8 Cade
Cade
Cade alzó la vista hacia el letrero de neón que rezaba «Pulse» y palpitaba en colores que cambiaban a toda velocidad.
—Bueno… brilla bastante.
Elias se detuvo a su lado y entornó los ojos al mirarlo.
—Puede que demasiado.
—Joder —murmuró Cade.
La mano de Elias se posó en la parte baja de la espalda de Cade.
—Respira. Ya hemos hablado de esto. No le des tantas vueltas.
—Y así no te preocuparás tanto —terminó Cade.
Y sí, habían hablado de ello muchas veces en las últimas cuarenta y ocho horas. Era un milagro que Cade no hubiera acabado con una úlcera o una migraña de los nervios que llevaba encima. Aunque Elias tenía razón, a Cade le parecía más fácil decirlo que hacerlo.
—¿Cómo coño consigues estar tan tranquilo? —preguntó Cade por enésima vez.
—¿Te sentirías mejor si te dijera que me he tomado unos chupitos antes de que vinieras a recogerme? ¿Y que pienso beber bastante más en cuanto entremos? —preguntó Elias, con una sonrisa incipiente.
Cade le dio un manotazo en el brazo.
—¡Serás capullo! ¿Llevas todo este tiempo diciéndome que me calme y tú ya has empezado a beber?
Elias soltó una risita y le dio unas palmaditas a Cade en el estómago.
—Te conseguiremos una copa en cuanto entremos. Hasta me aseguraré de que te la preparen bien cargada.
Cade sabía que estaba haciendo pucheros, pero le daba igual.
—Vale, pero más le vale estar muy cargada.
—Lo que sea por ti.
Cade sabía que se estaba burlando de él, pero el comentario le hizo sonreír igualmente.
No bastaba para sacar a Elias de su lista negra provisional por haber hecho trampas, pero, oye, era un comienzo.
Se dio por lo bastante aplacado para dejar que lo llevara al club y pagó las dos entradas, ya que, por lo visto, Elias invitaba a la primera ronda.
Cade conocía bien las discotecas y tenía que admitir que, pese a la luminosidad del exterior, el interior estaba bastante bien.
Contra la pared del fondo había una hilera de reservados con mesas delante, donde los más alborotadores podían quedarse de pie o sentarse en taburetes altos a observar a la gente en la pista.
La pista se parecía mucho al letrero de fuera: brillaba con intensidad desde abajo gracias a unas luces protegidas por un suelo grueso y transparente.
La barra estaba al otro lado; casi todo el mundo acababa allí y se alejaba después con una copa en la mano.
Cade soltó un quejido al ver a Christine y al grupo en la zona de los reservados, varios de los cuales parecían estar ocupados por adornos. Elias también los miraba fijamente, aunque su expresión conservaba el estoicismo habitual.
—Bien —dijo Elias, y se dio la vuelta para ir directo a la barra.
Cade no pudo evitar reírse por lo bajo y se apresuró a seguir a Elias para que no lo vieran. Seguía sin tener ni idea de qué se traía entre manos Christine ni de a qué pensaba someterlos. Lo que sí sabía era que necesitaría muchas copas para aguantar la noche.
Elias se inclinó sobre la barra para llamar la atención del camarero.
—Necesitamos dos chupitos dobles.
—¿De qué? —preguntó el hombre, divertido.
—De algo que no nos mate en el acto, pero que dé una buena coz.
—Eso puedo hacerlo. ¿Y para beber?
Elias miró a Cade.
—¿Cerveza?
—Algo fuerte. Dios, por favor, dame algo fuerte.
Elias volvió a mirar al camarero.
—Un gin-tonic, y apuesto a que este quiere un martini. Y ponle doble de ginebra al gin-tonic.
—Alguien quiere emborracharse pronto —comentó el camarero entre risas.
—El martini, bien sucio —dijo Cade, mientras los nervios volvían a atenazarlo.
—Marchando.
El camarero solo tardó unos minutos en volver, y las copas que llevaba en la mano fueron una visión reconfortante.
Elias deslizó su tarjeta y su documento de identidad por la barra para que el camarero los guardara y les abriera una cuenta.
Luego bajó la vista hacia los vasos altos de chupito colocados junto a sus copas.
—¿Qué crees que es? —preguntó.
Cade se encogió de hombros y cogió uno.
—Si me emborracha lo suficiente para dejar de ponerme de los nervios, o al menos para estar menos nervioso, me da igual.
Dicho esto, entrechocaron los vasos y se bebieron los chupitos de un trago.
Fuera lo que fuera, bajó con suavidad y dejó un leve sabor a menta mezclado con el alcohol.
Sin embargo, en cuanto llegó al estómago, Cade empezó a toser al sentir que una bola de fuego le estallaba en las tripas.
Elias se limitó a hacer una mueca, pero, después de verlo beber otras veces, Cade sabía que no estaba exagerando.
—Joder —murmuró Cade, dejando el vaso a un lado.
—Pega como la coz de una mula —convino Elias.
Consciente de que iba a bajar el licor con más licor, Cade cogió su copa de martini y dio un buen trago.
El chupito aún no había tenido tiempo de hacerle efecto, pero la sacudida de bebérselo le había despejado un poco la cabeza.
El martini también estaba bueno, y dejó escapar un murmullo de aprobación al beber otro trago.
