Demasiado cerca CAPÍTULO 21 Alexander
80%

CAPÍTULO 21 Alexander

Hay una clase de silencio en la mansión que no pertenece a la tranquilidad de la campiña, sino al desierto helado que queda tras una demolición.

Han pasado cinco días desde que el taxi de Margott cruzó el portón de hierro forjado bajo la lluvia. Cinco días en los que la casa de tres plantas ha parecido un sepulcro gigante donde los pasos de tres hombres no se cruzan jamás a propósito.

Son las tres de la tarde del viernes. La luz del otoño entra plana por los ventanales del ala oeste, iluminando las hileras de ropa de firma sin estrenar, las cajas de zapatos de diseño importados de Milán y las bolsas de viaje que acumulan polvo en la esquina del inmenso vestidor de Alexander.

Alexander no está en París. Tampoco en Nueva York. Canceló tres sesiones de fotos consecutivas la misma noche del domingo, enviando un mensaje seco de dos líneas a su agente que provocó que la mujer llamara catorce veces seguidas antes de darse por vencida.

Está sentado en el suelo del vestidor, apoyado contra la madera de un mueble bajo de caoba.

Lleva unos pantalones de chándal grises viejos y una camiseta blanca sin mangas que tiene una mancha pequeña de café en el dobladillo.

Va descalzo. Tiene la barba de varios días marcándole la mandíbula y unas ojeras violetas, profundas, que ninguna capa de maquillaje de alta costura podría tapar a estas alturas.

Sobre sus rodillas descansa un vaso de cristal con dos dedos de whisky barato que no ha probado en tres horas.

El sonido de unas pisadas lentas, constantes y pesadas resuena en la madera del pasillo del ala oeste.

Alexander no se mueve. No levanta la cabeza cuando la puerta del vestidor se abre despacio.

Jack entra en la estancia.

El hermano mayor no lleva su coraza habitual. Se le ve cansado, con el pelo oscuro un poco más largo de lo normal cayéndole en mechones despeinados sobre la frente y vistiendo sus vaqueros negros y un jersey ancho de lana. Sostiene una taza de café humeante en la mano derecha.

Se detiene bajo el marco de la puerta. Sus ojos azul helado observan la figura derrotada de su hermano menor en el suelo durante unos segundos largos.

—Llevas tres días metido en esta habitación, Alex —dice Jack. Su voz no tiene la dureza del domingo; suena baja, grave, gastada por la misma insomnio que los tiene a los tres en vela.

Alexander no responde de inmediato. Se pasa la mano por la cara, estirando la piel con una mueca de agotamiento infinito, y deja el vaso de whisky en el suelo de madera con un golpe seco.

—Es el único sitio de esta casa que no huele a su bizcocho de limón —murmura Alexander. Su voz no tiene la musicalidad descarada ni la provocación juguetona. Suena rota, roncamente sincera, despojada de cualquier disfraz.

Jack da un par de pasos hacia el interior de la habitación. No se queda de pie como un juez. Se deja caer en el suelo, al lado de Alexander, apoyando la espalda contra el mismo mueble de caoba, flexionando sus piernas largas frente a él.

El contacto de sus hombros en la penumbra del vestidor es el primer gesto de cercanía física que han compartido en cinco días.

Pasan unos minutos en silencio. El tic-tac del reloj de pared de la galería es el único sonido que acompaña al suspiro amargo que sale del tórax de Alexander.

—Fui un idiota, Jack —dice Alexander en un hilo de voz, mirando las tablas del parqué entre sus pies descalzos—. Un completo e irresponsable idiota.

Jack da un sorbo a su café, manteniendo la vista fija en la pared de enfrente.

—Lo fuiste —asiente Jack sin rodeos—. Pero no por las razones que te crees.

Alexander suelta una risa corta, amarga, sin un solo átomo de alegría.

—Fui a por ella porque pensé que era fácil —confiesa Alexander, y la verdad sale de su boca con la soltura de quien ya no tiene nada que proteger—.

Pensé: «Es la novia tímida de Henry. Un par de miradas, un complido bonito, ver cómo se pone roja y ya tengo entretenimiento para el fin de semana» .

Me creía el tipo listo, Jack. Me creía el modelo guapo que puede jugar con quien quiera y salir ileso.

Se pasa la mano por el pelo castaño, despeinándolo aún más, mientras aprieta los párpados con una fuerza dolorosa.

—¿Y qué pasó? —pregunta Jack en un susurro grave.

Alexander traga saliva con dificultad. Le tiemblan las manos sobre las rodillas.

—Pasó que la escuché —responde Alexander, alzando la vista para mirar a su hermano mayor con los ojos verdes anegados en lágrimas sinceras—.

Pasó que bajé a la cocina a las dos de la mañana muerto de asco de mi propia vida en París, y ella estaba allí.

No me pidió una foto. No me preguntó por las campañas de moda.

Me hizo una infusión porque me vio cansado, Jack.

Me miró a la cara y vio la mierda que llevo dentro sin salir corriendo.

