CAPÍTULO 10 Preciosa
El domingo por la mañana la mansión amanece envuelta en una bruma espesa y blanca que parece haber borrado los límites del mundo exterior. Los jardines ingleses, vistos a través de las altas ventanas del salón principal, parecen un lienzo inacabado grabado en tonos de gris, verde musgo y ocre.
Henry ha tenido que encerrarse en la biblioteca antes del desayuno.
Un ataque de denegación de servicio en uno de los servidores de su cliente principal en Fráncfort ha hecho sonar las alarmas de su teléfono a las siete de la mañana, arrancándolo de la cama con esa urgencia fría y metódica que le transforma el rostro en una máscara de pura lógica.
Me besó la frente mientras yo aún estaba a medio despertar, prometió que tardaría «un par de horas como máximo» y se esfumó por el pasillo con su portátil bajo el brazo.
Así que aquí estoy.
Sola en la inmensa biblioteca contigua al salón, sentada en un sillón de orejas de cuero burdeos que huele a cera de abejas y a libros antiguos, con las piernas cruzadas sobre la tapicería y un té que se ha ido enfriando gradualmente sobre la mesa auxiliar de caoba.
Sobre mis rodillas descansa una revista de moda internacional. La trajo Jack ayer por la tarde junto con un taco de correspondencia y ha estado reposando en la mesa de centro hasta que mi curiosidad —o mi tendencia masoquista a buscar razones para sentirme fuera de lugar— me ha llevado a abrirla.
Es el número de este mes. En la portada, y desplegado en un editorial de doce páginas en el interior, está Alexander.
Miro las fotografías en papel satinado con una fascinación hipnótica y dolorosa.
En las imágenes, Alexander viste trajes de alta costura con cortes arquitectónicos, abrigos de piel sintética que valen más que el presupuesto anual de mi agencia de diseño y camisas de seda desabrochadas hasta el estómago.
Aparece posando en las calles de París al atardecer, flanqueado por dos modelos profesionales.
Son mujeres de una belleza deshumanizada, casi alienígena: piernas infinitas, pómulos tan afilados que podrían cortar el aire, pieles impecables desprovistas de cualquier poro o imperfección y una mirada distante, calculadora, que parece mirar al mundo desde un pedestal inaccesible.
En una de las fotos, una de esas chicas —una rusa de diecinueve años con ojos de un azul transparente y un vestido transparente de perlas— apoya la mano sobre la mandíbula de Alexander mientras él mira fijamente a la cámara con esa sonrisa enigmática y perezosa que paraliza a cualquiera.
Cierro la revista de golpe. El chasquido de las páginas al chocar entre sí retumba en la tranquilidad de la biblioteca como un disparo.
Dejo la publicación sobre la mesa y me miro las manos.
Mis uñas no tienen una manicura perfecta; hay un par de pequeñas manchas de tinta china en el nudillo de mi dedo corazón, residuo de un proyecto de tipografía manual que estuve haciendo la semana pasada.
Me paso la mano por el pelo ondulado, sintiendo los pequeños enredos naturales que el aire húmedo de la mañana ha creado en mi nuca.
Llevo unos vaqueros sencillos, un jersey de punto beige tres tallas más grande que me queda caído sobre un hombro y mis botas de piel gastadas.
Una risa amarga me brota en la garganta.
¿Qué demonios estoy haciendo aquí? , me pregunto, sintiendo cómo esa garra fría y familiar que creía haber dejado atrás en Londres vuelve a cerrarse sobre mi pecho.
La sombra de Marcos renace de las cenizas de mi memoria con una precisión destructiva.
Recuerdo el día en que fuimos a aquella boda de un compañero de su despacho de abogados.
Recuerdo cómo me miró de arriba abajo en el recibidor de nuestro antiguo piso, con una mueca de sutil decepción, antes de decirme: «¿De verdad vas a ponerse ese vestido, Margott?
Es un poco... ordinario, ¿no? Intenta no llamar mucho la atención.
Hay gente bastante importante en la cena» .
Me pasé toda esa noche sentada en una esquina del salón del banquete, con una copa de vino en la mano, sintiéndome invisible, inadecuada, como una intrusa que se había colado en una fiesta a la que no pertenecía.
Marcos terminó la noche bailando con una chica de la agencia de publicidad de su empresa: una mujer alta, rubia, pulcra, que reía con el volumen exacto y movía los hombros con una elegancia estilizada.
Dos meses después, descubrí que llevaba acostándose con ella desde la primavera.
Aprieto los ojos con fuerza, tragándome el nudo amargo que se me forma en la garganta.
No es que Henry me haga sentir así. Henry es maravilloso.
Henry me adora, me cuida y me repite que soy perfecta para él.
Pero Henry vive en esta mansión. Su sangre es la misma que fluye por las venas de una estrella del rock y de un hombre que se pasea por las portadas de Vogue rodeado de diosas de pasarela.
Ellos pertenecen a una categoría distinta de seres humanos.
