CAPÍTULO 14 Lo sabes
El aire de la mansión se ha vuelto espeso, pesado de una forma casi física.
No es el frío del otoño exterior ni la humedad que se cuela por los ventanales de la biblioteca; es una corriente eléctrica invisible que cruza los pasillos de la segunda planta y que parece concentrarse en cada rincón donde dos de nosotros coincidimos a solas.
Han pasado tres días desde mi crisis de ansiedad.
Desde esa tarde, la dinámica en la casa ha sufrido una alteración sutil pero irreversible.
En la superficie, todo sigue funcionando con la normalidad caótica de los O’Connell: Henry pasa las mañanas trabajando frente a sus monitores en la biblioteca, Alexander entra y sale hacia Londres para sus compromisos de agencia y Jack se pasa horas encerrado en el estudio de música del sótano, de donde apenas sale el sonido amortiguado de una guitarra acústica marcando acordes lentos.
Pero debajo de esa superficie pulcra, la realidad se está desmoronando a trozos.
Es un jueves por la tarde. Henry ha tenido que bajar un momento al garaje con Alexander para revisar un problema con el motor del coche viejo que los tres comparten.
Me he quedado sola en el salón pequeño de la primera planta, una estancia íntima con paredes de papel pintado oscuro, una chimenea de ladrillo visto y dos sillones de cuero gastado que dan a los jardines traseros.
Estoy sentada en la alfombra, apoyada contra el frontal de uno de los sillones, intentando leer un libro sobre la historia del diseño gráfico. No he pasado de la página catorce. Mis ojos leen las mismas tres líneas una y otra vez sin procesar el significado de las palabras.
Escucho los pasos pesados que se acercan por el pasillo.
No necesito levantar la vista para saber de quién se trata. La cadencia es lenta, constante, sin prisa pero con una firmeza que hace vibrar suavemente los tablones de la madera.
Jack entra en el salón.
Lleva su jersey negro de cuello redondo, los vaqueros ajustados y una taza de té humeante en la mano derecha. Se detiene bajo el marco de la puerta. Sus ojos azul helado, siempre atentos, siempre analíticos, se fijan en mí de inmediato.
No dice «hola». Tampoco sonríe. Simplemente se limita a estar allí, llenando la estancia con esa presencia sombría y reconfortante que desde el lunes me produce una mezcla de aliviador refugio y un pánico silencioso.
—Henry está en el garaje con Alexander —digo, rompiendo el silencio antes de que el aire se vuelva demasiado denso—. Estaban mirando algo del radiador.
—Lo sé —responde Jack con esa voz grave y rasposa—. Alexander es incapaz de cambiar un fusible sin montar un drama de diez minutos. Henry terminará haciéndolo solo.
Avanza por la alfombra con paso tranquilo.
No se sienta en el sofá principal ni se aleja hacia la ventana.
Camina hasta el sillón de cuero donde estoy apoyada y se deja caer en el suelo, a poco más de medio metro de mí, cruzando las piernas largas con una soltura que contrasta con la tensión que empieza a apretarme el pecho.
Deja su taza de té en el suelo, entre los dos.
—¿Cómo estás hoy? —pregunta.
La pregunta es sencilla, pero pronunciada por Jack tiene la contundencia de un interrogatorio de primer grado.
—Estoy bien —miento de inmediato, pasándome una mano por el pelo ondulado para colocarme un mechón detrás de la oreja.
Jack se apoya contra la base del sillón, igual que yo. Ladea la cabeza para mirarme de perfil. Sus ojos claros se vuelven más oscuros bajo la luz dorada de la lámpara de pie.
—Margott —pronuncia mi nombre con esa lentitud pausada, dándole a cada sílaba un peso físico que me hace temblar las manos—. Prometimos no mentirnos el otro día en la biblioteca.
Trago saliva con dificultad. Aprieto el libro contra mis rodillas.
—De verdad estoy bien, Jack. No he vuelto a tener ningún ataque. Estoy durmiendo mejor y...
—No te estoy preguntando por la ansiedad —me interrumpe él con suavidad, pero con una rotundidad que me corta el aliento—.
Te estoy preguntando por lo que tienes en la cabeza.
Por lo que estás pensando cuando te quedas mirando fijamente a la nada durante la cena.
