Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 8 Cade #2
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8 Cade #2

Cade lo vio alejarse sin que se le ocurriera ninguna respuesta ingeniosa.

Era la primera vez que se enteraba de algún detalle concreto de la vida personal de Elias.

Claro que sabía que Elias echaba un polvo de vez en cuando y que tenía un apetito sexual capaz de rivalizar con el de Cade.

La diferencia era que Cade buscaba con quién acostarse, mientras que Elias parecía contento con estar soltero a menos que encontrara a alguien que mereciera su tiempo.

Nunca había sabido que a Elias… ¿O acaso lo sabía?

En realidad, Elias no había dicho que le gustara hacerlo a lo bruto, solo que se lo habían pedido.

Joder, ¿por qué le importaba siquiera?

Apartó aquellos pensamientos y se apresuró a seguir a su amigo hasta el grupo que se había reunido por ellos.

Tal como esperaba, había algunos compañeros del parque.

A la mayoría, Cade apenas los veía porque solían trabajar en turnos distintos a los de Elias y él.

Matt estaba allí, aunque Cade se dio cuenta de que había venido solo.

Matt miró la copa que Cade llevaba en la mano.

—¿Te lo estás pasando bien?

En respuesta, Cade apuró la copa de un último trago.

—Cada vez mejor.

—Me lo imagino —dijo Matt, observando a Elias mientras hablaba con un par de hombres que Cade no reconocía.

—Christine también ha traído a unos cuantos de otros parques. Supongo que quiere montar un buen espectáculo —añadió Matt.

Cade miró su copa vacía.

—Vamos a estar en el punto de mira, ¿verdad?

—Si te sirve de consuelo, creo que lo peor que tendréis que hacer será bailar y quizá daros algún besito —dijo Matt.

—Eso es, eh… —Cade miró al grupo y luego se encogió de hombros—. Sí.

Matt hizo una mueca.

—Ya.

—Ay, Dios, ¿puedes… traerme otro de estos? La cuenta está a nombre de Elias —pidió Cade.

Matt se rio.

—Tal como pinta la noche, este te lo invito yo, amigo. Bien cargado, ¿no?

—De los que hacen que tengan que meterme en un taxi a rastras al final de la noche —confirmó Cade.

—Ahora mismo vuelvo —dijo Matt al salir del reservado.

Parecía que esos serían los únicos momentos de paz que tendría en bastante tiempo.

Christine no tardó nada en caerle encima y empezar a darle conversación.

Como casi todo se reducía a la típica conversación de compromiso a la que estaba acostumbrado desde pequeño, se permitió funcionar con el piloto automático.

Matt reapareció como por arte de magia con copas para sí mismo, para Elias y para Cade; dejó la de Cade y volvió a desaparecer.

Cade tendría que mandarle una cesta de regalo o algo así.

—Ahora déjame presentarte a algunas personas a las que quizá no conozcas.

Ellos son Caroline y su marido, Frank. Ambos han estado al frente de la campaña por la diversidad y la inclusión entre los trabajadores municipales, y les encantó saber lo vuestro, lo de Elias y tú —dijo Christine con entusiasmo, señalando a dos personas que parecían más jóvenes que él.

Aun así, cumplió con su deber y estrechó la mano de cada uno con todo el entusiasmo que pudo reunir. Una mano cálida se apoyó en su espalda y Cade se puso rígido.

—¿Haciendo nuevos amigos? —preguntó Elias con voz grave y serena.

Cade le dedicó una sonrisa agradecida.

—Nuevos amigos para los dos.

—Ah, estupendo —dijo Elias, dejando su copa para estrecharles también la mano.

La mano de Elias no se apartó de su espalda, y Cade tampoco hizo nada por quitársela.

En realidad, cuanto más notaba el calor del alcohol extendiéndose por su cuerpo, más dispuesto estaba a admitir que agradecía aquel contacto.

