CAPÍTULO 9 Alexander
El silencio de la mansión a las dos de la mañana no es un silencio pacífico. Es una masa densa, un peso físico que cruje en las vigas de madera antigua y retumba en las paredes de piedra como el eco sordo de una respiración gigante.
Llevamos el fin de semana instalado en la casa.
Henry tenía que revisar una migración de datos compleja para su empresa y prefirió quedarse en la biblioteca de la mansión, donde tiene dos pantallas grandes instaladas y una conexión de fibra dedicada que Jack mandó poner hace un par de años.
A estas horas, Henry duerme a mi lado en la cama de matrimonio de su dormitorio.
Y cuando digo que duerme, quiero decir que está sumergido en un trance absoluto: acostado boca arriba, con las manos cruzadas sobre el pecho en una postura ridículamente pulcra y una respiración tan rítmica que casi parece artificial.
Yo, en cambio, no puedo pegar ojo.
Doy tres vueltas en la cama, intentando que el roce de las sábanas de hilo de algodón no haga ruido.
Mis pensamientos giran en bucle desde que cenamos.
La conversación de la noche anterior con Henry sobre la infancia de los tres hermanos no ha dejado de darme vueltas en la cabeza, reestructurando cada rincón de mi percepción sobre esta familia.
Siento la garganta seca, áspera por la calefacción de la casa.
Con cuidado para no despertar a Henry, me deslizo fuera de la cama.
Me pongo unos pantalones de chándal anchos y una sudadera gris de capucha que le robé del armario hace un par de semanas.
Voy descalza. Los tablones del pasillo de la segunda planta están fríos bajo las plantas de mis pies, un recordatorio punzante de que el invierno inglés se aproxima a pasos agigantados.
Bajo la monumental escalera de nogal a oscuras, guiándome únicamente por la tenue luz dorada de la lámpara del vestíbulo.
La mansión parece un barco fantasma a estas horas de la madrugada.
Los techos altísimos devoran el sonido de mis pasos y las sombras de los retratos antiguos colgados en las paredes parecen moverse a mi paso.
Al llegar abajo, me encamino hacia la enorme cocina de la planta baja con la intención de servirme un vaso de agua tibia y volver a la cama antes de que el frío termine de congelarme las manos.
Sin embargo, antes de llegar a la puerta de doble hoja, un ruido apagado rompe la quietud de la casa.
Es el sonido pesado del portón principal de hierro al abrirse en la distancia, seguido por el rodar amortiguado de unos neumáticos sobre la grava blanca de la entrada. Unos segundos después, el clic metálico de la cerradura de la puerta principal retumba en el recibidor.
Me detengo en seco en mitad del pasillo, escondiéndome a medias tras el marco de una arcada de piedra.
La gran puerta de roble del vestíbulo se abre despacio. Una ráfaga de aire helado, cargada de lluvia fina y olor a tierra mojada, se cuela en la casa. Y tras ella entra una figura.
Alexander.
Regresa de un viaje de cuatro días a París. Se suponía que no volvía hasta el lunes por la noche, o al menos eso fue lo que comentó Jack durante la comida.
Pero el hombre que cruza el umbral a las dos de la mañana no se parece en nada al Alexander estridente, provocador y deslumbrante que conozco.
No hay entrada triunfal. No hay bromas ni carcajadas.
Alexander tira una maleta de piel negra contra el suelo de mármol con un impacto sordo.
Lleva un abrigo largo de lana oscura cubierto de gotitas de lluvia, las solapas levantadas para protegerse del viento, pero no se molesta en quitárselo.
Apoya la espalda contra la madera pesada de la puerta recién cerrada y deja caer la cabeza hacia atrás, apretando los ojos con una mueca de cansancio infinito.
Se pasa una mano temblorosa por el pelo castaño, despeinándolo sin miramiento.
La luz cenital de la lámpara de araña le dibuja sombras oscuras, violetas, bajo los pómulos y alrededor de los ojos.
Se le ve pálido. Demacrado, casi. Es como si el traje de estrella internacional, el personaje brillante que encandila a las cámaras y a las multitudes, se hubiera desmoronado en el momento exacto en que la puerta de su casa se ha cerrado a sus espaldas.
Suelto un pequeño trago de aire sin darme cuenta.
El sonido, aunque diminuto, rompe la quietud del vestíbulo.
Los ojos verdes de Alexander se abren de golpe. Hay una chispa de alerta defensiva, una tensión felina e instintiva que recorre su cuerpo de más de un metro ochenta y ocho antes de enfocarme en la penumbra de la arcada de piedra.
Durante dos segundos, no dice nada. Se queda congelado, mirándome con una frialdad casi peligrosa, hasta que su cerebro registra quién soy.
La tensión en sus hombros cede de golpe. Se deja deslizar un par de centímetros hacia abajo contra la puerta, soltando un suspiro largo, rasposo y lleno de un agotamiento devastador.
—Margott —murmura. Su voz no tiene el tono cantarín ni la provocación juguetona de siempre. Suena grave, rota, rasgada por la falta de sueño y por el frío de la calle.
