Demasiado cerca CAPÍTULO 16 La peor idea del mundo
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CAPÍTULO 16 La peor idea del mundo

Hay decisiones que no se toman con la cabeza, sino con esa inercia suicida que te empuja a dar un paso al frente cuando ya estás parado al borde del precipicio.

Son las tres de la madrugada del sábado.

La mansión duerme bajo un manto de silencio absoluto, roto únicamente por el azote constante de la lluvia contra los cristales y el viento que aúlla suavemente entre los robles del jardín.

En la segunda planta, Henry duerme a mi lado con esa respiración rítmica, limpia y pacífica que lo caracteriza.

Me ha rodeado la cintura con un brazo, pegando su cuerpo al mío de esa forma tranquila que solía ser mi refugio y que ahora, con el peso de los últimos días aplastándome el pecho, se siente como una condena de culpa.

No puedo respirar en esa cama.

Me desprendo del brazo de Henry con una lentitud milimétrica, conteniendo el aliento cada vez que él se remueve en sueños. Me deslizo fuera del nórdico, me pongo los pantalones de chándal grises y una sudadera negra tres tallas más grande. Voy descalza.

Necesito agua. Necesito aire. Necesito alejarme de esa habitación donde la honestidad pura de Henry me quema las entrañas.

Bajo la monumental escalera de nogal sin encender las luces, guiándome por los destellos dorados que las farolas del jardín proyectan sobre el mármol del vestíbulo. Mi intención es llegar a la cocina, servirme un vaso de agua helada y quedarme allí hasta que el pulso se me estabilice.

Sin embargo, al llegar al final de la escalera, veo un hilo de luz tenue saliendo por la puerta entreabierta del estudio de música del sótano.

Me detengo en el último escalón.

Del interior del estudio no sale el ruido de una guitarra eléctrica ni el ritmo de una batería. Sale el sonido suave, rasposo y pausado de una guitarra acústica marcando una progresión de tres acordes menores. Una melodía melancólica, repetitiva, que suena a noche larga y a pensamientos oscuros.

Mis pies se mueven hacia el piso inferior antes de que mi cabeza pueda procesar la imprudencia.

Bajo los escalones de piedra del sótano. La puerta del estudio está entornada unos diez centímetros. Asomo la cabeza con cuidado, apoyando la mano en el marco de madera fría.

Jack está sentado en un taburete alto de piel negra en el centro de la sala, bajo un único foco de luz cálida que cuelga del techo.

Lleva unos vaqueros negros y una camiseta gris de tirantes que deja al descubierto la musculatura de sus hombros y la densidad de sus tatuajes.

Sostiene una guitarra acústica de madera oscura sobre el muslo.

Tiene los ojos cerrados, la cabeza inclinada hacia el instrumento y un cigarrillo apagado entre los labios.

No hay alfombras lujosas ni cuadros antiguos aquí. Es un espacio de paredes insonorizadas, cables ordenados en el suelo, amplificadores de tubos y guitarras colgadas en soportes. Es el santuario de Jack.

Me quedo parada en el umbral, sin atreverme a respirar para no romper la intimidad del momento.

—Si vas a quedarte ahí de pie congelándote los pies, mejor entra y cierra la puerta —dice Jack sin abrir los ojos y sin interrumpir el rasgueo suave de las cuerdas.

Me sobresalto ligeramente.

—No quería interrumpirte —mormullo, dando un paso titubeante hacia el interior del estudio.

—No interrumpes —responde él.

Abre los ojos despacio. Sus iris azul helado me enfocan en la penumbra de la sala, reflejando la luz tenue del foco superior.

Deja de tocar, apoya la mano sobre las cuerdas para apagar la reverberación de la madera y se quita el cigarrillo apagado de la boca, dejándolo sobre la mesa de mezclas contigua.

Me quedo parada a tres metros de él, cruzando los brazos sobre el pecho para protegerme del aire fresco del sótano.

—¿Tampoco puedes dormir? —pregunta Jack. Su voz suena aún más grave de lo habitual, rasgada por la falta de sueño y por las horas de silencio.

—No —admito, mirando mis pies descalzos sobre el suelo de parqué—. Mi cabeza no se apaga.

Jack asiente despacio, sin sorpresa. Se levanta del taburete con ese paso lento y medido que le caracteriza, deja la guitarra con cuidado en su soporte de pared y camina hacia un pequeño sofá de piel negra que hay en la esquina de la estancia.

Se sienta en uno de los lados, estira las piernas y da un par de palmaditas sobre el cuero del asiento contiguo.

—Siéntate —dice sencillamente.

Sé que debería dar media vuelta. Sé que estar a las tres de la madrugada a solas con Jack O’Connell en un estudio insonorizado en el sótano de la mansión es, con una diferencia abismal, la peor idea del mundo.

