7 Elias
Elias
Pese a haber tenido casi tres días para asimilar la noticia, Elias veía que Davis y Keith seguían comportándose como unos imbéciles cabezotas con todo aquel asunto.
Visto cómo habían tratado a Matt en el pasado, a Elias no le sorprendía.
Sin embargo, de los últimos tres días había pasado dos con Matt, que también se había mostrado mucho más callado y distante de lo habitual.
Elias no solía buscar conversación con nadie que no fuera Cade, pero Matt le caía bien.
Era inteligente y probablemente una de las personas más amables que Elias conocía.
Nunca hablaba mal de nadie, ni siquiera de Davis y Keith.
También era increíblemente sociable y, si se quedaba a solas con Cade o con Elias, podía hablarles hasta por los codos.
Elias frunció el ceño mientras revisaba la manguera de uno de los camiones de bomberos.
Todos los demás en el parque de bomberos habían estado un poco raros, pero ninguno se había mostrado distante.
Elias sospechaba que necesitaban un par de días más antes de volver a las bromas, aunque esta vez con un aire de «lo sabíamos desde el principio».
Miró de reojo a Matt, que estaba inclinado sobre las otras mangueras, revisándolas con los labios apretados. Llevaban casi media hora con las comprobaciones y Matt apenas había abierto la boca.
Elias no se consideraba dado a afrontar las cosas de frente, ni por las buenas ni por las malas. Si alguien decía una estupidez, no le costaba responder. Lo que le resultaba difícil era abordar un problema que no se resolvía alzando la voz y soltando un «vete a la mierda» nada amable.
—Oye —lo llamó, sabiendo que estaban solos en el garaje.
Matt levantó la vista, parpadeando como si saliera de sus pensamientos.
—¿Qué pasa?
—¿Podemos… hablar un momento? —preguntó Elias.
La expresión de Matt se torció en una leve mueca, pero asintió.
—Claro.
Elias volvió a echar el cierre del compartimento y se volvió hacia él.
—A ver, ¿podemos hablar de lo raro que has estado estos últimos días?
—¿Yo? —preguntó Matt.
Elias hizo un gesto hacia él.
—Vamos, si apenas me has dirigido la palabra desde… desde que se supo.
Desde que el jefe, por lo visto, había decidido que todo el mundo tenía que enterarse.
Elias seguía sin tener claro qué lo había llevado a tomar aquella decisión.
O bien lo que había oído lo dejó tan pasmado que actuó sin pensar, o bien quiso asegurarse de que Elias y Cade fueran conscientes de lo que se jugaban haciendo que todos estuvieran pendientes de ellos.
No es que eso cambiara nada. Tampoco les habrían permitido comportarse como pareja durante el trabajo.
Contárselo a todo el parque solo había vuelto la situación incómoda de narices.
Matt suspiró.
—Yo… lo siento. Es que me está costando asimilarlo todo.
—No lo entiendo. A ver, si hay alguien aquí que no tendría ningún problema con esto, ese eres tú —admitió Elias.
—Sí, eso mismo me dijo Trevor cuando se lo conté. Pero supongo que soy tan malo como los demás —dijo Matt encogiéndose de hombros con tristeza.
Elias resopló.
—Davis y Keith son así porque son unos capullos, sobre todo Keith. Tú no eres un capullo.
—Es que… me siento mal. No intento ser un gilipollas. Es solo que… resulta raro.
—Sí, un poco raro sí que es. Eso te lo concedo.
Elias no pudo evitar preguntarse si había dado con el motivo.
—A ver, ¿es por… joder, no sé, por mí?
Matt inclinó la cabeza hacia un lado.
—Espera, ¿quieres decir… que estoy celoso?
Elias hizo una mueca.
—¿Puede ser?
Eso le arrancó una sonrisa a Matt.
—Supongo que es difícil no pensarlo, con todos bromeando sin parar con que eras justo mi tipo.
—Un poco, sí.
Matt negó con la cabeza.
—A ver, no me malinterpretes. Cuando te vi por primera vez, lo primero que pensé fue: «Vaya, hola». Pero la cosa nunca pasó de ahí. Eres un tío guapo, desde luego, pero, más importante aún, eres un buen tío. No estoy celoso de que Cade salga contigo, aunque jamás pensé que diría algo así.
—Ya, ni yo —murmuró Elias.
—Es que… vosotros lleváis un tiempo con esto, ¿verdad?
—Sí —dijo Elias.
Dios, una cosa era mentir a Christine o al jefe, pero mentirle a Matt a la cara le hacía sentirse como una mierda.
—Así que supongo que lo que me pasa es que… me pregunto por qué no me lo contaste. Yo era la persona a la que podías contárselo, ¿no?
—Es que…
Vale, era el tercer día y por fin había encontrado a la persona a la que no podía contarle aquella mentira. Mentiría sin pestañear a casi cualquiera, sobre todo a Keith y Davis, porque aquellos cabrones se merecían sentirse incómodos, pero no a Matt.
Elias se acercó e hizo una seña a Matt para que hiciera lo mismo.
—No estamos juntos —murmuró Elias en voz baja.
Los ojos de Matt se abrieron de par en par.
—¿Qué?
Elias le contó lo de Christine y la fiesta de la otra noche.
Después tuvo que explicarle qué había dicho Cade y cómo Elias le había seguido la corriente.
A partir de ahí, todo se había complicado: el jefe se había enterado, había decidido contárselo a todos y los había obligado a seguir el juego de Christine, en el que se habían metido sin querer.
