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CAPÍTULO 15 La mirada

Hay instantes en los que el tiempo no transcurre en segundos, sino en la tensión invisible que se acumula en el aire de una habitación antes de que salte la primera chispa.

Es viernes por la tarde. Una lluvia fina, casi imperceptible, empaña los cristales del gran ventanal del salón principal.

La mansión está en un silencio tenso, de esos que preceden a las tormentas de verdad.

Henry se ha encerrado en la biblioteca para asistir a una videoconferencia larga con el equipo de desarrollo de Frankfurt; nos ha pedido dos horas de tranquilidad absoluta porque la reunión decide la renovación de su contrato anual.

Yo me he quedado en el salón, sentada en uno de los sofás de piel frente a la chimenea apagada, intentando avanzar con el diseño de una papelería corporativa en mi portátil.

O eso intento.

Porque a tres metros de mí, apoyado contra la isla de la cocina de planta abierta que conecta con el salón, está Alexander.

Lleva un jersey holgado de lana gris oscuro y unos pantalones de chándal negros.

Va descalzo, como de costumbre. Sostiene una taza de café entre las manos, pero no está bebiendo.

Me observa. No con la sonrisa juguetona ni con el descaro habitual que suele gastar cuando quiere provocarme; me mira con una fijeza pesada, densa, con los ojos verdes reducidos a dos rendijas de luz que me queman la piel incluso a través de la pantalla del ordenador.

Intento ignorarlo. Muevo el puntero del ratón, ajusto el interlineado de una fuente tipográfica, pero el pulso me traiciona. Mi mano tiembla imperceptiblemente sobre el trackpad.

—Vas a romper el teclado si sigues apretando la barra espaciadora con esa rabia —menciona Alexander. Su voz es apenas un murmullo grave que atraviesa el espacio entre los dos.

—Estoy trabajando, Alexander —respondo sin levantar los ojos del monitor, tratando de sonar distante.

—No estás trabajando. Estás huyendo —corrige él, dándose la vuelta para dejar la taza de café sobre el granito.

Escucho sus pasos descalzos sobre la madera. Un segundo después, la sombra de su cuerpo se proyecta sobre mi mesa de centro.

Alexander se acerca. No se sienta en el sofá de enfrente ni mantiene la distancia de respeto.

Se inclina sobre el respaldo del sofá donde yo estoy sentada, apoyando sus codos a escasos centímetros de mi hombro.

Su rostro queda tan cerca de mi oreja que puedo sentir el calor de su piel y ese perfume sutil a madera dulce que me revuelve el estómago.

—¿Hasta cuándo vas a seguir fingiendo que no me ves cuando entro en una habitación, Margott? —susurra.

El aliento me falla. Giro la cabeza despacio para encararlo, encontrándome con sus ojos verdes a menos de diez centímetros de los míos.

—Tengo que fingirlo —digo en un hilo de voz—. Porque tu hermano está en la habitación de al lado. Y porque yo quiero a Henry.

Alexander no se aparta. Su mirada desciende un segundo hacia mis labios, un movimiento lento, casi inconsciente, que hace que una descarga de electricidad pura me recorra la columna vertebral de arriba abajo.

—Sé que quieres a Henry —murmura, y por primera vez hay un deje de dolor real en su tono—. El problema no es que lo quieras a él. El problema es que me miras a mí como si quisieras quemar el mundo entero.

Se me corta la respiración. Deslizo la mano hacia el borde del sofá, intentando buscar un punto de apoyo para ponerme de pie y salir corriendo, pero en ese mismo instante Alexander estira los dedos.

No me agarra. Solo roza con la yema de su índice la piel descubierta de mi muñeca.

Un contacto mínimo. Una caricia helada que se vuelve fuego al instante.

Nuestras miradas se quedan enganchadas en un duelo silencioso, hambriento y dolorosamente prohibido.

Y es exactamente en ese segundo cuando la puerta doble que conecta el salón con el pasillo del estudio de música se abre sin hacer ruido.

Jack está de pie en el umbral.

Lleva su jersey negro habitual, los vaqueros oscuros y una funda de guitarra colgada del hombro. Se ha detenido en seco al cruzar el umbral.

