Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 2 Cade
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Cade

Cade metió la mano en el bolsillo y sacó el móvil para mirar la hora.

Suspiró y volvió a guardarlo en el pantalón, donde estaría a salvo.

Su madre tenía que hacerlo esperar, cómo no.

Si fuera al revés, en cuanto ella no lo viera aparecer a la hora exacta a la que habían quedado, le haría media docena de llamadas.

En cambio, ella llevaba casi veinte minutos de retraso y no le había mandado ni un mensaje.

—Lo de siempre —refunfuñó, cambiando el peso de un pie al otro con impaciencia.

Miró por encima del hombro y esbozó una sonrisa forzada cuando una mujer salió tranquilamente de la cafetería ante la que esperaba.

El local era mucho más elegante de lo que él habría elegido, pero su madre había insistido.

En una pequeña zona había mesitas perfectas para conversar a solas.

Al menos, suponía que esa era la intención.

Una verja metálica que llegaba hasta la cintura separaba aquel espacio de la concurrida acera.

Tampoco ofrecía demasiada intimidad, pero lo que contaba era la intención, imaginaba.

Volvió a fijarse en la mujer cuando esta se detuvo antes de salir a la acera y rebuscó en el bolso.

No acababa de entender lo de llevar mallas como si fueran pantalones, pero no iba a quejarse del resultado.

Cade tenía debilidad por unas buenas piernas, y unas mallas ceñidas eran la forma más rápida de llamar su atención.

Le tentaba acercarse a ella. El estampado de gatos retozando en colores fluorescentes le habría dado la excusa perfecta para entablar conversación y disimular que se había quedado mirándola.

En lugar de hacerlo, rebuscó en el otro bolsillo y sacó un paquete de cigarrillos maltrecho.

Cade se alejó unos metros de la cafetería.

La calle lateral estaba menos transitada que la de delante del local.

Se mantuvo apartado de los transeúntes mientras sacaba un mechero del bolsillo y lo encendía.

Dio una profunda calada y sintió cómo el humo le raspaba el fondo de la garganta.

Su madre se pasaría la vida dándole la murga porque apestaba a cenicero, eso seguro.

En teoría, él había dejado de fumar y le parecía estupendo que ella siguiera creyéndolo.

Antes de llegar había renunciado a fumarse uno porque pensaba que ella sería puntual y no quería oler a tabaco.

Pero, teniendo en cuenta que ni siquiera se había molestado en mandarle un mensaje para disculparse y darle una explicación, Cade decidió que podía aguantar el olor.

Una voz burlona sonó a su derecha:

—Sabes que eso acabará matándote, ¿no?

Cade parpadeó y se volvió hacia una mujer vestida con los pantalones negros y la camisa blanca abotonada que había visto llevar a los empleados de la cafetería.

Tenía el pelo negro, brillante y liso, y se lo echó sobre los hombros con una sonrisa pícara que le llamó la atención tanto como el destello travieso de sus ojos.

La vio llevarse un cigarrillo a los labios y sonrió.

—Todos vamos a morir, ¿no?

—Así que has elegido tu veneno, ¿eh? —preguntó ella.

Él echó un vistazo a la curva de sus pechos bajo la camisa y se rio por lo bajo.

—Bueno, uno de ellos.

Si ella notó la mirada, no pareció molestarle. De hecho, su sonrisa divertida se acentuó.

—Soy Julie.

—Cade.

Ella asintió.

—Ah, ya lo sé todo sobre ti, Cade Masters.

Él parpadeó.

—Eh… Cuando alguien sabe cómo me llamo antes de que yo sepa cómo se llama, normalmente significa que me espera un buen rato o uno muy malo.

Julie se rio.

—Soy amiga de May.

Eso no lo ayudó en absoluto. Como el nombre no le decía nada, Cade supuso que se trataba de una chica con la que había ligado en un bar o una discoteca. No solía guardar a esas personas en su memoria a largo plazo.

—No te acuerdas de ella, ¿verdad? —preguntó.

—Depende.

—¿De qué?

—De si vas a darme una bofetada por contestarte con sinceridad.

Julie volvió a echarse el pelo sobre el hombro con una risita.

—Puedes estar tranquilo.

—Vale. Pues no me acuerdo de ella, lo siento.

Ella se encogió de hombros.

—Supongo que no me sorprende. Alguien como tú no debe de llevar un registro de todas las chicas con las que se ha acostado.

Cade enarcó una ceja.

—¿Alguien como yo?

Ella sacó una cadera y puso los ojos en blanco.

—Sí. Un tío guapo que apesta a mujeriego.

Cade frunció el ceño, y no solo porque odiara esa palabra. Estaba claro que ella iba de buen humor, pero le costaba concentrarse en defenderse cuando Julie orientaba las caderas hacia él. Incluso con aquellos pantalones holgados, se veía que tenía un buen culo.

—Haces que suene tan… sucio —protestó por fin Cade.

Julie se rio.

—Vale, ¿prefieres que te llame putón?

Cade le guiñó un ojo y la señaló.

—A eso sí que me apunto.

—Y yo que creía que lo tuyo era apuntarle a alguien por detrás, no apuntarte a algo.

—Puedo hacer las dos cosas. Soy un hombre de muchos talentos.

La mirada oscura de Julie lo recorrió de arriba abajo, evaluándolo con descaro.

