Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1)
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1 Elias
Elias
Un relámpago rasgó el cielo negro como el carbón e iluminó la calle empapada.
Elias contó por instinto los segundos que tardó en retumbar el trueno.
Su madre siempre le había dicho que cada segundo entre el relámpago y el trueno equivalía a un kilómetro y medio de distancia hasta el lugar donde había caído el rayo.
No sabía si era cierto, pero llevaba más de veinte años contándolos.
Aquel rayo había caído a unos ocho kilómetros.
Davis apretó el volante y se inclinó hacia delante, entornando los ojos para mirar a través del enorme parabrisas del camión.
—Uf, no parece que esta tormenta vaya a amainar pronto —murmuró Davis.
Elias se encogió de hombros.
—Nos facilita el trabajo.
—Yo sigo diciendo que se habría apagado sin nosotros —añadió Davis.
Elias se limitó a encogerse de hombros otra vez, sin ganas de discutir.
Por suerte, habían extinguido el incendio con facilidad.
La tormenta había arreciado y amainado durante el último día y había empapado toda la ciudad.
Gracias a eso, solo habían tenido que ocuparse de la pizzería, sin preocuparse de que el fuego se extendiera a las tiendas y restaurantes cercanos de la zona comercial de Port Dale.
Pero eso no significaba que se hubiera apagado solo. Las llamas ya habían devorado el pequeño edificio cuando Elias y el resto del equipo llegaron. Y, aunque los edificios de alrededor estuvieran empapados y resistieran las llamas, Elias sabía que podían dejar de resistirlas.
Davis lo miró de reojo.
—Estás más callado de lo normal.
Elias gruñó.
—Presta atención a la carretera. Lo último que necesitamos es chocar con alguien y alargar aún más el día.
Había confiado en que su turno doble transcurriera sin contratiempos.
Debería haber sabido que era mucho pedir.
Justo cuando estaba a punto de cumplir veinticuatro horas, había saltado la alarma del parque de bomberos y había tenido que ponerse en marcha.
Para cuando regresaran y acabaran con el informe y las tareas de limpieza, llevaría casi treinta y seis horas de servicio.
Su cama lo llamaba como el canto de una sirena, y su cuerpo dolorido y sucio ansiaba meterse entre las sábanas y dormir de un tirón todo lo que pudiera.
—No voy a chocar —protestó Davis.
—Lo harás si sigues pendiente de mí en vez de mirar la carretera.
—Qué gruñón eres, joder.
—Estoy cansado, tío. Déjame en paz.
Davis soltó un gruñido, pero no insistió.
Todos en el parque habían pasado alguna vez por turnos largos, y cada uno los sobrellevaba a su manera.
Algunos, entre ellos Davis, se ponían de un humor de perros al llegar a cierto punto de agotamiento.
Elias, por lo general, solo quería que lo dejaran en paz.
Pero la lluvia, que apenas les dejaba ver, lo tenía más tenso que la lucha contra el incendio de la pizzería.
Lo único que quería era volver al parque de una pieza para poder afrontar lo que quedaba de turno.
Sin embargo, Davis cumplió su palabra y los llevó de vuelta sin incidentes.
Davis metió el camión de bomberos en el parque de un acelerón y frenó justo antes de la llamativa línea amarilla pintada en el suelo que delimitaba la plaza de aparcamiento.
Elias ignoró la sonrisa pícara de Davis.
Sabía perfectamente que presumía porque nadie llevaba el camión tan bien como él, mientras que Elias, en el mejor de los casos, se defendía.
Era motivo de bromas para el resto del equipo.
Elias era el hombre más alto y corpulento del parque y, en teoría, debería estar acostumbrado a meter cosas grandes en espacios pequeños.
Davis soltó una risita mientras bajaban del camión y rodeó la parte delantera para reunirse con Elias.
—¿Por qué no vas a asearte?
Elias miró el camión con el ceño fruncido.
—Primero hay que limpiar el camión.
—Creo que podré apañármelas. Yo sí dormí un poco antes de venir. Tú quédate bajo la ducha media hora y luego nos quitamos el informe de encima.
Era tentador. Tanto que Elias no iba a dejar pasar la oportunidad.
Por pequeño que fuera un incendio, combatirlo siempre lo dejaba agotado.
Después de tanto tiempo sin dormir, Elias se preguntó si conseguiría salir de la ducha antes de desplomarse en el suelo y echarse una siesta bajo el chorro de agua caliente.
—Vale, pero no rompas nada —murmuró Elias mientras se alejaba.
Con un bostezo enorme, Elias atravesó el garaje y entró en la zona de descanso del parque.
Mientras recorría el pasillo, oyó el murmullo de una conversación procedente del despacho del jefe.
Por el tono de este, reconoció que estaba tratando asuntos de trabajo, así que Elias calculó que tendría al menos la media hora que le había prometido Davis antes de tener que vérselas con él.
La siguiente puerta a su derecha daba a la cocina, de donde salía un olor a chili.
Elias echó un vistazo y vio a Keith junto a los fogones, tarareando alegremente mientras removía la humeante olla que tenía delante.
