Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 2 Cade #2
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2 Cade #2

Claro, porque aquello no tenía absolutamente nada que ver con la necesidad casi patológica de su madre de que la vieran, la escucharan y, sobre todo, la obedecieran.

Puede que su padre llevara el timón de la empresa, pero en todo lo demás era su madre quien sujetaba firmemente las riendas.

Su palabra era ley en casa y era la dueña indiscutible de todas las fiestas, galas y demás eventos en los que decidía involucrarse.

—¿Cómo? ¿Y a mí no me vas a invitar? —preguntó Cade, fingiendo sentirse herido.

Las aletas de la nariz de Pamela se dilataron ligeramente.

—La última vez que te dignaste aparecer en uno de mis eventos hiciste el ridículo y dejaste en ridículo a toda la familia.

A Cade se le contrajo la comisura de los labios.

—Vamos, tampoco fue para tanto.

—Tú y tu… amigo arruinasteis la fiesta en el jardín.

—Solo fue un trocito de verja. ¿Cómo íbamos a saber que no la habías asegurado bien?

—Sentándoos en una silla, como cualquier persona normal. Y no fue solo la verja, lo sabes perfectamente.

Cade se esforzaba muchísimo por mantener la expresión impasible.

No era fácil, sin embargo, con la indignación que su madre apenas lograba contener.

Pobre Elias; el hombre era demasiado grande para su propio bien.

Ni siquiera había intentado sentarse en la verja: solo se había apoyado en ella para descansar un poco después de que Cade lo arrastrara a la fiesta.

Elias estaba agotado tras un turno largo en el parque de bomberos y no tenía los reflejos tan rápidos como de costumbre.

El tramo de verja decorativa, mal sujeto, había cedido bajo el peso de Elias y él había caído con ella.

Eso por sí solo ya habría sido suficiente, pero además había una mesita al lado de Elias, y este la había golpeado con el pie.

Las delicadas estatuillas y un jarrón con flores de cristal habían salido volando.

El sonido agudo del cristal al romperse y el golpe sordo de la mesa al caer habían atraído las miradas de todos los invitados.

—Elias lo sintió muchísimo y fue un accidente —le recordó.

Ella resopló.

—No habría tenido que disculparse si hubiera ido con más cuidado. Sinceramente, Kaidan, ojalá…

Cade la interrumpió.

—No termines esa frase, madre.

—Tengo derecho a desear lo mejor para mi hijo.

—No a costa de mis amigos, y menos aún de Elias.

El falso buen humor había desaparecido de su voz, sustituido por un tono que esperaba que resultara lo bastante tajante.

No pensaba hablar de Elias con ella. Había muchas cosas de su vida que a su madre le parecían mal, y él se había resignado a escuchar sus quejas cada vez que se veían.

Así había sido durante sus veintisiete años de vida, pero hasta él tenía sus límites.

Ella apretó la mandíbula con terquedad.

—Seguro que es una persona encantadora, pero…

—¿Cómo vas a saberlo si no quieres tener nada que ver con él?

—He hablado con él, Kaidan.

—Sí, y lo trataste con la misma consideración con la que tratarías a un perro callejero cubierto de mugre.

—Ay, no seas tan melodramático, Kaidan. Fui perfectamente educada y amable. Hablas como si fuera incapaz de conversar con alguien…

Ella dejó la frase en el aire y él enarcó una ceja.

—¿Con alguien qué? ¿Pobre? ¿Que no ocupe tu mismo puesto en la sociedad?

—Ese puesto también es el tuyo —le recordó ella por millonésima vez.

—No, mi puesto está a un kilómetro y medio en esa dirección —dijo él, señalando con el dedo.

—Sinceramente, este año vas a cumplir veintiocho. Creo que ya va siendo hora de que superes esta fase.

Él puso los ojos en blanco, agradecido de que hubiera encontrado otro tema con el que darle la lata.

