8 Cade #3
Cuando se levantaron, Elias tomó de la mano a Cade.
Por primera vez, el contacto entre sus manos no fue solo un roce o un apretón fugaz antes de soltarse.
Esta vez, Elias lo sujetó con firmeza mientras lo ayudaba a salir del reservado y a alejarse de los demás.
Cade contempló sus manos entrelazadas, asombrado de lo pequeña que parecía la suya dentro de la de Elias, pese a que nunca había pensado que su amigo fuera mucho más grande que él.
Aquella constatación provocó un extraño escalofrío que recorrió el brazo de Cade, y se quedó distraído por la fuerza con que Elias lo sujetaba hasta que se dio cuenta de que su amigo le estaba hablando.
Cade alzó la mirada, abriendo mucho los ojos.
—¿Qué?
Elias bajó los ojos hacia él, con las comisuras arrugadas por la diversión.
—Sí que has bebido, ¿eh?
Joder, ¿siempre había sido Elias mucho más grande que él?
Cade frunció el ceño.
—No, estaba pensando. Cuando bebo, pienso.
—Casi el único momento en que lo haces.
—Y yo que pensaba que te habías enfadado con Matt por hacer la misma broma antes.
—Sí, pero él no es yo.
Cade sonrió de medio lado.
—¿Solo tú puedes burlarte de mí por ser idiota?
—Sí, porque solo me fío de mí mismo para saber que no lo eres.
Cade parpadeó.
—Ah.
Elias negó con la cabeza.
—Y voy a ser el primer tío que baile contigo y seguramente también el primero que te bese. A menos que…
Cade bufó.
—No, nunca he… Espera, ¿besarme?
Elias puso los ojos en blanco y, apretando con más fuerza la muñeca de Cade, tiró de él hacia la pista de baile.
Cade aún intentaba comprender de qué demonios hablaba su amigo cuando se dio cuenta de que estaba en medio del gentío de la pista.
La vista y el oído se fundieron en un caleidoscopio de sensaciones mientras miraba a su alrededor, tratando de orientarse.
—Vale, puede que haya bebido un poquito —murmuró Cade, aferrándose a Elias.
—¿Sabes bailar? —gritó Elias, inclinándose para que Cade pudiera oírlo.
Cade se rio y se encogió de hombros.
—Mal.
Elias sonrió, bajó una mano para sujetar a Cade por la cadera y le rodeó los hombros con el otro brazo.
—Me vale.
Hasta que empezaron a moverse, con Cade siguiendo los pasos de Elias, no se dio cuenta de que su amigo sabía moverse.
Aunque lo que hacían era el baile más tópico que se le ocurría, puro restregón y meneo de caderas, casi como si estuvieran follando, las caderas de Elias se movían de maravilla.
Daba igual en qué dirección se desplazara Elias: sus caderas parecían deslizarse sin esfuerzo, suaves como la seda y fluidas como el aceite, con una gracia que hizo que Cade se preguntara dónde la había escondido todo ese tiempo.
Entonces lo hizo girar y el corazón le retumbó con fuerza al sentir la espalda pegada al pecho de Elias.
Su amigo tenía el pecho fuerte y el vientre duro contra el cuerpo de Cade; sus manos se deslizaban por la parte delantera de Cade, apretándolo mientras lo recorrían.
Una parte de él quería reírse y bromear sobre la sangre latina que hacía que Elias bailara con tanta soltura, pero el resto de su mente estaba demasiado pendiente de los movimientos de Elias, de cómo sujetaba el cuerpo de Cade y de la absoluta seguridad con la que se movía.
Como si estuviera soñando, Cade alzó una mano y se aferró a Elias, dejándose guiar.
Ya no prestaba atención al ritmo ni al compás de la música.
Tanto la música como el ruido de la multitud se desvanecieron mientras su mente intentaba asimilar lo que estaba pasando.
Era… impresionante, sobrecogedor en el sentido más auténtico de la palabra.
Notaba cómo su cuerpo se movía con él, incapaz de resistirse al ritmo y los movimientos que marcaba Elias.
De pronto volvieron a quedar frente a frente, aunque el giro fue tan fluido y tan rápido que Cade parpadeó, preguntándose cuándo se habían movido. Elias lo miró desde arriba; sus ojos azules brillaban bajo las luces con una intensidad que Cade jamás había visto en ellos.
El corazón se le subió a la garganta y se le cortó la respiración.
Sabía lo que iba a pasar. Cade podía leerlo en los ojos de Elias.
Tal vez, si la parte racional de su cerebro hubiera funcionado, se habría dicho que todo era por guardar las apariencias, una actuación.
Pero lo único que sabía era que Elias iba a besarlo. Y Cade no iba a impedírselo.
Sus labios se encontraron, y a Cade se le cortó el aliento ante el hambre absoluta de aquel beso.
Arqueó la espalda y se apretó contra Elias, no para resistirse, sino para acercarse aún más y sentir aquel cuerpo duro como una roca contra toda la piel que pudiera.
La mente, embriagada de alcohol y hormonas, le dio vueltas y, sin saber cómo, acabó aferrado a la nuca de Elias, sujetándolo con fuerza y devolviéndole el beso con la misma fiereza.
Y entonces se acabó.
Elias se apartó, con las cejas fruncidas, y retrocedió despacio.
Sus manos se separaron del cuerpo de Cade, dejándolo recuperar poco a poco el equilibrio.
Cade se quedó allí, mirando a Elias como si estuviera paralizado.
El corazón le latía con fuerza, los labios le hormigueaban y tenía muchísimas preguntas.
Sin embargo, solo una resonaba a gritos en su cabeza, entre la confusión y la curiosidad.
¿Qué coño acababa de pasar?