CAPÍTULO 20 Margott se va
Hay una clase de silencio que no es paz, sino la humareda amarga que queda después de que un incendio haya devorado hasta los cimientos.
El vestíbulo de la mansión huele a la lluvia que entró cuando Henry cruzó la puerta trasera y a la cera apagada de la lámpara del pasillo.
Abajo, en el centro del mármol, Alexander sigue de pie contra la consola de caoba, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y la cabeza baja, sin atreverse a subir la vista hacia las escaleras.
Jack ha desaparecido en la penumbra del pasillo que conduce al estudio de música, pero se escucha el sonido sordo, pesado y rítmico de sus pasos sobre la madera, caminando en círculos como un animal acorralado.
Yo sigo parada en el tercer escalón.
Miro mis manos. Tiemblan. Mis uñas están clavadas con tanta fuerza en las palmas que me han dejado marcas rojas en la piel.
El dolor en mi pecho ya no es una crisis de ansiedad; es la certeza aplastante de ser el elemento tóxico que ha destruido algo sagrado.
Tres hermanos que sobrevivieron al hambre, al frío y a la miseria en Bermondsey, tres hombres que construyeron un imperio de lealtad impenetrable para protegerse del mundo exterior, acaban de fracturarse por primera vez en sus vidas. Y la razón de esa fractura soy yo.
«Esta casa ya no existe» , ha dicho Henry antes de salir a la lluvia.
La frase retumba en mi cabeza como una condena a muerte.
Bajo los escalones lentamente. Mis pies descalzos penas hacen ruido sobre la madera.
Alexander no se mueve cuando me acerco al vestíbulo. Levanta la vista despacio. Sus ojos verdes, habitualmente llenos de luz, de vida y de esa provocación insoportable, están rojos, hinchados y vacíos de cualquier brío. Se ve pequeño. Absurdamente pequeño bajo la colosal lámpara de araña.
—Margott... —murmura en un hilo de voz que se rompe antes de terminar mi nombre.
—No digas nada, Alexander —pido. Mi voz no suena enfadada ni dramática. Suena seca, rota, desprovista de cualquier energía.
Camino hacia la consola donde dejé mi bolsa de viaje antes de que la tormenta estallara en el dormitorio de Henry. Cojo la correa de piel, me la cuelgo del hombro y me pongo el abrigo de paño azul marino.
Alexander da un paso hacia mí, estirando una mano de forma instintiva para detenerarme, pero sus dedos se congelan a medio camino en el aire. No se atreve a tocarme. Ha aprendido la lección de la peor manera posible.
—No puedes irte así —dice Alexander, y las lágrimas vuelven a brotar en sus ojos sin control—. No con esta lluvia. No a estas horas. Si te vas ahora...
—Si me quedo aquí un minuto más, me moriré de la culpa, Alexander —le cortó con una firmeza helada, mirándolo directamente a los ojos—.
Mira esta casa. Mira lo que nos hemos hecho.
Vosotros tres os queríais por encima de cualquier cosa en este mundo.
Y yo he entrado en vuestra vida para convertiros en desconocidos que no pueden mirarse a la cara.
—Tú no has hecho nada —interviene la voz de Jack desde la penumbra del pasillo.
Giro la cabeza.
Jack sale de la sombra. Lleva su jersey negro y los vaqueros oscuros. Tiene los rasgos desencajados por un sufrimiento antiguo, el rostro pálido y los ojos azul helado fijos en mí con una tristeza tan profunda que me oprime las entrañas.
Se detiene a dos metros de mí.
—Fuimos nosotros, Margott —repite Jack con su voz grave y rasposa, la misma voz con la que me enseñó a respirar en la biblioteca—. Fuimos nosotros los que nos olvidamos de quién era el enano. Fuimos nosotros los que cruzamos la frontera. No te eches la culpa de nuestra falta de control.
