Demasiado heteros para esto (Los héroes de Port Dale 1) 5 Elias
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Elias

De todas las cosas que habría imaginado que saldrían de la boca de Cade, aquella repentina ocurrencia de anunciar que eran pareja no era una de ellas.

De hecho, Elias la habría puesto a la cabeza de la lista de cosas que Cade no diría jamás.

A juzgar por la expresión de absoluto desconcierto de Christine, parecía que Elias no era el único a quien el anuncio de Cade había dejado descolocado.

—Pues sí —dijo Elias, convencido de que se merecía un premio por lo increíblemente despreocupada que había sonado su voz.

Aunque un actor de verdad habría sabido qué decir después.

En cambio, Elias se quedó allí plantado, sintiéndose ridículo mientras sostenía la copa de vino espumoso a medio beber y miraba a Cade y a Christine.

El alivio inundó el rostro de Cade, pero Christine seguía mirándolos como si acabaran de mearse en su helecho más preciado.

Sin embargo, ella se recompuso antes que Cade y se irguió.

—Bueno, esto es… una sorpresa. No sabía que tus gustos fueran tan… variados.

Elias conocía a Cade lo bastante bien para saber que sus gustos eran, desde luego, variados, pero no en lo referente al género.

Casi sintió lástima por Christine, que buscaba a tientas las palabras adecuadas ahora que se esfumaba su último intento de liarse con Cade.

Más desconcertante le resultaba que Cade lo hubiera utilizado de pronto como escudo.

Tampoco es que la conversación entre Cade y Christine hubiera sido tan rara.

Para ser justos, Cade aún miraba a Elias con los ojos muy abiertos, sobresaltado, como si él también se preguntara qué demonios acababa de decir.

Cade se volvió de golpe y retrocedió un paso hacia Elias.

—Bueno, para nosotros también ha sido una sorpresa.

Eso era quedarse corto.

Cade estiró el brazo hacia atrás; su mano tanteó el brazo de Elias antes de posarse, por fin, en el centro de su espalda.

—Pero, oye, hay que aceptar lo que venga, ¿no?

Christine siguió mirándolos con los ojos muy abiertos, llena de curiosidad.

—Y… ¿cuánto tiempo lleváis así?

—Es algo reciente —soltó Cade a toda prisa.

Elias inclinó la cabeza a un lado, sin saber si debía corresponder al contacto de Cade.

—Muy reciente.

—Pero importante —añadió Cade.

—Por supuesto —dijo Elias.

Al decidir por fin que tenía que hacer algo, Elias apoyó la mano que tenía libre en la nuca de Cade.

Esbozó una sonrisa inocente y flexionó los dedos para apretar con cariño los músculos del cuello y los hombros de Cade.

Elias no sabía qué era más extraño: que aquel gesto le saliera con tanta naturalidad o que Cade no se tensara al sentirlo.

Aunque los músculos de aquel hombre ya estaban duros como piedras. Quizá no pudieran tensarse más.

La mirada de Christine recorrió a ambos, saltando de un detalle a otro sin descanso.

Aun así, Elias se sintió más examinado que la última vez que le habían hecho una radiografía.

Puede que fuera una rica dama de sociedad, pero Elias no dudaba de su perspicacia.

Resultaba, sin duda, extraño que Cade, un hombre que llevaba toda la vida entregado a la heterosexualidad, afirmara de pronto que salía con otro hombre completamente hetero.

¿En qué demonios había estado pensando Cade?

Una sonrisa acabó dibujándose en el rostro de ella, aunque no contribuyó en nada a calmar los nervios de Elias.

—Bueno, qué sorpresa. Y agradable, además.

—¿No te… molesta? —preguntó Cade con nerviosismo.

¿Había esperanza en su voz?

Christine se colocó detrás de la oreja un mechón rebelde.

—¿Molestarme? Mentiría si dijera que no me sorprende un poco, teniendo en cuenta… Bueno, da igual. No soy de la vieja escuela. Al fin y al cabo, soy hija del siglo XXI. Me parece maravilloso que hayas descubierto esta nueva… faceta tuya.

Sus palabras y su sonrisa irradiaban entusiasmo, pero a Elias se le revolvió el estómago mientras hablaba.

Aunque no los fulminaba con la mirada, no le gustaba la expresión pensativa con la que sus ojos iban de él a Cade y viceversa.

No podía demostrarlo, pero estaba seguro de que Christine sabía que Cade mentía más que hablaba y que Elias le seguía la corriente.

Cade, sin embargo, pareció relajarse un ápice.

—Claro, por supuesto. No debería haberlo dudado ni un segundo.

Ella alzó levemente sus estrechos hombros.

—No pretendías ofenderme y yo no me he ofendido, ¿verdad?

—Por supuesto.

—Y hoy en día, pese a toda la aceptación que hay, imagino que debió de ser muy difícil darte cuenta.

—Eh, sí, tuvo sus momentos.

Christine dirigió la mirada a Elias.

—¿Y para ti?

Elias parpadeó.

—¿Qué?

—¿Fue difícil para ti?

—Ah. Bueno, ya sabes. Sí, al principio fue un poco raro. Necesité un tiempo para acostumbrarme, para asimilarlo.

—Por supuesto.