Sus ojos azul helado no tardan ni un milisegundo en registrar la escena: Alexander inclinado sobre mi hombro, los dedos de su hermano menor rozando mi muñeca, mi rostro encendido por el rubor y la absoluta incapacidad de los dos para reaccionar o disimular la electricidad que nos rodea.

El silencio en la estancia se vuelve de plomo.

Alexander no retira la mano de inmediato, pero su cuerpo se congela. Yo me separo bruscamente hacia el otro lado del sofá, cerrando el portátil de golpe con un chasquido que resuena como un disparo en la penumbra del salón.

Jack no dice nada. No grita. No hace un gesto dramático.

Se limita a mirarnos. Su mirada pasa de los dedos de Alexander a mi rostro pálido, y luego a la puerta cerrada de la biblioteca donde Henry sigue trabajando.

Es una mirada pesada, fría, cargada de un conocimiento tan devastador que siento ganas de que la tierra se abra bajo mis pies y me trague entera.

Jack deja caer la funda de la guitarra al suelo con un impacto sordo sobre la alfombra.

—Margott —dice con esa voz grave, rasposa y plana que no transmite ninguna emoción—. Henry ha terminado su reunión. Ha dicho que si querías que os acercarais a la cafetería del pueblo a por té.

—Sí... —alcanzo a articular, poniéndome de pie con las piernas flojas—. Sí, voy a buscarlo.

Paso por el lado de Jack sin atreverme a mirarlo a los ojos. Puedo sentir la radiación de su presencia, la tensión rígida de sus hombros y la frialdad de su mirada siguiéndome hasta que me pierdo por el pasillo hacia la biblioteca.

Diez minutos después, tras asegurarme de que Henry está distraído recogiendo sus papeles en la biblioteca, me quedo parada en la galería del piso superior, apoyada en la barandilla de madera que da al vestíbulo principal.

Abajo, junto a la puerta de entrada, la escena se desarrolla en voz baja, pero con una intensidad destructiva.

Jack y Alexander están de pie uno frente al otro en el centro del suelo de mármol.

Jack tiene las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros, la mandíbula apretada con tanta fuerza que se le marcan los músculos del cuello. Alexander, en cambio, se pasa la mano por el pelo castaño con una agitación que raras veces deja ver en público.

—Estás perdiendo el control, Alexander —escucho decir a Jack. La voz del hermano mayor no se eleva, pero cada palabra tiene la contundencia de un martillazo sobre piedra.

—No estoy haciendo nada, Jack —se defiende Alexander, utilizando su frase de siempre, aunque esta vez suena hueca, desprovista de cualquier seguridad.

—A mí no me vengas con tus cuentos de mierda —le corta Jack, dando un paso hacia él. La diferencia de postura es brutal: Jack es el muro inflexible; Alexander es la tormenta acorralada—. Te vi. Vi cómo la mirabas. Vi cómo te miraba ella. ¿Te has vuelto completamente loco?

Alexander aprieta los puños a los lados de su cuerpo. Apoya la espalda contra la consola de caoba, respirando con dificultad.

—No lo he buscado, Jack —confiesa Alexander en un murmullo roto, dejando caer la cabeza hacia atrás contra la pared—.

Te lo juro por mi vida que no lo he buscado.

Empezó como una tontería... como siempre.

Quería picarla un poco. Quería ver cómo se ponía nerviosa.

Pero se me ha ido de las manos. No puedo evitarlo.

Cada vez que entra en una habitación, pierdo la cabeza.

Jack se queda en silencio un segundo. Sus ojos azules se fijan en su hermano pequeño con una mezcla de rabia y una profunda, dolorosa decepción.

—Es la novia de Henry, Alex —recuerda Jack con una frialdad lacerante—. Es la chica de la que el enano lleva cuatro meses hablándonos como si fuera un milagro. Si cruzas esa línea, no solo vas a destrozar a Henry: vas a destrozar esta casa.

—¿Crees que no lo sé? —estalla Alexander en un susurro desesperado, encarando a su hermano—. Me despierto todas las noches odiándome por esto. Miro a Henry a la cara y me siento como una rata. Pero no puedo apagarlo, Jack. No sé cómo coño apagarlo.

