4 Cade
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Cade
Tirándose del cuello de la camisa, Cade recorrió con la mirada, nervioso, la multitud de gente bien vestida.
La fiesta llevaba casi veinte minutos en marcha y aún no había visto a Elias.
Y no es que fuera difícil distinguirlo: sobresalía por encima de todo el mundo.
Cade tampoco era precisamente bajo, medía más de metro ochenta, pero Elias era inhumanamente alto.
Hasta entre las multitudes más apretadas, su mejor amigo destacaba como un faro.
Y llegaba tarde.
Intentando dejar a un lado la frustración y los nervios, Cade cogió una copa de vino espumoso de la bandeja que llevaba en alto un camarero elegantemente vestido.
Sinceramente, le encantaría asistir por una vez a una fiesta organizada por algún conocido de su madre que no exigiera un conjunto más caro que sus gastos de todo un mes.
Ya de niño odiaba que lo vistieran de punta en blanco y lo exhibieran ante aquella gente rica y estirada a la que su madre tanto adoraba.
Daba igual que llevara toda la vida haciéndolo: detestaba sentir el cuello del traje apretándole la garganta.
—Como una puñetera soga —refunfuñó.
Por si fuera poco, veía que Christine volvía a acercarse para hablar con él.
Había esperado esquivarla todo lo posible, pero ella lo había interceptado antes de que avanzara más de unos pasos desde la puerta.
El vestido azul intenso que había elegido estaba salpicado de destellos plateados.
Cade supuso que pretendía evocar el cielo nocturno.
Por suerte, no llevaba las botas de dominatrix que le había mencionado a Elias.
Aun así, las tiras de los zapatos le ceñían los tobillos y sus tacones resonaban sobre las baldosas del restaurante situado en un rascacielos que había reservado para la fiesta.
Por suerte, se había librado de tener que hablar demasiado con ella.
Como anfitriona, se esperaba que Christine revoloteara de un lado a otro saludando a todos los invitados.
Tenía que mostrarse amable, lucir una sonrisa radiante y dedicar a cada uno la atención suficiente para que se sintiera bienvenido.
Así que solo le había dado tiempo a saludarlo, batir sus largas pestañas y juguetear con un mechón cuidadosamente suelto de su elegante moño antes de pasar al siguiente invitado.
Pero Cade no era tan ingenuo como para creer que la cosa acabaría ahí: volvería a por él.
Una voz familiar resonó a su espalda.
—Dime que no estás borracho ya.
Cade se volvió de golpe y soltó el aire, aliviado.
—Joder, Elias, por fin apareces.
No sabía cómo había conseguido entrar sin que Cade lo viera.
Llevaba el traje que Cade había insistido en comprarle: le había dicho que, si iba a arrastrar a Elias a esos actos para que le diera apoyo moral, lo menos que podía hacer era pagarle el traje con parte de la asignación mensual que recibía de sus padres.
La camisa de vestir, en cambio, no se la había comprado Cade.
El azul claro contrastaba con la piel muy bronceada de su amigo y resaltaba sus intensos ojos azules.
—Vaya, ¿quién iba a decir que te sentaría tan bien arreglarte? —preguntó Cade, y lo decía en serio.
Elias sonrió con sorna.
—Sí, a este mono le queda bien el traje.
—Ahora solo falta plantarte uno de esos organillos, creo que se llaman así. Nos ponemos en una esquina y tú bailas para que nos echen unas monedas —bromeó Cade.
—Por tentadora que parezca la idea, creo que prefiero seguir jugándome la vida apagando incendios. Pero gracias —dijo Elias, quitándole la copa de vino a Cade.
—¡Eh! Coge una para ti —le dijo Cade, aunque soltó la copa sin oponer resistencia.
—A lo mejor deberías coger otra para cada uno —sugirió Elias antes de beberse el contenido de un trago—. Mmm, no está mal. No voy a mentirte: los ricos sabéis dónde encontrar lo bueno.
—Con lo que se gastan, más les vale que esté bueno.
—Cierto.
—¿Y podrías no meterme en el mismo saco?
Elias le guiñó un ojo.
—Entonces, ¿mejor no menciono la asignación mensual?
Cade frunció el ceño.
—No, mejor no.
La asignación había sido una de las escasas victorias de su padre frente a su madre.
Pamela se habría quedado tan contenta dejando que Cade se las apañara sin una asignación después de renunciar a aprender cómo funcionaba el negocio familiar, a ir a la universidad y a prepararse para ser el heredero perfecto de la fortuna de los Masters.
Sin embargo, David Masters se había impuesto a su esposa y se había negado a permitir que un hijo suyo viviera, como él decía, «como un mendigo».
Así que Cade recibía una asignación mensual, superior a lo que jamás ganaría como bombero, aunque sujeta a unas cuantas condiciones.
Pamela no era de las que aceptaban una derrota sin más.
Había logrado colar algunas exigencias, entre ellas las reuniones semanales con ella y la asistencia a cualquier acto que considerara necesario.
