CAPÍTULO 11 No estoy haciendo nada
Hay una diferencia abismal entre la provocación ingenua y la tensión deliberada.
Hasta este fin de semana, los comentarios de Alexander formaban parte de una dinámica casi cómica: el hermano modelo que intenta descolocar a la novia tímida de su hermano pequeño por pura diversión.
Pero desde la conversación en la biblioteca, la frontera ha quedado pulverizada.
Ya no hay teatro. No hay un personaje de pasarela exagerando su encanto para sacarle una sonrisa a una desconocida.
Lo que hay ahora es un juego limpio, silencioso y devastador.
Y lo peor de todo es que Alexander no necesita cruzar ninguna línea explícita para que el aire a nuestro alrededor se vuelva irrespirable.
Es lunes por la tarde. Nos hemos quedado en la mansión dos días más porque la empresa de Henry le ha concedido trabajar en remoto durante toda la semana para supervisar la migración de datos desde un entorno seguro.
Yo he trasladado mi estudio improvisado a una de las mesas de la terraza acristalada del ala este, un espacio luminoso rodeado de ventanales que dan a los jardines traseros y donde la luz del otoño entra con un brillo limpio y frío.
Estoy concentrada en la pantalla de mi portátil, ajustando el boceto de una etiqueta de vino para un viñedo local. Llevo unos pantalones de chándal cómodos, un jersey fino de color crema y mi pelo sujeto en un moño desordenado.
El sonido de la puerta corredera de la terraza al abrirse me hace dar un leve brinco.
Alexander entra en la estancia. Lleva unos pantalones de algodón oscuro y una camiseta blanca ajustada. Huele a jabón de afeitar, a limpio y a ese perfume sutil con notas de madera que ya se me ha quedado grabado en el sistema nervioso.
Sostiene dos manzanas rojas en la mano.
No dice nada. Camina hacia mi mesa con ese paso elástico y silencioso que me pone la piel de gallina instantáneamente. Se detiene justo al lado de mi silla.
—Traigo avituallamiento —dice en un murmullo bajo, dejando una de las manzanas sobre la madera de la mesa, exactamente a dos centímetros de mi ratón.
—Gracias —respondo sin levantar la mirada de la pantalla, intentando que mis dedos sobre el teclado no tiemblen—. No hacía falta.
—Me gusta ser servicial —responde él.
Pero no se va.
En lugar de alejarse o sentarse en la mesa de enfrente, Alexander se inclina sobre mi hombro. No me toca. Su cuerpo permanece a escasos tres centímetros del mío, pero la cercanía es tan extrema que puedo sentir la radiación de calor que emana de su pecho contra mi espalda.
Se apoya con una mano en el respaldo de mi silla y con la otra en el borde de la mesa, encerrándome sutilmente en un marco de músculo, aire caliente y aroma a madera.
—¿Qué es esa etiqueta? —pregunta, rozando con el codo el borde de mi jersey.
El contacto es breve, insignificante, el roce fortuito de dos prendas de ropa. Pero el impacto en mi cuerpo es inmediato: se me erizan los vellos del brazo y el pulso se me dispara en el cuello con la violencia de un chasquido.
—Es para un cliente de Burdeos —alcanzo a articular, obligándome a mantener la vista fija en la pantalla aunque los vectores de la etiqueta hayan empezado a desdibujarse ante mis ojos.
—El verde del fondo es demasiado oscuro —comenta él, y su aliento tibio me roza la piel sensible que queda al descubierto entre mi cuello y la línea del jersey—. Apaga el diseño. Deberías usar un tono más oliva. Un tono que se parezca al de tus ojos cuando te da la luz de la mañana.
Me quedo helada.
Giro la cabeza despacio para mirarlo. Al hacerlo, mi rostro queda a menos de cinco centímetros del suyo.
Puedo ver la comisura de sus labios elevada en una curva diminuta, el destello verde de sus pupilas y la forma en que sus ojos bajan un milisegundo hacia mi boca antes de volver a clavar en los míos.
—Alexander —digo, tratando de darle a mi voz la dureza que exige la situación—. Aléjate un poco, por favor.
Alexander no retrocede. Al contrario: ladea ligeramente la cabeza, mirándome con una inocencia tan perfectamente fingida que resulta insultante.
—¿Por qué? —pregunta en un susurro grave—. ¿Te molesto?
—Estás demasiado cerca.
—Solo estoy mirando tu trabajo, Margott —responde, y su pulgar, de forma aparentemente casual, roza la esquina de la mesa, a un milímetro de mi mano—. No estoy haciendo nada.
«No estoy haciendo nada.»
Esa es su frase. Su escudo perfecto.
No me está besando. No me está diciendo barbaridades.
No está tocándome de una forma que pueda catalogarse de agresión ni de falta de respeto abierta.
Es una provocación basada en los matices: en la proximidad innecesaria, en los comentarios con doble sentido, en las miradas que se sostienen dos segundos más de lo socialmente aceptable, en la forma en que su cuerpo siempre encuentra la manera de ocupar el espacio que me rodea.
Es un acoso sutil, exasperante y ridículamente adictivo.
—Sabes perfectamente lo que estás haciendo —murmuro, apretando las manos sobre el borde de la mesa para no ceder al impulso de tocarlo.
Alexander suelta un suspiro bajo, roncamente seductor, y por un segundo su mirada se vuelve oscura, intensa, cargada de una intención que no necesita palabras.
