7 Elias #2
—Antes tenía cara de cachorro al que acaban de dar una patada porque creía que le habíamos ocultado nuestra relación. Vamos, Cade, ¿de verdad crees que va a contárselo a alguien? —preguntó Elias.
—No, seguramente no.
Elias le pasó un brazo a su amigo por los hombros.
—Pues deja de preocuparte.
—Admite que no puedes resistirte a unos ojos de cachorro y lo haré.
Elias se inclinó hacia Cade con una sonrisa burlona.
—¿Por eso me hice amigo tuyo?
Cade le dio un manotazo.
—Y empezaste a salir conmigo. No te olvides de mencionarlo cuando te pregunten qué viste en mí.
—Creo que la gente espera que diga tu sonrisa o tu culo.
Cade arrugó la nariz y se giró para mirarse el trasero.
—No sé. ¿Crees que podrías decir que tengo un buen culo sin perder la compostura?
Elias sonrió con sorna.
—¿La compostura o la heterosexualidad?
—Ay, Dios, no empieces.
Elias se echó a reír.
—Creo que podría.
No era que Elias estuviera ciego ni que se negara a «poner en riesgo» su sexualidad reconociendo si otro tío era guapo.
Elias entendía perfectamente por qué las mujeres se sentían tan atraídas por Cade.
El pelo castaño rojizo y los ojos color avellana, siempre chispeantes, ya eran un buen comienzo, pero además Cade se cuidaba y siempre procuraba estar lo mejor posible cuando salía.
Aunque, como Elias le había señalado en una ocasión, parecía gustarles más cuando estaba sudoroso, con aspecto curtido después de una larga noche y manchas de hollín en la cara.
Así que sí, podía decir que Cade tenía un buen culo, porque era verdad.
—Me encantaría verte decirlo delante de alguien —dijo Cade.
Otro ruido hizo que levantara la cabeza y Elias vio a Keith en la puerta, llegado de alguna parte de la zona trasera. Tenía los ojos oscuros clavados en ellos y, mientras Elias lo observaba, le tembló el labio superior.
Elias sonrió con malicia.
—Pues sí, Cade, creo que tienes un culo estupendo. Es uno de tus mejores atributos.
El labio tembloroso de Keith acabó torciéndose en un gesto de desagrado. Sin decir palabra, dio media vuelta y se alejó por el pasillo con fuertes pisadas. Elias no tenía ni idea de para qué había salido al garaje y, sinceramente, le daba igual.
Cade estalló en carcajadas.
—¡Joder!
—Oye, tú me has preguntado.
—Dios, ha sido genial. No lo veía tan cabreado desde el día en que le preguntaste por qué le preocupaba tanto dónde metía Matt la polla.
—¡Bueno! Es una buena pregunta.
—Sí, pero, tal como lo dijiste, parecía que estaba demasiado interesado.
—Si quieres mi opinión, lo estaba.
El siguiente en cruzar la puerta fue el jefe Irons, y Elias resopló al verlo dirigirse directamente hacia ellos. Tendrían que haberse marchado, tal como les había aconsejado Matt.
—Bien, seguís aquí los dos —empezó Irons.
Cade hizo una mueca.
—Vamos, jefe, ¿qué hemos hecho esta vez?
Irons le lanzó una mirada fulminante.
—Cállate. Christine se ha puesto en contacto conmigo otra vez.
—Ay, Señor. Ahí viene el gancho de izquierda —murmuró Elias.
Irons volvió hacia él su mirada fulminante.
—Y tú también cállate.
—Vale, ¿y qué quería? —preguntó Cade.
Irons puso cara de sufrimiento.
—Parece que, para seguir… felicitándonos por lo inclusivo de nuestro entorno de trabajo, va a organizar una fiestecita.
—Una fiesta —repitió Cade sin entusiasmo.
—Una fiesta en vuestro honor. Vosotros seréis los invitados de honor.
Elias se quedó mirándolo.
—¿En serio?
—En serio.
—Una fiesta.
—De esas en las que la gente se divierte, escucha música y se toma unas copas. Una fiesta.
Cade lo interrumpió con un resoplido.
—Claro, y nosotros seremos el centro de atención. Así que ni queriendo podremos escaquearnos.
Irons soltó un resoplido.
—No, ni hablar. Os he cambiado los turnos para que tengáis libre el fin de semana. Y me he asegurado de que Davis y Keith trabajen la noche de la fiesta, así tendrán una excusa para no ir. Porque, veréis, está invitado todo el parque.
—Y no podemos permitir que ellos rechacen la invitación y echen a perder la imagen que ella intenta dar de este parque —dijo Cade con una mueca de desprecio.
—Eso es. Y vosotros también vais a ir —añadió Irons.
Cade bufó.
—Como si no lo supiera. Dios, muy propio de ella no avisarnos primero.
Irons arqueó una ceja espesa.
—Según ella, sí lo ha hecho. Deberías mirar más el móvil.
—¡Siempre nos dices que guardemos los móviles y no los tengamos a la vista!
—Como si eso os hubiera detenido alguna vez.
Rezongando, Cade sacó el móvil del bolsillo y desbloqueó la pantalla.
Elias miró por encima de su hombro y lo vio abrir el mensaje.
Christine no solo había enviado la invitación, sino que además se había tomado la molestia de adornarla.
La imagen tenía un fondo negro salpicado de estrellitas y fuegos artificiales.
Para leve fastidio de Elias, el texto de la invitación aparecía en una letra llena de florituras y colores.
—¿Eso es letra con purpurina? —preguntó Elias.
—Sí —dijo Cade entre dientes.
Elias leyó la invitación.
—El sábado.
—¿En… Pulse? —dijo Cade, ladeando la cabeza.
—Es un club gay —le explicó Elias.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Si escucharas cuando habla Matt, también lo sabrías.
—¡Sí que lo escucho!
Irons soltó un gruñido.
—Bueno, pues iréis los dos. Poneos bien guapos y haced un buen papel, ¿entendido?
—Jefe… —protestó Cade con un quejido.
Irons se dio la vuelta y se alejó.
—Bien guapos, chicos, y sonreídle a la amable señora gracias a la que seguimos aquí.
—Me cago en todo —murmuró Cade.
—Cuando nos tiene cogidos por los huevos, bien que disfruta retorciéndolos y tirando de ellos —dijo Elias.
—Es malvada.
—Pero tenemos que lidiar con ella.
Cade guardó el móvil.
—Joder, dos días. En dos días vamos a tener que…
Cade no necesitaba terminar la frase. Sonaba tan preocupado y desconcertado como se sentía Elias. ¿Quién demonios sabía qué esperarían de ellos? Bueno, al menos era Cade y no otra persona. Elias podría soportar… lo que fuera, siempre que fuese con Cade.