Demasiado cerca CAPÍTULO 10 Preciosa #2
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CAPÍTULO 10 Preciosa #2

—No estaba... —intento mentir, pero su mirada es tan transparente y tan incisiva que la mentira se me muere en la garganta—. Da igual, Alexander. Es una estupidez mía. A veces se me olvidan las cosas y me pongo tonta.

—No es una estupidez —dice él, y su voz tiene un filo de molestia contenida que me sorprende—.

Llevas desde que llegaste a esta casa caminando como si tuvieras miedo de romper el suelo.

Pides perdón por existir, te pones roja cada vez que alguien te mira más de dos segundos y estás convencida de que eres una nota discordante en este lugar.

Me quedo helada. Es como si me estuviera leyendo el pensamiento línea por línea.

—No estoy...

—Cállate y escúchame —me interrumpe él con suavidad, pero con una rotundidad que no admite réplica—.

No voy a decirte lo que la gente suele decir en estos casos para quedar bien.

No voy a soltarte el discurso barato de que «la belleza está en el interior» ni ninguna de esas gilipolleces que escriben en las tazas de desayuno.

Se acerca un par de centímetros más. Siento el calor de su respiración rozándome el cuello.

—Esas chicas de la revista —continúa Alexander, señalando con la cabeza hacia la mesa sin apartar los ojos de mi cara— son maniquíes.

Son hermosas de una forma simétrica y aburrida.

Me he acostado con docenas de ellas, Margott.

Sé exactamente cómo hablan, cómo se mueven y cómo miran.

No hay nada detrás de esa fachada. Son cáscaras vacías preocupadas por si la luz les da en el ángulo equivocado o por si han comido diez calorías de más.

—Alexander, no tienes por qué hablar así de...

—Hablo de ellas porque sé de lo que hablo —sigue él, implacable—. Pero tú... tú eres una historia completamente diferente.

Trago saliva con dificultad. Siento que el aire en la biblioteca se ha vuelto demasiado espeso para respirarlo con normalidad.

—¿Qué quieres decir? —alcanzo a articular en un hilo de voz.

Alexander suelta un suspiro largo, y por un segundo veo una sombra de frustración en sus ojos verdes. Es como si estuviera luchando contra sí mismo, contra la necesidad de decir algo que sabe que no debería decir, pero la urgencia de romper mi coraza es más fuerte que sus cautelas.

Desliza una de sus manos desde el apoyabrazos del sillón hasta mi mejilla.

Sus dedos están ardientes. La yema de su pulgar roza la piel de mi pómulo con una delicadeza que me hace temblar de pies a cabeza. Un escalofrío eléctrico nace en el punto de su contacto y se extiende por toda mi columna vertebral como un incendio forestal.

—Quiero decir que eres jodidamente preciosa, Margott —dice él.

La palabra preciosa sale de su boca con una fuerza física, una verdad cruda y desprovista de cualquier adorno que me deja sin respiración.

—Alexander, por favor... —intento protestar, apartando ligeramente la cabeza, pero su mano se mantiene firme en mi rostro, acunando mi mandíbula con una soltura posesiva que me impide huir.

—No, no voy a dejar que te desvíes —insiste él, mirándome directamente a los ojos con una fijeza que me quema por dentro—.

Eres una mujer absurdamente atractiva. Tienes unos ojos claros que cambian de color según la luz y que lo dicen todo antes de que abras la boca.

Tienes una piel suave que dan ganas de tocar todo el tiempo.

Tienes un cuerpo con curvas reales, con carne, con calor...

Un cuerpo que hace que cualquier hombre con sangre en las venas quiera perder el sentido.

Siento que las mejillas me arden a una temperatura volcánica. El corazón me da vuelcos tan violentos que temo que él pueda escucharlos en el silencio de la estancia.

—No digas eso —susurro, sintiendo que los ojos se me llenan de lágrimas por la abrumadora presión emocional del momento—. Estás diciendo tonterías para subirme la moral.

Alexander deja escapar una risa seca, roncamente seductora, y se acerca aún más. Su rostro está tan cerca del mío que nuestras narices casi se rozan. Puedo ver cada pestaña de sus ojos verdes, puedo sentir el calor de su cuerpo envolviéndome por completo.

—¿Crees que yo necesito inventarme nada para decirte esto?

—pregunta en un murmullo que me eriza cada vello del cuerpo—.

Margott, me paso la vida rodeado de las mujeres más deseadas del planeta.

Podría tener a casi cualquiera de ellas si levantara un dedo.

Y desde que entraste por esa puerta el viernes con tu vestido verde y tu bizcocho de limón, no he podido dejar de mirarte ni un solo segundo.

El mundo se detiene en seco.

El sonido del viento afuera, el crepitar lejano de la caldera de la casa, el zumbido de mis propios pensamientos... todo se disuelve en una nada absoluta. Solo quedamos él y yo en este rincón de la biblioteca.