Hace una pausa. Una lágrima solitaria le rueda por el pómulo, perdiéndose en la barba de tres días.

—Y en la biblioteca... cuando se estaba comparando con las chicas de las revistas...

—continúa, su voz quebrándose del todo—.

Me di cuenta de que no era un juego. Me di cuenta de que llevaba años sin sentir nada por nadie porque todo en mi mundo es mentira, y esta chica...

esta chica caótica que tira patatas en los pubs y que se pone roja por todo es lo único real con lo que me he tropezado en diez años.

Jack no le interrumpe. Escucha la confesión de su hermano con la atención serena que siempre ha tenido para sus crisis desde que eran niños en Bermondsey.

—La amo, Jack —suelta Alexander, y la palabra cae en la estancia con la rotundidad de una piedra en el fondo de un pozo—.

No es un capricho. No es ganas de fastidiar a Henry.

Me he enamorado de la novia de mi hermano como un imbécil desesperado, y el saber que la he destrozado a ella y que he roto a Henry me está matando por dentro.

Alexander apoya los codos en las rodillas y esconde el rostro entre las manos, dejando salir un sollozo ahogado que le sacude la espalda de más de un metro ochenta y ocho.

Es la primera vez en quince años que Jack ve llorar a Alexander de esta manera.

El modelo brillante, el chico que sonreía a las cámaras para ahuyentar al frío en Bermondsey, el hombre que convertía la vida en un circo para que nadie sufriera, está completamente roto sobre el suelo de su vestidor.

Jack deja la taza de café a un lado.

Estira el brazo y pasa su mano ancha por la nuca de Alexander, agarrándolo con la misma firmeza con la que lo sujetaba cuando eran niños y los truenos hacían temblar las ventanas del piso en el sur de Londres. Aprieta sus dedos contra su cuello, sosteniéndolo en su dolor.

—Ya está, Alex —murmura Jack con su voz grave y rasposa—. Ya está.

—He arruinado la familia, Jack —articular Alexander entre sollozos contra sus palmas—. Henry no me va a perdonar nunca. Y tiene razón. No merezco que me perdone.

—Henry está herido —corrige Jack con serenidad—. Henry siente que le hemos quitado el suelo. Pero Henry no te odia. Henry tiene pavor a no ser suficiente, que es algo muy diferente.

Alexander baja las manos de su rostro. Mira a Jack con sus ojos verdes brillantes por el llanto, buscando en las facciones de su hermano mayor la fuerza que él ha perdido por completo.

—¿Y tú? —pregunta Alexander en un hilo de voz—. ¿Tú qué vas a hacer, Jack?

Jack suspira despacio, apoyando la cabeza de nuevo contra la madera del mueble.

—Yo voy a dejar de mentirme —responde Jack con una honestidad helada que deja helado el ambiente—.

Yo también me enamoré de ella, Alex. Me enamoré cuando la vi intentar no llorar en la biblioteca mientras se ahogaba de pánico.

Me enamoré porque es la primera mujer en años que no me mira como a la estrella de rock adusta que sostiene la casa, sino como a un hombre que también necesita descansar.

Alexander se queda inmóvil, escuchando la verdad de su hermano mayor sin un solo rastro de celos o reproche. La tormenta ha pasado; solo queda la realidad desnuda sobre la mesa.

—¿Y ahora qué? —pregunta Alexander.

—Ahora tenemos que ser hombres de verdad —dice Jack, girándose para mirarlo directamente a los ojos con la firmeza del adulto que volvió a tomar las riendas—.

Por primera vez en nuestra vida, no podemos limitarnos a cuidar de Henry como si tuviera doce años ni a fingir que no pasa nada.

Tenemos que hablar con él. Los tres. Sin mentiras, sin máscaras de modelos y sin muros de contención.

—Henry no quiere vernos, Jack. No ha salido de su habitación en dos días salvo para coger agua.

—Pues tendrá que vernos —sentencia Jack, poniéndose de pie con ese paso pesado y decidido—. Porque esta casa no se va a destruir por cobardía. Y si Margott se ha ido convenciéndose de que es la culpable de nuestro desastre, le debemos la verdad a ella también.

Jack le tiende la mano a su hermano menor.

Alexander mira la palma ancha y tatuada de Jack. Tras un segundo de duda, estira la suya y la envuelve con fuerza. Jack tira de él hacia arriba, ponendolo de pie sobre el parquet del vestidor.

Alexander se limpia las lágrimas de la cara con la manga de la camiseta, respirando hondo por primera vez en cinco días.

El chico coqueto y descarado no ha vuelto, pero en su lugar hay un hombre que acaba de aceptar la verdad de su corazón y que está dispuesto a encarar las consecuencias, sea cual sea el precio que tenga que pagar.

—Vamos a buscar al enano —dice Jack.

Y mientras los dos hermanos mayores salen del vestidor hacia el pasillo del ala este, la casa empieza a crujir de nuevo, no como un sepulcro que se desmorona, sino como una estructura que se prepara para el golpe definitivo de la verdad.