—Da igual de quién sea la culpa, Jack —respondo, y una lágrima amarga se me escapa por la mejilla—.
La realidad es la que es. Mientras yo siga aquí, mientras yo esté entre vosotros, esta familia no se va a curar.
Henry no va a volver a esta casa si yo estoy dentro.
Y vosotros dos vais a seguir mirándome sabiendo que cada vez que me tocáis o me miráis le estáis clavando un puñal en la espalda a vuestro hermano pequeño.
Jack se queda en silencio. Aprieta las mandíbulas hasta que se le marcan las venas del cuello, pero no me contradice. No puede hacerlo. Porque los tres sabemos que digo la verdad.
—Voy a coger un taxi —anuncio, metiendo las manos en los bolsillos de mi abrigo.
—No vas a coger un taxi a las siete de la tarde en mitad de una tormenta en la campiña —dice Jack con su tono de hermano mayor, recuperando un conato de autoridad—. Te llevo yo a la estación.
—No —me niego rotundamente, dando un paso atrás hacia la puerta principal—. No quiero que me lleves tú. No quiero que me lleve Alexander. No quiero que ninguno de los dos vuelva a cuidar de mí. He causado suficiente daño por una vida entera.
Cojo mi maleta del suelo.
Alexander se tapa la cara con las dos manos, dejando salir un sollozo ahogado que retumba en el vestíbulo. Jack da un paso adelante, intentando al menos sujetar la puerta para mí, pero yo me le adelanto.
Giro el pomo pesado de latón y abro la gran puerta de roble.
El viento helado y la lluvia de la tarde me golpean de lleno en la cara, empapándome el pelo y las solapas del abrigo en cuestión de dos segundos. El aire frío entra en mis pulmones como un chorro de agua congelada, pero en lugar de asfixiarme, me devuelve un destello de realidad.
Salgo a la escalinata de piedra.
—¡Margott! —grita Alexander desde el umbral, saliendo tras de mí a la lluvia sin importarle ir en camiseta de manga corta—. ¡Por favor!
No me giro.
Bajo los escalones de piedra de dos en dos, sintiendo el agua empapar mis botas y el barro de la explanada de grava salpicar los bajos de mis pantalones. Camino hacia el camino de entrada, pasando junto a la furgoneta de los fotógrafos que sigue aparcada al otro lado de la verja.
Un taxista local, al que llamé desde el teléfono del pasillo diez minutos antes de bajar las escaleras, aguarda con los limpiaparabrisas en marcha junto al portón de hierro forjado.
Súbome al asiento trasero del coche, cierro la puerta de golpe y le doy la dirección de mi apartamento en el norte de Londres.
El coche arranca, sus ruedas haciendo crujir la grava blanca mientras nos alejamos de la propiedad.
Miro por la ventanilla trasera.
A través del cristal empañado por la lluvia y el vaho, veo la silueta colosal de la mansión empequeñecerse en la distancia.
Veo a Alexander de pie en mitad de la explanada, bajo el diluvio, con la ropa pegada al cuerpo y la cabeza inclinada hacia el suelo.
Veo a Jack parado en lo alto de la escalinata de piedra, inmóvil como una estatua de sombra, observando mi partida sin mover un solo músculo.
Y a lo lejos, junto al estanque de los sauces llorones, alcanzo a ver una tercera figura.
Henry.
Está de pie bajo la lluvia, sin abrigo, con el agua chorreándole por la cara y el jersey azul marino empapado. Se ha quedado parado junto al agua, mirando cómo el coche en el que me voy cruza el portón de hierro forjado de su casa.
No levanta la mano. No hace ningún gesto. Solo me mira alejarme.
Apoyo la frente contra el cristal frío de la ventanilla del taxi y dejo que el llanto me rompa el pecho del todo.
El viaje de vuelta a Londres dura una hora y media que en mi mente se extiende como una eternidad helada.