Elias levantó la mano a modo de saludo cuando sus miradas se cruzaron, pero siguió su camino.
Al final del pasillo había dos puertas, una a cada lado. A la derecha estaba la sala común, donde los hombres de guardia podían relajarse y holgazanear jugando o viendo la tele. O, si querían, podían cruzar la puerta del fondo y dejarse caer en una de las literas dispuestas junto a las paredes.
Sin embargo, Elias tomó la puerta de la izquierda, que daba al pequeño vestuario.
Se frotó la cara, llegó tambaleándose hasta su taquilla y la abrió.
Se desvistió y echó la ropa sucia al cesto para que se encargara de ella quien tuviera asignada la colada.
Captó un movimiento por el rabillo del ojo y miró hacia allí.
Hizo una mueca al darse cuenta de que era su reflejo en el espejo de cuerpo entero de la pared.
Todavía tenía la cara manchada de hollín y suciedad, que de algún modo habían acabado también en sus brazos, piernas y manos.
Su piel bronceada, heredada de su padre, brillaba por el sudor que aún le quedaba después de haberse embutido en capas de ropa protectora y de combatir el fuego.
Se inclinó hacia el espejo y tiró hacia abajo de los párpados inferiores para observar el enrojecimiento que rodeaba sus iris azules.
Luego se masajeó las ojeras. Tenía un aspecto horrible, pero, por suerte, no era nada que no pudieran arreglar un buen lavado y un largo descanso.
Con un gruñido, cogió el neceser, cerró la taquilla y cruzó descalzo la puerta abierta del cuarto de las duchas.
La intimidad no era precisamente una prioridad en el parque, y quien hubiera diseñado aquel cuarto parecía haberlo tenido claro.
No había cabinas individuales, solo hileras de duchas a lo largo de tres paredes y un desagüe en el centro.
No es que a Elias le importara. Sus años de instituto, jugando al fútbol americano en otoño, practicando lucha libre en invierno y béisbol en primavera, lo habían acostumbrado tanto a ver hombres desnudos como a desnudarse delante de ellos.
Se le escapó un gemido de placer al meterse bajo el chorro de agua caliente de una de las duchas.
No era tan bueno como dormir, pero, en su opinión, se le acercaba bastante.
La tensión de sus anchos hombros empezó a ceder bajo el golpeteo del agua.
En silencio, Elias dio las gracias a quien hubiera diseñado las duchas y se hubiera asegurado de que el agua saliera con presión suficiente para machacar los músculos doloridos.
—¿Ha sido duro?
La voz inesperada sobresaltó a Elias, que hizo una mueca al golpearse la cabeza contra una de las alcachofas.
Aquel sitio debía de estar diseñado para gente de metro ochenta o menos, porque las alcachofas siempre eran un peligro para él.
Se frotó la cabeza con otra mueca y se apartó el agua de la cara al volverse para ver quién coño se le había acercado a hurtadillas.
Elias gruñó.
—Buenas noches, Matt. Ojalá nos dejaras ponerte un cascabel.
El hombre de pelo castaño claro sonrió.
—Perdona, grandullón. No quería asustarte.
—No, es que se te da de maravilla.
—Es un don.
Elias observó cómo Matt se dirigía a otra ducha, a varios metros de Elias.
No era frecuente que Matt se duchara con los demás en el parque.
No porque fuera pudoroso: Matt tenía el honor de ser el único hombre gay que trabajaba en el parque 231.
A algunos de los hombres les incomodaba, aunque la mayoría tenía la decencia de guardárselo para sí.
Pero Matt no era tonto y, por lo general, prefería ahorrarse problemas, a sí mismo y a los demás, duchándose solo o cuando únicamente había ciertas personas.
Elias resultaba ser una de esas personas.
A su mejor amigo, Cade, le gustaba tomarle el pelo a Elias diciéndole que a Matt le gustaba ver a Elias desnudo.
Al parecer, el novio de Matt, cuyo nombre Elias aún no sabía, se parecía a Elias.
La cuestión era que a Elias le importaba una mierda que Matt fuera gay o que le gustara mirarlo desnudo.
Además, sospechaba que Matt se sentía cómodo con él más porque a Elias le importaba un carajo que fuera gay que por sentirse atraído por él.
—¿Dónde está tu novio? —preguntó Matt con una sonrisa burlona.
Elias puso los ojos en blanco y volvió a colocarse bajo la ducha.
Los bomberos del parque 231 creían que llamar novios a Elias y Cade era el colmo del ingenio.
Todos sabían de sobra que los dos eran heterosexuales, sobre todo teniendo en cuenta lo mujeriego que era Cade.
Aun así, como eran muy amigos, todos, incluido Matt, se turnaban para bromear al respecto.
—¿Y dónde está el tuyo? —preguntó Elias.
—Fuera de la ciudad. Ha ido a ver a su madre por su cumpleaños.
—Qué detalle por su parte.
—Es la única familia que tiene. Bueno, ella y su hermana. Están muy unidos.