Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 11 Elias
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11 Elias

Elias

Elias se frotó la cara, intentando espabilarse. La vista se le fue hacia el reloj de la pared del comedor y frunció el ceño. Imposible que fuera solo la una de la tarde. Sentía como si llevara un turno doble en el parque de bomberos, no la mitad de uno.

—Eso no puede estar bien —masculló Elias para sí mismo.

En el parque solían estropearse cosas, pero el reloj siempre había sido fiable.

Incluso Cade había jurado y perjurado que el trasto era más preciso que cualquier móvil, aunque a Elias nunca se le había ocurrido comprobarlo.

Pero, teniendo en cuenta cómo se sentía, quizá debería preguntarle al jefe si podían echarle un vistazo y asegurarse.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando alguien le plantó delante una taza de café humeante.

Elias levantó la vista, parpadeando, y no pudo evitar que se le encogiera el estómago al ver a Matt allí de pie con una sonrisita.

Cade estaba en el parque, pero había tenido cuidado de no pasar demasiado tiempo cerca de Elias.

Se habían saludado esa mañana, por supuesto, igual que el día anterior y el anterior a ese.

Elias había esperado la incomodidad el lunes y la había tolerado el martes.

Ahora era miércoles, y Elias empezaba a preguntarse si volverían a mirarse a los ojos durante más de cinco segundos, y ya no digamos tener una conversación.

—Parecía que ibas a quedarte frito —le explicó Matt al sentarse frente a Elias.

—Gracias —masculló Elias, cogiendo la taza.

El café del parque había sido uno de los pocos cambios que Elias había impuesto.

Cuando llegó, el café era el equivalente a barro con un toque amargo.

Como el jefe se negó a mejorar la calidad, Elias compró botes enormes de café molido y dejó que los demás se sirvieran.

Con el tiempo, se llegó al punto en que todos empezaron a comprar el siguiente bote por turnos.

Incluso el jefe había entrado en el juego a regañadientes, y la porquería de antes se pudría en los armarios.

Elias enarcó una ceja en cuanto el líquido le tocó la lengua.

—Uf, este no lo ha hecho Davis.

Matt se rio.

—No, he sido yo.

—Se me olvida que te gusta fuerte —dijo Elias.

—Ya te digo que sí, joder —dijo Matt con una sonrisa pícara.

Elias resopló.

—No me refería a eso.

—No, pero me lo quedo.

—Seguro que sí.

Matt se rio por la nariz.

—Bien jugado.

Justo a tiempo para disipar el atisbo de buen humor que empezaba a asomar en Elias, Cade entró.

Sus ojos se desviaron nerviosamente hacia la cara de Elias y luego se clavaron en Matt.

Lo que podría haber sido un intento de sonrisa, pero que parecía más bien una mueca, cruzó su rostro mientras levantaba una mano.

—¡Hombre, hola, Cade! Casi se me olvida que estabas aquí —dijo Matt, recostándose en su asiento.

—El jefe me ha puesto a hacer inventario. Supongo que hacía tiempo que nadie lo hacía —dijo Cade, acercándose a la cafetera.

Elias resopló en voz baja. Claro, porque Cade no había estado buscando cosas que hacer por el parque que lo mantuvieran alejado del resto durante los últimos tres días, ni nada.

No tenía ninguna duda de que el jefe le había dicho a Cade que lo hiciera, pero también sospechaba que Cade había sido quien le había informado al jefe de la falta de inventarios recientes.

—Cuidado —le advirtió Matt—. He hecho yo el café.

—No puede ser peor que cuando lo hace Elias —dijo Cade mientras se servía una taza.

—Gracias, colega —dijo Elias.

Cade se dio la vuelta con una taza humeante en la mano.

—Todo el mundo sabe que tú no haces café. Haces lodo.

—A mí me sabe bien.

Cade se encogió de hombros.

—Supongo que estarás acostumbrado.

Matt lo miró con atención.

—Y, por lo visto, tú también. Pero, oye, ¿desde cuándo bebes café?

Cade volvió a encogerse de hombros.

—Últimamente duermo fatal.

Sus ojos se desviaron de nuevo hacia Elias y se detuvieron un momento. Elias se había fijado en que últimamente tenía las ojeras más marcadas. Probablemente eran tan oscuras como las que tenía él.

Matt dejó escapar un resoplido.

—Después de lo que os metisteis entre pecho y espalda el sábado por la noche, no me extrañaría que todavía tuvierais resaca.

—No tengo resaca —masculló Cade, apartando la vista de Elias.

Ninguno de los dos tenía resaca, pero Elias se sentía igual de enfermo.

—Las hemos pillado peores —dijo Elias.

—Sí —convino Cade.

—No os he visto juntos en la misma habitación desde la fiesta. ¿Lo pasasteis bien? —preguntó Matt.

Como era de esperar, Elias vio a Cade tensarse mientras asentía.

—Sí, fue…, fue una buena noche. Sorprendente.

—Creo que Christine se sorprendió bastante —dijo Matt.

—Seguro que sí —masculló Cade—. En fin, voy a volver a lo mío. Todavía queda más inventario que hacer.

—¿No habías dicho que habías terminado? —preguntó Elias.

—¿Lo he dicho? Culpa mía —gritó Cade mientras salía de la habitación.

Matt se quedó mirando la puerta, enarcando una ceja.

—Vale, ¿qué le pasa?