Llego a mi pequeño apartamento en Islington a las nueve de la noche. Las luces del edificio están apagadas, la calle está desierta y el olor a humedad de la ciudad me recibe con una familiaridad amarga.
Subo las escaleras hasta mi piso, abro la puerta con manos temblorosas y entro en el salón a oscuras.
Mi apartamento se ve exactamente igual que como lo dejé el viernes por la mañana: la taza de café vacía en el fregadero, las muestras de pantones sobre la mesa de centro y la manta de lana doblada en el brazo del sofá.
Pero el espacio que antes me parecía acogedor y seguro ahora se siente como un refugio frío, despojado de vida.
Me quito las botas húmedas en la entrada, me despojo del abrigo mojado y dejo caer la maleta en mitad del pasillo.
Camino hasta el salón, me dejo caer en el suelo de madera, apoyando la espalda contra la base del sofá, y abrazo mis piernas contra el pecho en la penumbra.
El silencio de mi piso me aplasta la cabeza.
En esta casa no hay un hermano de un metro ochenta y ocho que me prepare café descafeinado a las dos de la mañana para consolar mi cansancio.
No hay un hermano mayor con ojos azul helado que me enseñe a respirar cuando el aire se me vuelve veneno.
Y, sobre todo, no está el chico de los calendarios organizados en colores que me quitaba los calcetines fríos y me repetía que yo era más que suficiente para él.
Los he perdido a los tres.
En la mansión, el impacto de mi partida deja un rastro de ruinas inaccesibles.
Henry regresa de la lluvia a las diez de la noche.
Entra en la casa empapado hasta los huesos, sin decir una sola palabra a sus hermanos.
Sube directamente a su dormitorio, cierra la puerta con cerrojo y se sienta en el borde de su cama impecable, mirando la almohada vacía donde yo solía apoyar la cabeza.
No sabe si quiere buscarme. No sabe si es capaz de perdonarme.
El miedo a no haber sido suficiente le quema las entrañas, pero la certeza de que sigue amándome con una devoción limpia le impide cerrar la puerta del todo.
En la planta baja, Alexander se encierra en su vestidor del ala oeste.
Se tira en el suelo entre cajas de ropa cara y campañas publicitarias sin abrir, odiándose a sí mismo con una intensidad que jamás ha experimentado.
Reconoce, en la penumbra de su aislamiento, que lo que empezó como un juego coqueto para provocar a la novia de su hermano se convirtió en algo real, profundo y devastador.
Pero sabe que no tiene derecho a reclamarme.
Sabe que si da un paso hacia mí, terminará de destruir el corazón del enano.
Y en el estudio de música del sótano, Jack apaga todas las luces.
Se sienta en el suelo de madera, apoyando la espalda contra la pared insonorizada, con la guitarra entre las piernas sin tocar una sola cuerda.
Pensó que su autocontrol, su papel de hermano mayor y su capacidad para sostener el peso de la familia eran suficientes para evitar la catástrofe.
Se equivocó. Piensa que debería renunciar a mí, que debería borrarnos a los dos de la ecuación para devolverle la paz a Henry, pero la memoria del roce de mis dedos en su pecho y el recuerdo de mi respiración agitada en el estudio le impiden dar un paso atrás.
Los tres están solos.
Y yo, en la penumbra de mi salón en Londres, me miro las manos temblorosas bajo la luz de la calle que se cuela por la ventana.
Estoy convencida de que he arruinado todo lo que tenía valor en mi vida. Convencida de que soy la chica caótica e inestable que Marcos dijo que era, la mujer capaz de destruir una familia entera simplemente por no haber sabido mantener mis fronteras a salvo.
Me acurruco bajo la manta en el suelo de mi salón, cerrando los ojos mientras la lluvia londinense golpea los cristales, sin saber que esta separación temporal no es el final de nuestra historia, sino el terremoto necesario que nos obligará a todos a dejar de mentirnos para empezar a elegir de verdad.