Por lo que sientes cuando Alexander se acerca a ti más de la cuenta.
El corazón me da un vuelco salvaje contra las costillas.
Siento que el rostro se me tiñe de una palidez mortal. Miro a Jack, buscando desesperadamente en sus facciones la prueba de que se trata de un farol, de un comentario al azar para ponerme a prueba. Pero no hay farol.
En los ojos azul helado de Jack O’Connell no hay lugar para la duda. Me está mirando con una lucidez quirúrgica, leyendo cada capa de mi secreto, cada pensamiento que llevo días intentando enterrar en lo más profundo de mi consciencia.
Él lo sabe.
Dios mío, él lo sabe todo.
Sabe que las palabras de Alexander en la biblioteca calaron hondo en mi autoestima.
Sabe que la presencia de Alexander me hace temblar la piel de una manera que nada tiene que ver con la angustia.
Sabe que me siento culpable cada vez que Henry me besa y que mi mente se escapa hacia territorios prohibidos en mitad de la noche.
—Tú... no sabes lo que estoy pensando —susurro, y la voz me sale con un hilo de pánico infantil que me avergüenza.
Jack deja escapar una risa corta, rasposa, desprovista de cualquier burla. Es una risa amarga, cargada de una fatiga antigua.
—Te conozco más de lo que crees, Margott —dice en un murmullo grave, inclinándose un poco hacia mí—.
Conozco a Alexander desde que nació. Sé cuándo mi hermano está jugando y sé cuándo ha dejado de jugar.
Y te conozco a ti desde hace dos semanas, pero te he visto lo suficiente para saber cómo se te mueve la respiración cuando estás a punto de romperte.
Me quedo petrificada. No me muevo. No me atrevo ni a pestañear.
—Alexander no disimula nada —continúa Jack, y su voz baja un tono más, convirtiéndose en una confesión íntima destinada únicamente a nosotros dos—.
Se le nota en los ojos cada vez que entras en una habitación.
Se le nota en la forma en que te busca con la mirada cuando habla. Y a ti... a ti se te nota en la culpa.
La palabra culpa cae entre los dos con el impacto de un bloque de hielo golpeando la madera del suelo.
Siento que las lágrimas me pican detrás de los párpados. Intento apartar la mirada, girarme hacia la chimenea para no tener que encarar la demoledora verdad de sus palabras, pero la voz de Jack vuelve a detenerarme.
—Mírame, Margott.
No lo hago. Me niego a mirarle. Aprieto las mandíbulas, sintiendo el temblor de mis labios.
—Mírame —repite él, y esta vez su mano se mueve.
No es un gesto brusco. Desliza dos dedos con una delicadeza infinita por la línea de mi mandíbula, obligándome a girar la cara hacia él.
Sus dedos están ardientes, de yemas duras y ásperas, pero el roce en mi piel es tan suave que me produce un escalofrío que me baja directo por la columna vertebral.
Obligada por su toque, clavo mis ojos en los suyos.
La distancia entre nuestros rostros se ha reducido a menos de veinte centímetros. Puedo ver el matiz gris en el azul de sus iris, la cicatriz pequeña que tiene en el labio superior y la respiración pausada y pesada que le sube por el tórax.
—Tú sabes que algo ha cambiado —dice Jack en un susurro rasposo que me eriza cada vello del cuerpo—. Y sabes que yo lo sé.
—Jack... por favor —pido, y mi voz es una súplica desesperada—. No digas nada más. No lo hagas.
—No estoy diciendo nada que no esté pasando ya en esta casa —recala él, sin retirar sus dedos de mi mandíbula.
Su pulgar acaricia la piel de mi pómulo con un ritmo lento, dolorosamente constante—.
Estás atrapada en mitad de un incendio, Margott.
Tienes a Henry ofreciéndote una vida tranquila que no sabes si es suficiente, tienes a Alexander quemándote la piel con la mirada...
y me tienes a mí, que llevo tres días sin poder pegar ojo porque no dejo de pensar en la forma en que te agarraste a mi pecho en la biblioteca.
El mundo se detiene.
Las palabras de Jack caen sobre mí con una fuerza devastadora.
Hasta este preciso segundo, yo me había convencido de que Jack era el espectador imparcial.
