Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 3 Elias
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3 Elias

Elias

No sabía cuánto tiempo llevaba durmiendo, pero la pesadez que le embotaba el pensamiento le decía que había estado dormido al menos una hora.

El día anterior, pese a sus esperanzas de dormir mucho, se había despertado una y otra vez.

Así que había vuelto a arrastrarse hasta el parque de bomberos medio dormido.

Hasta Cade había comentado lo cansado que parecía, y eso ya era decir, porque solía tener cara de cansancio.

Al terminar el turno, se había arrastrado de vuelta a su piso para echarse una siesta.

Elias gruñó contra el cojín del sofá, sin saber si quería estar despierto.

En algún rincón de su mente comprendió que algo lo había despertado.

Sin embargo, no recordaba ningún ruido en concreto.

Abrió los ojos y se quedó mirando el respaldo del sofá mientras escuchaba el silencio de su piso.

Al cabo de unos segundos, oyó a su espalda el leve roce de una hoja de papel al pasar.

Elias se quejó.

—Recuérdame por qué te di una llave de mi piso.

Cade soltó una risita.

—Porque te encanta la idea de que entre a escondidas para verte dormir.

—Acosador.

—Jo, pero es que estás monísimo cuando te echas la siesta.

—No tengo nada de mono.

—Pareces un oso hibernando.

—Ni se te ocurra.

—¿Qué? ¿No quieres que te llame Osito?

Elias resopló al oír el apodo que su madre le había puesto años atrás y que lo acompañaba desde entonces.

«Osito» había sido entrañable cuando era un niño esmirriado de ocho años, y quizá gracioso cuando, al llegar a la adolescencia, había dado tal estirón que su madre apenas le llegaba al pecho.

Incluso le había venido bastante bien cuando había ganado cuerpo hasta alcanzar su corpulencia actual y el vello del cuerpo se le había vuelto oscuro y espeso.

Aun así, ni siquiera de adulto le molestaba aquel apelativo un tanto irónico, pero, en el fondo, cariñoso.

Era su madre, al fin y al cabo, y ni de coña iba a impedírselo, ni siquiera a intentarlo.

Elias se dio la vuelta para fulminar con la mirada a su mejor amigo.

—Te odio.

Cade estaba despatarrado en el enorme sillón, con una pierna larga sobre uno de los brazos y la espalda apoyada contra el otro.

Tenía un libro grueso abierto sobre el regazo.

Por mucho que Cade odiara que lo llamasen guaperas, hasta Elias tenía que admitir que podría ser modelo.

Cade se parecía a su padre: la mandíbula marcada y los pómulos definidos le daban un aspecto masculino, pero sin facciones toscas.

El pelo castaño rojizo siempre le caía bien, con un aire despeinado y despreocupado, hiciera lo que hiciese.

Sin embargo, eran los ojos lo que más atraía la atención de las mujeres.

Era lo único que Cade había heredado físicamente de su madre.

Por suerte, en los brillantes ojos color avellana de Cade había risas y un humor socarrón, en lugar de la mirada incisiva y crítica de Pamela Masters.

—¿Qué? —preguntó Cade cuando el silencio se prolongó.

—Dices «Osito» con un acento de guiri espantoso —le dijo Elias.

—Tu madre siempre me dice que lo digo perfecto.

—Te juro por Dios, Cade, que más te vale no estar preparando un chiste sobre acostarte con mi madre.

Cade alzó la vista con el ceño fruncido.

—Los dos sabemos que con tu madre no se bromea. Es una buena mujer. No voy a portarme como un capullo con ella.

Elias soltó un gruñido.

—Ya. Perdona.

El ceño de Cade se despejó al instante y dio paso a una sonrisa burlona.

—Como si me fuera a ofender. Los dos sabemos que te levantas de mal humor.

—Sobre todo cuando me despierto y encuentro a un intruso en mi sillón —dijo Elias mientras se incorporaba.

—¿Un intruso? Me diste la llave. Eso es prácticamente una invitación abierta.

—No, no lo es.

—Para mí sí.

Elias gruñó, pero no pensaba discutir. Cade tenía demasiada práctica en ello y aún más en retorcer las palabras y las conversaciones para conseguir lo que quería.

Criarse con una madre que arrasaba con todo le había servido a Cade para perfeccionar sus habilidades de distracción y manipulación sutil.

Además, Cade tenía razón. Si Elias le hubiera dado una llave a alguien que no fuese de su familia o Cade, habría sido para una emergencia o por necesidad.

En realidad, pasaban tanto tiempo el uno en casa del otro como en la suya propia.

Aunque, si lo pensaba bien, Cade solía presentarse en casa de Elias más a menudo que al revés.

Elias le dedicó una sonrisa adormilada.

—¿Qué tal tu madre?

Cade alzó la vista y torció el gesto.

—¿En serio?

—En serio.

—Los dos sabemos de sobra que ha sido una hora de absoluto infierno.

—Creía que ya serías inmune a sus pullas y sus puñaladas.