—Eso me han dicho.

Cade aspiró entre dientes y torció el gesto.

—Uy, así que tu amiga sí se acuerda de mí.

—Sí, y tú no te acuerdas de ella.

—Como siga esta conversación, me da que voy a acabar con un mordisco en el culo.

Ella se inclinó a un lado para mirarle el culo.

—Pues no estaría mal hincarle el diente.

—¿Estás ligando conmigo o solo quieres ilusionarme para luego dejarme por los suelos?

—¿A cuántas chicas has cabreado, señor mío? —preguntó, cada vez más divertida.

—A… unas cuantas, de vez en cuando —respondió con sinceridad.

Aunque, en su opinión, era una gilipollez.

Tampoco es que les hubiera mentido. Por eso odiaba que lo llamaran mujeriego: evocaba la imagen de un baboso grasiento que mentía y seducía para meterse en las bragas de una mujer.

Él nunca prometía más de una noche y siempre dejaba claro que haría cuanto estuviera en su mano para que ellas se lo pasaran bien.

—Mmm —murmuró Julie, pensativa—. Qué raro. May dijo que fuiste todo un caballero.

—Bueno, me alegro de que disfrutara —dijo Cade, y lo decía en serio.

El destello travieso volvió a los ojos de ella.

—Y que follas como un campeón.

Cade le dedicó una sonrisa nada modesta.

—Pues ahora me alegro todavía más de que disfrutara.

—Ya ves. Publicidad gratis.

Cade la recorrió con la mirada, preguntándose cómo serían sus curvas sin aquella ropa holgada.

—La cuestión es si esa publicidad me va a traer otra clienta.

—Solo si dejas que antes te invite a una copa.

Cade levantó una ceja.

—¿Ah, sí? ¿Ya estás tomando la iniciativa?

—No sabes hasta qué punto.

Vale, ya había despertado su interés, pero ahora tenía toda su atención.

—Bueno, con esa promesa en el aire, ¿por qué no te doy mi número y me dices cuándo y dónde quedamos? —propuso Cade.

—¿No quieres el mío? —preguntó ella, intrigada.

Cade se encogió de hombros.

—Si tienes el mío, puedes quedar conmigo cuando quieras. Pero sé que a muchas mujeres no les hace gracia que un tío tenga su número.

Ella se rio.

—Bueno, me he topado con unos cuantos tíos pesados. Aunque también conozco a algunas mujeres igual de pesadas. ¿Me estás diciendo que con lo encantador que eres no has tenido problemas?

Cade rio entre dientes y se frotó el antebrazo.

—Nada digno de mención.

Julie sacó el móvil.

—Vale, dame el número.

Cade se lo dio sin dejar de sonreír.

—Avísame cuando te apetezca.

Ella abrió la boca, pero frunció el ceño.

Antes de que Cade pudiera siquiera preguntarse qué pasaba, una mano apareció por detrás de él.

Unos dedos perfectamente cuidados, con las uñas pintadas de un delicado rosa, atraparon el cigarrillo que tenía entre los labios.

Sobresaltado, se echó hacia atrás mientras tiraban el cigarrillo al suelo.

—Kaidan Anthony Masters, me dijiste que habías dejado de fumar —lo reprendió la voz cortante de su madre.

Mierda.

—Hola, madre. Qué detalle que por fin te hayas presentado —dijo Cade con voz cansada.

Apartó la mirada de la visión mucho más agradable de Julie y se volvió hacia su madre.

Como siempre, iba impecablemente vestida: llevaba un traje pantalón de un morado intenso y el habitual collar de perlas al cuello.

Cade no creía haberla visto nunca sin estar preparada para reunirse con alguien importantísimo.

Incluso cuando él era pequeño, ella se levantaba mucho antes que él, perfectamente vestida, peinada y maquillada, lista para comerse el mundo.

Pamela Masters observó a su hijo con los ojos color avellana que este había heredado de ella.

—¿Y bien?

Cade se volvió hacia Julie y le lanzó una mirada de disculpa.

—¿Hablamos luego?

Aún con una ceja enarcada, Julie apagó el cigarrillo contra el suelo.

—Sí, claro. Eh… Suerte.

La vio marcharse, convencido de que, después de aquella escena tan humillante como habitual, sus posibilidades de volver a saber de ella se habían desplomado. No había nada más sexy que ver a un tío al que su madre acababa de cortarle las pelotas.

Cade volvió a mirar a su madre.

—¿Vas a explicarme por qué has decidido aparecer con casi media hora de retraso?

La fina ceja de Pamela se arqueó bruscamente.

—No intentes cambiar de tema, Kaidan.

—Eso es un no, entonces —dijo él.

Ella dejó escapar un delicado resoplido.

—Me ha entretenido una llamada importante. Sabes perfectamente que tengo el día ocupado casi siempre.

Uf, si lo sabría. Y, si alguna vez se le ocurría olvidarlo, ella se encargaba enseguida de recordárselo.

—¿Y qué cóctel estás organizando esta vez? —preguntó él con voz melosa.

No la engañó.

—No te hagas el gracioso, Kaidan. Esperaba que a estas alturas entendieras lo importante que es que tanto tu padre como yo nos dejemos ver y nos demos a conocer. Cultivar contactos es tan importante para los negocios como cerrar acuerdos y hacer ventas.