Su madre jamás admitiría que estaba cambiando de tema.

No, no podía reconocer que quizá estuviera cediendo.

Y él sabía que no cedía por respeto, sino porque la última vez que había insistido demasiado con Elias se había montado una pequeña escena.

A Cade no le gustaba hacer el ridículo en público, pero, como ella había descubierto, no le importaba alzar la voz y atraer las miradas cuando su madre dejaba entrever demasiado lo poco que le gustaba Elias.

—No creo que alguien pase por toda la formación, trabaje años como bombero y luego, de algún modo, se le pase la fase, madre. Me atrevería a decir que probablemente seguiré en esto —le respondió.

Era la respuesta a la que ella ya debería haberse acostumbrado, y también la que menos le gustaba. Cade repasaba mentalmente una lista cada vez que quedaba con ella. Aunque el orden de los temas que le gustaba «tratar» variaba de un encuentro a otro, siempre se iba con todas las casillas marcadas.

—¿Y las mujeres? —preguntó ella.

Ah, ahí estaba la siguiente casilla. Marcada.

—Todavía no he encontrado a la mujer adecuada, madre —le aseguró.

—Sí, y, por lo que he oído, estás siendo muy… concienzudo probando a todas y cada una —dijo ella mientras echaba a andar hacia la cafetería.

Libre de su mirada, Cade sonrió.

—Me gusta ser meticuloso.

—Bueno, sinceramente, te vendría bien comportarte un poco mejor. Christine sigue interesada en ti, y haríais una pareja perfecta —dijo su madre con afecto.

Cade arrugó la nariz.

—Sí, ya sé que tú lo crees.

—Porque es verdad.

Christine Hoffman era concejala del ayuntamiento y se llevaba de maravilla con su madre, aunque por suerte no eran demasiado amigas.

Que además supervisara buena parte de los servicios públicos, incluidos los parques de bomberos, era una espina clavada para Cade.

Christine era atractiva y, sin duda, competente.

El problema era que se parecía demasiado a los hombres y mujeres que tanto le gustaban a Pamela, justo lo contrario de lo que le gustaba a Cade.

Era la personificación del estatus y el dinero, y eso siempre le dejaba a Cade un regusto amargo.

Y, lo peor de todo, era tan insistente como su madre, si no más.

—Es una mujer encantadora y muy inteligente. Creo que haríais muy buena pareja —continuó Pamela, sin molestarse en comprobar si Cade la escuchaba siquiera.

—Seguro —dijo Cade, preguntándose si su madre ya se estaría imaginando a los nietos.

—Y, siendo concejala, imagínate. Sería maravilloso —prosiguió.

Cade puso los ojos en blanco. Sí, no podía olvidar que aún no había aportado nada digno de mención a la familia.

Mejor que se casara con alguien capaz de hacerlo por él, ya que estaba tan empeñado en llevar su propia vida y seguir su propia carrera, en lugar de la carrera que sus padres deseaban para él.

—Entiendo que has hablado con ella hace poco —dijo Cade.

—Así es. Asistió a la cena benéfica que organizó Michael Turner el fin de semana pasado.

Al ver su oportunidad, Cade fingió interés.

—¿Ah, sí? ¿Para qué causa era?

—Para financiar los albergues municipales para personas sin hogar y algunas clínicas. Ya sabes cómo es Michael. Le encanta meterse en todos los fregados de los desfavorecidos —dijo Pamela, haciendo un gesto con la mano.

Pero, pese al ademán desdeñoso, siguió con la historia.

Por desesperante que fuera intentar mantener una conversación de verdad con su madre, ella siempre la acaparaba por completo.

Resultaba asombrosamente fácil hacerla hablar.

A él le bastaba con emitir de vez en cuando algún sonido de interés o hacer una pregunta breve para demostrar que al menos fingía escucharla, y ella hablaba sin parar.

Lástima que en la cafetería no sirvieran bebidas más fuertes.