—Menos mal que hemos comido antes de venir —dijo Elias con una sonrisa socarrona mientras lo observaba.
—Lo dice el que ha empezado a beber antes de llegar —replicó Cade.
—También peso más que tú, y a ti siempre se te ha subido enseguida.
—Chúpamela.
—Si Christine se sale con la suya, puede que tenga que hacerlo.
Cade resopló, deseando que el alcohol empezara a hacer efecto.
Lo último que necesitaba era pensar en el espectáculo que Christine esperaría de ellos.
Si tenían que pasearse del brazo y ponerse la mano en la espalda, podría soportarlo.
Incluso si tenía que sentarse en el regazo de Elias, hacerlo en público sería raro, pero podría arreglárselas.
¿Cómo demonios iba a aguantar algo más que eso?
Bueno, al menos era Elias. Eso lo haría un poco menos raro.
O, espera, ¿lo haría todavía más raro?
Elias gruñó.
—Nos han visto.
Cade levantó la cabeza de golpe y, en efecto, Christine miraba desde la otra punta de la sala, con los ojos clavados en la barra. Alzó una mano en un saludo educado pero entusiasta.
—Supongo que es nuestra señal —dijo Cade con un suspiro.
Antes de que Elias pudiera decir nada, alguien se acercó a él con disimulo.
Cade arqueó una ceja al ver al hombre delgado que apenas le llegaba a la barbilla.
El desconocido alzaba sus ojos brillantes hacia las facciones serias de Elias, y era imposible no advertir en ellos un destello de admiración.
Elias lo miró.
—¿Sí?
El saludo neutro no pareció disuadir al hombre.
—Veo que ya tienes copa, pero ¿qué te parece si te invito a la siguiente?
Cade resopló.
—Tiene pareja.
El hombre volvió la mirada hacia Cade, lo recorrió de arriba abajo y sonrió de medio lado.
—Bueno, si a vosotros os va compartir, a ti tampoco te diría que no.
—No nos va, pero gracias —dijo Elias antes de que Cade pudiera responder.
—Una pena —dijo el hombre antes de darse la vuelta para pedir.
—Vamos —dijo Elias, sujetando con suavidad a Cade por el codo para llevárselo de allí.
Cade se echó a reír.
—Madre mía, ¿así son las cosas aquí?
Elias se encogió de hombros.
—Matt siempre me decía que los tíos podían ser bastante… directos en las discotecas.
—Ya, claro, pero…
—¿Pero?
Cade frunció el ceño.
—Vaya, nunca lo había pensado. Pero supongo que tiene sentido. Normalmente son los tíos los que van detrás de las chicas. Cuando son dos tíos, imagino que se andan mucho menos con rodeos. Ese no tenía miedo de nada, ni siquiera se inmutó. Se te acercó sin más y prácticamente te pidió la polla.
—Y la tuya también —le recordó Elias.
—Las dos. Madre mía, los gais sí que se lo montan bien.
Elias se detuvo.
—¿De verdad?
Cade lo pensó e hizo una mueca.
—Bueno, para echar un polvo. Quizá… vale, no para todo lo demás.
Christine se acercó a ellos.
—¡Hola! Me alegro muchísimo de que hayáis podido venir los dos.
—¿Teníamos elección? —preguntó Cade.
Elias soltó un bufido.
—Lo que quiere decir es que nos alegra mucho que hayas pensado en nosotros. Sabemos lo ocupada que estás. Es un detalle que hayas sacado tiempo para celebrar algo tan insignificante como nuestra relación.
—Oh, no ha sido nada —dijo Christine, llevándose una mano al pecho.
Elias negó con la cabeza.
—No, hay que reconocer los méritos. No es habitual que los nuestros tengan la oportunidad de celebrar así algo de su vida. Ya he redactado una carta al ayuntamiento para agradecerles su labor y decirles lo bien que deben de estar haciendo las cosas para contar con alguien tan entregada como tú.
Christine parpadeó.
—¿Ah, sí? Bueno, es… muy considerado por tu parte. Aunque no hace falta que te tomes la molestia. Lo hago porque los dos os merecéis ese reconocimiento.
—No soporto la idea de que tú no recibas ninguno —insistió Elias.
Christine sonrió.
—Bueno, en cualquier caso, ¿por qué no venís a saludar? Seguro que conocéis a los hombres de vuestro parque, pero hay otros a los que también me gustaría presentaros.
Se dio la vuelta para regresar a la mesa, y Cade se quedó mirando a Elias.
Elias lo miró de reojo.
—¿Qué?
—Tú, eh… sabes jugar muy bien a esto.
Elias se encogió de hombros.
—No demasiado.
—La has dejado sin palabras. ¿De verdad tienes una carta que enviar?
—Puede que sí.
Cade sonrió.
—Ah, seguro que les interesaría mucho saber por qué está tan empeñada en esto. Sobre todo si utiliza fondos públicos.
—¿Crees que es tan tonta?
—No, pero quién sabe.
Elias le guiñó un ojo.
—¿Sabes? Que me haya metido en su juego no significa que no pueda divertirme un poco.
Cade soltó una risita.
—Ay, cariño, me pone mucho cuando te pones guarro.
—Hablas igual que mi ex. Ahora me pedirás que te acorrale contra la pared y haga contigo lo que quiera —dijo Elias entre risas.