CAPÍTULO 9 Alexander #2
—Te pasas la vida intentando salir del pozo —dice, y sus ojos verdes se clavan en los míos con una intensidad desgarradora—.
Te matas a trabajar porque tienes pavor a volver a pasar frío, a no tener dinero para comer, a ser un nadie...
Y cuando consigues llegar arriba, te das cuenta de que te has convertido en un maniquí de escaparate al que todo el mundo mira, pero al que nadie conoce.
A nadie le importa una mierda quién soy yo cuando las luces se apagan. Solo quieren al tipo de las portadas.
Las palabras de Henry sobre la infancia de los hermanos resuenan en mi cabeza con la fuerza de un impacto físico.
«Alexander tenía diez años y decidió que si la vida era una mierda, él se encargaría de que pareciera un circo.»
Miro al hombre que tengo enfrente. Ya no veo al modelo internacional ni al conquistador descarado que ponía a prueba mi paciencia en la cocina.
Veo al niño de diez años que aprendió a sonreír para que sus hermanos no tuvieran miedo, y que ahora se encuentra atrapado en su propio espectáculo, prisionero de una máscara que él mismo construyó para sobrevivir.
Siento una punzada de dolor tan profunda en el pecho que me cuesta respirar.
—A tus hermanos sí les importa —digo con rotundidad, deslizando una mano sobre la mesa de madera hasta dejarla a un par de centímetros de la suya—. A Henry y a Jack les importas tú, Alexander. No el tipo de las portadas. Les importa el chico que inventaba historias para que no tuvieran miedo.
Alexander se queda inmóvil.
Sus ojos verdes se dilatan ligeramente al escuchar mis palabras. Pestañea, visiblemente conmocionado. La mención de su infancia, pronunciada con esa certeza directa por mí, le quita el aire por un segundo.
Se queda mirando mi mano sobre la mesa. Despacio, como si tuviera pánico de romper el momento, estira sus dedos largos y cubre mi mano con la suya.
Su palma está tibia, ligeramente húmeda por la lluvia, pero tiene una firmeza que me hace temblar por dentro. No es el toque provativo de esta tarde en la cocina. No es el juego coqueto. Es un agarre humano, desesperado, el contacto de alguien que busca un ancla en mitad de una tormenta oscura.
—Henry te lo ha contado —murmura en un hilo de voz.
—Me contó de dónde venís —asiento con suavidad—. Me contó lo que hicisteis los tres para salir adelante.
Alexander deja escapar un risa seca, un suspiro amargo que se pierde en la penumbra de la cocina.
—Henry es demasiado bueno —dice, mirando nuestras manos entrelazadas sobre la madera—. Henry cree que fuimos héroes. La realidad es que solo éramos tres críos aterrorizados intentando no ahogarnos.
—Eso os convierte en héroes, Alexander —afirmo con vehemencia, apretando sus dedos con los míos—. No tenéis que disculparos por haber sobrevivido. Ni tú tienes que pedir perdón por sentirte agotado.
Alexander levanta la cabeza. Me mira a los ojos. Y en la penumbra de esa cocina gigantesca, bajo la luz cálida de la lámpara de la isla, veo desmoronarse la última capa de su coraza.
No hay actuación. No hay pose. Hay un hombre de veintiocho años, hermoso, roto, infinitamente cansado, que me mira con una vulnerabilidad tan absoluta que siento que el mundo entero se detiene a nuestro alrededor.
—Estaba tan cansado, Margott... —confiesa, y su voz tiembla ligeramente—.
Llevo meses sintiéndome así. Como si estuviera actuando en una obra de teatro que ya no me divierte.
Esta noche, en el avión, solo podía pensar en llegar a casa.
En ponerme unos pantalones viejos, sentarme en el suelo y no tener que sonreír a nadie.
—Pues ya estás en casa —le digo con calidez—. Y no tienes que sonreír si no quieres.
Una pequeña sonrisa, la primera sonrisa sincera, verdadera y desprovista de cualquier artimaña que le veo en todo el fin de semana, se dibuja en la comisura de sus labios. Es una sonrisa pequeña, tímida, que le arruga los ojos de una forma hermosa.
—Eres diferente, ¿sabes? —murmura, acariciándome el dorso de la mano con el pulgar.
El movimiento es tan suave, tan infinitamente delicado, que me pone la piel de gallina—.
Cuando Henry nos habló de ti, pensé que serías otra persona.
Alguien que se deslumbraría por la casa, por el dinero, por mi trabajo...
O alguien que saldría corriendo a los cinco minutos.
—Estuve a punto de salir corriendo —admito con autoironía, sacándole una pequeña risita baja.
—Pero no lo hiciste —recala él, sin apartar sus ojos verdes de los míos—. Te quedaste. Aguantaste a mis hermanos, hiciste un bizcocho de limón delicioso y ahora estás aquí, a las dos de la mañana, escuchando a un idiota quejarse de su vida perfecta.