Elias bajó la vista hacia su bebida.

—Bueno, supongo que tendrás que hablarlo con él.

Matt se volvió de golpe hacia él.

—Vale, ¿y a ti qué te pasa?

—Últimamente duermo fatal.

—Sí, me he dado cuenta. También me he dado cuenta de que él tampoco ha estado durmiendo.

—A veces a la gente le cuesta dormir, Matt. Pasa.

Pero ¿le costaba dormir por lo que pasó el sábado por la noche?

¿Porque Cade apenas podía estar cerca de Elias sin querer escabullirse de la habitación lo más rápido posible?

¿O era solo porque echaba de menos tener a su amigo en casa, tener a alguien que le tranquilizara la mente para poder dormir toda la noche?

Matt bufó, dejando su taza.

—¿En serio? ¿Ahora me vas a salir con lo del muro?

—¿Qué?

—Eso que haces de fingir que todo está bien, y cualquier intento de que hables de ello se topa con el equivalente emocional a estamparse de cara contra un muro.

Elias se le quedó mirando. No era la primera vez que alguien se quejaba de su reticencia a hablar, pero era la primera vez que alguien lo expresaba de forma tan elocuente. Aunque eso no iba a hacer que hablara con más libertad.

La voz de Keith resonó por el pasillo.

—Y yo le dije que no funcionaría, pero no me hizo caso. Ahora tengo una factura de limpieza que me sale casi por lo mismo que mi puto alquiler.

—¿Por qué no se lo impediste? —preguntó Davis mientras los dos entraban en el comedor.

—Porque no pensé que el desastre fuera a ser tan grande —le dijo Keith.

—Te equivocaste.

Keith se detuvo antes de responder, al ver a Matt y a Elias en una de las mesas.

Elias le devolvió la mirada, importándole una mierda que a Keith se le borrara la expresión y torciera el labio con fastidio.

De todas las cosas que tenía pendientes en la vida, la estupidez de Keith ni siquiera llegaba a colarse en la lista.

—Buenas tardes —los saludó Matt alegremente.

Keith gruñó, con un cabeceo que podría pasar por saludo, y se acercó a la cafetera. Keith nunca había sido muy amable con nadie, salvo con Davis, pero se había vuelto aún más gruñón desde que se había anunciado la noticia de la «relación» de Elias y Cade.

—¿Qué hacéis aquí los dos? —preguntó Davis mientras esperaba su turno para la máquina.

Matt levantó una taza.

—Lo mismo que vosotros.

Keith miró hacia atrás con un resoplido.

—¿Vuestros novios saben que estáis aquí tan acarameladitos?

Elias se enfureció, pero Matt se le adelantó, respondiendo con una sonrisa.

—Cade acaba de estar aquí y ha hablado un rato con nosotros. Y sí, mi novio sabe que trabajo en un parque de bomberos con un montón de tíos más.

—¿Tíos como tú? —preguntó Keith con una sonrisita.

—Es consciente, sí —le dijo Matt.

Keith soltó otro resoplido, apartándose para dejar que Davis accediera a la máquina.

—¿Y el tuyo?

Elias sabía que la pregunta iba dirigida a él, pero tuvo que morderse la lengua. Su primera reacción instintiva fue decirle a Keith que dejara de referirse a él y a Cade como novios. Sin embargo, ese comentario instintivo chocaba con la farsa que él y Cade se traían entre manos.

Elias no levantó la vista de su taza.

—Ya has oído a Matt.

Keith lo examinó.

—Pareces de mal humor. ¿Tú y tu novio estáis teniendo una peleílla de enamorados?

—Keith —masculló Davis a su espalda.

Elias levantó la vista lentamente, con un músculo de la mandíbula palpitándole.

—Sabes cómo se llama. Llámalo por su nombre.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Y no es asunto tuyo.

—Joder, bien que compartisteis vuestros asuntos con todo el mundo antes, pero ¿ahora es un gran secreto?

Elias lo vio acercarse, obligándose a mantener la calma. De repente, eso de que Keith no era un gran problema ya no le pareció tan cierto, ahora que tenía que lidiar con él. Tres días de poco o ningún sueño no ayudaban, y sentía que los nervios se le tensaban demasiado rápido.

—No es un secreto. Simplemente no es asunto tuyo —dijo Elias, forzando la voz para mantener la calma.

—O a lo mejor es que no quieres admitir que esta mierda no te va en absoluto. A lo mejor os divertisteis un poco y os disteis cuenta de que el coño es donde realmente queréis estar. Así que ahora estáis teniendo una peleílla… ¿o es que a uno de vosotros le gustó más que al otro?

Elias levantó la cabeza de golpe.

—Cierra la puta boca, Keith.

Keith soltó una risa despectiva.

—Qué susceptible.

Elias se levantó de su asiento de un empujón, apartando la taza de Keith de su mano de un manotazo.

El hombre chilló cuando el café caliente le salpicó.

Elias alargó el brazo, agarró a Keith por la camisa y tiró de él para acercarlo.

Casi cara a cara, la diferencia de tamaño entre los dos no podría haber sido más evidente.

Keith tuvo que levantar la vista con los ojos muy abiertos hacia la cara de Elias, y aún le faltaban al menos otros quince, quizá veinte kilos para pesar lo mismo que él.

—¡Joder, Elias! —chilló Davis, dejando caer su taza.

Matt se echó hacia atrás, boquiabierto, pero no dijo nada.