3 Elias #2
Alguien que conociera cómo se habían criado podría suponer, a primera vista, que Elias sería el propenso a preocuparse y a estar siempre encima del otro.
Sin embargo, era Cade, fruto de un hogar tan frío y distante como cálido y alentador había sido el de Elias, quien asumía ese papel.
Elias suponía que así salían ganando los dos: él estaba más que acostumbrado a una relación en la que alguien insistía por preocupación, metía la nariz donde no le llamaban por inquietud y daba la lata por amor.
Por un curioso capricho del destino, además, resultaba que Cade era el mejor cocinero de los dos.
Cade volvió a concentrarse en el libro.
—Hablando de eso, ¿qué tal está tu madre?
Elias lo miró con recelo.
—¿Me estás diciendo que no has hablado con ella?
—Últimamente no.
Elias gruñó, sorprendido. Su madre le había cogido cariño a Cade porque sabía que, de afecto maternal, Cade entendía lo mismo que un desierto de lluvia.
Pero, aparte de que su madre no había sabido gran cosa de Cade hasta después de su última visita, Alexandra Cortez era una mujer que colmaba de cariño a cualquiera que le cayese bien.
Conocer más detalles de la infancia de Cade durante los meses posteriores a su primer encuentro no había hecho sino aumentar sus ganas de colmar a Cade de amor.
El resultado, entre la necesidad de cariño de Cade y la negativa de Alexandra a aceptar un no por respuesta, era que ella había asumido el papel de una segunda figura materna para Cade; quizá incluso la principal.
—Me sorprende que te haya dejado salirte con la tuya —dijo Elias al ponerse de pie.
Cade soltó un bufido y pasó una página.
—A ti te está dejando salirte con la tuya sin llamarla.
—A mí no me mima como a ti.
—¿Celoso?
—Ni lo más mínimo.
Y era verdad. Si alguien era capaz de querer a varias personas a la vez, esa era su madre.
Alexandra Cortez se había pasado buena parte de la infancia y adolescencia de Elias acogiendo como suyos a todos los amigos de este y de sus hermanos.
Esas mismas ganas de cuidar a los demás se extendían a más de una docena de perros y gatos, unos cuantos pájaros y otras criaturas variopintas.
Recordaba el gran lagarto varano al que había acogido unos seis meses, hasta que apareció un nuevo dueño que su madre consideró adecuado.
Dicho esto, Elias rodeó el gran sillón en el que Cade se había instalado tan a gusto.
Sin pensarlo, le pasó la mano por el pelo y se lo revolvió.
Tal como esperaba, Cade soltó un gruñido de fastidio, pero no dijo nada y siguió leyendo.
Era una muestra de afecto, aunque también pretendía fastidiar a Cade, que era curiosamente susceptible con aquel pelo castaño rojizo que, según él, nunca se dejaba domar por mucho que hiciera.
Elias era probablemente la única persona, aparte de las numerosas parejas sexuales de Cade, a quien le permitía tocarle el pelo.
Elias cruzó el pequeño arco y se dirigió al baño, al fondo del pasillo.
La única otra puerta quedaba a su izquierda y daba a su dormitorio y a un armario.
Como el resto del piso, el baño no era grande, aunque seguramente se debía en buena parte a la enorme bañera que había instalado.
Se había salido con la suya porque el administrador del edificio era un hombre de trato fácil…
o porque le caían muy bien los bomberos.
Después de ir al baño y echarse suficiente agua fría en la cara para despejarse, volvió al pasillo.
Miró a través del arco y, como cabía esperar, encontró a Cade aún acurrucado en el sillón, leyendo con atención.
Pese a toda su energía inquieta, pocas cosas podían absorber a Cade y mantenerlo quieto durante horas como un libro.
Elias atravesó el pequeño comedor, con sus dos sillas y su mesa, y entró en la cocina.
Le bastó abrir la nevera, que emitía un suave zumbido, para recordar que no tenía nada que mereciera la pena preparar.
Había una jarra de leche y un cajón lleno de queso, pero poco más, aparte de unos fiambres.
Con un gruñido, cerró la puerta y echó un vistazo a los armarios, esperando acordarse de algo.
Su mente, que se iba despejando poco a poco, le recordó que no había nada y que no lo habría hasta que se arrastrase a la tienda. Soltó un quejido.
Desde el salón llegó la voz socarrona de Cade.
—Entonces, ¿deduzco que ha sido buena idea pedirnos comida antes?
Elias se animó.
—¿Has pedido comida?
—De ese tailandés que tanto te gusta.
Elias no había tenido hambre cuando Cade había insistido en que debía comer.
Sin embargo, bastó con mencionar el restaurante tailandés de unas calles más allá para que a Elias le rugiera de pronto el estómago.
Pocos sitios conseguían aquella combinación de picante y dulce que le recordaba a Elias la comida mexicana que tanto le había gustado a su padre durante su infancia y que, sin embargo, era distinta.
Curiosamente, ningún restaurante mexicano de Port Dale lograba saciar del mismo modo aquel antojo nostálgico de Elias.