Es la imprudencia definitiva, la chispa que puede hacer arder la pólvora que llevamos días acumulando.

Y sin embargo, camino hacia el sofá.

Me siento en el otro extremo, recogiendo las piernas sobre el cuero y abrazando mis rodillas contra el pecho. La distancia entre los dos es de apenas medio metro, pero el espacio cerrado del estudio hace que su presencia física se sienta abrumadora.

—¿Por qué no estás dormida, Margott? —pregunta Jack, fijando sus ojos claros en mi rostro.

—Por lo de esta tarde —confieso, sabiendo que mentirle a Jack a estas alturas es un ejercicio inútil—. Os escuché en el vestíbulo. A ti y a Alexander.

Jack se queda en silencio un segundo. No hay sorpresa en sus facciones; solo una leve inclinación de cabeza que demuestra que ya había considerado la posibilidad de que estuviera escuchando.

—Alexander es un idiota que no sabe medir las consecuencias de lo que dice —comenta Jack, apoyando la cabeza contra el respaldo del sofá.

—Alexander dijo la verdad —le contradigo con firmeza, mirándolo directamente a los ojos—. Dijo que tú también me miras de una forma que no deberías. Dijo que tú también sientes algo.

El aire en el estudio se vuelve denso de golpe.

Jack no salta. No niega la acusación con brusquedad como hizo con su hermano. Se limita a girar la cabeza sobre el cuero del sofá para mirarme, manteniendo un contacto visual tan limpio y directo que me quema por dentro.

—¿Y tú qué piensas? —pregunta él en un murmullo grave que me hace temblar las pestañas.

—Pienso que me estoy volviendo loca, Jack —admito, y las lágrimas que llevo horas reteniendo amenazan con brotar en mis ojos—. Pienso que llegué a esta casa buscando seguridad con Henry, buscando una vida tranquila... y ahora me siento como si estuviera destruyendo todo lo que toco.

—Tú no estás destruyendo nada —dice Jack con rotundidad.

—¡Sí lo estoy haciendo! —exclamo en un susurro desesperado, bajando la voz para que no retumbe en el sótano—.

Alexander ha prometido parar por culpa de lo que siente por mí.

Tú estás noches sin dormir en este estudio intentando no cruzar una línea...

Y Henry... Henry sigue arriba, durmiendo en su cama, confiando en mí como si fuera una santa.

Si supiera lo que pasa por mi cabeza, se moriría.

Jack me observa en silencio. Su rostro se ensombrece, cruzado por una pincelada de dolor puro que deja al descubierto la grieta en su fachada de hombre invulnerable.

Se mueve en el sofá. Acorta la distancia entre los dos, deslizándose por el cuero hasta quedar sentado justo enfrente de mí.

—Henry es el enano —dice Jack con una voz que roza el susurro, cargada de una lealtad feroz—.

Es mi hermano pequeño. Le he cambiado los pañales, le he curado las rodillas cuando se caía y me he peleado en la calle para que nadie le tocara un pelo.

No hay nada en este mundo que yo valore más que la felicidad de Henry.

—Lo sé —murmuro, sintiendo un nudo en la garganta.

—Pero no soy de piedra, Margott —continúa Jack, y por primera vez hay un hilo de vulnerabilidad desgarra en su tono—.

Llevo tres semanas viéndote intentar ser perfecta.

Viéndote tragar la ansiedad, viéndote buscar un lugar en esta casa...

Te he tenido entre mis brazos en la biblioteca mientras llorabas y sentí cómo tu corazón latía contra el mío.

¿Crees que para mí es fácil mirar hacia otro lado?

Siento que el corazón se me va a salir del pecho.

—Jack...

—Te he mirado a los ojos y he visto a una mujer maravillosa, inteligente y rota que necesita que la quieran sin condiciones —sigue él, acercándose un poco más.

Su mano sube despacio y, sin pedir permiso, sus dedos envuelven mi nuca por debajo del pelo, sosteniéndome con una firmeza cálida que me deja sin aliento—.

Y me he pasado las últimas tres noches odiándome a mí mismo porque una parte de mí...

una parte egoísta y oscura... querría ser el hombre que te diera todo lo que te falta.

El impacto de sus palabras me deja paralizada.

Siento el calor de su palma en mi nuca, la respiración acelerada de Jack rozándome los labios y la verdad absoluta de su confesión suspendida en el aire como una sentencia.

No hay el fuego juguetón de Alexander. Esto es diferente. Esto es la entrega profunda, pesada y devastadora de un hombre que ha luchado con todas sus fuerzas contra sus propios sentimientos y que acaba de perder la batalla en la penumbra de un estudio de música.

Me inclino hacia adelante de forma instintiva.

No puedo evitarlo. La atracción hacia Jack no es solo física; es una necesidad desesperada de refugio, de ser comprendida por alguien que conoce mis sombras sin juzgarme.

