta… atractivo. El baile de discoteca, quiero decir.
Cade soltó un bufido.
—Follar con la ropa puesta.
Para sorpresa de Elias, Christine no arrugó la nariz con desagrado. Al contrario, abrió mucho los ojos con lo que a él le pareció auténtico entusiasmo.
—Exactamente —respondió ella.
Vaya. Quizá Elias no la tenía tan calada como creía.
Christine hizo un gesto con la mano.
—Dicho esto, casi entiendo por qué hay gente a la que le gusta. Y todo gracias a ti, Elias.
—Eh, ¿a mí? —preguntó Elias.
Matt soltó un leve bufido a su izquierda.
—Es su manera educada de decir que le gusta cómo mueves las caderas y tomas la iniciativa.
Elias parpadeó.
—Ah.
Christine miró a Matt.
—Me temo que no te conozco, pero debo decir que empiezas a caerme bien.
Matt la observó y sonrió con expresión de absoluta inocencia.
—Soy el gay original de nuestro parque de bomberos. Pensaba que por eso me habías traído a esta pequeña celebración de la inclusión y la diversidad.
El rostro de Christine se quedó inexpresivo.
—Ya veo.
—Joder —resopló Cade sobre su copa.
Hasta Elias salió de su desconcertado ensimismamiento para dedicarle a Matt una sonrisa de aprobación.
Nunca se le habría ocurrido que Matt tuviera las garras escondidas, fueran sutiles o no.
Pero, mientras veía a Christine esforzarse por encontrar una respuesta con la que disimular su metedura de pata, Elias no pudo sino admirar la sutileza con que Matt había lanzado el zarpazo.
Hasta que Cade, borracho, se apoyó en él y escondió la cara contra el brazo de Elias para sofocar la risa.
Elias contuvo el aliento y se puso rígido al sentir otra descarga eléctrica recorrerle el cuerpo.
Cade no pareció notarlo: con la mano libre se agarró a Elias y siguió riéndose entre dientes.
El corazón de Elias latía con fuerza mientras miraba a su amigo y se preguntaba qué demonios estaba pasando.
Cade alzó la vista hacia él, y a Elias se le encogió el pecho al descubrir que aquella chispa ardiente seguía en los ojos de su amigo.
Estaba oculta bajo el regocijo y la bruma del alcohol, pero seguía allí.
Se miraron durante lo que pareció una eternidad.
Finalmente, Cade se apartó; sus dedos fueron lo último en separarse del brazo de Elias, casi a regañadientes, antes de volverse hacia Christine.
—Bueno, así tendrás ocasión de conocer mejor a Matt —dijo Cade, desviando los ojos no hacia Matt, sino hacia Elias.
Christine se animó al ver que le brindaban una salida.
—¡Sí! Sí, por supuesto. Siento mucho no haberme dado cuenta antes. Quizá vosotros tres… ¿tenéis alguna anécdota?
Matt soltó un resoplido y se hizo a un lado para dejarles sitio.
—Seguro que tenemos unas cuantas. Vamos, par de borrachos, sentaos a mi lado y haced manitas como una pareja mientras entretenemos a Christine con nuestras historias.
—Hay anécdotas graciosas de sobra —dijo Elias, sobre todo como sutil recordatorio de que, teniendo en cuenta el motivo de la velada, quizá no fuera buena idea sacar a relucir a gente como Davis y Keith.
—Solo las mejores —prometió Matt.
Elias se rio por lo bajo, se sentó a su lado e hizo cuanto pudo por no volver a ponerse rígido cuando Cade se arrimó.
Una mirada a Cade le bastó a Elias para saber que no era el único que de pronto reparaba en lo cerca que estaban.
Sin embargo, aquel atisbo de deseo y recelo desapareció cuando Cade dirigió su atención a Christine, al otro lado de la mesa.
Apenas se estremeció cuando Elias, haciendo una pequeña representación, respiró hondo antes de posar la mano en el muslo de Cade.
La pierna de Cade transmitía una calidez acogedora. Y eso aterraba a Elias casi tanto como lo atraía.
* * *
Elias habría querido poder decir, sinceramente, que la noche se había vuelto más fácil.
En cambio, parecía que el universo y todos los presentes en la fiesta se habían propuesto mantener a Cade y Elias lo más juntos posible.
Elias no tuvo ocasión de asimilar del todo lo que habían hecho, lo que él había hecho, cuando estaba con Cade en la pista de baile.
Solo tenía presente la sensación del cuerpo de Cade apretado contra el suyo.
El roce de sus dedos le provocaba un nuevo hormigueo cálido que le bajaba directo a la entrepierna.
¿Qué demonios le estaba pasando?
La respuesta no dio señales de querer aparecer conforme avanzaba la noche.
Tampoco cuando tuvo que permanecer de pie con un brazo alrededor de la cintura de Cade y descubrió lo bien que Cade encajaba contra él.
Se le nublaba la cabeza cada vez que Cade se apoyaba en él o le ponía una mano encima con naturalidad.
Parecía que cuanto más bebían, más se esforzaban por representar su papel, y más a menudo se descubría Elias tocando y abrazando a Cade.