—Quizá —admite en un hilo de voz—. Pero te gusta.
Siento que el rostro me arde a una temperatura volcánica.
La verdad de su afirmación me golpea en el estómago con la fuerza de un puñetazo.
Porque ese es el verdadero drama de esta situación: no es solo que Alexander O’Connell me esté provocando deliberadamente; el problema es que yo he empezado a responder.
Llevo tres días buscando su presencia de forma inconsciente.
Me descubro conteniendo la respiración cada vez que escucho sus pasos descalzos por el pasillo.
Me arreglo el pelo antes de bajar a la cocina por si está allí.
Y cuando él se acerca, cuando desliza una frase cargada de intención o roza mi brazo al pasar a mi lado en el comedor, una corriente de adrenalina pura me recorre las venas, haciéndome sentir viva, deseada y peligrosamente despierta.
Es un juego de fuego cruzado. Ninguno de los dos cruza la línea roja que destruirá la familia, pero los dos caminamos por el borde del precipicio con una fascinación suicida.
—Vete, Alexander —pido, y esta vez la voz me sale con un hilo de súplica real.
Alexander me observa durante tres segundos más. Ve la lucha interna en mis ojos, ve el pánico que me provoca la atracción que siento por él y ve la culpabilidad que está empezando a carcomerme por dentro.
Satisfecho con la reacción, se incorpora despacio. Da un paso atrás, devolviéndome mi espacio de golpe y dejándome con una sensación de frío repentino en la piel.
—Nos vemos en la cena, preciosa —dice, dándole un bocado a su manzana roja antes de darse la vuelta y salir de la terraza con su paso elástico.
Me dejo caer contra el respaldo de la silla, llevándome las manos a la cara. Mi corazón late como un tambor desbocado en mi pecho.
La culpabilidad alcanza su punto de ebullición esa misma noche, durante la cena.
Estamos los cuatro en el comedor formal de la casa. Jack ha pedido comida china de un restaurante tradicional del centro de Londres y ha desplegado las cajas de cartón sobre la mesa de caoba.
Henry está sentado a mi lado. Lleva su jersey de punto azul marino, tiene la frente ligeramente cansada tras diez horas peleándose con los servidores de Fráncfort y me atiende con la devoción de siempre.
—Te he separado los fideos sin cilantro, Margott —dice Henry con voz dulce, alcanzándome un cuenco de cerámica que él mismo ha preparado para mí—. Y le he dicho al restaurante que no pusieran salsa de cacahuete porque sé que no te gusta la textura.
Le miro. Sus ojos oscuros brillan con esa honestidad limpia, transparente y absoluta que me enamoró desde el primer día.
Henry confía ciegamente en mí. Confía en su hermano.
No hay ni un solo pensamiento turbio en su cabeza.
Mientras me sirve el té de jazmín en una taza, me sonríe con esa paz de hombre enamorado que se siente completamente seguro en su mundo.
Siento una punzada de dolor tan agudo en el corazón que el aire se me atasca en la garganta.
Trago saliva con dificultad, aceptando el cuenco de fideos con manos temblorosas.
—Gracias, Henry —consigo decir, intentando que la voz no me tiemble.
—De nada, mi amor —responde él, inclinándose para darme un beso suave en la sien.
Levanto la vista del cuenco de fideos y tropiezo inevitablemente con la mirada de Alexander.
Alexander está sentado justo enfrente de nosotros, al otro lado de la mesa. Sostiene sus palillos de madera con elegancia descuidada. Nos observa. Presencia el gesto de cariño de Henry, ve la forma en que su hermano me besa la sien y ve la palidez que ha cubierto mi rostro de golpe.
Su expresión se transforma.
Por un segundo, la provocación juguetona de la tarde desaparece de su cara.
En su lugar aparece una mueca de conflicto amargo, de culpabilidad soterrada.
Alexander sabe lo que está haciendo. Sabe que cada mirada que me dedica, cada roce «casual» y cada comentario con doble sentido es una grieta en la confianza de la única persona a la que juró proteger cuando era un niño en Bermondsey.
Nuestras miradas se cruzan sobre la mesa de caoba.
Un silencio denso, cargado de una tensión eléctrica y dolorosa, se instala entre los dos a través del espacio que separa nuestras sillas.
Ninguno de los dos dice nada. Ninguno de los dos hace un gesto fuera de lugar.
Pero en ese cruce de miradas hay una confesión implícita que nos quema la sangre a ambos: sabemos que hay una frontera invisible entre nosotros, sabemos que cruzarla sería destruir esta casa...
y aun así, los dos sabemos que el deseo está ahí, creciendo en la penumbra como una mala hierba imposible de arrancar.
Alexander baja la vista hacia su plato de fideos, apretando la mandíbula con una dureza que no le había visto nunca.
Jack, que está sentado en la cabecera de la mesa en silencio, da un sorbo a su cerveza. Sus ojos azul helado van lentamente de la cara de Alexander a la mía, y luego a la de Henry, que sigue tranquilamente cenando sin enterarse de nada.
Jack no dice una sola palabra. Pero la forma en que aprieta su copa de cristal deja claro que el hermano mayor acaba de darse cuenta de que la tormenta ya no está en la puerta de la casa: la tormenta ha entrado en el salón y está a punto de destruirlos a todos.