Nuestros rostros quedan a dos centímetros de distancia.

Puedo ver cada línea de su cara, el brillo azul de sus ojos en la oscuridad, la curva de su boca temblando levemente por el autocontrol. Siento el calor de sus labios tan cerca de los míos que el aire entre los dos quema.

Jack no se aparta. Sus ojos bajan hacia mi boca y una sombra de deseo salvaje, contenido durante días, cruza sus facciones.

Es el momento.

Estamos a un milímetro de cruzar la frontera. Si me acerco un poco más, si le beso ahora, la mentira se habrá terminado. Habremos cruzado la línea roja que destruirá la familia O’Connell para siempre.

Siento que el tiempo se detiene. El latido de mi corazón y la respiración entrecortada de Jack son los únicos sonidos en el estudio.

Y entonces, en el límite exacto del precipicio, Jack se congela.

Veo la lucha interna desatarse en sus ojos azul helado. Veo la imagen de Henry proyectarse en su mente. Veo el recuerdo del niño al que cuidaba en Bermondsey interponerse entre su boca y la mía con la fuerza de un muro de hormigón.

Jack cierra los ojos con una mueca de dolor físico.

Aprieta los dientes con tanta fuerza que los músculos de su mandíbula se le vuelven blancos. Su mano en mi nuca se afloja despacio, deslizándose por mi cuello hasta apoyarse con delicadeza en mi hombro, empujándome suavemente hacia atrás.

Se detiene.

—No —susurra Jack. La palabra sale de su garganta como un raspón roto, lleno de una angustia devastadora—. No podemos hacer esto, Margott.

Me quedo sin respiración, mirándolo con los labios entreabiertos y las pestañas temblando.

—Jack...

—Si te beso ahora —continúa él, abriendo los ojos para mirarme con una tristeza infinita—, no habrá vuelta atrás. No podremos mirar a Henry a la cara jamás. Y tú te vas a odiar a ti misma el resto de tu vida por haberlo hecho.

Las lágrimas que llevaba reteniendo se escapan finalmente por mis mejillas, rodando calientes hacia mi barbilla.

Tiene razón. Dios mío, tiene toda la razón.

Si hubiera cruzado esa frontera con Jack, el arrepentimiento y la culpa me habrían destruido por dentro antes de que saliera el sol. Jack acaba de salvarnos a los dos del abismo con el último aliento de su autocontrol.

Me limpio el rostro con la manga de la sudadera, asintiendo despacio con la cabeza.

—Lo siento —consigo articular en un hilo de voz—. Lo siento tanto, Jack...

—No pidas perdón —pide él, estirando el pulgar para secarme con delicadeza una lágrima del pómulo—. No hemos hecho nada.

Pero la frase suena falsa. Los dos sabemos que no es verdad.

No nos hemos besado. No ha habido un contacto físico explícito.

Pero la frontera emocional ha sido demolida por completo.

Hemos confesado lo que sentimos en voz alta.

Nos hemos mirado a los ojos a un milímetro de distancia y hemos aceptado que la atracción existe, que es real y que nos está quemando por dentro a los tres.

Ya no podemos fingir.

Ya no podemos volver a ser la novia educada y el hermano mayor responsable que habla de música en la biblioteca. La verdad ha quedado al descubierto en este sótano y ya no hay máscara que pueda ocultarla.

Jack se pone de pie despacio, frotándose la cara con las dos manos con un gesto de cansancio infinito.

—Vuelve arriba, Margott —dice con voz baja y cansada—. Vuelve a la cama con Henry.

Me levanto del sofá con las piernas temblorosas. Le dedico una última mirada a Jack, que sigue de pie bajo el foco de luz cálida, con los hombros caídos y la vista fija en el suelo.

Salgo del estudio de música en silencio.

Subo las escaleras del sótano y cruzo el vestíbulo a oscuras como un fantasma. Entro en el dormitorio de Henry y me deslicé bajo el nórdico con un cuidado infinito.

Henry se remueve en sueños al sentir mi cuerpo frío. Se gira hacia mí de forma automática, me envuelve con sus brazos y apoya su barbilla en mi cabeza, dejando salir un murmullo satisfecho antes de volver a dormirse profundamente.

Me pego a su pecho, escuchando su corazón rítmico y tranquilo.

Cierro los ojos en la penumbra de la habitación, sintiendo las lágrimas frías secarse en mis mejillas.

No nos hemos besado. No hemos cruzado la línea. Pero mientras escucho la lluvia repicar contra el cristal de la ventana, me doy cuenta de la aterradora verdad de nuestra situación:

El secreto ya es demasiado grande para caber en esta casa. Y el silencio que intentamos mantener para proteger a Henry no es más que la calma que precede a la grieta definitiva que va a fracturar a la familia O’Connell para siempre.