3 Elias #3
Elias salió del baño y apagó la luz a su espalda.
La puerta de su dormitorio estaba abierta.
Entró y encontró a Cade despatarrado en el lado derecho de la cama.
La luz del techo seguía apagada y solo la claridad de la luna, que se filtraba por las ventanas entre las cortinas, iluminaba tenuemente la habitación.
—No eres el compañero de cama más guapo que he tenido, pero me vales —dijo Elias mientras tiraba de su camiseta.
Cade dejó escapar un resoplido y se abrazó a una almohada.
—Soy lo más guapo que ha pasado por esta cama en meses.
—Eres la única persona que ha pasado por esa cama en meses —admitió Elias mientras sacaba unos pantalones holgados del armario.
—Uno de estos días habrá que buscarte una chica.
—Creo que tú lo compensas con creces.
—Cierto.
Cade ya se había desvestido y se había puesto unos pantalones cortos holgados que había dejado allí.
Solo faltaba que Elias se metiera también en la cama.
Era enorme, con espacio suficiente incluso para que el cuerpo alto y corpulento de Elias pudiera compartirla sin tocar a quien durmiese al otro lado.
Ese había sido precisamente el argumento que había utilizado para convencer a Cade de que era mejor compartir la única cama del piso que intentar dormir en el sofá.
Era el único aspecto de su amistad que se guardaban para ellos.
A la madre de Cade le habría dado un ataque al pensar en su hijo compartiendo cama con otro hombre, aunque no hubiera nada sexual entre ellos.
Los compañeros del parque tampoco se habrían quedado atrás, si bien en su caso habría habido más guasa que indignación moral.
Solo algunas de sus parejas sexuales lo habían sabido. Bueno, y la última expareja de Elias.
Para ellos dos, era algo perfectamente normal y lógico.
Tampoco es que durmieran desnudos y abrazados, susurrándose palabras de amor.
Y quizá había algo agradable en tener a alguien con quien compartir el espacio, en el sentido más literal de la expresión.
Si Elias lo pensaba de verdad, tener a Cade cerca la mayor parte del tiempo, incluso por la noche, cuando charlaban de gilipolleces o de cosas serias, era mucho mejor que la mayoría de las personas a las que Elias había invitado a su cama.
Un gruñido de Cade interrumpió los pensamientos errantes de Elias.
—Joder, se me olvidaba. ¿Tienes planes el sábado?
Elias abrió los ojos y lo miró con recelo.
—No me digas que vas a invitarme a otra de las fiestas de tu madre. No pienso repetir, Cade.
Cade se echó a reír.
—Dios, hoy ha sacado el tema. Te llevaría a esa mierda de fiesta solo para cabrearla.
—Ya sé que lo harías. Ni de coña.
—Bueno, no es una fiesta suya.
—Pero es una fiesta en la que no pinto nada.
Cade resopló.
—En algún momento de hoy he aceptado ir a un cóctel. Y estará allí medio ayuntamiento.
Elias no pudo evitar reírse.
—Lo que significa que estará cierta admiradora secreta.
—Uf. Creo que para ser una admiradora secreta, primero tiene que mantenerlo en secreto.
Elias sonrió.
—Cierto, no es muy sutil.
Christine Hoffman tenía la distinción de ser la concejala más joven del ayuntamiento de Port Dale.
Además, estaba soltera y no ocultaba sus ganas de cambiarlo.
Elias reconocía que era atractiva y que, pese a moverse en un círculo de hombres y mujeres conservadores y chapados a la antigua, desde luego no se comportaba ni vestía como ellos.
Dada su afición a las minifaldas y a las blusas con el escote justo para atraer miradas, le sorprendía que gente como Pamela, que antes muerta que llevar algo mínimamente revelador, quisiera tener trato con ella.
—Siempre puedes armarte de valor y salir con ella —le dijo Elias.
—Sí, lo he pensado, pero luego me he dado cuenta de que, si lo hiciera, no volvería a oír hablar de otra cosa. Mi madre estaría encantada y no dejaría de insistir para que saliera otra vez con ella. Y, vamos, oíste a Christine: no quiere solo una cita —protestó Cade.
—Ah, claro, aquel comentario de que quería «domarte» —dijo Elias, reprimiendo a duras penas otra risita.
—Anda, cállate.
—¿Crees que hará falta un collar y una correa?
—¿Has visto las botas que lleva a veces esa mujer? No me sorprendería que tuviera una habitación entera llena de cosas divertidas con las que «domarme» —murmuró Cade, estremeciéndose.
Elias sonrió con sorna.
—¿Y para qué quieres que vaya yo?
—Porque necesito a alguien enorme detrás de quien esconderme.
—Oh, gracias. Sabes exactamente qué decir para hacer que un tío se sienta especial.
—En serio, tener a alguien allí, tenerte a ti, hará que sea más fácil aguantar la fiesta. Solo tenemos que quedarnos una hora, quizá dos. Luego salimos pitando, volvemos a casa de uno de los dos, nos bebemos un paquete de seis cervezas y nos liamos a tiros el uno con el otro.
Elias alzó una ceja.
—¿Has comprado algo nuevo?
—Tío, ¿te acuerdas de Halo?
Elias resopló al recordar los años de adolescencia que había pasado disparando a sus amigos y a extraterrestres en la vieja consola Xbox.
—Sí, claro.
—Han sacado una versión remasterizada. ¿Y adivina quién la ha comprado?
—Mmm, así que tengo que soportar una de esas fiestas estiradas tuyas —empezó Elias.
—¡No es mía!
Elias prosiguió.
—¿Y, a cambio, me llevo cerveza y la oportunidad de revivir mis años de adolescente jugando a videojuegos?
—Más o menos.
Elias sonrió.
—Bueno, parece que sí sabes qué decir.
—¿Entonces vendrás?
—Me tienes en el bote, señor Masters. ¿Cómo voy a decirte que no?
—Gracias, Elias.
Elias sonrió.
—Cuando quieras, colega.