Jack cierra los ojos un segundo. Se pasa la mano por la cara, dejando salir un suspiro pesado que le hace temblar el tórax.

—Pues vas a tener que aprender —sentencia Jack, abriendo los ojos para clavar su mirada helada en Alexander—. Vas a distanciarte de ella. Vas a dejar de hacer tus bromecitas, vas a dejar de buscarla por las esquinas y vas a volver a comportarte como su hermano. Esto se acaba hoy.

Alexander sostiene la mirada de Jack. Por un momento creo que va a rebelarse, que va a sacar el orgullo descarado que siempre le caracteriza. Pero no lo hace. La lealtad hacia Henry y el peso de su propia culpa son más fuertes.

—Está bien —murmura Alexander, bajando la cabeza en un gesto de rendición absoluta—. Tienes razón. Voy a parar.

Jack asiente despacio. Pero en lugar de dar la vuelta e irse, se queda mirando a su hermano con una fijación extraña, casi inquisitiva.

—Y tú no me mires a mí como si fueras el Santo Padre, Jack —suelta de pronto Alexander, levantando la vista con un destello de perspicacia repentino—. Que yo no soy el único que se ha dado cuenta de cómo la miras tú.

El suelo parece desaparecer bajo mis pies en la galería superior. Aprieto las manos contra la barandilla de madera para no soltar un jadeo.

Jack se queda completamente rígido. Su rostro no cambia de expresión, pero sus hombros se tensan de una forma casi inhumana.

—¿De qué coño estás hablando? —pregunta Jack con la voz peligrosamente baja.

—Hablo de que te vi el lunes saliendo de la biblioteca con ella —dice Alexander, dando un paso hacia su hermano mayor, sus ojos verdes brillando con un fuego oscuro—.

Hablo de la forma en que te pones cuando ella tiene una crisis, de cómo te aseguras de que nadie la moleste y de cómo te quedas mirando la puerta cada vez que ella sale de una habitación.

¿Crees que no te conozco, Jack? Llevo toda la vida viéndote proteger las cosas.

Pero esto no es protección. Tú también sientes algo por ella.

El silencio que sigue a las palabras de Alexander es tan denso que puedo oír el latido de mi propio corazón retumbando en mis oídos.

Jack no niega la acusación. No salta con una respuesta tajante. Simplemente se queda parado en mitad del vestíbulo de mármol, mirando a su hermano con una fijeza terrible.

—Yo sé cuáles son mis límites, Alexander —dice finalmente Jack en un hilo de voz que suena a cristal rompiéndose—. Y sé perfectamente lo que le debo a esta familia.

—Todos sabemos lo que debemos —murmura Alexander, dando media vuelta y encaminándose hacia las escaleras que suben al piso superior—. El problema es si vamos a ser capaces de pagarlo.

Alexander empieza a subir los escalones con paso pesado, sin levantar la cabeza.

Me pego a la pared del pasillo para que no me vea, con el corazón golpeándome las costillas con la violencia de un martillo.

Escucho los pasos de Alexander perderse hacia su dormitorio en el ala oeste y, abajo en el vestíbulo, el sonido de la puerta principal al abrirse y cerrarse con fuerza cuando Jack sale solo a la lluvia.

Me quedo apoyada contra la pared del pasillo, en la penumbra de la primera planta.

Los dos lo saben.

Alexander sabe lo que siente por mí, pero ha prometido parar por lealtad a Henry. Y Jack... Jack sabe que la tormenta ya nos ha atrapado a los tres, pero intenta mantenerse como el muro que evita el desastre.

Y sin embargo, mientras escucho a Henry salir de la biblioteca tarareando una canción en voz baja mientras me busca para ir a por ese té, me doy cuenta de lo amargo de la realidad:

Los dos intentan convencerse de que pueden detener esto. Los dos han prometido frenar. Pero cuando las miradas ya han dicho todo lo que había que decir, las promesas de buena voluntad solo sirven para retrasar unos días el momento exacto en que la casa entera termine saltando por los aires.