Estaban rodeados de desconocidos y de gente a la que apenas conocían, salvo Matt.

En una situación a la que Cade había contribuido, resultaba reconfortante tener tan cerca a alguien en quien sabía que podía confiar.

Como si lo intuyera, Elias no se separó de él ni dejó de tocarlo del todo.

Mientras Cade charlaba con las personas con las que Christine insistía en que hablara, Elias siempre estaba ahí.

Una mano en su espalda cuando lo seguía de cerca; una mano sujetándole el brazo cuando Cade parecía a punto de decir alguna tontería.

En cierto momento, Elias se rio de algo y apoyó su cálida mano en el cuello de Cade, lo que lo distrajo un instante de la conversación.

Tampoco venía mal que Cade tuviera un suministro constante de alcohol.

Entre Elias, valiéndose de los camareros que pasaban por allí, y Matt, que no le quitaba ojo, se aseguraban de que Cade nunca se quedara sin copa.

Cuando Cade se dio cuenta de que ya no estaba tan tenso ni tan nervioso, redujo el ritmo.

Pese a la broma que le había hecho antes a Matt, no quería acabar hecho un desastre, borracho en el asiento trasero de un taxi.

El apoyo de Elias bastaba de sobra para ayudarlo a sobrellevar la noche, sobre todo ahora que el alcohol le corría por las venas y hacía que se riera con más facilidad, hablara con más soltura y casi llegara a pasárselo bien.

—¿Cade? —La voz de Elias interrumpió sus pensamientos.

Cade levantó la cabeza de golpe.

—¿Mmm?

Entonces se dio cuenta de que había vuelto a quedarse absorto y se había perdido una parte importante de la conversación que mantenían a su alrededor. Y era imposible disimular que había dejado de prestar atención, porque todos los de la mesa lo miraban divertidos.

—Perdón, me he perdido en el bosque de mis pensamientos —admitió Cade con una risita.

Matt se rio por la nariz.

—No será un bosque muy frondoso.

Elias frunció el ceño.

—Oye.

Matt alzó las manos, todavía más divertido si cabía.

—Perdona. Solo quería decir que Cade es una persona muy… directa.

Christine se rio.

—Oh, es que ha bebido un poquito más de la cuenta.

Cade frunció el ceño.

—He bebido, pero no diría que más de la cuenta.

—Ay, madre —murmuró Elias, lo bastante bajo para que nadie salvo Cade lo oyera.

Christine sonrió de oreja a oreja.

—Bueno, estupendo. Justo estaba preguntando cuándo os veríamos bailar a los dos.

A Cade se le quedó la mente en blanco.

—Eh, ¿cómo dices?

—Bueno, es una fiesta para vosotros. Supuse que en algún momento os vería bailar.

Cade resopló.

—¿Y para quién vamos a bailar?

—Pues el uno para el otro, y el uno con el otro —dijo Christine, inclinándose hacia delante con un brillo de satisfacción en los ojos.

Cade volvió a prestar atención a la música por encima de la cual casi habían tenido que gritar durante la última hora.

Era justo lo que esperaba de la música de discoteca, aunque quizá con un punto más provocador de lo habitual.

También tenía una energía desbordante y exigía el tipo de baile que Cade bailaba a regañadientes con alguna chica guapa.

El tipo que su madre, después de unas copas, habría llamado con desdén «restregarse» o, como prefería decir, «sexo con la ropa puesta».

Elias lo miró y se encogió de hombros.

—Somos los invitados de honor.

Cade habría querido fulminar a su amigo con la mirada, pero no se atrevió delante de tantos espectadores.

En vez de eso, se obligó a sonreír y apuró su copa.

Tampoco es que pudiera decir gran cosa. Todos, incluidos Elias y él, habían dicho que tendrían que seguirles el juego.

Y si eso significaba tener que restregarse un poco en la pista de baile, pues lo soportaría.

Bendito alcohol.