Demasiado cerca CAPÍTULO 19 No soy suficiente #3
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CAPÍTULO 19 No soy suficiente #3

—Le tomé la mano cuando tuvo una crisis de ansiedad —dice Jack en un susurro rasposo que retumba en el mármol—. Le enseñé a respirar en la biblioteca. Y el viernes a las tres de la mañana me la encontré en el estudio y estuve a punto de besarla.

El impacto de la confesión de Jack destruye la última barrera de contención que quedaba en la casa.

Henry se tambalea hacia atrás como si hubiera recibido un golpe físico directo en el estómago. Se lleva la mano al pecho, respirando con una dificultad agónica, mirando a sus dos hermanos mayores como si estuviera viendo a dos desconocidos.

Por primera vez en sus vidas, la unidad perfecta de los O’Connell está pulverizada. El lazo indivisible que los salvó del frío en Bermondsey, la lealtad feroz por la que habrían dado la vida el uno por el otro, se acaba de fracturar en mil pedazos sobre el mármol del vestíbulo.

—Los dos... —murmura Henry, mirando al suelo con las lágrimas rodando sin control por su rostro pálido—. Mis dos hermanos. La única familia que tengo.

—Henry, por favor, escúchame —interviene Alexander, tratando de acercarse de nuevo con las manos abiertas—. Podemos arreglar esto. Me iré de la casa. Me iré a París, a Nueva York, a donde tú quieras. No me volverás a ver en meses si eso hace falta, pero no digas eso...

—¡No hay nada que arreglar! —grita Henry, encarando a los dos con una desesperación desgarradora—. ¿No os dais cuenta? ¡Esto no es una pataleta porque hayáis tocado mis cosas! ¡Esto es mi vida!

Se señala a sí mismo con el pulgar, con el pecho subiendo y bajando en espasmos violentos.

—Sabíais mis límites —continúa Henry, su voz quebrándose en cada palabra—.

Sabíais que Margott venía de una relación donde la habían destruido.

Sabíais que yo estaba intentando hacer las cosas bien con ella, despacio, con respeto, cuidándola como nadie la había cuidado...

Y aun así, no pudisteis evitarlo. Tuvisteis que venir y demostrarme que no soy suficiente.

La frase cae entre los tres con una violencia atroz.

«No soy suficiente.»

Alexander ahoga un sollozo, cubriéndose la cara con las manos para ocultar las lágrimas que le desfiguran el rostro de modelo. Jack aprieta los ojos con una dolorosa mueca de frustración, incapaz de defenderse de la verdad de la acusación.

—No eres tú, Henry —dice la voz de Jack, una voz rota que raras veces ha sonado tan humana—.

El problema no eres tú. El problema somos nosotros.

Somos dos egoístas que no supimos controlar lo que sentíamos al verla.

Ella te quiere a ti. Nos lo dijo a los dos.

Si alguien ha fallado aquí, hemos sido nosotros.

Henry niega con la cabeza despacio, limpiándose las lágrimas de la cara con el dorso de la mano.

—Ella me quiere porque soy bueno —dice Henry con una madurez triste, amarga, que me destruye el corazón desde la escalera—.

Ella me quiere porque soy seguro, porque no le doy problemas y porque le preparo el té como le gusta.

Pero ella os mira a vosotros y siente fuego.

Siente pasión. Siente esa necesidad de estar viva que yo jamás voy a poder darle.

Gira la cabeza y me mira a mí, arriba en la escalera.

Sus ojos negros, llenos de un amor tan puro y de un dolor tan inmenso, se clavan en los míos.

—¿Verdad, Margott? —pregunta en un susurro dulce y devastador—. ¿Verdad que es así?

No puedo responder. No hay respuesta humana que pueda sanar la herida que acabo de presenciar. Me limito a llorar en silencio, tapándome la boca con las manos, sintiendo que el peso de la culpabilidad me ahoga por dentro.

Henry vuelve a mirar a sus hermanos.

—Quiero que os vayáis —dice Henry.

—Henry... no hagas esto —suplica Alexander, dando un paso más hacia él—. Es nuestra casa. Es la familia...

—Esta casa ya no existe, Alexander —sentencia Henry con una frialdad helada que jamás le había escuchado—. Y la familia se ha roto hoy. Os quiero. Os he querido toda mi vida. Pero no puedo miraros a la cara sin recordar que me habéis quitado lo único que me hacía sentir completo.

Sin decir una sola palabra más, Henry se da la vuelta.

No sube las escaleras hacia su dormitorio. Camina hacia la puerta trasera que da a los jardines, la abre de par en par y sale a la lluvia torrencial de la tarde, cerrando la madera tras de sí con un impacto seco que retumba en las paredes de la mansión.

El silencio vuelve a caer sobre el vestíbulo.

Alexander se deja caer de rodillas sobre el mármol, apoyando la frente contra la madera de la consola, llorando sin ningún tipo de contención.

Jack permanece de pie en el centro del pasillo, mirando la puerta cerrada por la que acaba de salir su hermano pequeño, con los puños apretados a los lados del cuerpo y una lágrima solitaria rodándole por la mejilla pálida.

Me quedo sola en el tercer escalón de la gran escalera de nogal, mirando las ruinas de la familia O’Connell.

Y en lo más profundo de mi mente, la certeza me aplasta la garganta: he destruido al único hombre bueno que me ha querido, he roto el lazo de tres hermanos que sobrevivieron al frío juntos y no hay perdón en este mundo que pueda devolver las piezas a su sitio.