Todavía no había impuesto más condiciones, pero Cade tenía la impresión de que pronto empezaría a entrometerse en su vida privada.
A los veintisiete años, aún no se le había pasado aquella «fase», y notaba que la impaciencia de su madre iba en aumento.
Incluso su padre había esperado que Cade perdiera interés por aquel estilo de vida al llegar a la mitad de la veintena.
Al menos él era más discreto al mostrar su desaprobación.
Cade sospechaba que solo era cuestión de tiempo que su madre decidiera que necesitaba actuar de forma más directa para conseguir lo que quería.
Cade temía que llegara ese día.
Elias lo miró con el ceño fruncido.
—¿Estás bien?
Cade parpadeó.
—Ah, eh, sí, claro. Me he quedado pensando en mis cosas un momento.
Elias no dejó de fruncir el ceño.
—No pretendía tocarte un tema delicado.
—No lo has hecho.
—Ya, claro.
Cade hizo un gesto para quitarle importancia, sin ganas de hablar de ello.
Muy pocas personas de lo que él consideraba su vida real sabían gran cosa de su familia.
Su apellido era imposible de ignorar en la ciudad, ya que sus padres estaban metidos en numerosos negocios.
Había tardado casi dos años de trabajo en el parque de bomberos en sacudirse la fama de niñato rico y mimado que jugaba a vivir como los demás.
Elias era el único ajeno a su familia que lo sabía todo y, aun así, Cade no quería hablar del tema.
Le bastaba con tener allí a Elias. Si tenía que elegir a alguien para que lo acompañara a uno de aquellos actos aburridos y, a veces, insoportables, elegiría a su mejor amigo.
Desde su primera conversación, Cade se había sentido a gusto con Elias.
A algunos compañeros del parque les había costado un tiempo entrar en confianza con Elias.
Su voz grave, que se dejaba oír poco y casi siempre en frases cortas, y su expresión reservada y seria les daban una impresión de agresividad.
Quizá Cade solo había querido a alguien cuya calma contrarrestara su agitación.
Una roca contra la que pudieran romper las olas de sus emociones.
O quizá se estaba poniendo poético sin necesidad.
Él y Elias simplemente… encajaban. En dos años de amistad nunca habían pasado de alguna que otra discusión y, aunque no siempre estaban de acuerdo, sabían llevarse bien de manera instintiva.
Si Elias fuera una mujer, Cade se habría enamorado perdidamente de él.
Fue Elias quien cogió dos copas de vino espumoso de una bandeja que pasaba.
—Y bien, ¿has visto ya a Christine?
—Sí, me saludó nada más entrar.
—¿Te saludó o se te abalanzó encima?
Cade cogió una de las copas con un gruñido.
—Un poco de las dos cosas, la verdad.
Elias alargó la mano y, entre risas, le frotó la espalda a Cade para consolarlo.
—¿Crees que conseguirás salir de aquí antes de que vuelva a por el segundo asalto?
—Ni de coña —dijo Cade antes de dar un trago.
La mano de Elias descendió un poco más para darle una última palmada antes de apartarse.
—Pues a lo mejor te conviene no beber demasiado antes de que lo intente otra vez. Podrías decir algo de lo que te arrepientas.
—Sí, supongo.
Cade seguía pensando en aquel breve contacto con Elias.
Tocarse siempre les había resultado fácil, aunque Cade había percibido que al principio a Elias le resultaba extraño.
El hombretón nunca se quejaba cuando Cade le pasaba un brazo por los hombros, se apoyaba contra él o le demostraba afecto de cualquier otra forma espontánea, pero tardó más de un año en sentirse lo bastante cómodo para hacerlo también.
Y pasaron unos meses más antes de que sus gestos cariñosos dejaran de parecer forzados y calculados.
La caricia que Elias acababa de darle en la espalda le había salido sin pensarlo, y Cade sonrió con sorna sobre el borde de la copa al darse cuenta de cuánto había avanzado su amigo.
Eso no significaba que fuera a dejar de beber.
Elias lo miró de reojo.
—¿Por qué no hay dónde sentarse?
Cade puso los ojos en blanco.
—Por lo visto, Christine cree que la gente se divertirá más de pie. Probablemente piensa que así hablarán más entre ellos.
—Y el resultado es que todos se quedan de pie formando corrillos —observó Elias.
Y era verdad. Los Marshall estaban con los Windom; las familias ricas y poderosas de toda la vida tenían que permanecer unidas.
Cade reparó en que aquella vieja élite no quitaba ojo de los jóvenes emprendedores que empezaban a abrirse camino al otro lado de la sala.
Eran hombres y mujeres de orígenes no muy distintos de los de Elias.
Pero gracias al esfuerzo, al olfato para los negocios y, quizá, a alguna que otra jugarreta, ahora se los consideraba parte de la élite.
Eso sí, solo en lo económico. Familias como los Marshall y los Windom, dueñas de prácticamente media ciudad y presentes allí desde la fundación de Port Dale, jamás verían a los recién llegados como iguales.
—Yo no he dicho que fuera una buena idea —murmuró Cade.