—No voy a decir que me has salvado la vida —empezó Elias.
—Pero lo vas a pensar muy fuerte —terminó Cade.
Elias asomó la cabeza al salón y sonrió con sorna a Cade.
—Puede. O puede que no.
Cade levantó la mirada; sus brillantes ojos color avellana relucían de diversión.
—O, ya sabes, que sí. Sin duda.
—Entonces supongo que esta noche me toca elegir la película, ¿no? —preguntó Elias, arqueando una ceja oscura.
—¿No estabas a punto de caer redondo hace unos minutos? —preguntó Cade.
Puede que sí o puede que no. Pero era evidente que Cade estaba bien despierto y ya se había ocupado de cuidar de Elias, aunque hubiera recurrido a darle un poco la lata.
Además, hacía casi una semana que no pasaban tiempo juntos.
Elias ya se había echado la siesta y no pensaba desperdiciar durmiendo, después de ponerse hasta arriba de comida, las pocas horas que podían pasar tranquilamente juntos.
—Bah, me apetece algo picante y divertido —dijo Elias.
—¿Hablamos de la comida o de la película?
—Sí.
Cade resopló.
—Buen plan.
Además, Elias sabía que Cade había visto a su madre aquel mismo día. Si alguien necesitaba un poco de normalidad, consuelo y calidez, era Cade después de reunirse con Pamela.
Elias se rio por lo bajo.
—Por mí, perfecto.
* * *
Una vez más, tuvo que tantear entre los jirones de sus pensamientos adormilados para entender qué estaba pasando.
La tele seguía encendida, pero no sonaba tan fuerte como recordaba.
Estaba claro que había vuelto a quedarse dormido, con el estómago lleno de deliciosa comida tailandesa y una película que se dejaba ver sin llegar a engancharlo.
Notaba un peso agradable sobre el regazo y tuvo que esforzarse por salir de la neblina del sueño que amenazaba con arrastrarlo de nuevo.
Entreabrió los ojos y parpadeó ante la intensa luz de la lámpara de la mesa que había junto al sofá.
El peso en su regazo resultó ser las piernas de Cade, cómodamente estiradas sobre los muslos de Elias.
Su amigo tenía la espalda apoyada contra el otro brazo del sofá.
Al parecer, había dado por hecho que Elias se había quedado dormido para toda la noche y a Cade la película le interesaba tan poco como a Elias.
Cade había ido a por su libro para seguir leyendo.
Que Cade estuviera profundamente dormido era señal de lo tarde que debía de ser.
Elias tanteó al otro lado del sofá hasta encontrar su móvil.
Hacía rato que había pasado la medianoche; era casi la una.
No le extrañaba que Cade se hubiera quedado dormido.
Solo unas copas, buena música y una chica guapa que le hubiera llamado la atención podían mantener a Cade despierto después de las once.
Aunque el libro debía de ser bueno, porque aún lo sujetaba Cade con una mano apoyada sobre el pecho.
El pequeño movimiento de Elias apenas había alterado el sueño de Cade, pero sabía que, en cuanto le apartara las piernas, Cade se despertaría y se pondría alerta al instante.
Esa rapidez para espabilarse venía muy bien cuando dormías en el parque y entraba un aviso.
Cade juraba y perjuraba que había sido así toda la vida.
En realidad, Elias lo había visto dormir profundamente más de una vez, aunque nadie más admitía haberlo visto.
Quizá se debiera simplemente a su amistad, pero aun así era agradable saber que alguien se sentía tan a gusto con él como para cambiar sus hábitos de sueño.
Una repentina y apremiante presión en la vejiga hizo que Elias torciera el gesto. Tendría que despertarlo. Con cuidado de no sobresaltar a Cade, apoyó una mano en su muslo y se lo sacudió con suavidad.
—Oye, Cade —dijo Elias con la voz ronca de sueño.
Los párpados de Cade se agitaron.
—Estoy despierto.
—Ahora sí, pero necesito que te levantes —le dijo Elias—. O que al menos apartes las piernas.
Cade soltó una risa espesa.
—¿Por eso me estás metiendo mano?
Elias puso los ojos en blanco, retiró la mano de la pierna de Cade y le dio un golpecito.
—Sigue soñando, guaperas. Y ahora levántate, que tengo que mear.
—Mmm, sí, me van las guarradas, pero no tanto —admitió Cade, retirando las piernas para dejar que Elias se levantara.
—Tomo nota.
Por fin libre del calor inagotable de Cade, Elias se levantó y fue al baño.
Desde el salón oyó movimiento y cómo se apagaba la tele.
Cade se había quedado a dormir tantas veces que Elias sabía cuál sería su siguiente parada: ahí estaba, la puerta de entrada; Cade acababa de echar la llave y de comprobar que estaba cerrada.
Luego iría a la cocina, donde Cade cogería una botella de agua y se la bebería de un trago.
El crujido de la botella de plástico resonó por el pasillo y, mientras Elias se lavaba las manos, oyó las pisadas suaves de Cade acercándose por el pasillo.