Al terminar, Matt tenía los ojos muy abiertos, pero mantuvo la voz baja.
—¿Me estás diciendo que todo esto es mentira?
Elias miró alrededor y comprobó que no hubiera nadie en la puerta que daba a la parte trasera.
—Sí. Una mentira que no tendríamos que haber contado nunca, pero ahora estamos atrapados.
Matt soltó un silbido.
—¿Así que ahora tenéis que… aguantar toda esta mierda por eso?
—Más o menos.
—Joder. Si alguna vez hubo un motivo para decir la verdad, era este.
—Ya, dímelo a mí. Pero no podemos salir de esta.
—Si Cade y el jefe tienen razón sobre Christine, desde luego que no. Pero ¿qué vais a hacer? Ni siquiera os van los tíos de verdad, así que ¿qué? ¿Fingir durante meses? ¿Años?
—Esperamos que la cosa se calme en unas semanas.
Matt resopló y negó con la cabeza.
—Si es tan retorcida como dice Cade, creo que aún va a apretar un poco más las tuercas antes de parar.
—Sí, yo también lo creo —admitió Elias.
Matt lo miró con el ceño fruncido.
—¿Por qué me cuentas la verdad?
Elias se encogió de hombros.
—Porque odiaba mentirte. Y, sinceramente, si alguien merece saberlo, eres tú. Se me hacía raro mentirte sobre esto.
—¿Porque soy gay?
—Por eso y porque me caes bien. No te merecías sentir que te habíamos dejado al margen.
Matt sonrió de oreja a oreja.
—Bueno, al menos eso es algo.
—Y, eh, perdona por apropiarme de tu orientación sexual para ayudar a mi mejor amigo a librarse de salir con una arpía.
Matt soltó un bufido nada elegante y se tapó la boca con la mano para contener la risa. Matt negó con la cabeza enérgicamente y agitó una mano hacia Elias, como diciéndole que no pasaba nada.
—¿Estás bien? —preguntó Elias cuando Matt se hubo calmado.
Matt tomó una buena bocanada de aire y asintió.
—Sí, sí, estoy bien. Uf, esa no me la esperaba.
—Bueno, es la verdad.
Matt se encogió de hombros y se metió la lista de comprobación bajo el brazo.
—No pasa nada, no me ofende. A veces uno sale de un apuro como puede. Lo malo es que esta vez, eh, os ha salido el tiro por la culata.
—Ya te digo.
Cade apareció en la puerta, mirando con el ceño fruncido un fajo de papeles que llevaba en la mano.
—Oye, Matt, alguien tiene que volver a encargarse de lo del colegio.
—¿Lo del colegio?
—Sí, ya sabes, ese sitio al que les gusta ir a todos esos gremlins chillones.
Elias se rio por la nariz.
—Creo que la gente los llama niños.
—Gremlins ruidosos portadores de enfermedades.
Elias puso los ojos en blanco. Por mucho que Cade fingiera odiar a los niños, se le daban muy bien. Elias sospechaba que la actitud de Cade tenía más que ver con que Pamela no paraba de darle la lata para que le diera nietos. Eso sí, dentro de un matrimonio como es debido.
Matt arqueó una ceja.
—¿Y por qué tengo que hacerlo yo? A los niños les encanta que el bombero Cade vaya a hablarles de prevención de incendios.
—Porque a ti te gusta —replicó Cade.
Matt sonrió con sorna.
—Sí, y a ti también.
—No es verdad.
—Sí lo es.
Elias puso los ojos en blanco.
—Niños, portaos bien.
Matt alargó la mano y cogió los papeles.
—Vale, esta vez voy yo, pero de la próxima te encargas tú.
A Cade se le abrieron los ojos de par en par.
—Pero después de ti le tocaría a Elias.
Matt miró a Elias e hizo una mueca.
—Sin ánimo de ofender, grandullón, pero a los niños los asustas más de lo que los ayudas.
—No me ofende en absoluto —le aseguró Elias.
Matt le dedicó una sonrisa cálida.
—Bien.
—¿Cómo puede ser que atraigas a hombres y mujeres por tu aspecto y, sin embargo, asustes a los niños? Esto es una mierda —se quejó Cade haciendo un mohín.
—Porque a los hombres y las mujeres adultos les ponen los tíos grandes con pinta de dar miedo. Es así. A los niños, en cambio, que alguien dé miedo no les hace ninguna gracia —explicó Matt con una sonrisa burlona.
—Siempre supe que eras un pervertido —lo acusó Cade.
—Solo en la cama. Puedes preguntarle a Trevor, si quieres —ofreció Matt, volviendo la atención a los papeles.
—No pienso preguntarle a tu novio lo pervertido que eres.
—Una pena. Igual te daba algún consejo.
—¿Para qué?
Matt levantó la vista y alzó una ceja.
—Para todo el sexo gay que, por lo visto, estás teniendo sin haberlo practicado nunca antes.
—Ah.
Elias negó con la cabeza.
—En serio, Cade.
A Matt se le escapó una risa.
—Voy a echarle un vistazo a esto, a ver de qué quieren que hable esta vez. Vosotros dos largaos antes de que el jefe os encuentre otra cosa que hacer. O de que Cade vuelva a soltar algo demasiado transparente.
—¿Transpa…? —empezó Cade, mientras veía alejarse a Matt.
Elias esperó hasta que Matt se hubo marchado y, tal como esperaba, Cade se volvió de golpe hacia él.
—Se lo has contado —lo acusó Cade.
Elias se encogió de hombros.
—Puede que sí. Puede que mereciera saberlo.
—¿En serio?