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CAPÍTULO 27 Nosotros

Hay una extraña y maravillosa magia en el caos cuando deja de ser una amenaza y se convierte en la rutina de tu vida.

Ha pasado un mes desde que aprobamos la hoja de cálculo de Henry en mi piso de Islington.

Un mes en el que mi existencia se ha trasladado gradualmente de vuelta a la mansión de los O’Connell, pero a una mansión que ya no se siente como un museo inmenso cargado de sombras, sino como una casa viva, ruidosa y llena de una calidez vibrante.

Es un martes por la mañana.

El olor a café recién molido, panceta crujiente y tostadas de pan de centeno inunda la colosal cocina de la planta baja.

La luz dorada del otoño entra a través de los ventanales que dan al jardín traseros, iluminando la isla de granito oscuro que ahora tiene mi taza favorita de cerámicas rosas instalada de forma permanente junto a las tazas de los tres hermanos.

Estoy sentada en uno de los taburetes altos de la isla, vistiendo unos pantalones de chándal cómodos y un jersey holgado de lana fina que le robé a Jack del armario la semana pasada.

Tengo mi portátil abierto a la izquierda, revisando los bocetos finales para una campaña de ilustración editorial, y una tostada de mermelada en la mano derecha.

A mi lado, el teatro cotidiano de la familia O’Connell se despliega en todo su esplendor.

—Alexander, si vuelves a meter la mano en mi plato de panceta, te juro por lo más sagrado que te clavo el tenedor en los nudillos —menciona Jack con una tranquilidad helada, sin levantar la vista de la sección de cultura del periódico que lee sobre la encimera.

—Solo quería un trozo, Jack —protesta Alexander, que está de pie al otro lado de la isla vistiendo únicamente un pantalón de chándal gris y una camiseta sin mangas.

Se pasa la mano por el pelo castaño despeinado y me mira con una mueca de sufrimiento infantil—.

Diles algo, Margott. Mi propio hermano me está matando de hambre por culpa de la dieta de la agencia.

—Jack tiene razón —intervengo sin despegar los ojos del monitor, dando un bocado a mi tostada—. Tu dieta dice dos huevos cocidos y una tostada integral. Si comes panceta, tu agente va a llamar a Henry para quejarse de que la ropa de Saint Laurent no te cierra en la cintura.

—¡Conspiradores! —exclama Alexander, llevándose las manos al pecho con su dramatismo habitual—. Me he buscado a tres carceleros en mi propia casa.

—Cuatro —corrige la voz de Henry, que entra en la cocina en ese preciso instante.

Henry lleva unos pantalones de vestir oscuros y una camisa azul claro impecablemente planchada, listo para su jornada de trabajo en remoto.

Camina directamente hacia mí. Se inclina sobre mi taburete, me rodea los hombros con un brazo y me besa la mejilla con esa ternura serena que sigue siendo mi ancla diaria.

—Buenos días, mi amor —murmura Henry contra mi piel, su aliento tibio oliendo a la menta de su dentífrico.

—Buenos días —sonrío, inclinando la cabeza para besarle la comisura de los labios.

Henry me suelta, coge su taza de café de la máquina y se gira hacia la mesa de la cocina. Revisa los folios de su calendario impreso y luego mira a Alexander.

—Y por cierto, Alexander —añade Henry con su tono de voz metódico—, el camión del proveedor de fibra óptica llega a las diez. Te toca a ti abrir el portón porque Jack tiene ensayo a las once y Margott tiene una entrega a las doce.

—¿Por qué me toca a mí? —protesta Alexander, cruzándose de brazos.

—Porque es la regla número tres de la tabla de la semana pasada —responde Henry con total naturalidad, dando un sorbo a su taza—. Rotación de tareas de mantenimiento. No intentas escaquearte.

Jack suelta un bufido sordo de satisfacción desde su esquina del periódico, dándole un trago a su café negro.

Me quedo mirándolos a los tres.

Una pequeña sonrisa, involuntaria y profunda, se me dibuja en los labios.

La vida entre nosotros no se parece a ninguna película ni a ninguna novela romántica. Es algo mil veces mejor: es real.

Hemos construido una dinámica doméstica donde la tensión eléctrica que antes nos asfixiaba se ha disuelto en una complicidad llena de risas, límites respetados y un afecto diario que no necesita justificarse ante nadie.

Mis momentos con Henry siguen siendo el refugio tranquilo.

Los martes y los jueves por la noche son nuestros.

Nos quedamos en su dormitorio de la segunda planta, o en mi apartamento de Islington cuando necesitamos salir de la mansión, viendo documentales sobre naturaleza, cenando comida india y durmiendo abrazados en esa paz serena que me enseñó que el amor no tiene por qué ser una montaña rusa destructiva.