Son criaturas diseñadas para ser admiradas, para ocupar espacio, para dominar las estancias por las que caminan.
Yo soy solo Margott. Una chica caótica, insegura, con la autoestima fracturada, que se ahoga en un vaso de agua cuando un cliente le pide tres cambios en un vector.
—Si sigues apretando los dientes con esa fuerza, vas a romparte una muela, preciosa.
La voz me hace dar un salto en el sillón.
Me giro hacia la entrada de la biblioteca.
Alexander está apoyado contra el marco de madera de la puerta doble.
Lleva unos pantalones de chándal negros, sencillos, y una camiseta gris básica de manga corta.
Va descalzo. Su pelo castaño está un poco revuelto, como si acabara de levantarse de la cama tras las pocas horas de sueño que durmió después de nuestra conversación de madrugada en la cocina.
Sostiene dos tazas de café en las manos.
No lleva el maquillaje de las fotos, ni los trajes de miles de libras, ni la iluminación artificial de París. Pero aun así, en su estado más crudo y cotidiano, su presencia física es una fuerza de la naturaleza que llena la habitación por completo.
—No te he oído entrar —consigo decir, intentando recomponer mi postura y alisarme el jersey sobre las piernas con un gesto torpe.
—Nadie me oye entrar cuando voy descalzo —sonríe él, cruzando la estancia con ese paso elástico y silencioso.
Avanza hacia la mesa auxiliar donde está mi té frío. Deja una de las tazas de café sobre la madera y se apoya en el borde del escritorio de roble que hay justo enfrente de mi sillón, a menos de un metro de distancia.
Me observa desde arriba. Sus ojos verdes, claros e increíblemente atentos bajo la luz grisácea de la mañana, analizan mi rostro con una minuciosidad que me hace querer encogerme.
—¿Qué estabas mirando con tanta concentración? —pregunta, inclinando la cabeza hacia la revista de moda que descansa boca abajo sobre la mesa.
—Nada —respondo deprisa, intentando apartarla con el pie del sillón para que no la vea—. Solo... ojeando.
Alexander estira la pierna con una agilidad pasmosa, engancha el borde de la revista con la punta del pie y la arrastra hacia él antes de que pueda evitarlo. Se inclina, la coge y la da la vuelta.
Al ver su propia cara en la portada y la solapa marcada en el reportaje interior que yo estaba leyendo, una pequeña sonrisa cansada se dibuja en sus labios.
—Ah —murmura, arrojando la revista de nuevo sobre la mesa con una indiferencia absoluta—. Esa basura.
—No es basura —protesto de forma automática, buscando una salida airosa—. Las fotografías son increíbles. La composición de la luz en la escena de la plaza es una maravilla técnica.
—Las fotos están ultraprocesadas, Margott —corrige él, apoyándose de nuevo en el escritorio y cruzando los brazos sobre el pecho—.
Tengo tres capas de maquillaje en la cara para tapar las ojeras de un vuelo de diez horas, la luz está corregida digitalmente y la ropa está ajustada por detrás con seis pinzas de plástico para que parezca que me queda perfecta. Es un truco de magia barato.
—Aun así —mormullo, bajando la mirada hacia mis botas—, las chicas que salen contigo son espectaculares. Parecen esculturas.
El silencio que sigue a mi comentario se vuelve denso de golpe.
Me muerdo el labio inferior de inmediato, recriminándome internamente la estupidez de mi frase.
He dejado al descubierto mi inseguridad con la torpeza de un niño pequeño.
Es ridículo. Es vergonzoso. Tengo veinticinco años y estoy actuando como una adolescente acomplejada ante el hermano de mi novio.
Intento ponerme de pie para huir de la biblioteca.
—Voy a ver si Henry necesita ayuda con la conexión de...
—Siéntate, Margott.
El tono de Alexander no es un grito. Tampoco es una orden brusca. Es una frase pronunciada con una gravedad tan baja, tan contenida y tan llena de autoridad que mis piernas obedecen antes de que mi cerebro pueda procesar la orden. Me vuelvo a dejar caer en el sillón de cuero.
Alexander no se queda apoyado en el escritorio.
Se mueve. Se agacha frente a mí, doblando las rodillas hasta que sus ojos verdes quedan exactamente a la misma altura que los míos.
Sus pies descalzos se apoyan sobre la alfombra persa y sus manos grandes descansan sobre los apoyabrazos de mi sillón, encerrándome sutilmente en mi sitio sin llegar a tocarme.
La cercanía es devastadora.
Huele a su piel limpia, al café recién hecho y a esa nota sutil de bergamota que parece emanar de él de forma natural. Puedo ver los pequeños destellos dorados en el iris de sus ojos verdes y el pequeño roce de barba de dos días que le marca la mandíbula.
Mi corazón empieza a martillear contra mis costillas con una fuerza salvaje.
—¿De verdad estabas comparándote con las chicas de la revista? —pregunta en un susurro grave, directo, desprovisto de cualquier atisbo de burla.