6 Cade
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Cade
Ni beber y jugar a videojuegos con Elias ni dormir unas horas habían bastado para acallar el nerviosismo que le bullía en la cabeza. Cade apenas había conseguido despertarse del todo cuando los sucesos de la noche volvieron a asaltarle.
—Uf —gruñó mientras salía de la cama de Elias con todo el cuidado posible.
Por suerte, Elias no se movió cuando los pies de Cade tocaron el suelo y este se incorporó.
Su amigo prácticamente se había quedado frito la noche anterior.
Eso daba fe de lo cansado que solía estar y de las ganas que había puesto en quedarse despierto con Cade para distraerlo.
Solo cuando resultó evidente que Cade ya no podía mantener los ojos abiertos, Elias anunció por fin que tenían que acostarse.
Era en esos pequeños momentos cuando Elias dejaba ver quién era bajo aquella callada apariencia estoica, y Cade pensaba que entonces su amigo brillaba de verdad.
Cade jamás se había preguntado si podía contar con él.
Además, Elias no tenía miedo de alzar la voz cuando importaba.
Ya fuera para mandar a la mierda a los compañeros del parque cuando estaban más capullos de lo habitual o, como la noche anterior, para negarse a dejar que Cade se insultara a sí mismo cuando quizá, solo quizá, Cade hablaba en serio al menospreciarse.
¿Cómo no iba a hablar en serio? Había sido una estupidez dejarse llevar por el pánico ante las preguntas de Christine y sus reiterados intentos de salir con él.
Peor aún, no debería haber metido a Elias en aquello.
Tampoco debería haberle sorprendido que Elias no estuviera cabreado.
Para empezar, era de los que se tomaban con indiferencia la insinuación de que les gustaban los hombres, como ya había demostrado.
Y Cade no pudo evitar sonreír con diversión al recordar que Elias no consideraba un insulto que lo acusaran de salir con Cade.
—¿Qué haces? —masculló de pronto Elias, todavía con los ojos cerrados.
Cade se quedó inmóvil al darse cuenta de que estaba de pie a los pies de la cama, mirando dormir a su amigo. Las mejillas le ardieron y, de repente, se alegró de que Elias tuviera los ojos cerrados.
—Me he quedado embobado —se apresuró a decir Cade.
Elias soltó otro de sus característicos gruñidos y se tumbó boca arriba.
—¿Ya es hora?
Cade asintió.
—Sí, he pensado que podía meterme en la ducha y darte tiempo a volver a ser persona.
Cade siempre había tenido el sueño bastante ligero.
Adaptarse a dormir durante las guardias en el parque le había resultado fácil.
Sin embargo, pese a llevar en el oficio tanto tiempo como Cade, a Elias todavía no se le daba tan bien.
Si echaba una cabezada en el parque y sonaba la alarma, se ponía en pie y estaba listo para salir tan rápido como cualquiera.
Fuera de esas circunstancias, sin embargo, despertaba despacio y tardaba una eternidad en despejarse del todo.
Elias siempre bromeaba con que era su proceso de reinicio: necesitaba veinte minutos para asimilar su propia existencia y otro rato más para recordar cómo se llamaba.
—Mmm… ¿Café? —preguntó Elias.
—Voy poniéndolo —prometió Cade, dándole una palmadita en el pie a Elias por encima de la manta.
Y, sin más, se le esfumó el ánimo sombrío. A otros quizá les pareciera raro que Elias y él pasaran juntos tanto tiempo libre. Y probablemente les resultaría todavía más extraño que dos hombres heterosexuales durmieran en la misma cama cuando pasaban la noche juntos.
Sinceramente, prefería despertarse en la misma cama que Elias antes que con la mayoría de las mujeres a las que llevaba a casa.
La primera vez que se dio cuenta, más de año y medio atrás, le había parecido extraño.
Pero desde entonces Cade había comprendido que era verdad y lo había aceptado encantado.
Vale, no follaban entre ellos, pero era agradable tener a alguien a su lado al despertar, alguien con quien compartir las noches y las mañanas.
Conocían de sobra las costumbres del otro, y eso resultaba reconfortante.
Como para demostrarlo, Cade sacó de la nevera la garrafa de agua fría en lugar de usar el grifo del que normalmente cogía agua para el café.
Después de varios meses preparando el café de Elias, apenas tenía que pensar en las proporciones de agua y café.
Cade siempre había creído que le gustaba el café cargado, hasta que probó por primera vez el de Elias: era tan espeso que debería clasificarse como lodo.
Justo cuando Cade pulsó el botón para poner en marcha la cafetera, oyó cerrarse con suavidad la puerta del baño.
Suspiró, se apoyó en la encimera y esperó hasta oír la cisterna y, después, el agua del grifo.
Siguió prestando atención por si Elias había olvidado lo que Cade le había dicho, como solía pasarle por las mañanas.
Para su leve sorpresa, no oyó abrirse la ducha; en cambio, la puerta del baño se abrió sin ruido y dejó salir una franja de luz al pasillo.
Con una sonrisa ladeada, Cade cogió una botella de agua de la nevera y volvió al dormitorio. Elias estaba sentado a los pies de la cama, mirando su regazo y frotándose la nuca.