Henry ha aprendido a relajarse con sus agendas; ya no se asusta si pierdo las llaves de casa, e incluso se ríe cuando descubre que he dejado mis bocetos desperdigados sobre la alfombra del salón.

Con Alexander, la historia es un fuego dulce y juguetón.

Los viernes por la tarde son para él. Salimos a pasear por los bosques de la propiedad con sus dos gran daneses —que efectivamente resultaron ser dos perros gigantescos y asustadizos que se esconden detrás de las piernas de Alexander cada vez que pasa un camión por la carretera— o nos quedamos en el salón pequeño de la primera planta escuchando música.

Alexander ya no me provoca desde la urgencia de ponerme a prueba; me abraza por la cintura mientras preparo el té, me besa el cuello con un deseo cálido y hambriento que me hace temblar la piel y me repite que soy la mujer más hermosa que ha cruzado su vida sin que yo vuelva a dudar de sus palabras.

Y con Jack... con Jack la conexión es de una profundidad casi sagrada.

Los domingos por la tarde son su territorio.

Nos encerramos en el estudio de música del sótano o en la terraza acristalada.

A veces no hablamos durante horas: él toca la guitarra acústica buscando acordes para su nuevo disco mientras yo dibujo en mi libreta.

Pero cuando me mira con sus ojos azul helado, o cuando me toma la mano en silencio cuando presiente que un resto de duda intenta volver a mi cabeza, siento una solidez tan pura que sé que nada en este mundo podrá volver a derribarme.

Y lo más hermoso de todo es la forma en que los tres hermanos se relacionan entre sí.

La brecha del domingo de la ruptura no solo se ha cerrado; la vulnerabilidad que compartieron en el dormitorio de Henry los ha unido con un lazo aún más fuerte.

Ya no hay secretos entre ellos. Alexander molestando a Henry es un juego limpio; Jack mediando en las discusiones cotidianas es el hermano mayor de siempre; y Henry es el centro de cordura al que los dos mayores acuden cuando el mundo exterior se vuelve demasiado ruidoso.

—¿En qué estás pensando, preciosa? —la voz de Alexander me saca de mis pensamientos.

Se ha acercado a mi taburete por la espalda. Desliza las manos por mis caderas, pegando su pecho a mi espalda, y apoya la barbilla en mi hombro con esa soltura felina que le caracteriza. Su piel huele a limpio, a ese jabón de bergamota que me vuelve loca.

—Pensaba en lo absurdamente caóticos que sois los tres —respondo, echando la cabeza hacia atrás para mirarlo desde abajo.

Alexander sonríe, esa sonrisa deslumbrante que le arruga la esquina de los ojos, e inclina la cabeza para darme un beso suave, prolongado y caliente en la boca.

Henry levanta la vista de su tableta gráfica y nos mira desde el otro lado de la isla. No hay ni un solo destello de celos en sus ojos negros. Sonríe con esa dulzura transparente, me dedica un guiño ligero y vuelve a teclear en su documento.

Jack deja el periódico sobre la mesa, se pone de pie con ese paso pesado y medido y camina hacia la barra para dejar su taza vacía en el fregadero.

Al pasar a mi lado, desliza su mano ancha por la parte trasera de mi cuello, apretando con suavidad la piel de mi nuca en un gesto de afecto protector que me hace soltar un suspiro satisfecho.

—Tengo que irme al estudio —dice Jack, mirándome a los ojos—. Esta tarde termino la mezcla del segundo tema. ¿Bajas a escucharlo luego?

—Bajo a las cuatro —prometo, rozando sus dedos con los míos antes de que retire la mano.

—Perfecto —asiente él.

Me quedo en la cocina viendo a los tres hombres moverse por la estancia con una soltura que ya no tiene fronteras.

Miro las ventanas de la mansión. Miro los jardines de hojas doradas por el otoño. Miro el mantel de lino, el periódico de Jack, la hoja de cálculo de Henry y el dibujo que Alexander acaba de terminar en mi cuaderno de bocetos.

Ya no me siento una intrusa. Ya no siento que estoy pidiendo permiso para ocupar espacio en una familia ajena.

Formo parte de ellos.

Soy el ancla de Henry, la verdad de Alexander y la paz de Jack. Y mientras doy el último sorbo a mi té de manzanilla bajo la luz cálida de la mañana, comprendo que la chica insegura que un día cruzó ese portón de hierro forjado con un bizcocho de limón en los brazos ha desaparecido para siempre.

En su lugar hay una mujer que ama sin miedo, que sabe lo que vale y que ha encontrado en el refugio de tres hermanos el hogar entero que siempre había soñado.