Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 6 Cade #2
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6 Cade #2

—Oye, Matt, ¿qué coño les pasa? ¿Has herido otra vez su delicada sensibilidad atreviéndote a decir que sales con un tío?

En serio, aquellos dos tenían que madurar.

Davis no era tan malo, aunque cualquiera con dos ojos en la cara veía que no se sentía cómodo cerca de Matt.

Keith, en cambio, siempre parecía estar a punto de soltar alguna barbaridad.

Lo único que lo mantenía a raya era que los demás del parque no se lo habrían tolerado.

Eran hombres hechos y derechos que habían crecido sabiendo que daba igual dónde metiera cada cual la polla, y Cade estaba casi seguro de que Elias había amenazado a Keith en una ocasión.

Matt alzó la vista y enarcó una ceja.

—¿En serio?

Cade hizo una mueca.

—Vamos, tío, no iba por ti. Me estaba burlando de ellos.

Matt no bajó la ceja mientras marcaba la página del libro.

—Sí, ya lo sé. Pero no me refería a eso.

Cade miró a Elias y vio que, de repente, fruncía el ceño.

—¿Qué? ¿Qué me he perdido?

Elias frunció aún más el ceño, pero, antes de que pudiera decir nada, la voz del jefe retumbó en la sala.

—Kaidan, Elias, a mi despacho.

—Ay, Dios, ¿qué hemos hecho? —preguntó Cade, alzando los brazos exasperado.

Pero el jefe de bomberos Irons no era un hombre al que se pudiera hacer esperar.

Tenía casi la misma anchura de hombros que Elias, aunque medía unos centímetros menos que Cade.

Normalmente dejaba que el parque funcionara sin intervenir demasiado y hacía su trabajo sin tener que estarles encima a todos.

Sin embargo, tenía el grueso cuello rojo como un tomate, señal inequívoca de que el hombre estaba estresado.

—Ahora —ladró Irons.

—Ya vamos —suspiró Cade.

Lo siguieron, y Cade miró a Elias en busca de ayuda o de alguna pista sobre lo que ocurría.

Elias parecía aún más preocupado que antes, pero Cade no consiguió sacar nada más de su expresión.

Justo antes de entrar en el despacho, Cade vio a Keith al fondo del pasillo, a punto de entrar en el garaje.

Mientras cruzaba la puerta, Keith le lanzó una mirada de desprecio que irritó todavía más a Cade.

Como de costumbre, el despacho del jefe rozaba el desastre.

Aunque los trámites en papel estaban prácticamente extinguidos, el jefe Irons se las arreglaba para acumular montones por todas partes.

El ordenador estaba sepultado bajo carpetas y había varios blocs de notas desperdigados alrededor del pie del monitor.

Por suerte, las sillas estaban despejadas y pudieron sentarse sin tener que apartar nada.

—Jefe, ¿qué demonios pasa? —preguntó Cade cuando los tres estuvieron sentados.

Irons los miró a ambos y acabó fijando la vista en Elias.

—Algo me dice que nuestro calladito de siempre ya se imagina de qué va esto.

Cade volvió la cabeza de golpe hacia él.

—¿Elias?

El rostro de Elias se contrajo en una mueca.

—Anoche.

Cade parpadeó, desconcertado. Entonces lo comprendió, y la certeza lo arrolló con la fuerza de un camión de bomberos.

No. No podía haberlo hecho.

Irons asintió.

—Veo que por fin alguien lo ha entendido.

—Jefe… —empezó a balbucear Cade.

Irons lo ignoró.

—Pues mira tú por dónde, anoche me llamó Christine Hoffman. Normalmente solo me llama para hablar de trabajo, quizá para pedirme opinión sobre un par de cosas. Es una mujer ocupada y no suele interesarse por mucho más.

Cade cerró los ojos. No, no solía interesarse por mucho más, pero desde luego se interesaba cuando quería algo con todas sus fuerzas.

—Así que ya os podéis imaginar la cara que se me quedó cuando llamó para felicitarme por «la diversidad de mi lugar de trabajo» y «la inclusión de las minorías».

A decir verdad, pensé que hablaba de Matthew y su novio, o de que aquí Elias solo es medio blanco —dijo Irons, señalando a Elias, que tenía el rostro pétreo.

Cade soltó un bufido.

—Como si supiera siquiera que Matt existe. Ni creo que supiera que existía Elias.

Hasta que Cade lo había puesto delante de ella.

Irons asintió.

—Acerté a medias. Hablaba de Elias. Pero también hablaba de ti. Menos mal que estaba sentado cuando me soltó que estáis juntos.

Ahí estaba. Dios, Cade sabía que aquella era la única razón por la que Christine llamaría a Irons después de lo ocurrido la noche anterior, pero oírlo fue igualmente como recibir un puñetazo en el estómago.

No se le había pasado por la cabeza que lo que le había dicho a ella en un momento de desesperación fuera a afectar al resto de su vida.

Vale, quizá afectaría a su relación con Christine y haría que lo vigilara de cerca, pero aquello era demasiado.

—Le dije que debía de estar confundida. Cade no sabe mantener la bragueta cerrada cuando hay mujeres de por medio.

Eso lo sabe todo el mundo. Y aunque Elias tampoco las mete en su casa una detrás de otra como si aquello fuera un parque de atracciones, no es ningún secreto que solo le van las mujeres.

Entonces me dijo que tú le habías dicho que estabais juntos y que Elias te había dado la razón.

Cade apretó los dientes.

—Eso fue lo que pasó, sí.

Irons miró a Elias.