—No entiendo cómo puedes ser tan ciega —continúa Alexander, su voz bajando a un susurro roncamente intimo mientras su pulgar acaricia el borde de mi labio inferior, enviando descargas de calor directo a mi vientre—.

No entiendo cómo no te das cuenta del efecto que causas.

Tienes una forma de moverte, de sonreír cuando estás nerviosa, de mirar con esa mezcla de inteligencia e inseguridad que resulta mil veces más peligrosa y deseable que cualquier modelo de pasarela.

Siento que el suelo desaparece bajo mis pies.

Intento buscar en su rostro el gesto de la broma. Busco la sonrisa descarada, la chispa de burla infantil, el tono coqueto e insustancial con el que suele dirigirse a la gente. Pero no hay nada de eso.

Lo que veo en los ojos de Alexander es una verdad absoluta. Una honestidad desnuda, hambrienta y dolorosamente sincera.

Y eso es precisamente lo que me aterra.

Porque si fuera una broma, si fuera el típico juego de un hombre acostumbrado a flirtear por inercia, sería fácil de ignorar. Sería fácil ponerme la coraza, soltar un sarcasmo y pasar página.

Pero le creo.

Dios mío, le creo.

Siento que sus palabras se filtran por las grietas de mi autoestima destrozada, llenando los vacíos que Marcos dejó con un fuego nuevo, ardiente y adictivo. Me siento deseada. Me siento vista. Me siento hermosa de una forma salvaje y real que jamás en mi vida he experimentado.

Alexander nota el cambio en mi respiración. Siente el temblor que recorre mi cuerpo bajo sus dedos y ve la forma en que mis pupilas se dilatan al absorber su confesión.

Una chispa de satisfacción pura y peligrosa brilla en sus ojos verdes.

—Te lo crees —murmura él, con una sonrisa pequeña y victoriosa que le arruga la esquina de los labios—. Por fin te lo estás creyendo.

—Alexander... esto está mal —consigo decir, con el último hilo de razón que me queda en el cerebro—. Soy la novia de Henry.

El nombre de Henry cae entre los dos como una losa de hormigón.

El rostro de Alexander se sombra ligeramente. No se aparta de inmediato, pero la intensidad de su mirada se tiñe de un dolor sutil, de un conflicto interno feroz que deja al descubierto la lealtad que le tiene a su hermano menor.

—Sé de quién eres novia, Margott —dice en un murmullo bajo, y su mano abandona mi mejilla con una lentitud casi agónica, dejando una estela de frío en mi piel donde antes había fuego—. Lo sé perfectamente. Y no voy a intentar quitársela a Henry. Jamás le haría eso al enano.

Se pone de pie despacio, recuperando su estatura colosal. Se pasa la mano por el pelo castaño, respirando hondo para calmar la agitación de su propio pecho.

—Pero no voy a mentirte —añade, mirándome desde arriba con una seriedad que me atraviesa el alma—.

No voy a pretender que no me pareces la mujer más increíble que ha cruzado esa puerta en años.

Y no voy a dejar que te mires al espejo y pienses que eres menos que nadie.

Si Henry no te dice todos los días lo hermosa que eres, te lo diré yo. Aunque sea lo único que pueda hacer.

Me quedo sentada en el sillón de cuero, incapaz de articular una sola palabra. Mi cuerpo sigue latiendo con la fuerza del impacto emocional, mis labios siguen hormigueando por la cercanía de su boca y mis manos tiemblan sobre el tapizado del sillón.

Alexander coge su taza de café de la mesa auxiliar. Me dedica una última mirada, una mirada cargada de una ternura oscura y peligrosa, y da media vuelta para salir de la biblioteca con su paso silencioso sobre la alfombra.

Me quedo sola.

El silencio de la gran estancia vuelve a envolverme, pero esta vez no es un silencio frío. Es un silencio saturado de electricidad, de una promesa no escrita que acaba de quedar suspendida en el aire de la mansión.

Me llevo las manos a la cara. Siento las mejillas ardientes, el pulso desbocado en el cuello y una sensación de mareo dulce que me asusta más que cualquier amenaza física.

Le he creído.

Le he creído cuando me ha dicho que soy preciosa. Le he creído cuando me ha dicho que resulta imposible dejar de mirarme. Le he creído cuando ha dicho que las mujeres de su mundo son cáscaras vacías comparadas conmigo.

Y en mitad de la penumbra de la biblioteca, mientras escucho los pasos lejanos de Henry bajando las escaleras para buscarme tras haber terminado su trabajo con los servidores, me doy cuenta de la aterradora verdad:

Lo peligroso no es que Alexander O’Connell haya empezado a mirarme de esa manera.

Lo verdaderamente peligroso es que a mí me ha gustado tanto escucharlo que ya no sé cómo voy a mirar a Henry a los ojos sin sentir que acabo de traicionarlo en lo más profundo de mi corazón.