Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 4 Cade #2
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4 Cade #2

—Cada vez que vengo a una de estas cosas recuerdo que lo comparaste con el instituto. Y cuantas más veces vengo, mejor lo entiendo —dijo Elias con una risita.

Cade no dijo nada y echó un vistazo alrededor en busca de otra copa de vino espumoso.

Elias tenía razón. El vino estaba así de bueno.

Tampoco venía mal que las burbujas empezaran a envolverlo en una agradable calidez que hacía que el ambiente le resultara menos opresivo.

Quizá con unas copas más hasta empezara a pasárselo bien. ¿No sería eso un giro inesperado?

Elias lo observaba divertido.

—¿Qué posibilidades hay de que acabes quedando como un gilipollas antes de que termine la noche?

Cade se lo pensó mientras llamaba a otro camarero levantando un dedo con educación.

—Entre «seguro» y «sin ninguna duda».

—Tu madre te sacó de quicio el otro día, ¿verdad?

La pregunta era tan directa como acertada. Solo Elias podía adivinar qué era lo que no dejaba de rondarle la cabeza a Cade. Al coger otra copa de vino espumoso, le dedicó a Elias una sonrisa amarga y apartó la mirada.

—¿Podemos hablar de algo que no sea mi madre? —dijo Cade mientras se bebía casi toda la copa de un trago.

Elias alzó la vista y se le endureció la expresión.

—Entonces, ¿hablamos de que Christine viene hacia aquí?

Cade miró a un lado y a otro, abrió los ojos de par en par y soltó un quejido.

—Joder.

—Sabes que no voy a poder ayudarte, ¿verdad?

—Seguramente no, pero puedes darme apoyo moral.

—Te abrazaré bien fuerte mientras lloras, amiguito.

Cade soltó un resoplido poco elegante sobre su copa vacía.

Pese a ser más expresivo y enérgico que Elias, Cade no se consideraba precisamente un sentimental.

Tenía tantas probabilidades de echarse a llorar como el soso emocional de Elias.

La idea de que aquel hombretón lo estrechara entre sus brazos mientras Cade se dejaba vencer por la emoción le resultó tan extraña que Cade soltó una risita justo cuando Christine se acercaba.

El repiqueteo de sus tacones anunció su llegada, y Cade se obligó a poner una expresión afable mientras ella se aproximaba.

A Christine se le iluminaban los ojos de placer, y a él no se le escapó la forma en que lo recorrió con una mirada ávida.

Llevaba casi un año intentando meterse en su cama y en su vida.

Cade había conseguido esquivarla, pero que estuviera entablando amistad con su madre no auguraba nada bueno.

—Me alegro de que sigas aquí, Cade —dijo Christine, deteniéndose ante él.

Como si pudiera elegir.

—Por supuesto, Christine. Ya sabes que me encanta dejarme ver de vez en cuando.

—Y haces bien. Pamela insistió mucho en que te invitara esta noche —dijo Christine.

—Sí, bueno, como decía, me encanta venir y relacionarme con la gente. Que se lo digan a la mujer que me crio.

Notó que Elias se apartaba de ellos. Cade no se lo reprochó. Christine no había hecho el menor gesto de reconocer la presencia de Elias, y su amigo tampoco podía salvarlo. Al menos, cuando acabara la noche, sabía que podría contar con Elias si necesitaba desahogarse con alguien.

Solo entonces ella miró por encima del hombro de Cade hacia Elias. Por un momento, él creyó que quizá le dirigiría la palabra y convertiría aquello en una conversación entre los tres. Sin embargo, al verla calcular la distancia que separaba a Elias de ellos, se le cayó el alma a los pies.

—Me encantaría verte más a menudo —dijo Christine con ligereza.

—Bueno, con mis horarios me resulta difícil acudir a muchos compromisos sociales —respondió Cade con evasivas.

En los ojos oscuros de Christine brilló la diversión.

—Es verdad, es verdad. He oído varias cosas que dan fe del excelente trabajo que haces. Siempre me ha impresionado que estés dispuesto a renunciar a todos los privilegios que conlleva el apellido de tu familia para… apagar incendios.

Cade sonrió. No le gustó aquel cambio de tema repentino y deliberado.

—Bueno, no todo el mundo aspira a heredar el negocio familiar. Admiro lo que ha conseguido mi familia, pero mi sitio está en el parque.

Ella alargó la mano y cogió una copa de la bandeja de un camarero que se acercaba.

—Como he dicho, es admirable.

—Me alegra que lo veas así —respondió Cade con desenfado.

¿Por qué tenía pinta de araña a punto de abalanzarse sobre su presa?

—Y, como te decía, entre eso y… otros factores, me gustaría modificar la propuesta que te hice para que tú y yo podamos pasar más tiempo juntos.

Al fin y al cabo, teniendo en cuenta mi trabajo con los distintos parques de bomberos de la ciudad, creo que podríamos coincidir en muchas cosas —explicó ella, ladeando la cadera de forma sugerente.

—Ah, ¿eso crees? —preguntó Cade con aparente despreocupación, al fin consciente de la amenaza velada cuya aparición siempre había temido.

—Eso creo.

Cade se devanó los sesos buscando la forma de quitársela de encima.

Lo último que quería era salir con ella.

O bien la relación fracasaría y acabaría enemistado con la mujer que se ocupaba del presupuesto y las normas del parque, o bien se quedaría atrapado con una mujer que se parecía demasiado a su madre para sentirse cómodo.

Su única opción era encontrar una excusa convincente para seguir evitando a toda costa cualquier acercamiento íntimo o romántico.

Christine arqueó una ceja cuidadosamente depilada.

—Y, dado que no estás con nadie, sigo interesada en ti y dispuesta a intentarlo.

¡Ahí estaba! Podía aprovecharlo. No salía con nadie, pero eso no le impedía utilizar esa excusa, ¿no? Qué demonios, podía soltar cualquier nombre y dar el asunto por zanjado.

—Estoy saliendo con alguien —dijo Cade con un tono de pesar que esperaba que resultara creíble.

Le vino a la cabeza aquella chica, Julie, cuando Christine ladeó la cabeza.

—¿De verdad? Pues me sorprendes. Tu madre parece creer que estás… soltero.

—Bueno, no tiene por qué saberlo todo sobre mí, ¿verdad?

—Qué curioso. La invitación incluía acompañante y, sin embargo, no has traído a nadie. Habría pensado que aprovecharías estos actos sociales para presumir de pareja —continuó, con una leve mueca en los labios.

Mierda, tenía razón. Si había alguna forma de asegurarse de que Christine lo dejara en paz para evitar que sus iguales la vieran como una robaparejas, era llevar consigo a su novia actual.

Su mente se aceleró, buscando excusas y descartándolas al instante.

La invitación había llegado con tiempo, así que no podía decir que aquella novia inexistente no hubiera tenido ocasión de organizarse.

¿Enfermedad? Demasiado fácil. ¿Una urgencia familiar? Peor aún.

—¡Sí que he venido acompañado! —se oyó soltar a Cade.

Christine parpadeó, inexpresiva.

—¿Has venido… acompañado?

Sus ojos volvieron a desviarse por encima del hombro de Cade, y en ese instante él comprendió lo que estaba pensando ella y adónde había saltado su mente presa del pánico.

Cade se volvió sobre un talón y, ya de espaldas a Christine, hizo una mueca al ver que Elias lo miraba desde lo alto con una expresión pétrea e indescifrable.

—¿A que sí? —preguntó Cade, rogando que su amigo le siguiera la corriente.