—El café estará listo en cinco minutos —le dijo Cade mientras abría el armario.
—Bien.
—Y prometo no pasarme de diez minutos en la ducha esta vez.
—Mentiroso.
Aquello hizo sonreír a Cade mientras sacaba ropa limpia del pequeño compartimento que reservaba para sus cosas en el armario.
A Cade le encantaban las duchas matutinas.
Tanto que a veces olvidaba repartir el tiempo del que disponían por la mañana para que Elias también pudiera ducharse.
Aunque tampoco era culpa suya que Elias hubiera convencido a su casero para que le dejara instalar una bañera enorme con todos los adelantos que convertían la ducha de casa de Elias en una maravilla.
Por el amor de Dios, hasta tenía chorros de hidromasaje.
—Ven a gritarme cuando lleve diez minutos —dijo Cade mientras cerraba el armario.
Elias respondió con un gruñido, y Cade lo tomó por un sí antes de marcharse al baño para empezar el día.
* * *
Mientras Elias aparcaba el coche, Cade salió al resplandeciente sol de la mañana.
—Oye, por mucho que odie estos turnos de mañana, al menos no hay mucho tráfico —comentó Cade.
Elias salió del coche sin soltar su enorme vaso térmico de café.
—Ojalá todo empezara un poco más tarde. El turno, el tráfico… Nunca me resultará fácil levantarme a estas horas intempestivas.
—¿Cómo es posible que yo sea el fiestero y tú el que quiere quedarse en la cama incluso cuando has dormido bien? —preguntó Cade.
—Nunca duermo bien.
—Creo que hay quien llama a eso insomnio.
—Probablemente.
—Es algo por lo que puedes ir al médico.
—Ya lo intenté, ¿recuerdas?
Cade suspiró y negó con la cabeza. Por supuesto, sabía que los problemas de sueño de Elias habían empezado mucho antes de que se conocieran.
Algo en el inicio de la pubertad había alterado la química cerebral de Elias y, de repente, empezó a tener toda clase de problemas para dormir.
Su madre había intentado buscarle una solución, pero después de probar varios medicamentos, distintas técnicas propuestas por especialistas del sueño e incluso unos cuantos remedios de herbolario a la desesperada, Elias se había dado por vencido.
—La medicina avanza constantemente. Puede que todavía puedan ayudarte —sugirió Cade al llegar a la puerta trasera.
—Cade, no necesito que tú también me des la charla —refunfuñó Elias.
—Vale, la próxima vez que me llame tu madre le contaré todas mis penas.
—Acabaré contigo aquí mismo, Masters.
Cade soltó una carcajada al entrar en el edificio, y el sonido resonó por el pasillo.
Lo cierto era que Cade quizá sacara el tema la próxima vez que hablara con la madre de Elias.
Alexandra era una buena mujer que quería muchísimo a su hijo y todavía lo trataba a veces como si tuviera ocho años.
También adoraba a Cade, algo que al principio lo había desconcertado, pero a lo que Cade había acabado rindiéndose.
El cariño de Alexandra te mantenía cautivo hasta que te rendías, a menos que lo aceptaras desde el primer momento.
—Tengo que volver a llamarla —murmuró Elias cuando entraron en el comedor.
—Ah, sí, hace tiempo que no hablas con ella, ¿no?
—Hablé un rato con ella anoche. Por eso llegué tarde.
—Ah. Joder, si lo hubiera sabido, te habría dicho que tardaras más.
—¿Y arriesgarme a que le dijeras alguna otra cosa a Christine? Sí, claro.
—No confías nada en mí.
—Nada.
Se detuvieron a medio camino del comedor al darse cuenta de lo silencioso que estaba todo.
Cade se volvió y vio a Matt sentado a una de las mesas, leyendo lo que parecía ser el siguiente volumen de la saga de guerreros licántropos que últimamente lo tenía enganchado.
Cade se había jurado que no le preguntaría de qué iba.
La última vez que lo había hecho, Cade había acabado dejándose un buen dinero en una saga de ocho libros después de que Matt le prestara el primero.
Los que llamaron la atención de Cade fueron los otros dos, Davis y Keith.
Ambos los observaban con recelo, como si fueran dos serpientes venenosas.
Cade frunció el ceño y les lanzó una mirada interrogante.
Antes de que pudiera formular la pregunta, Keith echó la silla hacia atrás y salió de la sala a grandes zancadas, dejando el cuenco de cereales en la mesa.
—¿Qué coño…? —soltó Cade.
Davis miró alternativamente a Elias y a Cade, con el ceño fruncido, como si estuviera dándole demasiadas vueltas a algo. Tras otra pausa de desconcierto, también se levantó y siguió a su amigo, aunque con más vacilación y menos enfado.
Cade miró a Elias.
—¿Qué demonios pasó el otro día cuando trabajaste con ellos?
Elias negó con la cabeza.
—Salí a un aviso con Davis, no con Keith. Y no pasó nada. Fue un incendio normal. Ni siquiera costó mucho apagarlo.
Cade se volvió hacia la única otra persona que quedaba en la sala.