El adulto responsable. El muro sólido que observaba la tormenta desde la distancia para mantener la cordura del grupo.
Me había convencido de que su ayuda durante mi ataque de pánico era el puro gesto fraternal de un hombre que sabe cuidar a la gente.
Pero al escuchar la brusca honestidad de su confesión, al sentir el temblor imperceptible en los dedos con los que sostiene mi rostro, la ilusión se derrumba por completo.
Jack no es un espectador.
Jack está metido de cabeza en la misma tormenta.
Sus ojos azul helado me miran con una intensidad tan profunda, tan cargada de un deseo contenido y doloroso, que siento que me falta el aire de nuevo.
Pero esta vez no es ansiedad. Es una atracción física y emocional abrumadora, una fuerza de gravedad gravitacional que me empuja directamente hacia él.
—Tú... tú no deberías mirarme así —consigo decir, con la respiración entrecortada.
—No debería —asiente Jack con total sinceridad, sin apartar la vista de mis labios—. Ninguno de los dos debería estar haciendo esto. Henry es mi hermano. Es el enano. Daría la vida por él sin pestañear.
—Entonces para —suplico, aunque no hago el menor ademán de apartar su mano de mi cara.
—Lo intento —dice Jack, y una sonrisa amarga, triste y hermosa se dibuja en sus labios—.
Llevo tres días intentando convencerme de que solo soy el hermano mayor que te echó una mano cuando te estabas ahogando.
Pero cada vez que te veo entrar en el salón, cada vez que escucho tu risa...
no puedo evitar preguntarme qué pasaría si no me detuviera.
Siento que el corazón me va a reventar dentro del pecho.
La tensión en la habitación es tan densa que parece un hilo a punto de romperse.
Ninguno de los dos dice explícitamente lo que está ocurriendo.
Ninguno pronuncia las palabras "amor", "deseo" ni "traición".
Pero los dos sabemos, con una certeza aterradora, que la frontera entre nosotros acaba de ser pulverizada.
Ya no hay marcha atrás.
Jack mantiene sus dedos en mi mejilla un segundo más, dejando que el calor de su piel se me quede grabado en la memoria. Luego, con una lentitud llena de autocontrol, retira la mano despacio.
Se apoya de nuevo en la base del sillón, dejando salir un suspiro largo y pesado que le hace vibrar el tórax.
—Henry va a subir en un par de minutos —menciona con su tono grave habitual, recuperando la coraza con una rapidez pasmosa.
Me quedo sentada en la alfombra, con la piel de la cara ardiendo en el lugar donde sus dedos me han tocado y las piernas flojas por el impacto de la conversación.
Muevo los labios para decir algo, para buscar una salida, una frase que devuelva la historia a su cauce seguro, pero mi cerebro es incapaz de articular nada.
Jack coge su taza de té del suelo. Se pone de pie con ese paso lento y medido, estirando su estatura colosal frente a mí. Me dedica una última mirada, una mirada cargada de una complicidad oscura, sabia y peligrosa.
—Ya no podemos fingir que no sentimos nada, Margott —dice en un susurro destinado solo a mis oídos—. Puedes intentar engañar a Henry. Puedes intentar engañarte a ti misma. Pero a mí no me puedes engañar.
Da media vuelta y sale del salón con su paso constante.
Unos segundos después, el sonido de las risas de Alexander y Henry resuena en el pasillo, anunciando que han terminado su trabajo en el garaje.
Me quedo sola en la alfombra.
Cierro el libro de historia del diseño gráfico que sostengo en las manos. Mis dedos tiemblan tanto que apenas puedo encajar el punto de lectura entre las páginas.
Miro hacia la puerta por la que acaba de salir Jack.
El peligro ya no es solo Alexander. Ya no es solo la tentación física del modelo descarado que me desafía a mirarlo.
Ahora tengo frente a mí la fuerza de atracción de Jack O’Connell: la comprensión absoluta, la seguridad madura y un deseo silencioso que me quema por dentro con una intensidad mucho mayor.
Tengo a tres hermanos en mi vida. Y mientras escucho la voz de Henry entrar en el salón preguntándome si quiero un café, me doy cuenta de que la fractura ya ha comenzado, y de que la primera víctima de este incendio voy a ser yo.