—Pero cuando tienes algo bueno, vas a por ello, por extraño que parezca al principio —continuó Elias, consciente de que estaba hablando por los codos.

Christine asintió con los ojos muy abiertos, interesada.

—Me lo imagino. Al fin y al cabo, antes de todo esto, los dos erais… completamente heterosexuales, ¿no?

—Sí —dijo Elias.

—Sí —confirmó Cade.

—Así que solo puedo imaginar lo extraño e incluso… melodramático que debió de ser llegar a este punto —prosiguió Christine.

—Bueno, como he dicho, tuvo sus momentos —respondió Cade despacio.

Sí, aquella mujer no se había tragado la historia de Cade.

Ni Elias ni Cade estaban dispuestos a entrar en demasiados detalles, aunque Elias solo podía hacer conjeturas sobre los motivos de su amigo.

Elias no era mentiroso por naturaleza, pero sabía lo suficiente para tener claro que no convenía inventarse demasiados detalles.

La mejor manera de sostener una mentira era mantenerse lo más cerca posible de la verdad.

Así no confundías tantos detalles inventados ni acababan pillándote.

El problema era que nada de lo que decían se parecía siquiera remotamente a la verdad, y Elias se había limitado a decir lo primero que se le había ocurrido, lo que le había parecido más lógico.

—Seguro que tenéis un montón de historias que contar —continuó Christine con tono alentador.

Ahí estaba. Quería detalles.

Elias se aclaró la garganta.

—Bueno, no te lo tomes a mal, pero solo hace poco que hemos empezado con… esto. Hablar de ello con tanta libertad en una sala llena de desconocidos resulta un poco… raro.

Era una excusa barata. Él lo sabía, Cade lo sabía y se habría apostado hasta el último dólar de su cuenta bancaria a que ella también lo sabía.

Aun así, esperaba apelar a ese sentido del decoro que, según Cade, inculcaban a fuerza de insistir en todos los niños ricos, al menos a los de la alta sociedad.

Christine hizo una delicada mueca.

—Por supuesto. Todo esto debe de haber sido increíblemente difícil para los dos, pero parece que ha acabado bien, ¿verdad?

—Sí —dijo Elias.

Ella sonrió ampliamente.

—Bueno, pues eso es lo único que importa, ¿no? Disculpadme si he sido demasiado entrometida. Me ha pillado por sorpresa y me temo que he olvidado mis modales. Por supuesto que no queréis hablar de vuestros asuntos personales delante de una sala llena de completos desconocidos.

Elias le sonrió.

—Bueno, gracias por comprenderlo.

—Supongo que, entonces, lo de esta noche ha sido positivo. Al fin y al cabo, seguro que de ahora en adelante se esperará que acompañes a Cade a toda clase de compromisos. Ah, y hablando de compromisos…

Cade levantó una mano de golpe.

—Una cosa cada vez, Christine.

—Por supuesto. Ah, el amor, qué contagiosa es su alegría… Perdonadme —dijo con una risita ligera.

Antes de que pudieran decidir cómo responder, una voz suave llamó a Christine desde el fondo de la sala.

Elias se volvió y vio al grupo de los «nuevos ricos» levantar las manos para pedirle, con educación pero con insistencia, que se acercara.

Cuando Elias volvió a mirarla, la sonrisa se le había quedado petrificada en el rostro.

—Ah —suspiró ella—. El trabajo de anfitriona no termina nunca.

—Quizá en la próxima fiesta puedas disfrutar un poco más si no la organizas tú —sugirió Cade.

—No es mala idea. ¿Os quedaréis mucho rato? —preguntó ella.

Cade respondió apresuradamente:

—Aún no lo hemos decidido. No podemos alterar demasiado nuestros horarios de sueño.

—Lo dice el hombre al que le gustaba salir los fines de semana —bromeó Christine, guiñándole un ojo.

Cade señaló a Elias con el pulgar.

—Bueno, el horario que no podemos alterar demasiado es el suyo. Si lo hacemos, se pasa días sin dormir bien, y nadie quiere verlo así.

Elias lo miró con el ceño fruncido.

—Oye.

Christine se rio y entregó su copa, ya vacía, a otro camarero.

—Bueno, me alegra ver que os las arregláis bien, y es muy dulce por tu parte preocuparte, Cade. Si os vais antes de que vuelva a veros, no dejéis de pasar a darme las buenas noches.

Antes de que pudieran decir nada más, ella levantó la mano hacia el grupo que la llamaba y se alejó con paso decidido.

Elias siguió sus largas zancadas con la mirada hasta que estuvo lo bastante lejos para no oírlo.

Echó un vistazo alrededor y comprobó que tampoco había nadie más lo bastante cerca para oírlo, siempre que hablara bajo.

—¿Otros compromisos? —preguntó Elias en un susurro vehemente.

—Ahora no es el momento de hablar de eso —murmuró Cade.

—¿Que estamos saliendo? —insistió Elias.

—Desde luego, ahora no es el momento de hablar de eso.

—Entonces, ¿cuándo, cariño?

Cade hizo una mueca.

—Mira, terminemos la fiesta fingiendo que estamos felices y pasándolo bien. Luego nos escabulliremos cuando Christine esté distraída, volveremos a tu casa y podrás echarme la bronca.