1 Elias #2
Hubo un tiempo en que él podría haber dicho lo mismo de su familia.
Después de que su padre muriera en un accidente cuando Elias tenía diez años, su madre, sus tres hermanos y él se habían unido aún más.
Seguían estando muy unidos, y vivir en la otra punta del país no cambiaba eso.
Aun así, con tanta distancia era demasiado fácil dejarse absorber por la propia vida y olvidarse de llamar.
Por suerte, su madre era mucho más constante y lo llamaba al menos una vez por semana.
—Pero, en serio, ¿dónde está Cade? ¿No soléis tener el mismo turno? —preguntó Matt.
Así era, aunque no por elección de Elias ni de Cade.
El jefe había decidido que trabajaban mejor juntos que por separado.
Elias sospechaba que se debía a que el jefe creía de verdad que Elias ejercía una influencia moderadora sobre Cade.
Su mejor amigo era tan enérgico y extrovertido como reservado y reflexivo era Elias.
Sin embargo, Elias todavía no había conseguido que Cade hiciera nada de lo que le pedía.
Se conformaba con dejar que aquel torbellino de amigo arrasara por donde pasara y observar el caos.
—Que yo sepa, está en casa —le dijo Elias.
Bueno, lo cierto era que sabía que Cade estaba tirado en su sofá, dándose un atracón de una serie en Netflix.
Cade llevaba todo el día enviándole mensajes con comentarios interminables sobre la serie.
Elias seguía sin tener ni idea de qué iba, ya que la mayoría de los comentarios de Cade eran frases sueltas de los personajes, quejas sobre los malos efectos digitales y observaciones sobre alguna prenda ridícula que llevaba alguien.
Con Cade recibías mucha información, pero eso no garantizaba que fuera útil.
—Mañana vendrá —continuó Elias.
—No me digas que hoy ha llamado para decir que estaba enfermo —dijo Matt entre risas.
Elias soltó un bufido.
—No. Sabe de sobra que el jefe distingue entre estar enfermo y tener la gripe del tequila.
Matt se pasó las manos por el pelo.
—¿Mañana libras?
—Qué va, aún me quedan unos días. Pero sí podré irme a casa y hacerme el muerto unas cuantas horas antes de tener que pensar en ello —dijo Elias con deleite.
—¿Cuánto tiempo llevas de servicio?
—Casi treinta y seis horas.
—Uf.
—Ya te digo. Me siento muerto, pero, por algún motivo, sigo andando.
Matt soltó un bufido y cerró el grifo.
—Pues vete a casa. No necesitamos que te desmayes. No sé si hay suficientes tíos de servicio para cargar contigo si caes redondo.
—Haré lo que pueda —dijo Elias, poniendo los ojos en blanco.
Matt se alejó y, pese a que el suelo estaba inundado, se las arregló para no hacer ruido. Elias siempre había pensado que aquel hombre se había equivocado de profesión: con lo sigiloso que era, debería haberse hecho detective privado.
Apenas había conseguido volver a disfrutar de la ducha cuando resonó la voz de Davis.
—Me alegra ver que no te has muerto.
Elias suspiró y dejó caer la cabeza.
—Hoy no voy a poder ducharme en paz, ¿verdad?
—A mí me preocuparía más que Cade se enterase de que has estado aquí dentro con Matt —dijo Davis.
Elias se volvió y miró hacia el vestuario con el ceño fruncido. No veía a Matt, pero eso no significaba que no pudiera oírlos todavía. Davis tenía fama de irse de la lengua y aún más de hablar sin pensar.
—No seas capullo, Davis. Sé que te cuesta, pero inténtalo —le dijo Elias.
Davis alzó las manos.
—Joder, solo era una broma.
Era algo más que una broma, y los dos lo sabían de sobra. Davis, al igual que otro bombero del parque, Keith, se negaba a desnudarse, y mucho menos a ducharse, cuando Matt estaba cerca. A Elias, personalmente, le parecía la mayor estupidez que había oído en su vida.
—No salgo con Cade, y deja de comportarte como un gilipollas con Matt —gruñó Elias.
—No me estoy comportando como un gilipollas.
—Estoy cansado, Davis, pero no soy tonto ni ciego.
No es que Davis ni Keith disimularan que no querían estar desnudos delante de Matt.
De los dos, sin embargo, Elias admitía a regañadientes que Davis se comportaba mejor.
Keith siempre parecía estar a un paso de soltar un comentario desagradable cuando Matt andaba cerca.
Y Elias había visto la cara que puso Keith una vez que el novio de Matt lo dejó en el parque y le dio un beso rápido de despedida.
Keith puso una cara como si alguien lo hubiera obligado a tragarse aguas residuales calientes.
—Bien, pues si ya has terminado de defender a los oprimidos, el jefe quiere vernos —dijo Davis, señalando por encima del hombro con el pulgar.
—Uf, esperaba que siguiera un rato más con la llamada —suspiró Elias.
—Pues no ha habido suerte. Quiere vernos. Aunque le he dicho que necesitas dormir, así que puede que no nos dé mucha caña —le explicó Davis.
Elias cerró el grifo y fue hasta donde había dejado la toalla.
—Gracias por encargarte de la limpieza.
—Bah, tienes pinta de estar a punto de caerte redondo. Te merecías quedarte un rato bajo el agua.
Elias asintió con cansancio y se anudó la toalla a la cintura.
Tal vez, si no se pasaba toda la noche y la mañana durmiendo, al despertarse podría darse un baño antes del siguiente turno.
Bien sabía Dios que por algo había hecho instalar una bañera grande en su piso.
Más le valía aprovecharla todo lo posible.
—Vale, acabemos con esto de una vez —refunfuñó Elias.