Dudo un segundo, pero decido salir de la sombra de la arcada. Avanzo lentamente por el suelo de mármol hacia donde él está.
—Hola —digo en voz baja, cuidando de no romper el tono casi sagrado de la noche—. Pensaba que no volvías hasta el lunes.
Alexander niega con la cabeza despacio, inclinándola hacia un lado. Desabrocha los botones de su abrigo de lana con dedos torpes y pesados, dejando que la prenda caiga al suelo sin la menor elegancia. Se queda en una camiseta de manga corta gris y unos vaqueros oscuros.
—Terminamos el shoot antes de tiempo —explica, pasándose de nuevo la mano por el rostro—. O más bien mandé al carajo al fotógrafo a las diez de la noche, cogí el primer vuelo privado que encontré en Charles de Gaulle y me vine para acá. No aguantaba un minuto más en esa ciudad.
Se apoya en la consola de caoba del recibidor, doblándose un poco hacia adelante. Se ve tan desprotegido, tan desprovisto de esa coraza de perfección que suele proyectar, que siento un pellizco de compasión directa en el centro del estómago.
Me acerco un par de pasos más. Me detengo a un metro de él.
—¿Estás bien? —pregunto con suavidad.
Alexander levanta la vista. Sus ojos verdes, habitualmente llenos de chispas de diversión y malicia, se ven ahora como un mar revuelto, apagado y absurdamente solo.
Me observa en silencio durante unos segundos, como si estuviera intentando descifrar si la chica que tiene enfrente es real o un espejismo fruto del insomnio.
—Estoy agotado, Margott —admite en un susurro transparente—. Físicamente destruido y mentalmente asqueado. Eso es todo.
No intenta hacer un chiste. No intenta sonreír. No intenta decirme que estoy preciosa en sudadera gigante ni que se alegra de que haya bajado a recibirlo. Simplemente me dice la verdad. Una verdad desnuda y amarga.
—Voy a la cocina a hacerme una infusión —digo, señalando con la cabeza hacia el pasillo trasero—. ¿Quieres un té? ¿O algo de comer?
Alexander me mira con una mezcla de sorpresa y gratitud que me rompe el corazón. Asiente despacio, sin despegar los labios.
—Un té estaría bien —dice.
Caminamos en silencio hacia la cocina. Él camina despacio, arrastrando ligeramente los pies descalzos sobre la madera, con los hombros caídos.
La cocina, sumida en la penumbra, parece un espacio distinto al de esta tarde.
Enciendo la pequeña lámpara halógena que hay sobre la isla de granito, creando una atmósfera cálida, recogida, que deja el resto de la colosal estancia sumida en sombras suaves.
Alexander no se sienta en los taburetes de la isla. Camina hacia el rincón donde está la mesa de madera maciza, se deja caer en una de las sillas pesadas y apoya los codos sobre la superficie, escondiendo el rostro entre las manos. Su columna vertebral se curva en una postura de derrota absoluta.
Lleno el hervidor eléctrico de agua y presiono el botón. El sonido del agua al calentarse empieza a llenar el silencio entre los dos.
Saco dos tazas de cerámica del armario. Coloco una bolsa de manzanilla en una y una de té negro en la otra. Me muevo con cuidado, intentando no hacer ruido con la loza para no alterar la fragilidad del momento.
Cuando el agua rompe a hervir, sirvo el líquido humeante en las tazas. Llevo la suya hasta la mesa y la coloco frente a él.
Alexander baja las manos lentamente. Mira la taza de té, ve salir el vapor y luego me mira a mí.
—Gracias —murmura.
Me siento en la silla de enfrente, al otro lado de la mesa de madera. Apoyo mis manos alrededor de mi propia taza, sintiendo el calor reconfortante en los dedos.
Él acerca sus manos a la loza, pero no para beber. Solo rodea el tazón con sus dedos largos, buscando el calor del agua como si llevara días congelado por dentro.
—¿Ha ido tan mal el trabajo en París? —inquiero con voz baja, rompiendo la calma con la delicadeza con la que se toca un cristal fino.
Alexander suelta un suspiro amargo, mirando el líquido oscuro de su taza.
—Es el mismo circo de siempre, Margott —responde, negando con la cabeza—.
Cuatro días metido en un estudio sin ventanas con cincuenta personas diciéndome cómo tengo que moverme, cómo tengo que mirar, cómo tengo que respirar.
Una panda de parásitos sonriéndote a la cara mientras intentan sacarte la última gota de energía para vender un frasco de colonia de trescientas libras.
Hace una pausa. Su mandíbula se tensa ligeramente.
—Hoy estive tres horas seguidas bajo unos focos que quemaban la piel, mientras un diseñador francés me gritaba porque la caída de la chaqueta no parecía «suficientemente trágica» —continúa, y su voz destila una ironía amarga que me escuece en los oídos—.
Y de pronto me vi a mí mismo en el espejo del camerino, maquillado, peinado, vestido con ropa que cuesta más de lo que mi padre ganaba en dos años...
y sentí un asco insoportable. Un asco absoluto de todo esto.
Se apoya en el respaldo de la silla, pasándose la mano por el rostro para frotarse los ojos.