Margott no estaba buscando enamorarse.

Después de descubrir que su exnovio llevaba una doble vida, había aprendido a no esperar demasiado de los hombres.

Así que cuando conoce a Henry OConnell, lo último que espera es encontrar a alguien tan dulce, atento y paciente.

Henry parece demasiado bueno para ser verdad. Con él, Margott empieza a sentirse segura otra vez. Querida. Elegida. Hasta que conoce a su familia.

Los OConnell viven en una impresionante mansión a las afueras de Londres y pertenecen a un mundo que Margott jamás había imaginado pisar. Henry es el hermano pequeño de una familia poderosa y, para su sorpresa, sus dos hermanos mayores son hombres acostumbrados a vivir bajo los focos.

Alexander es descarado, encantador y tiene una facilidad irritante para hacerla perder el hilo de sus pensamientos.

Jack es todo lo contrario: tranquilo, observador y capaz de ver en Margott cosas que ella intenta ocultar incluso de sí misma.

Y cuanto más tiempo pasa con ellos, más difícil resulta ignorar que algo ha cambiado.

Porque Margott ama a Henry.

O al menos eso es lo que debería importar.

Hay miradas que duran demasiado. Conversaciones que se sienten demasiado íntimas.

Momentos que jamás deberían significar nada y que, sin embargo, empiezan a quedarse con ella mucho después de que terminan.

Y cuando el deseo aparece donde no debería existir, Margott tendrá que enfrentarse a una pregunta que nunca imaginó tener que hacerse:

¿Qué ocurre cuando el hombre que amas no es el único que consigue hacerte sentir algo?

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