Cade se encogió de hombros y volvió a prestar atención al libro.

—Ya me dan igual sus críticas y sus intromisiones.

Lo que me mata es el puto aburrimiento de tener que fingir que me importa lo que dice.

Te lo aseguro: el infierno no es agonía ni dolor; es escuchar a mi madre hablar sin parar de cenas benéficas y de los cotilleos que circulan por su grupo de amigos.

En serio, no entiendo por qué quiere que me case con una mujer de la alta sociedad cuando parece que la mayoría engañan a sus maridos.

—Quizá crea que eso es lo normal —dijo Elias.

—Lo que me lleva a la espantosa idea de que quizá ella haga lo mismo.

—O sea…

—No, no me imagino a mi madre haciendo nada parecido. No reconocería la pasión ni aunque le mordiera el culo.

—Bueno, te tuvo a ti.

Cade soltó un bufido.

—Y no deja de echármelo en cara.

Elias guardó silencio, sin saber qué decir, como siempre que salían a relucir la madre de Cade y la relación entre ambos.

Elias y su madre no siempre habían estado de acuerdo, pero entre ellos siempre había habido cariño y amor.

Entre Cade y su madre, en cambio, se extendía un océano de animadversión y desaprobación mutuas.

La actitud de Pamela hacia su hijo siempre le había parecido a Elias la de una empresaria hacia un empleado.

Que Cade no encajara en su mundo ni cumpliera sus expectativas le causaba la misma frustración que sentiría alguien si de pronto un brazo empezara a hacer lo que le diera la gana en vez de obedecer sus órdenes.

—Eso sí, una chica aceptó mi número. Otra cosa es que me llame después de ver a mi madre en acción —continuó Cade.

Elias hizo una mueca.

—¿En primera fila?

—Sí. Si me llama, quizá debería llevarla a ver un combate en una jaula. La experiencia sería la misma.

—¿Te acuerdas de cómo se llama esta?

Cade le sacó la lengua.

—Julie. Por lo visto, una amiga suya ya me conocía, eh…, bastante bien.

Elias resopló y se frotó los ojos aún cargados de sueño.

—Así que todo eso que dices de hacer pasar un buen rato a alguien no eran gilipolleces.

—Ya ves, ¿eh?

Era una faceta curiosa de su amistad que aquella conversación no molestara a Elias.

Ni siquiera de adolescente le había resultado cómodo oír hablar de las conquistas de sus amigos ni de nada relacionado con el sexo.

Enterarse de que alguno de ellos follaba de maravilla habría sido la señal para que Elias cambiase de tema.

Pero, como en tantas otras cosas, Cade era la excepción.

Incluso su primer encuentro había sido una excepción.

Elias no era un hombre que congeniara fácilmente con los demás, y los demás tampoco solían congeniar enseguida con él.

Era un hombre corpulento de rostro serio, y su carácter reservado lo hacía parecer imponente y amenazador.

Sin embargo, en el primer turno de Elias en el parque, Cade había sido quien lo había mirado y le había sonreído de verdad.

Y había hecho un chiste, por supuesto.

Cade levantó la vista y ladeó la cabeza.

—¿A qué viene esa sonrisita?

—Me acuerdo de lo primero que me dijiste —respondió Elias.

Cade se echó a reír.

—Algo así como «Hostia puta, menudo cabronazo más grande estás hecho. Por lo menos ahora tenemos a alguien que llega al estante de arriba», ¿no?

Había rematado el comentario con un guiño juguetón y luego Cade le había estrechado la mano con calidez.

En comparación con los saludos educados y rígidos de todos los demás, el de Cade había sido toda una sorpresa.

Elias se había quedado tan desconcertado que no había sabido qué decir mientras estrechaba la mano de aquel hombre que sonreía como un idiota.

Y había sido Cade quien lo había llevado de un lado a otro del parque, enseñándoselo todo y explicándole los entresijos del trabajo allí.

Elias seguía sin tener del todo claro qué había tenido de especial aquel recorrido, pero en algún momento se había dado cuenta de que había hecho un amigo.

Nunca lo había dicho en voz alta, pero al salir de aquel turno había sentido como si algo en su interior hubiese encajado con un leve clic.

No sabía si a Cade le había pasado lo mismo, pero después se habían hecho amigos rápidamente y su amistad se había estrechado durante los dos últimos años.

Cade resopló y negó con la cabeza.

—Deja de darle tantas vueltas a las cosas, tío. Acabas de despertarte.

—No me vendría mal volver a dormir —admitió Elias.

Cade le dedicó una sonrisa elocuente.

—¿No deberías comer algo primero?

—Sí, mamá.

—Oye, no me obligues a llamar a tu madre.

Elias frunció el ceño.

—Eso es hacer trampas.

—Pues come algo, joder, y luego te dejaré dormir toda la tarde.

Elias soltó un gran bostezo y estiró los brazos hasta notar cómo tiraban de los músculos agarrotados.

—Gracias, mamá. Menos mal que te tengo para cuidar de mí.