—No eres un idiota, Alexander.
—A veces sí lo soy —reconoce, inclinándose un poco sobre la mesa, acortando la distancia entre nuestros rostros—. Especialmente cuando intento pasarme de listo contigo.
El aire en la cocina se vuelve denso de golpe. La conversación profunda y sincera empieza a dar paso a una tensión diferente, una corriente subterránea de magnetismo puro que siempre parece existir cuando estoy demasiado cerca de él.
Pero esta vez no es el juego descarado del modelo. Es algo mucho más peligroso. Es la atracción que nace de haber visto el alma del otro en la oscuridad.
Alexander me mira con una fijeza abrumadora. Sus ojos verdes recorren mis facciones con una atención minuciosa, como si estuviera descubriendo por primera vez la curva de mis pómulos, el desorden de mi pelo ondulado cayendo sobre la sudadera de Henry y la claridad de mis ojos.
Siento que el pulso se me acelera en el cuello. Debería retirar la mano. Debería ponerme de pie, desearle buenas noches y subir las escaleras corriendo hacia el dormitorio de Henry.
Pero no me muevo. Estoy petrificada, fascinada por la verdad que veo en la mirada de Alexander.
—Cuando te vi esta tarde en la cocina —dice él en un murmullo grave, casi un secreto destinado solo a las paredes de la estancia—, pensé que solo quería provocar un poco a la novia de mi hermano. Ver cómo te ponías nerviosa. Divertirme un rato.
Se detiene. Su pulgar vuelve a acariciar mi piel, dibujando círculos lentos sobre mis nudillos.
—Pero ahora me doy cuenta de que no es un juego, Margott —continúa, y su tono se vuelve aterradoramente honesto—.
Eres la primera persona en años que me ha mirado a la cara sin querer nada de mí.
Que me ha hecho una infusión porque me veía cansado, no porque quisiera pedirme una foto o hacerme una pregunta sobre mi trabajo.
—Alexander... —intento articular su nombre, pero la voz se me atasca en la garganta.
—Tranquila —interviene él de inmediato, notando el pánico florecer en mis ojos.
No retira la mano, pero su mirada se ablanda con una ternura infinita—.
No voy a hacer nada. No voy a cruzar ninguna línea.
Sé perfectamente de quién eres novia. Sé que Henry te adora.
Y yo adoro a Henry más que a mi propia vida.
Aprieta mis dedos con delicadeza una última vez antes de soltar mi mano despacio.
—Solo quería decirte la verdad —añade, incorporándose en la silla—. Me alegro de que estés aquí, Margott. De verdad.
Se levanta de la mesa con una soltura renovada, aunque el cansancio sigue presente en su rostro. Coge su taza de té vacía y la deja en el fregadero. Luego se gira hacia mí, metiendo las manos en los bolsillos de sus vaqueros.
—Deberías irte a la cama —dice con suavidad—. O el enano se despertará, no te encontrará a su lado y empezará a buscarte por la casa con una hoja de cálculo en la mano.
Suelto una risa contenida, un sonido débil que rompe la carga emocional del ambiente. Me pongo de pie, sintiendo que me flojean ligeramente las piernas.
—Buenas noches, Alexander —digo.
—Buenas noches, preciosa —responde él.
Esta vez, el apelativo preciosa no suena como una provocación. Suena como un susurro cálido, como un título otorgado en la intimidad de la noche que ninguno de los dos puede devolver.
Camino hacia la salida de la cocina. Antes de cruzar la puerta, me giro un segundo para mirarlo.
Alexander sigue de pie junto a la isla, bajo la luz dorada de la lámpara. Me observa alejarme con una sonrisa pequeña, serena y profundamente agradecida.
Subo las escaleras hacia la segunda planta en un estado de trance. Mis pies descalzos penas hacen ruido sobre el suelo de madera.
Entro en el dormitorio de Henry. Él sigue durmiendo exactamente en la misma postura, sumido en ese sueño tranquilo de las personas que nunca han tenido que dudar de su lugar en el mundo.
Me deslizo bajo el nórdico con cuidado. Me pego a su espalda, buscando su calor, envolviendo su cintura con mi brazo. Henry se remueve ligeramente en sueños, deja escapar un murmullo incomprensible y busca mi mano para entrelazar sus dedos con los míos de forma automática.
Siento el olor a limpio de Henry, su respiración constante, la seguridad absoluta que me ofrece su cuerpo.
Le quiero. Dios sabe que le quiero.
Pero mientras cierro los ojos e intento conciliar el sueño en la penumbra del dormitorio, la cara de Alexander en la cocina —sus ojos verdes despojados de la coraza, su mano ardiente sobre la mía y la devastadora honestidad de sus palabras— permanece grabada a fuego en mi mente.
Alexander O’Connell ha dejado de jugar.
Y el problema, el terrible y pavoroso problema que me mantiene despierta hasta que empieza a amanecer, es que yo he empezado a verle a él de una manera que jamás creí posible.